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El servidor o el servido

En respuesta a una pregunta, Baba Ji dijo una vez que antiguamente, era el discípulo quién acudía al maestro y le preguntaba qué debía hacer. En esta época, los discípulos quieren que el maestro venga a ellos y quieren ser ellos los que le digan a él lo que debe hacer.

Al principio esto puede sonar un poco sorprendente, pero reflexionemos sobre ello. Dondequiera que vaya Baba Ji, se le pide que por favor vaya a Holanda, a Nueva York, a Manchester, a todos los lugares. Ha hecho el esfuerzo de venir a este lugar, pero le decimos que no es suficiente. Baba Ji nos dice que antiguamente los discípulos caminaban durante días, incluso meses para llegar a los pies del maestro. Ahora, lo que decimos es que en lugar de ser nosotros quienes paguemos un billete de avión o de autobús, queremos que sea él quien nos visite. Debido al amor que siente hacia sus discípulos y la pasión por su seva, él accede a nuestras peticiones y viaja a todas partes; no puede resistirse.

Baba Ji también comentó que antiguamente, eran los discípulos los que preguntaban qué debían hacer, pero ahora queremos ser nosotros los que le digamos al maestro qué hacer.

¿Cómo estamos diciéndole al maestro qué debe hacer? Bendíceme, bendice a mi familia, cura mi enfermedad, ayúdame a aprobar los exámenes. Danos más fotografías, grabaciones, etcétera. O incluso, yo no puedo esforzarme, es tu culpa, tienes que esforzarte por mí. Qué afortunados somos de que el maestro sea tan amable en sus respuestas. No le preocupa cómo nosotros lo tratamos, sino cómo nos tratamos a nosotros mismos. Le preocupa que nuestra incapacidad para comprender la urgencia que conlleva llevar un estilo de vida adecuado y de atender a nuestra meditación, pueda provocar un retraso en nuestro progreso y que tal vez nos lleve a más sufrimiento. Por ello nos ruega que escuchemos las enseñanzas y las pongamos en práctica. No importa lo mundana que sea nuestra pregunta o petición; él la reconduce hacia lo espiritual.

Sentarse a los pies de un maestro vivo es una suerte incomparable. Cuando nos sentamos a los pies de un santo, nos sentamos a los pies de todos los santos que han venido antes. Pero en el estado infantil en que nos encontramos, no sabemos lo que tenemos. Si le preguntas a un niño si prefiere tener diamantes o galletas, ¿qué escogería? Sin entender realmente lo que el maestro puede ofrecer, le pedimos galletas y pasteles. Fotografías, grabaciones, salud, prosperidad, son las galletas. ¿Puede una dieta a base de galletas ayudarnos a perder nuestro peso kármico? O en cambio, ¿podemos usar los diamantes para saldar nuestra cuenta kármica?

Los santos nos dicen que no sabemos lo que es bueno para nosotros. Entonces, ¿cómo podemos pedir otra cosa que no sea la gracia para poder realizar el esfuerzo o pedirle a él? Un pobre perro que se encuentra en una pequeña jaula en una perrera reza para que alguien se lo lleve a su casa. La primera persona que llega rechaza al perro y el perro piensa: “Dios, ¿por qué me has abandonado?”. El perro no sabe que esa persona lo habría tenido atado a un árbol en el frío más intenso y no le habría prestado ninguna atención. Llega la segunda persona, rechaza al perro y este piensa: “Dios, ¿por qué me has abandonado?”. Poco sabía el perro que se trataba de una persona que solo quería un perro guardián para la noche y lo hubiera tenido enjaulado todo el día. Entonces llegan un niño y una niña felices que le ruegan a sus padres: “Por favor, llevémonos este perro a casa”. El perro vivió en una casa llena de amor y felicidad. El Señor derramaba su gracia sobre el pobre perro en todo momento; pero el perro simplemente no podía verlo. A veces nos quejamos de lo que se nos viene encima porque no tenemos una visión más amplia. Así que tal vez sea mejor que recemos para poder vivir en su voluntad.

Pero esto hace que surja la pregunta: ¿nos esforzamos en servir al maestro o exigimos continuamente que él nos sirva? ¿Somos servidores de aquel al que hay que servir?

Por supuesto, el maestro es puro servicio ya que es todo lo que sabe hacer. Su vida está totalmente dedicada a sus discípulos. Parafraseando a Baba Ji en una reunión por la tarde en Dera, él dijo: “Soy el único que se despierta por la mañana y no puede elegir si hacer seva o no”.

Él hace todo por nosotros en cada momento; no tiene la opción de no servir a sus discípulos. Pero cuando nosotros no vivimos de acuerdo con las enseñanzas, cuando faltamos a nuestra meditación, escogemos no servirle.

En Filosofía de los maestros, el Gran Maestro escribió:

La voluntad del Señor y el libre albedrío del hombre se mencionan muchas veces en los escritos de los gurús. Si por la voluntad del Señor se entiende que todo lo que sucede está previsto que suceda y que los esfuerzos del hombre no sirven para nada, entonces, ¿de qué sirve que los gurús se encarnen una y otra vez para impartir discursos espirituales y publicar literatura escritural? Los gurús dicen que es necesario que nos esforcemos, pero que debemos hacerlo de acuerdo con la voluntad del Señor1.

Hacemos preguntas pero en nuestros corazones ya sabemos la respuesta; es la meditación y más meditación, con algo de seva también. El Gran Maestro nos dice que si nuestros esfuerzos no sirviesen de nada, ¿por qué se habrían esforzado los santos? Baba Ji se esfuerza por venir y nos ruega que hagamos nuestra parte. En el juego de servir o de que se nos sirva, nunca ganaremos la competición contra el maestro. Él siempre nos dará cien, mil o millones de veces más de lo que nosotros podamos dar. Pero debemos servir, debemos entregar. Esto es ser un discípulo sirviente.

No hay nada malo en pedirle al maestro que nos bendiga. Pero los santos nos dicen que nos bendigamos a nosotros mismos. ¿Cómo podemos bendecirnos? Poniendo en práctica las palabras del maestro.

Pidamos lo que pidamos, el maestro nos da mucho más. Le pedimos que derrame su gracia pero en realidad ya estamos bajo una cascada de gracia. Esa gracia fluye, entonces, ¿por qué sujetamos nuestra taza al revés y esperamos que se nos dé una taza de té? Más bien, en nuestra meditación demos la vuelta a nuestra taza para que se desborde de gracia.


  1. Maharaj Sawan Singh, Philosophy of the Masters, Vol. 4, p. 78.