Octubre 2026
La mirada sutil
Como el aroma está en la flor y el reflejo en el espejo, así está Dios dentro de ti…
Señales que nos guían
Para sostenernos a través de los largos años de práctica, necesitamos ayuda…
Sant Mat en esencia
El Shabad ha creado el universo entero y lo sostiene…
Cartas espirituales
Esta preciosa vida, tan colmada de deseos, ha llegado el momento de consagrarla al Amigo…
¿A quién confías tu travesía?
¿Deseas, oh buscador, ser transportado a través del océano de fenómenos?…
Reflexiones
Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis…
Transformación vital
¡Haznos volver a ti, Señor, ¡y volveremos!…
Anhelo por el darshan
Un intenso anhelo por el darshan invade mi ardiente corazón…
Su voluntad: volver a él
Amigo mío, vive en la voluntad del maestro y mantenla cerca de tu corazón…
Caminos de búsqueda
Es precisamente por medio de su gracia como obtenemos la oportunidad de venir al sendero…
El maestro responde
Tu deber es penetrar y llamar a la puerta, y la puerta se abrirá…
Perdón ilimitado
No hay enemigo peor ni más dañino para el alma que tú mismo…
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La mirada sutil
Como el aroma está en la flor y el reflejo en el espejo, así está Dios dentro de ti. Búscalo en tu propio cuerpo, ¡oh, hermano!
Gurú Tegh Bahadur. Adi Granth, p. 684
Estudiamos la naturaleza desde fuera, pero nunca la miramos desde dentro. Para nutrir el árbol, nos limitamos a mojar sus hojas y ramas, pero no regamos las raíces. Las raíces del árbol de la creación están en los planos sutiles, a los que se puede acceder mirando dentro de nosotros mismos.
Leemos los libros externos del mundo, pero nunca nos preocupamos de mirar nuestro propio libro interior. En una sola línea de este maravilloso libro está oculto todo el tesoro del conocimiento trascendental, y una palabra de él significa más que todo el aprendizaje de todas las épocas.
Dios está ciertamente dentro de nosotros y debemos buscarlo en nuestro interior, pero esto no significa que sea una parte de nuestra estructura física ni que debamos buscarlo en las venas y arterias de nuestro cuerpo. Él es sutil y espiritual, y habita en lo más profundo de nuestro ser. Por lo tanto, aunque esté dentro de nosotros, al matar el cuerpo no lo matamos a él. La muerte de este cuerpo mortal no le afecta, porque él es trascendental.
Dios no forma parte de nuestro cuerpo, por la misma razón que no se encuentra en el mundo material exterior. No es físico ni material.
Al decir que está dentro de nosotros, los místicos quieren decir que solo podemos realizarlo concentrándonos en nuestro interior. Esta concentración nos saca del mundo físico y nos hace sutiles. Cuando somos sutiles, podemos conocer otras entidades espirituales sutiles. A menos que nos volvamos muy sutiles, no podremos entrar en contacto con Dios ni con otras entidades sutiles.
Es un principio general que el órgano del conocimiento debe ser adecuado al objeto de su conocimiento y tener una sutileza o sensibilidad proporcionadas:
Nuestros ojos no pueden ver una luz demasiado brillante o demasiado tenue. La luz deslumbrante parece oscuridad. Del mismo modo, nuestros oídos no pueden oír sonidos demasiado altos o bajos. Para los sonidos que están por encima o por debajo del alcance de nuestros oídos, utilizamos instrumentos científicos que los hacen audibles. Así, mediante ayudas mecánicas, hacemos que nuestros oídos sean lo suficientemente sutiles como para percibir sonidos inferiores. Del mismo modo, las cosas muy diminutas o los objetos muy distantes permanecen invisibles a simple vista, pero si hacemos que nuestros ojos se vuelvan sutiles mediante la aplicación del microscopio y el telescopio, podemos ver todas esas cosas.
Todo esto ocurre en el mismo plano de existencia, el mundo físico. Si queremos conocer algo que está en el plano astral sutil, tenemos que volvernos sutiles, y esto solo podemos hacerlo retirándonos hacia dentro, mediante la concentración interior.
La realidad absoluta es extremadamente sutil y trascendental y, por lo tanto, para conocerla debemos reconocernos dentro de nuestro ser sutil trascendental; debemos volvernos tan sutiles como esa realidad.
Los fenómenos ocultan a nuestra vista la esencia de la realidad; maya (ilusión) nos oculta el rostro de Brahm. Si seguimos mirando la cubierta de maya o de los fenómenos, nunca llegaremos a la realidad que hay dentro. Pero si quitamos este velo de la materia, ciertamente contemplaremos la gloria de la luz divina. Solo concentrándonos interiormente podemos quitar este velo de la materia y ver el esplendor del espíritu puro.
Además, cuando los místicos dicen que Dios está dentro de nosotros, no quieren decir que no esté fuera. En efecto, Dios es omnipresente, está en todas partes y en todas las cosas. Pero al decir que está dentro, quieren decir que, a menos que le conozcamos dentro, nunca podremos conocerle fuera. No podemos verle con estos ojos físicos ni oírle con estos oídos físicos. Pero si por intuición mística contemplamos su ser sutil y trascendental dentro de nosotros, entonces lo reconoceremos también fuera.
Mysticism: The Spiritual Path
Señales que nos guían
Para sostenernos a través de los largos años de práctica, necesitamos ayuda. Necesitamos el apoyo y la protección del refugio del maestro. El satsang y el seva nos ofrecen un lugar donde la atmósfera de la presencia del maestro eleva nuestros espíritus y refuerza nuestra determinación para seguir firmes en el camino.
Una llamada al despertar
Todas las religiones y tradiciones espirituales coinciden en una misma enseñanza: la esencia del ser humano se encuentra en su interior. Por citar algunos ejemplos, en el Evangelio según san Lucas (Lc. 17:21) encontramos estas palabras:
Porque, he aquí, el reino de Dios está dentro de vosotros.
El alma es nuestra esencia, es la energía de Dios. Sin embargo, en nuestro estado habitual de conciencia estamos en la mente, no en el alma. Y la mente tiende a dirigirse hacia fuera. En el Bhagavad Gita (cap. 13, v. 18) leemos:
Él es la Luz de todas las luces y está más allá de la oscuridad. Es el conocimiento, lo conocible y la meta del conocimiento; mora en el corazón de todos.
Podríamos seguir citando textos de diferentes tradiciones. Todas señalan la importancia de volvernos hacia dentro. En nuestro interior se encuentra la felicidad permanente que tanto anhelamos.
Sin embargo, vivimos volcados hacia el exterior: absortos en las preocupaciones, las distracciones y las innumerables ocupaciones de la vida cotidiana.
Afortunadamente, la vida misma nos ofrece señales que pueden ayudarnos a encontrar el camino de regreso a nuestro centro. Como en los viejos cuentos, donde los niños al alejarse de casa y adentrarse en el bosque dejaban un rastro de piedras para no perder el camino de vuelta, Dios parece haber dejado también en nuestras vidas pequeñas señales que nos guían de regreso.
En el interior están las respuestas. Para llegar hasta ellas debemos recorrer el camino de regreso, siguiendo una a una las pequeñas señales que la vida pone a nuestro paso, como Hansel y Gretel, en el célebre cuento de los Hermanos Grimm, seguían el rastro de las pequeñas piedras blancas para encontrar el camino de vuelta a casa.
Ese regreso al interior no es una idea exclusiva de una tradición espiritual, sino una enseñanza presente, con distintos matices, en muchas de ellas. Todas coinciden en que, para descubrir nuestra verdadera naturaleza, es necesario atravesar la superficie de la existencia y volver al lugar donde habita lo esencial. El rabino Ben Zion Bokser lo expresa con estas palabras en el libro El Nombre sagrado:
La búsqueda del místico es atravesar el caparazón de la existencia y establecer contacto con la luz interior que es verdaderamente la dimensión de la divinidad, la grandeza escondida de toda la existencia.
Nuestra atención suele permanecer dirigida hacia el exterior. La familia, los amigos, el trabajo, la casa, las preocupaciones, los éxitos o los fracasos ocupan casi todo nuestro horizonte. Son realidades valiosas y forman parte de nuestra vida, pero también pueden mantenernos permanentemente volcados hacia fuera, haciendo que olvidemos el lugar donde reside nuestra verdadera paz. Cuando vivimos únicamente desde ese plano exterior, es fácil quedar atrapados en aquello que nos ata. Los karmas se crean fuera. Los apegos también. Y el ego, que tantos problemas nos causa, igualmente pertenece a ese ámbito. En el interior no hay ego.
Si queremos liberarnos de esa forma de vivir, el camino no consiste en recorrer grandes distancias, sino en acercarnos a nosotros mismos. Se trata de profundizar hasta descubrir quiénes somos. Porque cuando nos encontramos en nuestro interior, vivir en el mundo deja de ser una lucha constante.
Sin embargo, regresar al interior no resulta tan sencillo. Nuestra naturaleza humana nos impulsa continuamente hacia el mundo exterior. En esta forma humana en la que vivimos, las posibilidades de relacionarnos con ese mundo son infinitas. De hecho, nueve de las diez aperturas del cuerpo nos orientan hacia el mundo exterior, y solo una nos conduce al interior. Por eso, la atención tiende a dispersarse a través de los sentidos, en vez de recogerse en la única puerta, el tercer ojo, que es la puerta por la que accedemos a nuestro verdaero hogar.
Podemos comprender esta idea de la tendencia de la atención comparándola con esos juegos de laberinto en los que hay que conducir una pequeña bola hasta un único orificio, evitando que caiga en cualquiera de los muchos agujeros repartidos por el tablero. La bola representa nuestra atención. Los numerosos agujeros simbolizan las múltiples vías por las que la conciencia se dispersa hacia el mundo exterior a través de los sentidos, mientras que el único orificio correcto representa el tercer ojo, la puerta hacia el interior. Si la bola cae en cualquiera de los otros agujeros, la partida termina y hay que empezar de nuevo. Del mismo modo, cuando a lo largo de la vida nuestra atención permanece atrapada en el exterior, el ciclo del nacimiento y la muerte continúa, y volvemos a comenzar una nueva partida: una nueva vida.
Afortunadamente, no estamos solos en este recorrido. Aunque el mundo exterior tienda a dispersar nuestra atención, también es allí donde Dios ha ido dejando, aquí y allá, pequeñas piedrecitas que señalan el camino. Solo tenemos que aprender a reconocerlas y seguirlas.
La principal referencia externa que tenemos es el maestro contemporáneo. En la página web oficial de RSSB leemos:
La relación del maestro con el discípulo es la de guiar al discípulo en el viaje interior y ayudarle a alcanzar los reinos superiores de conciencia que conducen a la liberación.
El maestro viene a este plano físico a buscarnos. Se presenta como uno más de nosotros, con una familia, un trabajo y las responsabilidades propias de la vida para que podamos identificarnos con él y seguir sus pasos. Como nuestra atención está dirigida hacia el exterior, comienza acompañándonos precisamente desde ahí, para conducirnos poco a poco hacia el interior.
Cuenta una historia que un hombre acudió al psicólogo profundamente preocupado. No tenía fuerzas ni para levantarse de la cama. Su aspecto era descuidado, su casa estaba sucia y desordenada, y hasta las tareas más sencillas del día a día le resultaban un esfuerzo. Convencido de que necesitaría una larga terapia para recuperar el ánimo, acudió en busca de ayuda.
Tras escucharle, el psicólogo le dio una única recomendación:
“Necesitas tener invitados en casa una vez por semana. Invita a alguien cada semana y no volverás a necesitar esta consulta”.
El hombre se quedó desconcertado. No era, ni mucho menos, el consejo que esperaba. Sin embargo, con el tiempo comprendió que el psicólogo tenía razón.
¡Qué importante es para nuestro ego la mirada de los demás! Cuando esperamos invitados, nuestra casa suele estar más limpia y ordenada, la comida la preparamos con más esmero y nosotros mismos procuramos mostrarnos amables y sonrientes, aunque ese día no tengamos buen humor.
Lo que no somos capaces de hacer cuando estamos solos, muchas veces sí somos capaces de hacerlo cuando sabemos que los demás nos están mirando. Qué acertada fue la solución del psicólogo. Bastaba con comprometerse a recibir a alguien cada semana para que, poco a poco, su mente recuperara el hábito de cuidarse y fuera capaz de hacerlo por sí mismo.
Imaginemos ahora que un discípulo se presenta delante del maestro y le cuenta que está preocupado porque su vida espiritual está empezando a descontrolarse: le cuesta cada vez más encontrar un rato para meditar, se le olvida hacer simran durante el día. ¿Que podría responder el maestro? De hecho, ¡podría responder tantas cosas! ¡Y todas ayudarían, seguro! Pero podría decir también algo parecido a lo que respondió el psicólogo: “Ve al satsang cada semana y haz seva”.
Tendría sentido, ¿verdad?, porque el satsang y el seva también requieren un compromiso externo. Cuando nuestra fuerza interior se ve debilitada, cuando la mente corre hacia lo de fuera, ¡bingo!, hay algo fuera que nos puede ayudar a volver al interior: el satsang y el seva. En la revista Camino Real (4-23) leemos:
Puede que, al principio, nuestros motivos de acercamiento al seva no fueran completamente desinteresados. Puede que hayamos querido hacer seva por motivos sociales o teniendo en mente expectativas matrimoniales. O quizá esperábamos que fuera un sustituto de la meditación, ya que la meditación nos parecía que implicaba demasiado esfuerzo. (…) Sean cuales sean nuestras razones para hacer seva –por simples, equivocadas, genuinas o egocéntricas que sean–, el maestro nos acoge sin juzgarnos. Su amor es tan magnético, tan generoso, que nos atrae poco a poco. (…) Hacemos seva para nosotros mismos, porque lo necesitamos. El seva nos limpia, nos hace más amoldables, nos purifica y nos hace más parecidos a aquel a quien servimos.
A veces el compromiso con los demás es más fuerte que el compromiso con uno mismo. Es más fácil madrugar y cumplir con nuestro jefe en el trabajo, que en otros ámbitos de nuestra vida donde lo que hacemos es únicamente para nosotros mismos, como por ejemplo meditar. ¿Qué sucede cuando nos quedamos solos? ¿Qué sucede con el compromiso con nosotros mismos y con el maestro? ¿Qué sucede cuando nadie nos ve?
¡Ah, perdón!, que no estamos solos. A veces se nos olvida: no estamos solos. En este sentido, hay una cita muy contundente en el Libro de Mirdad que nos lo recuerda:
Pensad como si todos vuestros pensamientos tuviesen que ser grabados a fuego en el cielo para que todo y todos los viesen. Y verdaderamente es así.
Hablad como si todo el mundo fuese un único oído, atento a escuchar lo que decís. Y verdaderamente es así.
Obrad como si todos vuestros actos tuviesen que arrojarse sobre vuestras cabezas. Y verdaderamente es así.
La función del satsang es motivarnos a meditar e inspirarnos para llevar el estilo de vida de Sant Mat. Puede que lleguemos al satsang de mal humor o con distintas motivaciones, pero como leemos en la Guía del buscador:
Los maestros continuamente recalcan a los buscadores la importancia de estudiar la literatura de Sant Mat y de asistir al satsang. Hazur Maharaj Charan Singh describe el satsang como “el cercado alrededor de la cosecha de la meditación”, y señala que atender a tales reuniones es una ayuda para el discípulo:
Si asistes al satsang con regularidad y lees la literatura de Sant Mat, tus dudas y temores se resuelven, y el anhelo de buscar a Dios aumenta.
El maestro de cada época da instrucciones concretas para poder recorrer el camino de regreso, y va dejando aquí y allá centros de satsang para reunirnos, oportunidades de seva, libros, y encuentros, para que a modo de piedrecitas nos vayan orientando. En la Guía del buscador leemos:
El creciente número de centros crea un sentimiento de unión, oportunidades de seva y una conciencia colectiva entre los discípulos, fortaleciendo así los valores y principios propios de este sendero de servicio y meditación.
Hora tras hora de meditación vamos profundizando en nuestra esencia hasta que un día, cuando lleguemos al interior comprenderemos el valor de todas las piedrecitas que nos han ido marcando el camino, y descubriremos aquello que los místicos tanto remarcan, porque como leemos en el libro Una llamada al despertar:
Es entonces cuando la afirmación repetida tan a menudo en el satsang –que el verdadero gurú es el Shabad y el verdadero discípulo es la atención sintonizada con la divina melodía del Shabad– se vuelve real.
Y aprenderemos poco a poco a vivir aquí fuera, pero desde dentro; donde todo es calma y amor. Quizás entonces cobren sentido las siguientes palabras, escritas en el libro La voz interior:
Nuestro cuerpo es una casa maravillosa. Es el epítome de toda la creación. El hombre es el microcosmos y el universo el macrocosmos. Están interrelacionados. El macrocosmos es contactado y estudiado a través del microcosmos. Cuando cruza el umbral del templo, el alma se encuentra con mundos nuevos sumamente atractivos. Ahí está el conocimiento trascendental y el tesoro divino. Ahí está el Dios vivo con todo lo que él ha creado.
Sant Mat en esencia
El Shabad ha creado el universo entero y lo sostiene. El universo entero existe por la fuerza de ese poder, y el Señor ha mantenido ese mismo poder dentro de todos nosotros. El privilegio de entrar en contacto con este poder tan solo lo tienen los seres humanos, y podemos contactar con él mediante la guía de un maestro vivo con el fin de obtener la liberación del nacimiento y la muerte, y finalmente llegar a ser uno con el Padre.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. I
En el libro La llamada del Gran Maestro se narra un encuentro entre el Gran Maestro y un grupo de misioneros cristianos que visitó el Dera con el deseo de conocer de primera mano sus enseñanzas. Tras recibirlos cordialmente, el maestro respondió con gran claridad y sencillez a las preguntas que le formularon. A continuación, se reproducen algunas de esas preguntas y sus respuestas:
El Gran Maestro dijo: “Con unas pocas palabras os diré qué son las enseñanzas de Sant Mat. Los santos creen que Dios es el amoroso Padre de todos. Sin encontrarle no pueden finalizar las preocupaciones y las aflicciones del hombre. A él no se le encuentra en ningún lugar del exterior. Nuestro propio cuerpo es el templo donde él mora y solo se le puede encontrar en la vida humana. Ninguna otra especie tiene esta capacidad o privilegio. Se necesita de un guía que conozca el camino para entrar en el palacio de las nueve puertas, el cuerpo humano, y que nos conduzca a la presencia del Señor. Esto es todo. Estas son, en esencia, las enseñanzas de Sant Mat”.
El anciano misionero dijo: “También la Biblia dice que ‘El reino de Dios está en nuestro interior’, y que ‘Tú eres el templo de Dios vivo”.
“Esta verdad es la base de todas las religiones”, respondió el Gran Maestro. “Pero la gente lo olvida después de la muerte de los fundadores de las religiones, e intenta encontrar al Señor en sus tumbas, templos, aguas, piedras, ídolos y en los libros y escrituras”.
“Tus discípulos dicen que tú les enseñas a escuchar la música interior”, dijo el misionero.
“Los santos enseñan a sus discípulos cómo escuchar el Verbo que la Biblia dice que existía en el principio, que estaba con Dios y era Dios, y que creó todas las cosas y el universo”, le dijo el Gran Maestro.
“Ese Verbo es el Cristo”, dijo el misionero.
“No es, sino fue. Cristo fue el Verbo hecho carne. Él fue el maestro en su tiempo y llevó a todos los que acudieron a él a la mansión del Padre. Pero ¿puede él enseñarte ahora cómo entrar en tu cuerpo y encontrar al Señor? Para eso debes tener un maestro vivo, un Cristo vivo, a quien puedas aproximarte, con quien puedas relacionarte, amar, hablar y tratar tus dificultades, que resuelva tus dudas y a quien puedas preguntar el modo de entrar en esta casa de nueve puertas en que vives, tu cuerpo humano. ¿Sabes a través de qué puerta entrar en el interior de tu cuerpo?, ¿si tienes que entrar a través de los ojos, la nariz, los oídos, la garganta o por alguna de las aberturas inferiores? Solo un maestro vivo puede ayudarte, y el ‘Verbo encarnado’ está siempre en el mundo para guiar y ayudar a aquellos que tienen hambre y sed del Señor.
”El sendero interior es tan intrincado y está tan lleno de peligros, que requieres a cada paso de la ayuda y guía de un maestro. (…)
”¿No puede el amoroso Padre, que encontró adecuado enviar un hijo para salvar a la humanidad hace dos mil años, enviar otro hoy? ¿Ha cambiado su amor y gracia o la condición del mundo? ¿Es Rama, que vino al mundo hace quizás un millón de años, suficiente para todo el tiempo futuro, para toda la eternidad? ¡No amigos míos! ¡El océano de amor del Señor no se ha secado! En todos los tiempos surge y se expande. Sus hijos están siempre presentes en el mundo que nunca estará sin ellos. Esta es la ley de Dios”.
El joven abogado preguntó entonces: “¿Señor, (…) cuáles son los rasgos especiales que diferencian (tu fe) de los otros caminos?”.
“Solo este” –dijo el Gran Maestro–, “que desde el ‘exterior’ nosotros entramos en el ‘interior’ y regresamos a nuestra morada original donde hay paz y felicidad permanentes, mientras que otros van desde el interior al mundo exterior, donde no hay nada excepto dolor, sufrimiento y confusión.
”Los santos dicen que tu Creador está en tu interior. Ve y contémplale mientras vives. No confíes en promesas de beatitud tras la muerte. Contémplale mientras estás vivo. Una persona iletrada, que no está familiarizada con el alfabeto, no puede convertirse en licenciada después de morir. ¿Cómo puede un hombre que durante toda su vida ha sido un ladrón, convertirse en un santo al abandonar este mundo? No. Nada de esto tiene sentido”.
La llamada del Gran Maestro
Cartas espirituales
Esta preciosa vida, tan colmada de deseos, ha llegado el momento de consagrarla al Amigo, en lugar de dejarla transcurrir en la negligencia.
Sarmad: Martyr to Love Divine
Mantenerse en el centro del ojo es una cuestión de voluntad, y también de recordar no permitirle a la atención que vaya tras ningún pensamiento o experiencias. Nos olvidamos fácilmente y entonces la mente se desliza hacia abajo. Una inteligencia agudamente despertada, tiene que mantenerse en el centro, firmemente y en todo momento. Si algún pensamiento entra en la consciencia, retira de nuevo tu mente al centro y mantenla allí. Haz que el dueño de la situación sea tu espíritu y no la mente. La mente engaña y si se lo permites saldrá corriendo. Contrólala. Sin embargo, controlarla no es fácil y requiere tiempo. El problema no es complicado. Todo se reduce justamente a la atención: la atención ininterrumpida en el centro del ojo, sin permitir que se introduzca en la consciencia ningún pensamiento que te aleje del centro.
Joyas espirituales. Fragmento de la carta 154
Las tendencias de la mente se orientan hacia fuera; las tendencias del Shabad, hacia dentro. Pero la mente ha estado dominándonos durante miles de vidas, por lo que no es fácil que acepte la sumisión. Sin embargo, poco a poco tendrá que obedecer al Shabad. Después la tarea resultará mucho más sencilla.
Hay que tener en cuenta que obtenemos el Nam no solo en consideración a nuestros deseos y esfuerzos de esta vida, sino también como respuesta a las tendencias que se han estado moviendo en esta dirección por largo tiempo. Estas han llegado ahora a dar fruto y tú has recibido el premio del Nam. La siguiente cosa que debes hacer es desarrollar fuerza interior y demostrar que mereces el premio.
Una razón importante por la que el satsangui no debe preocuparse por su grado de progreso, es que esto activará el intelecto más que la fe, lo cual, generalmente, dispersa a la mente o la reparte en varias direcciones; mientras que se nos exige que concentremos en el Shabad todas las facultades de nuestra mente, a fin de que podamos realizar este viaje con rapidez.
Sí, has de cumplir tus deberes y hacer tu trabajo en este mundo, pero sin dejarte enredar en él. Este es el secreto de la vida feliz.
Luz divina. Fragmento de la carta 274
No te preocupes, sino continúa cumpliendo con tu deber en el mundo; y en cuanto a la meditación, no nos corresponde a nosotros juzgar qué progreso estamos haciendo. Solo Él lo sabe. Con nuestro intelecto limitado, que es incapaz de vernos tal como somos, no podemos tener idea de lo que el Señor está haciendo por nosotros en todo momento, ni de cómo y de qué manera nos está preparando para que podamos entrar en su palacio.
Nuestro deber es meditar cada día con amor y fe. El resto, Él mismo lo hará.
En busca de la luz. Fragmento de la carta 274
¿A quién confías tu travesía?
¿Deseas, oh buscador,
ser transportado a través del océano de fenómenos?
Busca, entonces, al barquero que conoce el secreto
de las olas que golpean en la orilla,
y que sabe de las turbulencias que hay en el camino.
Tan solo en esta barca toma asiento.
Pon tus pies firmemente en esa barca
de la encantadora melodía;
entonces serás transportado
sin que tan solo se mojen tus pies.
Pero primero, oh Paltu, pon cuidado
en saber quién es tu barquero,
y asegúrate de su habilidad y magisterio
para cruzar el mar del mundo
y alcanzar la otra orilla.
Paltu Sahib
En este poema, Paltu Sahib nos invita a reflexionar sobre el verdadero propósito de la vida humana y sobre la necesidad indispensable de un maestro para alcanzarlo. La enseñanza que nos plantea es: si el buscador desea cruzar el océano de los fenómenos y alcanzar la otra orilla, ¿a quién debe confiar su travesía? La respuesta se despliega a través de la imagen de la barca y el barquero: nuestro cuerpo es la barca, obtenida tras innumerables nacimientos; es el valiosísimo vehículo que Dios nos concede para emprender el viaje hacia la liberación. El maestro es el barquero: solo un guía auténtico, conocedor del camino y de los peligros de la travesía, puede conducirnos con seguridad a través del océano del mundo hasta la otra orilla.
Todos los santos comparan este mundo con un inmenso océano agitado por las olas del deseo, la codicia y el apego. Con nuestras propias fuerzas no podemos atravesar ese océano. Del mismo modo que una embarcación necesita un barquero experto para llegar a puerto, el alma necesita la guía de un verdadero maestro. Por eso, Paltu Sahib dirige nuestra atención hacia la necesidad de un maestro vivo. En todas las tradiciones espirituales encontramos la misma verdad: sin un verdadero maestro no es posible llegar a la presencia del Señor.
El camino espiritual está lleno de dificultades y requiere una orientación constante. Sin esa guía, el ser humano termina dejándose arrastrar por las corrientes del mundo. Igual que una barca sin timón va a la deriva a merced del viento y corre el riesgo de hundirse en la tormenta, también nosotros, cuando vivimos sin la dirección del maestro, acabamos siguiendo las costumbres del mundo, alimentando nuestros deseos y aumentando el peso de nuestros propios karmas. Poco a poco, las aspiraciones materiales ocupan el lugar que debería corresponder a Dios, y terminamos sin alcanzar ni la verdadera felicidad ni la realización espiritual. Finalmente, la vida concluye y el alma vuelve a quedar atrapada en el ciclo de nacimientos y muertes.
Un maestro o guía espiritual no solo transmite las enseñanzas al discípulo, sino que le proporciona la luz y guía necesaria para emprender el viaje interior. El maestro es quien disipa la oscuridad de la ignorancia y revela el camino del Nam, la corriente creadora del Señor, en la que se manifiestan tanto la luz divina como la melodía interior del Shabad. Cuando el discípulo recibe el Nam y practica la meditación conforme a las instrucciones del maestro, llega un momento en que entra en contacto con esa corriente interior. Mediante el poder del Shabad, el peso del karma comienza a desaparecer y el alma avanza gradualmente hacia su verdadero destino.
Ahora bien, este estado no puede alcanzarse únicamente mediante la inteligencia, el estudio o el esfuerzo personal. Por muy instruidos que seamos, nadie puede experimentar por sí mismo la luz ni el sonido interior, pues eso depende de la gracia, que es prerrogativa del Señor y que él dispensa a quien considera digno de recibirla. Cuando esa gracia se manifiesta, el buscador reconoce al maestro espiritual, se entrega a él con confianza y sigue fielmente sus enseñanzas, convirtiéndose así en discípulo. Solo entonces podremos alcanzar la meta para la que hemos recibido esta vida humana.
Si a pesar de haber recibido el Nam, seguimos lejos de nuestro destino, los santos señalan una causa principal: la mente y la falta de fe. Igual que un viajero nunca llegará a su destino si desconfía del guía que conoce el camino, tampoco el buscador espiritual puede avanzar si no deposita una confianza plena en Dios, en el maestro, en el Nam y en el satsang. Estos cuatro pilares sostienen toda la vida espiritual, y descansan sobre un único fundamento: la fe. Del mismo modo que en la vida cotidiana confiamos en el médico cuando seguimos un tratamiento o en el piloto cuando subimos a un avión, esa misma confianza debemos depositarla en el maestro, sabiendo que él conoce los secretos del camino, nos protege durante la travesía y sabe conducirnos sanos y salvos hasta nuestra verdadera morada.
Pero la fe no nace por imposición; surge de manera natural cuando existe amor. Allí donde hay verdadero amor hacia Dios y hacia el maestro, la confianza florece espontáneamente. Y la devoción y la meditación fortalecen ese amor y esa fe. Por tanto, el primer paso como discípulos consiste en buscar la guía y protección del maestro, recibir el Nam y cultivar ese amor en el corazón. Sin embargo, nuestra dificultad reside en que hemos llenado la mente de apegos, deseos y esperanzas mundanas. Mientras el corazón permanezca ocupado por el amor a lo perecedero, ¿cómo podrá brotar en él el verdadero amor espiritual? El verdadero desapego no consiste en abandonar el hogar o las responsabilidades, sino en retirar la atención interior del apego a los objetos del mundo para dirigirla hacia Dios. Vivir en el mundo cumpliendo nuestros deberes, pero con el corazón unido al Señor, es el ideal que los santos han enseñado siempre.
El verdadero conocimiento tampoco puede obtenerse únicamente mediante la lectura de libros o de las escrituras. Estos textos orientan nuestra atención hacia la Verdad y nos muestran el camino, pero la realización solo llega cuando ponemos en práctica sus enseñanzas. Siguiendo las instrucciones de un maestro verdadero, concentrando la mente y practicando la meditación, el buscador alcanza la experiencia directa. Como explican los místicos, hablar de la dulzura del azúcar nunca nos permitirá conocer su sabor; solo quien lo prueba puede experimentarlo. De igual modo, la realidad espiritual no se alcanza hablando de ella, sino viviéndola. Mientras el Nam y la sabiduría del maestro no se establezcan firmemente en nuestro corazón, nuestra condición espiritual no cambiará.
La experiencia nos demuestra que, aun después de muchos años de práctica, con frecuencia seguimos sin percibir un verdadero cambio interior. Continuamos sin escuchar el Shabad ni contemplar la luz, y sentimos que nuestra vida espiritual no avanza. La causa no reside en las enseñanzas del maestro, sino en nosotros mismos: no conservamos su sabiduría en el corazón ni vivimos conforme a ella. Recibimos la iniciación, realizamos algún servicio y asistimos al satsang, pero eso, por sí solo, no nos convierte en verdaderos discípulos. La auténtica transformación comienza cuando hacemos de las enseñanzas del maestro la norma de nuestra vida y perseveramos sinceramente en la meditación.
Disfrutamos escuchando hablar del maestro, conversando sobre él y alabándolo con nuestras palabras, pero con demasiada frecuencia no ponemos el mismo empeño en recorrer el camino que él nos ha señalado. Los santos nos recuerdan que nadie alcanza la morada del Señor únicamente hablando de ella. Del mismo modo que un enfermo no recupera la salud limitándose a decir lo profesional y experto que es su médico, sino siguiendo fielmente el tratamiento, tampoco el buscador puede progresar si no practica con constancia las instrucciones recibidas del maestro. Escuchar las enseñanzas es valioso, pero su verdadero fruto aparece únicamente cuando se traducen en una vida de obediencia, pureza y meditación. Como enseña el Gurbani, “quien escucha encuentra consuelo, pero quien pone en práctica las enseñanzas alcanza la meta suprema”.
Esta verdad se refleja en la vida de los grandes discípulos. Hazrat Sultán Bahu explica que los verdaderos amantes de Dios hablan poco y viven constantemente ocupados en el recuerdo del Señor. Su amor no se expresa principalmente con palabras, sino con una entrega continua al maestro.
Llevamos años asistiendo al satsang, escuchando las palabras de los santos y recibiendo una guía espiritual incomparable; sin embargo, nuestra fe continúa debilitándose cuando aparecen las dificultades. Con frecuencia aceptamos las enseñanzas mientras todo marcha según nuestros deseos, pero vacilamos cuando las circunstancias cambian. La cuestión, por tanto, no es cuánto tiempo llevamos escuchando al maestro, sino hasta qué punto hemos permitido que sus enseñanzas transformen realmente nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir. Ahí reside la diferencia entre admirar el camino espiritual y recorrerlo verdaderamente.
Desgraciadamente, los santos tienen que decirnos con frecuencia verdades que no siempre nos resulta agradable escuchar. Una de ellas es la causa por la que no se produce esa verdadera transformación interior: nos falta discernimiento. No aceptamos plenamente las palabras de los santos y terminamos confiando únicamente en nuestra propia mente. Sin embargo, como ellos mismos nos advierten, la mente cambia constantemente con las circunstancias de la vida, y cuando seguimos sus dictados, acabamos alejándonos de la sabiduría del maestro espiritual.
Muy a menudo nos sentimos satisfechos con nuestros conocimientos y con nuestra propia capacidad de juicio, pero olvidamos emplear el discernimiento que Dios nos ha concedido para reconocer el camino y los medios que él pone ante nosotros para conducirnos hacia él.
Los santos nos recuerdan, una y otra vez, que cuanto acontece en nuestra vida responde a la voluntad de Dios y forma parte del camino que, en su infinita misericordia, ha dispuesto para nuestro bien. También las circunstancias, las pruebas y el destino que nos corresponde vivir vienen de su mano, porque constituyen los medios más adecuados para favorecer nuestro progreso espiritual y acercarnos a su presencia lo antes posible.
Nuestra tarea no consiste en juzgar los acontecimientos según nuestras preferencias, sino en aceptar con humildad las instrucciones del maestro y seguirlas fielmente, confiando en que tanto sus enseñanzas como todo cuanto Dios dispone para nuestra vida, responden siempre a un amor infinitamente superior al nuestro.
Sencillamente, esa confianza debe traducirse en una práctica constante. El maestro nos enseña que la verdadera riqueza es el Shabad, porque es lo único que puede liberarnos de la esclavitud del karma y conducirnos hacia la unión con el Señor. Cuando perseveramos en la meditación y permanecemos fieles a las enseñanzas, la gracia del maestro actúa en nuestro interior: la oscuridad de la ignorancia comienza a disiparse, la luz de la sabiduría se manifiesta y el alma experimenta progresivamente la dicha de acercarse a su origen. La gracia no nos exime del esfuerzo personal; al contrario, exige de nosotros una respuesta sincera. El maestro no deja nunca de dar: ofrece incesantemente su guía, sus enseñanzas y su misericordia. Nuestra responsabilidad consiste en recibir ese don mediante una práctica perseverante y una vida vivida conforme a sus enseñanzas.
Todo el poema de Paltu Sahib converge, así, en una enseñanza esencial. Dios nos ha concedido el inmenso privilegio de esta vida humana para alcanzar la liberación, pero ese propósito solo puede cumplirse si reconocemos la necesidad de un verdadero maestro y caminamos bajo su dirección. El maestro nos muestra el sendero del Nam, despierta en nosotros el anhelo por Dios, nos enseña el verdadero desapego y nos conduce hacia la experiencia interior del Shabad, de la que nace la fe verdadera.
Pero el fruto de la guía que el maestro tan generosamente nos ofrece, depende también de nuestra disposición para hacer que sus enseñanzas sean el fundamento de nuestra vida. No basta con admirar al maestro, hablar de él o emocionarnos en el satsang, es necesario hacer de la obediencia una práctica constante, perseverar en la meditación y dejar que el amor y la confianza crezcan en las circunstancias que forman parte de nuestra vida. Solo entonces dejaremos de ser simples buscadores para convertirnos en verdaderos discípulos.
Reflexiones
Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.
La Biblia. Jn. 10:37-38
Para los amantes del Señor su única religión es el amor. Ellos no se atan a ninguna religión en particular. Únicamente creen en la religión del amor, que solo surge del interior, nunca del exterior. Así que para ellos no tiene importancia si vamos a una iglesia, a un templo o a una mezquita. Su único interés es el verdadero anhelo y el amor y la devoción por el Señor. Y eso viene con la práctica espiritual.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. I
Todas las hojas de un árbol, su fruta, etc., son el resultado de sus raíces. Similarmente, toda percepción y realización se deriva exclusivamente de la devoción a un guía espiritual. (…) Recibiremos el logro de todas nuestras aspiraciones, cuando tengamos la debida devoción por nuestro guía espiritual.
Budismo: Camino al nirvana
Transformación vital
¡Haznos volver a ti, Señor, ¡y volveremos!
¡Haz que nuestra vida sea otra vez lo que antes fue!
Lamentaciones 5:21
Lo que nos impide concentrar nuestra atención en el centro del ojo y ser uno con el Shabad, es darle rienda suelta a los pensamientos. El ego se alimenta de esta enfermedad y se fortalece por ella. El ego ha dominado al alma y crea graves problemas en cada aspecto de nuestra vida. Estamos espiritualmente enfermos y la meditación es la única medicina que nos curará. Si no nos tomamos nuestra medicina, ¿cómo recuperaremos nuestra salud?
Podemos seguir hablando, leyendo y discutiendo sobre el camino. Se ha dicho demasiado. Demasiado se ha escrito. Podemos pasarnos el resto de nuestra vida hablando y leyendo, pero hablando no solucionaremos nada y la lectura no nos dará la experiencia de los santos. Una vez que hemos sido iniciados, no necesitamos más libros, más discusiones, más grabaciones ni seguir corriendo tras la forma física del maestro. No necesitamos más conceptos. Lo que necesitamos es la experiencia. Menos información y más transformación.
Para lograr esa transformación vital, de lo único que debemos ocuparnos es de nuestra medicina: hacer nuestro simran lo más que podamos y sentarnos todos los días en meditación. Si verdadera y sinceramente practicamos el método de los maestros del Shabad, nos convertiremos en mejores seres humanos, obtendremos la experiencia directa de nuestro ser inmortal y realizaremos lo divino.
El principal propósito de cada satsang, de cada libro de Sant Mat y del maestro trabajando tan duramente por nosotros día y noche es darnos un simple mensaje: tú puedes hacer tu meditación. Tú puedes concentrarte mejor en la meditación. Tienes la fuerza para hacerlo. Solo hazlo. Es el momento de guardar los libros. Siéntate para la acción y despierta el Shabad en ti. En el libro Muere para vivir leemos:
Puedo decirte una cosa: limítate a cumplir con tu meditación. No hay otro camino; no hay otro atajo. Haciendo la meditación, progresas automáticamente hacia tu destino, y te conviertes en otro ser y pierdes tu identidad. La meditación es el único remedio. No hay otra forma de perder tu identidad.
Cuando hay mucho óxido en un cuchillo, la única manera de eliminarlo es frotar el cuchillo contra una piedra de afilar. De lo contrario, el óxido no se irá, el cuchillo no brillará. La mera charla no resolverá tu problema; la discusión intelectual no te llevará a ninguna parte. Lo principal es la práctica.
El Señor nos da hambre; cuanto más meditamos, más hambre nos da. Cuando tenemos hambre, él nos proporciona alimento. Como dice Cristo, la cosecha está lista. La cosecha siempre está lista, pero tenemos que elevar nuestra consciencia hasta el nivel en que podemos recoger esa cosecha… Solo tienes que ajustar tu forma de vida a las enseñanzas y cumplir con la meditación. Eso es todo lo que se requiere.
De la meditación surgirá el amor, surgirá la entrega, surgirá la humildad. Todo surgirá.
Meditación viva
Anhelo por el darshan
Un intenso anhelo por el darshan
invade mi ardiente corazón.
Desde que me he interesado por el satsang,
los placeres del mundo parecen desgracias.
Entiendo que tu estado está más allá de toda comprensión,
pero sin tu darshan no puedo sentir alegría.
Siendo incapaz de alcanzar el nivel de un verdadero discípulo,
¿cómo puedo aspirar a ser digno de estar en tu presencia?
No te encuentras tan lejos,
estás con todas tus almas y sin embargo te ocultas a ellas,
porque sin la gracia de un maestro completo
jamás revelarás tu verdadera forma.Me retuerzo de dolor,
me siento inquieto y atormentado,
pues estás muy cerca y sin embargo fuera de mi alcance.
Tú eres el todopoderoso dador de todo el mundo,
por favor, atráeme a mí también hacia ti.
¿Cómo, si no, puedo verte?
Ningún esfuerzo mío lo conseguirá.
¡Oh amado!, abre la ventana de mi corazón,
no es tan difícil para ti.
Si quisieras lo podrías hacer en un instante,
sin hacerme pasar por esta lucha
de vida tras vida.Te ruego que pronto me bendigas con tu darshan,
pues sin él me siento débil y descorazonado…
Soami Ji. Sar bachan, bachan 33, shabad 21
Su voluntad: volver a él
Amigo mío, vive en la voluntad del maestro
y mantenla cerca de tu corazón.
Considera un favor lo que el maestro haga,
y acepta de corazón lo que diga.
¡Oh inconsciente!, aprende lo que es gratitud.
Él te dará dicha o dolor,
lo que en su sabiduría considere mejor.
Tu condescendencia con los placeres sensuales es perversa,
y en aras al amor que siente por ti
puede reprenderte.
No puedo dejar de insistir lo suficiente:
dale las gracias a cada momento,
pues sin el maestro nadie te puede ayudar.
Soami Ji. Sar bachan poesía
En la vida no siempre conseguimos lo que deseamos. Hay sueños que no se cumplen y planes que toman un rumbo distinto al que imaginábamos. Al final, recibimos lo que nos corresponde vivir, aquello que, de algún modo, Dios ha dispuesto para nuestro camino. Nada de lo que vivimos escapa a su providencia. Incluso aquello que hoy nos resulta incomprensible, puede estar preparando un bien mayor que todavía no alcanzamos a ver. Solo con el paso del tiempo, y muchas veces mirando hacia atrás, descubrimos que cada acontecimiento tenía un sentido dentro del plan que Dios había trazado para nosotros. En el Gurú Granth Sahib está escrito:
Nadie es necio, nadie es sabio;
solo tu voluntad prevalece en todo.
No es nuestra inteligencia la que gobierna el mundo, ni nuestros méritos los que ordenan los acontecimientos. Detrás de todo se encuentra únicamente su “mandato”. Y aceptar ese mandato con alegría constituye la esencia misma del sendero espiritual. Gurú Arjan Dev Ji lo expresó de una forma sencilla y muy cercana: “Tu voluntad me resulta dulce”.
La verdadera espiritualidad comienza cuando dejamos de luchar contra lo que es, cuando el corazón aprende a decir sí, cuando cesa la resistencia y nace la confianza. Por eso, los místicos emplean el termino bhana, aquello que el alma recibe con gozo; y como consecuencia le aporta serenidad, plenitud y paz interior. Vivir en su voluntad significa abrazar con gratitud todo lo que Él dispone para nosotros, sin queja, sin rebeldía, sin pensar constantemente que las cosas deberían haber sido de otra manera.
Sin embargo, la naturaleza humana es frágil. Cuando la vida coincide con nuestros deseos, aceptamos fácilmente que todo es voluntad del Señor. Pero cuando las cosas no suceden como esperábamos o la vida toma un rumbo distinto del que habíamos imaginado, nos cuesta aceptar esa misma voluntad. Entonces intentamos imponer la nuestra. Rogamos que cambien los acontecimientos, que desaparezcan las dificultades, que el destino tome otra dirección.
Los santos son claros: aquello que Dios ha dispuesto para nosotros acabará cumpliéndose. Podemos recibirlo con serenidad o resistirnos, pero nuestra resistencia no cambia su designio. La felicidad y la tristeza, la riqueza y la pobreza, el encuentro y la separación, la vida y la muerte que forman parte de nuestra existencia son la manifestación de una inmensa ley de amor y de justicia que actúa constantemente en nuestras vidas, y mediante la cual vamos saldando las cuentas de nuestros karmas. Cada acontecimiento tiene un propósito, cada dificultad encierra un aprendizaje y cada experiencia nos acerca, de un modo que muchas veces no comprendemos, al momento de volver a él.
Por tanto, acatar la voluntad del maestro espiritual consiste en obedecer el mandato del Señor. Y su mandato es simple: volver la mirada hacia dentro. Ir hacia el interior mediante el bhajan (meditación) y el simran (repetición). Todo lo demás es secundario. Todo lo demás pertenece al mundo cambiante de las formas. El propósito de la existencia no es acumular experiencias exteriores, sino viajar desde la creación hasta el Creador; desde el universo visible hasta el origen de donde todo emerge. Y el medio para realizar ese viaje es la meditación.
Durante la iniciación se nos revela que la puerta de entrada al reino interior se encuentra entre y detrás de las cejas. Cristo dijo: “… llamad a la puerta y se os abrirá” (Mateo 7:7). Hazur Maharaj Ji explicó que esa puerta permanece cerrada desde dentro y que la llave está en manos del maestro. Rabia Basri, con gran sabiduría, expresó: “¿Por qué llamas a una puerta que ya está abierta? ¡Entra!”. Y Tulsi Sahib añadió: “¿Por qué eres tan tímido? Descorre el velo y entra”. Esa timidez, explica Hazur Maharaj Ji, es nuestro apego al mundo. Es el temor de presentarnos al maestro mientras seguimos atrapados en la ilusión de este mundo. Durante incontables vidas hemos amado las sombras y apenas hemos reservado tiempo para la luz. Por eso, el satgurú insiste una y otra vez: buscad la puerta, llegad hasta ella. Una vez allí, él se encargará del resto.
Pero alcanzar esa puerta no resulta sencillo. Al comienzo del sendero solemos caminar impulsados por el entusiasmo. Todo parece nuevo. Todo parece posible. Sin embargo, con el paso de los años la mente comienza a resistirse. Cuanto más intentamos avanzar, con mayor fuerza procura distraernos. Entonces, aparecen las dudas, las preguntas y el cansancio: “¿Para qué seguir sentado, meditando más tiempo?”, “han pasado tantos años y no he visto nada”, “¿se habrá olvidado el maestro de mí?”. Pero el maestro jamás se olvida de nosotros. Jamás abandona su misión de llevarnos de regreso al regazo del Señor. Soami Ji, en el Sar bachan prosa nos consuela con esta expresión:
Considera los momentos de sufrimiento como una bendición para repetir constantemente el Nombre del gurú.
Y Sardar Bahadur nos recuerda en La ciencia del alma:
¿Qué otra cosa puede hacer la mente? Simplemente está cumpliendo con su deber. ¿No debes tú cumplir también con el tuyo?
Nuestra tarea es seguir adelante. Sentarnos. Repetir. Escuchar. Esperar. Amar. El resto le pertenece al maestro.
Para ayudarnos en ese camino hacia el interior, el maestro nos ofrece tres preciosos regalos exteriores que preparan el viaje interior: el darshan, el seva y el satsang.
El darshan es la chispa que enciende el amor divino. Es ese instante sagrado en el que la mirada del discípulo encuentra la mirada del maestro y algo antiguo, silencioso y eterno despierta en lo más profundo de su corazón. Es el comienzo de una historia de amor espiritual. Gurú Arjan Dev Ji lo expresa así:
Contemplando tu darshan, mi vida se llena de sentido.
Cuando contemplamos al maestro surge el bireh, la añoranza divina. No se trata de una tristeza ordinaria, sino de una nostalgia sagrada: el anhelo ardiente de regresar al hogar del alma. El darshan exterior es un puente entre este mundo y el otro. No es la meta, pero nos orienta hacia ella. Durante el darshan la mente se aquieta, las preocupaciones pierden fuerza y los pensamientos se desvanecen. Por un instante, el corazón encuentra un lugar donde descansar. Los santos dicen que bendito es aquel que tiene la fortuna de contemplar al gurú verdadero.
Porque el verdadero darshan no consiste solamente en mirar. Consiste en dejar que la presencia divina del maestro toque nuestro corazón, despierte el alma y nos llame desde lo más profundo de nuestro ser.
Hay una anécdota que ilustra este aspecto. En tiempos de Hazur Maharaj Ji, se cuenta que había dos discípulos que no pudieron asistir al programa de satsang porque debían quedarse a finalizar un importante servicio que les habían encomendado; por este motivo se quedaron muy apenados e inmersos en una profunda tristeza. ¡Creían haber perdido una oportunidad irrepetible! Pero Hazur cambió su ruta habitual y fue a encontrarse con ellos al lugar donde estaban realizando servicio. Entró en silencio y se puso delante de ellos. Cuando levantaron la vista y lo reconocieron, sus corazones se llenaron de una felicidad difícil de describir. Eso es el darshan: la certeza de que el amor del maestro sabe de nuestras lágrimas y nuestros anhelos. La certeza de que jamás nos olvida y siempre está con nosotros.
Pero el darshan exterior no es el final del camino. Es apenas el comienzo. El verdadero darshan ocurre dentro de nosotros, cuando la conciencia se eleva y percibe la presencia divina del maestro en la región del Shabad. El exterior prepara para el interior; en el interior se consuma el viaje. Por eso, los santos insisten en que el darshan no es simplemente contemplar una forma física, sino despertar a una realidad espiritual que siempre ha estado aguardándonos dentro.
El seva es el servicio desinteresado. Sirviendo aprendemos a dar, a obedecer y a olvidarnos de nosotros mismos. Poco a poco, el servicio va limando las asperezas del ego hasta convertir el corazón en un recipiente apto para recibir la gracia divina. Gurú Amar Das Ji enseña que el seva da fruto cuando se realiza con plena conciencia y sincera humildad. La historia de Hazur Maharaj Ji visitando a esos dos discípulos nos revela la inmensa generosidad del maestro. Nosotros apenas podemos ofrecer un pequeño servicio, pero él siempre nos responde con océanos de amor. Y cuando el seva se realiza con responsabilidad, gratitud y entrega, la mente comienza a transformarse y el corazón se vuelve más receptivo a su presencia.
El satsang, por su parte, despierta el anhelo por la Verdad. Nos recuerda que este mundo es pasajero, que nada material puede acompañarnos más allá de la tumba y que hemos venido aquí para algo inmensamente más grande que acumular afectos, posesiones, éxitos o recuerdos. Cristo dijo (Mt. 18:20):
Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo.
Por eso, en el satsang, sentimos algo que las palabras rara vez consiguen explicar: la cercanía del maestro, la fragancia de su amor, la certeza de su compañía. Aunque escuchamos una y otra vez las mismas enseñanzas, cada vez las recibimos con una profundidad nueva, pues en la medida en que las seguimos nuestro corazón se vuelve más y más receptivo. Sin embargo, el satsang alcanza su verdadero propósito cuando la verdad que hemos escuchado se arraiga en nuestro corazón mediante la meditación y se manifiesta en todos los actos de nuestra vida. Soami Ji expresa en el Sar bachan poesía:
Asiste al satsang, encuentra tu verdadero camino
y fúndete en el amor de tu maestro.
Él te ayudará a encontrar
el tesoro del Nam en tu interior.
Y entre todas las herramientas espirituales, ninguna es más poderosa que el simran. A través de la repetición constante del Nombre, la conciencia comienza a desprenderse del mundo y a unirse al Shabad. Sultán Bahu dice:
Recuerda a Alá con cada respiración.
Y Gurú Arjan Dev Ji añade:
Recuerda, recuerda, recuerda, y alcanzarás la paz.
La práctica de la meditación comienza con el simran y el dhyan. El simran, la repetición interior de los nombres sagrados, constituye la base de toda la práctica espiritual. Con él vamos silenciando el incesante flujo de pensamientos que mantiene a la mente dispersa en el mundo. El dhyan es la contemplación amorosa de la forma del maestro. Gracias a él, la atención deja atrás las imágenes, los rostros y las innumerables formas que llenan nuestra mente para permanecer fija en él. Ambos recogen y orientan la atención, preparándola para el bhajan o Shabad-dhun: la audición de la melodía divina que resuena eternamente dentro de nosotros. El Shabad es la esencia de toda la creación, la corriente viva que desciende desde el Señor para sostener y atraer de nuevo a las almas hacia su presencia. A medida que escuchamos esa música celestial, el amor del maestro empieza a impregnar cada rincón de nuestro ser. Como suele expresarse de forma metafórica: cuando hacemos simran y dhyan, extendemos nuestras manos hacia él; cuando hacemos bhajan, es él quien toma nuestras manos y nos habla con su dulce voz.
El satgurú nos ha dado todo cuanto necesitamos para emprender el camino de regreso al hogar verdadero: el darshan, el seva, el satsang, el simran, el dhyan y el bhajan. No nos falta ninguna enseñanza ni ningún medio. Ahora nos corresponde ponerlos en práctica con amor, constancia y confianza.
El maestro interior está siempre con nosotros. Nos espera con infinita paciencia; a través del Shabad nos llama incesantemente aguardando el momento en que retiremos la atención del mundo y la dirijamos de nuevo hacia él. Entonces descubriremos que aquello que buscábamos fuera nunca estuvo lejos: siempre habitó en lo más profundo de nuestro propio ser. Allí nos esperan la paz que no cambia, el amor que no se agota y la dicha que ninguna circunstancia puede arrebatarnos.
Porque el propósito de la vida es volver la atención hacia nuestro interior hasta reencontrarnos con el Señor. Todo lo demás es pasajero. Solo el Shabad permanece. Solo el amor del maestro perdura, y la meta es una sola: regresar al maestro interior, y fundir nuestra conciencia en la corriente divina del Shabad hasta llegar a fundirnos para siempre en el Señor.
Caminos de búsqueda
Es precisamente por medio de su gracia como obtenemos la oportunidad de venir al sendero. En realidad, en nuestro nacimiento previo nos hemos abierto camino y de este modo hemos invocado su gracia para venir al sendero, y así es como en esta vida nos encontramos en el sendero.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. I
Shraddha Liertz presenta el relato de su vida espiritual bajo el título: Adventure of Faith –Aventura de fe–. Y ese título resume muy bien el sentido de todo el libro: el relato de una búsqueda de Dios que comienza desde muy joven, cuando siente una llamada interior, pero cuyo destino no puede conocer de antemano. Solo muchos años después, al mirar retrospectivamente su vida, puede descubrir la continuidad entre experiencias y etapas que, mientras las estaba viviendo, parecían caminos separados.
El comienzo de esta aventura se sitúa cuando tenía trece años y medio. Un día, mientras regresaba de la escuela en tren, experimentó algo que la impresionó profundamente: sintió una luz que venía de arriba y, al mismo tiempo, escuchó interiormente una voz que le decía que preservara la capacidad de amar, porque no sabía si algún día Dios le pediría su corazón entero. La experiencia duró solamente unos segundos, pero para ella fue inequívocamente una experiencia de Dios. Aquel momento produjo un cambio radical en su vida: desde entonces sintió que Dios había entrado personalmente en ella y que su vida quedaba vinculada a él. No contó aquella experiencia a sus padres ni a otras personas, pero la conservó como algo precioso y la consideró el primer momento decisivo de su camino, un primer “punto de no retorno”.
Su formación religiosa se desarrolló dentro del cristianismo. Sus padres eran católicos y desde niña había participado en la oración familiar, en la liturgia y en la vida de la Iglesia. Pero su búsqueda no se limitaba a cumplir unas prácticas religiosas. Quería acercarse personalmente a Dios y comprender cómo podía vivir esa relación con él. Por eso, buscó consejo en sacerdotes y recurrió a la lectura espiritual. Los libros tuvieron una enorme importancia en su formación, y al mismo tiempo fue desarrollando una oración cada vez más interior, hasta descubrir que incluso una sola palabra podía bastarle para entrar en la presencia de Dios.
Poco a poco, Jesucristo pasó a ocupar el centro de su vida espiritual. Su relación con Cristo se hizo especialmente intensa a través de la eucaristía y del evangelio. La lectura del libro Historia de un alma, de Teresa de Lisieux, produjo también una profunda impresión en ella y despertó su deseo de entregar completamente su vida a Dios. A los dieciocho años recibió permiso para realizar un voto privado de celibato, como expresión de ese deseo. La experiencia de la guerra y la muerte de su padre reforzaron todavía más esta orientación: aquellas circunstancias le hicieron tomar conciencia de la fragilidad de la vida y aumentaron su deseo de dedicarla a la oración y a la contemplación.
Entonces comenzó la búsqueda de un lugar donde poder vivir esa entrega. Su primera inclinación fue hacia el Carmelo, influida en buena medida por Teresa de Lisieux, pero al visitar un convento carmelita descubrió que aquel no era su camino. Después se dirigió hacia los benedictinos, una tradición con la que ya tenía una relación especial. Finalmente, en 1949, entró en la abadía benedictina de Saint Erentraud, en Kellenried. Allí sintió que había encontrado el lugar al que Dios la había conducido. La vida monástica respondía a lo que había estado buscando: oración, liturgia, silencio, disciplina y una existencia dedicada a Dios. Ella misma describe el monasterio como su “jardín cerrado”, y allí realizó sus votos definitivos en 1954.
Sin embargo, la vida monástica no significó el final de su búsqueda. Después de realizar sus votos comenzó a experimentar una cierta inquietud. La vida estaba orientada a la oración, pero ella seguía deseando una experiencia más profunda de unión con Dios. En 1956 vivió un nuevo momento decisivo durante unos ejercicios espirituales. El monje que los dirigía les propuso tener el valor de decir a Dios: “Haz conmigo lo que quieras”. Liertz tomó aquellas palabras muy en serio, y pocos días después volvió a experimentar una vivencia intensa de luz y de presencia divina.
Después de aquella experiencia atravesó un período muy doloroso. Ella habla de una especie de “desierto de hielo”: sentía a Dios lejano, sufría interiormente y tenía la impresión de haber perdido aquella luz. La lectura del libro Abandono a la Providencia divina, de Jean-Pierre de Caussade, le ayudó a comprender de otra manera la entrega a Dios y a aceptar que no tenía que controlar el camino. Durante los años siguientes siguió profundizando en la teología cristiana y en la vida espiritual, pero volvió a aparecer una cuestión fundamental: el conocimiento intelectual de Dios no era lo mismo que experimentar a Dios. Los libros podían ayudarla a comprender, pero no podían sustituir la experiencia que buscaba.
En 1965 comenzó otra etapa fundamental: su llegada a la India. Allí entró en contacto con otras tradiciones religiosas y espirituales, especialmente con el pensamiento del Vedanta. Vivió en Brahma Vidya Mandir, la comunidad fundada por Vinoba Bhave, y comenzó a estudiar las escrituras y la espiritualidad de la India. Su estancia amplió considerablemente su horizonte espiritual y comenzó a preguntarse por aquello que podía existir en común entre las distintas tradiciones religiosas. No abandonó su fe cristiana, sino que trató de comprender cómo encajaba lo que estaba descubriendo en la India con su propia fe.
En este contexto entró en contacto con las enseñanzas de los maestros y leyó el libro El sendero de los maestros, del Dr. Julian Johnson. Estas enseñanzas llamaron su atención, porque ponían el acento en la experiencia directa de Dios y en la necesidad de un guía espiritual que acompañara al buscador en el camino interior. En enero de 1971 pudo encontrarse personalmente con el maestro Maharaj Charan Singh en Nagpur. El encuentro fue importante, aunque no significó todavía que hubiese tomado una decisión definitiva. En aquel momento, además, Liertz atravesaba una experiencia de oscuridad interior: la luz que había conocido desde su juventud ya no aparecía como antes y sentía que su camino espiritual se había quedado bloqueado.
Durante 1971 viajó a Alemania para aclarar sus cuestiones con la Iglesia, hablar con teólogos y consultar a distintas personas antes de tomar una decisión tan importante como la posible iniciación en el camino de los maestros. No quería actuar precipitadamente, y buscaba escuchar también las opiniones de personas de su propia tradición cristiana. Algunas personas la animaron a explorar aquel camino y otras se mostraron contrarias. Finalmente decidió continuar su búsqueda en Beas.
En octubre de 1971 regresó a la India y se dirigió a Beas, donde estaba el centro espiritual de los seguidores de Maharaj Charan Singh. Allí volvió a encontrarse con él. El maestro le dio libertad para estudiar y decidir por sí misma. Liertz no quería dar un paso que no pudiera justificar ante su propia conciencia. Al escribir las razones de su decisión, reconoció tres cuestiones fundamentales: sentía que su vida espiritual se había estancado y necesitaba la ayuda de un guía experimentado; tenía preguntas sobre su fe cristiana que no había conseguido resolver; y, sobre todo, quería comprender quién era aquel guía interior que había seguido desde su juventud.
Esta última pregunta se convirtió en el centro de su búsqueda: “¿Quién eres, Señor?”. Liertz se preguntaba quién era realmente aquel que la había acompañado desde aquella primera experiencia de luz y voz. Ella creía que era Jesucristo, pero todavía no sabía cómo relacionar aquella experiencia con la figura del maestro vivo. Mientras meditaba sobre estas cuestiones, tuvo una intuición que para ella resultó decisiva: identificó la realidad que había experimentado interiormente como la Palabra divina, y entendió que esa Palabra podía manifestarse en forma humana. A partir de ahí consideró que seguir el camino de los maestros no suponía, según su propia comprensión, abandonar a Cristo.
Sin embargo, todavía tuvo que superar varias dificultades. El maestro le pidió que estudiara más las enseñanzas antes de concederle la iniciación. Ella se impacientó y tuvo que aprender a esperar. También descubrió que había entendido inicialmente de forma equivocada lo que significaba tener un maestro: había pensado que recibiría las instrucciones de meditación y después podría marcharse y continuar sola. Poco a poco comprendió que, dentro de aquel camino, la relación con el maestro ocupaba un lugar central. Pero precisamente ahí surgió una dificultad más profunda: toda su vida espiritual había estado centrada en Cristo y no podía simplemente sustituirlo por otra figura. Para afrontar este conflicto, recurrió al estudio de los evangelios, especialmente del Evangelio de san Juan, buscando comprender qué significaba un verdadero maestro. Finalmente, durante un período de oración y meditación, tuvo una experiencia que interpretó como una respuesta: sintió que la mirada del maestro era la misma que había experimentado en momentos anteriores de su vida espiritual. Entonces reconoció en él al mismo guía interior que, según su experiencia, la había acompañado desde su juventud.
Ese reconocimiento es el centro de su relato. El encuentro con el maestro no aparece para ella como el descubrimiento de algo completamente ajeno a su pasado, sino como el reconocimiento exterior de una presencia que ella creía haber seguido interiormente durante muchos años. Por eso, al mirar retrospectivamente su vida, considera que la etapa cristiana, los años de monasterio, las experiencias de oscuridad, la llegada a la India, el encuentro con las tradiciones orientales y finalmente Maharaj Charan Singh forman parte de un mismo proceso.
En definitiva, la trayectoria de Shraddha Liertz puede entenderse como una búsqueda que pasa por distintas formas de entrega: primero la llamada interior de Dios; después la vida cristiana y el descubrimiento de Cristo; posteriormente la consagración en el monasterio; más tarde la crisis y la necesidad de una experiencia espiritual más profunda; después el encuentro con la India y otras tradiciones; y finalmente la llegada a Beas y el encuentro con Maharaj Charan Singh. Ella misma no interpreta estos pasos como decisiones independientes, sino como un camino cuyo sentido fue comprendiendo poco a poco. La palabra que utiliza para describirlo es “aventura”: no sabía de antemano adónde la llevaría Dios y tuvo que atravesar períodos de oscuridad y de incertidumbre. Solo al mirar hacia atrás pudo reconocer una continuidad entre aquellas etapas y comprender el encuentro con el maestro como un momento en el que muchas de las preguntas que habían acompañado su vida empezaron a adquirir un nuevo significado.
Extracto del libro Adventure of Faith
El maestro responde
Tu deber es penetrar y llamar a la puerta, y la puerta se abrirá. Este poder interior no se equivoca. Te abrirá la puerta cuando vea que ha llegado la hora. Aumenta tu amor y tu devoción, y entrégate completamente a su cuidado.
M. Sawan Singh. Joyas espirituales.
P. En el libro Filosofía de los maestros, se hace mucho énfasis en que el único remedio para controlar a la mente es escuchar la corriente del sonido; no existe una segunda manera. Entonces, ¿cómo podemos controlar a la mente si no escuchamos la corriente del sonido? Porque no podemos hacer simran si la mente no está controlada.
R. Entonces trata de alcanzar ese nivel para estar en contacto con la corriente del sonido.
P. Pero eso tendrá mucho que ver con la gracia, ¿verdad? Si estamos esforzándonos…
R. Bueno, la gracia de Dios es que estemos en el sendero. A partir de aquí, tenemos que esforzarnos al máximo por mantenernos firmes y lograrlo. Es indiscutible que a menos que la mente encuentre algo superior a los placeres sensuales, le va a ser muy difícil dejarlos. Y ese algo superior lo ha puesto el Señor en el interior de cada uno de nosotros. Está justo en el centro del ojo: el sonido. Así que debemos hacer lo posible por estar ahí, para estar en contacto con ese sonido y llegar a saborear el néctar, el agua viva interior. Entonces la mente dejará de correr tras los sentidos.
El Gran Maestro dice que no es posible controlar a la mente mediante austeridades, ni leyendo libros, ni huyendo de las situaciones, ni por simple fuerza de voluntad. Solo podemos someter a la mente con la ayuda del sonido. De otro modo es como introducir una serpiente en una cesta. Mientras esté dentro, estamos a salvo de su veneno, de su aguijón. Pero ¿cuánto tiempo podremos mantener a esa serpiente en la cesta? En cuanto salga, volverá a hacer de las suyas. Sin embargo, si le quitamos el aguijón, el veneno, se vuelve inofensiva. Por esa razón los místicos dicen: No creamos que vamos a poder controlar a la mente huyendo de las situaciones, o con austeridades, rituales y ceremonias. Eso solo es poner a la serpiente en el cesto. Demos a la mente un placer mejor que el de los placeres sensuales; entonces automáticamente dejará los sentidos.
P. Intentarlo, ¿tan solo intentarlo?
R. Hermana, es una lucha continua con la mente. No es una cuestión de un año o dos; es una lucha constante con la mente. Desafortunadamente, no somos conscientes de cuántas edades ha estado la mente dispersándose en el exterior, y cuánto tiempo y esfuerzo llevará alejarse de todo eso y llegar al centro del ojo. ¡Pero merece la pena!
P. Maestro, cuando tenemos un pensamiento fuerte sobre una situación, ¿hay alguna manera de erradicarlo o disminuir su efecto?
R. Puedo decir algo mejor. En lugar de estar preocupados por eliminar ese pensamiento, apeguémonos al sonido interior y automáticamente nos elevaremos por encima de ese pensamiento. Es muy difícil eliminar los pensamientos uno por uno. Es imposible. Pero cuando nos apegamos al Shabad y al Nam interior, todos estos pensamientos se eliminan automáticamente. En lugar de maldecir la oscuridad, deberíamos encender una vela.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. II
P. ¿Qué es la voluntad del Señor?
R. Bueno hermano, cuando decimos que tenemos que vivir en la voluntad del Señor, realmente quiere decir que tenemos que vivir nuestro destino, tomándolo sonrientemente como algo que nos ha asignado el Padre, aunque son nuestras propias acciones, las semillas que hemos sembrado y tenemos que recoger. A eso llamamos vivir en la voluntad del Señor. En realidad, son nuestras semillas, son nuestras acciones, y estamos enfrentándonos al efecto de estas acciones ahora, como nuestro destino.
Pero vivir con nuestro destino de manera feliz y aceptarlo alegremente es vivir en la voluntad del Señor. Eso no significa que el Padre lo haya escrito para que tengamos que afrontarlo Siguen siendo nuestras propias acciones. Somos los creadores de nuestro destino. Así que aceptemos nuestro destino felizmente y enfoquémonos en la meditación. Eso es vivir en la voluntad del Padre.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. III
Perdón ilimitado
No hay enemigo peor ni más dañino para el alma que tú mismo, si no estás bien avenido con el espíritu.
Tomás de Kempis. La imitación de Cristo.
Cuenta una leyenda del folclore estadounidense moderno, que un joven abandonó su hogar poco antes de la época de la gran depresión económica de los años treinta. Enfadado con sus padres, cansado de su familia y frustrado por la vida rural en la granja, quería emoción, aventura y experiencias. Así que, tras discutir con su madre y su padre, se marchó de casa en busca de fama, fortuna y una vida de lujo en las grandes ciudades. Pero llegó la depresión, el empleo escaseaba y, en lugar de riqueza y una vida cómoda, el joven terminó viviendo en la pobreza en las calles.
Abatido, no dejaba de pensar con nostalgia en su hogar y en su familia, recordando el consuelo, los cuidados y la seguridad que en otro tiempo le habían proporcionado. Pero durante los años que había pasado lejos de casa, nunca se había puesto en contacto con sus padres; ni siquiera les había escrito desde aquella partida marcada por la ira. Ahora sentía demasiada vergüenza y demasiado orgullo como para admitir ante ellos que se había equivocado, pedirles perdón y rogarles que lo aceptaran de nuevo en casa.
Los tiempos eran difíciles, y el joven no tenía dónde vivir y apenas tenía qué comer. Finalmente, acorralado por la necesidad, encontró el valor para escribir a sus padres. Les dijo que sabía que se había equivocado. Sentía haberles causado sufrimiento, pero temía pedirles perdón en persona, por miedo a que lo rechazaran. No obstante, les explicó que había conseguido ahorrar suficiente dinero para el viaje en tren y que llegaría a la estación local en una determinada fecha.
Las vías del tren pasaban cerca de la granja familiar, y el joven les pidió que, si en su corazón podían perdonarlo, ataran un pañuelo blanco a un viejo manzano situado junto a la vía. Si alcanzaba a verlo desde el tren, sabría que podía bajarse en la estación y que sería bien recibido en casa. Si no había ningún pañuelo, seguiría su camino de regreso a la ciudad.
El joven emprendió el viaje. Sentado en el compartimento, no lograba serenarse; la ansiedad le llenaba la mente. A su lado se sentaba un hombre mayor. Al observar la evidente angustia del joven, el anciano entabló conversación con él. Poco a poco llegó a conocer toda la historia, incluida la carta que el joven había enviado a casa, en la que hablaba del pañuelo blanco y del viejo manzano.
Cuando se acercaron al lugar, el joven se puso cada vez más nervioso. Finalmente dijo a su nuevo amigo:
“No puedo mirar. Mira tú y dime qué ves”. Cuando la granja apareció a la vista, el joven cerró los ojos mientras el anciano miraba por la ventana. “¿Y bien? –preguntó el joven con voz temblorosa–. ¿Hay un pañuelo blanco?”. “No”, respondió el anciano. Pero estaba sonriendo. “No hay solo un pañuelo blanco. ¡Todo el árbol está cubierto de pañuelos blancos!”.
Hay algo de este joven en todos nosotros, porque debe de haber muy pocos que, al menos en algún momento de su vida, no hayan albergado el pesar de no haber sido mejores personas. Es raro encontrar a alguien que, en la tranquila sinceridad de su propio corazón, sea completamente inconsciente de sus defectos humanos.
Cuando se trata de la búsqueda de la eternidad dentro de nosotros mismos, hay momentos en los que somos golpeados, con una intensidad aún mayor, por la conciencia de nuestra propia imperfección. «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», aconsejó Jesús hace tantos siglos. Y nos preguntamos: «¿Cómo?».
Los místicos son conscientes de nuestros sentimientos y, aunque no quieren que nos volvamos indiferentes, también saben que entregarnos a la autocompasión o al reproche hacia nosotros mismos tampoco es bueno. Quieren que avancemos, no que miremos atrás; que encendamos una lámpara, no que maldigamos la oscuridad.
Por eso, no sorprende que un tema común en los escritos de los santos sea el perdón y el amor de Dios hacia los seres humanos que han errado. Como un padre amoroso, la presencia divina está siempre ahí para recibirnos con los brazos abiertos, por mucho que nos hayamos “revolcado en el barro”. Los místicos saben que cuanto más nos perdonamos a nosotros mismos, más felices nos sentimos y, entonces, con gracia y confianza, volvemos nuestros rostros hacia la luz.
Después de todo, dicen, Dios es quien ha creado al ser humano y a la creación tal como son. Él es quien dio existencia al alma y a la creación. Él es quien puso en el alma el impulso primordial de buscar experiencias en la diversidad de la creación, en lugar de permanecer descansando en el amor, en el regazo de lo eterno. Y él es quien, cuando llegue el momento, atraerá de nuevo al alma hacia sí.
Esta es la historia primordial del alma: su partida de Dios, su letargo o muerte espiritual dentro de la creación, su despertar y su anhelo de la luz, y finalmente su regreso al hogar divino, su verdadera y natural morada. Por eso, es una historia que aparece repetidamente en la literatura mística.
La historia de este joven que abandona su hogar, se pierde en el mundo, reconoce su error y finalmente busca el camino de regreso es, en el fondo, una versión moderna de la parábola evangélica del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). Cambian la época, las circunstancias y los personajes, pero permanece la misma idea esencial: el hijo que se aleja de su hogar, sufre las consecuencias de su extravío y, finalmente, vuelve arrepentido, confiando en ser recibido de nuevo.
Esta semejanza permite comprender mejor el sentido espiritual de la parábola: el regreso del hijo no es simplemente el regreso de quien ha cometido un error, sino el retorno de quien vuelve a su verdadero hogar y descubre que el amor del Padre permanecía intacto. Desde esta perspectiva, la parábola no pone el acento en la culpa del hijo, sino en la alegría del Padre al recibirlo nuevamente.
Las conclusiones de esta alegoría y de la parábola del hijo pródigo son muy similares: el Padre se siente muy feliz de recibir de nuevo en casa a su hijo descarriado. Esto implica que no hay motivo para sentirse indigno o culpable. Dios es todo amor. Podemos olvidarnos de nosotros mismos y de nuestro pasado, mirar hacia él y buscar la meta espiritual. La culpa y el sentimiento de indignidad son, en realidad, formas de ensimismamiento. Son distracciones de la mente que nos impiden dedicar toda nuestra energía y atención a la búsqueda espiritual. Aunque a veces sea natural albergar tales sentimientos, en sí mismos no constituyen un paso positivo.
Jesús relata la parábola del hijo pródigo para dar ánimo a las almas que sienten el peso de la vida en este mundo y desean recorrer un sendero más elevado. No importa en qué haya estado involucrado el hijo –o la hija–. Un hijo siempre es bienvenido a la puerta del Padre, porque allí no se encuentra juicio ni justicia, sino únicamente amor puro y perdón.
“¿Por qué sigues insistiendo en mis errores del pasado?, –se quejó un hombre a su esposa–. Pensé que habías perdonado y olvidado”.
“He perdonado y olvidado –replicó su esposa–, ¡solo que no quiero que olvides que he perdonado y olvidado!”.
Así es el perdón humano. Pero el perdón de Dios pertenece a un orden completamente superior. De hecho, incluso nuestra búsqueda de Dios y de su perdón tiene su origen en la Fuente divina, el manantial del Espíritu que se encuentra en lo más profundo de nosotros mismos. Solo estamos respondiendo a un mensaje urgente que nos llama de regreso al hogar, un mensaje de amor y perdón, apenas audible al principio, que procede de los lugares más íntimos de nuestro ser.
La invitación de Dios al ser humano está siempre abierta.
Adaptado del libro The Prodigal Soul