Iniciación — ¿Estamos Preparados?

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Cuando en nuestro interior sentimos un profundo vacío que no somos capaces de explicar;

Cuando las cosas que una vez nos produjeron alegría, ahora nos parecen mundanas, aburridas e inútiles;

Cuando el desasosiego invade nuestro ser y nos hacemos preguntas sobre cuestiones de las que antes no éramos conscientes;

Cuando en nuestro interior la necesidad de buscar algo, que va más allá de nuestra existencia presente, se convierte en algo primordial, en una pasión;

Cuando el nudo que nos atenaza suplica ser desatado;

Cuando comenzamos a buscar algo que llene un vacío inexplicable; ¡ese es el momento exacto del despertar de la conciencia! ––

Este es el momento en el que experimentamos un extraño despertar que somos incapaces de expresar. Despertamos a una parte de nuestro ser nueva para nosotros. Una chispa se enciende en nuestro interior. Puede que estemos buscando la espiritualidad o no, pero consciente o inconscientemente nos encaminamos en esa dirección. El potencial de nuestro desarrollo interior crea un anhelo en nosotros que nos atrae hacia el sendero. Esta fuerte atracción y deseo repentino suponen el comienzo de la búsqueda de la Verdad. Podemos aprender de los libros y discursos, sin embargo estos solo pueden aportarnos un conocimiento intelectual. Necesitamos más. Necesitamos a un guía, a un profesor que nos dirija, pues alguien tiene que indicarnos el camino. Así pues, es lógico que nos planteemos la pregunta: ¿Hacia dónde nos dirigimos desde este punto?

De la misma manera en que un hombre enfermo visita a su médico para que le administre un medicamento que le cure su enfermedad, nosotros acudimos al maestro, quien nos cura de la enfermedad de la separación del Señor con el medicamento de la meditación.

En cualquier búsqueda de la vida, vamos paso a paso hasta adquirir la experiencia personal. El entendimiento surge de la familiaridad, pues nos da más seguridad y confianza en nosotros mismos. Igual pasa con nuestro acercamiento a la espiritualidad y al maestro. Al principio tenemos miedo porque es un concepto que no nos es familiar y puede resultarnos extraño; deseamos saber más del tema, pero aun así no estamos dispuestos a dar el primer paso. Nuestras preguntas indican que deseamos la realización de Dios, aunque se nos hace difícil encaminarnos en esa dirección. Sin embargo, una vez que hayamos comprendido la manera de cumplir con nuestro deseo, nuestro miedo se verá paulatinamente reemplazado por el anhelo. ¡Ese despertar interior nos insta a ir en busca de un guía que nos indique el camino!

Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Sin camino no se anda,
sin verdad no se conoce,
sin vida no se vive.
Yo soy el camino que debes seguir,
la verdad que debes creer,
la vida que debes esperar.
Tomás de Kempis, La imitación de Cristo

Jesús explica: “Yo soy el camino”. Únicamente un maestro vivo posee la clave para descubrir la “Verdad”, la manera de alcanzar la autorrealización. Sin el “Saber”, sin la propia experiencia interior, no puede haber fe, creencia o conocimiento. Sin “Vida”, –refiriéndose a la vida o dicha eterna nuestra liberación, que él denomina “la vida que debes esperar”, no es posible. Y la liberación no puede obtenerse sin un guía que nos indique el camino.

Desde el punto de vista físico, el maestro es tan humano como nosotros. Pero –he aquí la gran diferencia– desde una perspectiva espiritual él ha recorrido el sendero de la Verdad, ha experimentado la dicha eterna y alcanzado la última meta, yendo a lo más profundo de sí mismo y conectando con el Shabad, Verbo o Logos, el poder espiritual divino. Solamente un alma realizada en Dios puede mostrarnos el camino interior.

El maestro nos da a conocer el método para alcanzar a Dios, para interiorizarnos con la práctica de la meditación y conectar nuestra alma al Shabad, y de este modo nos libera de las garras del ciclo de nacimiento y muerte para siempre. Se nos muestra el sendero de la realización divina que nos libera de la esclavitud al mundo. El maestro nos conduce de la oscuridad hacia la luz y libera a nuestra alma fundiéndonos con el Absoluto, el Último Señor. Sin el maestro la realización de Dios no existe.

El efecto que produce un guía espiritual es el de arrancar a los buscadores de los fenómenos externos en los que ahora están inmersos y llevarlos hasta el punto culminante de la realización espiritual. El maestro es supremo, omnisciente y omnipresente. Él es la clave de toda la existencia, pues él personifica el todo.

Se cuenta la historia de un maestro que a menudo solía repetir al final de sus discursos: “elimina el yo y conoce la verdad”.

El discípulo no pudo resistir preguntarle: “Maestro, si esto es cierto, ¿por qué no eliminas el yo de nosotros y simplemente explicas la pura verdad?”.

El maestro sonrió y le pidió al discípulo que le trajera agua para beber.

El discípulo le trajo un vaso de agua y lo depositó frente al maestro. “¿Qué es esto?”, le preguntó el maestro.

“Es el agua que me pediste”, murmuró el discípulo. “Pero yo te pedí agua, no un vaso”, le dijo el maestro. El discípulo estaba confuso.

“No importa”, explicó amablemente el maestro. “De la misma manera que no puedes traer agua sin un recipiente, igualmente el maestro no puede expresar la verdad si no es mediante las enseñanzas”.

Las enseñanzas son el recipiente que nos permite establecer contacto con la verdad interior, con la realidad divina. Las enseñanzas son de suma importancia para ayudarnos a alcanzar nuestro objetivo, pero sin un maestro, ¿cómo vamos a conocer las enseñanzas? Si bien la forma externa del maestro puede cambiar, las enseñanzas y la verdad que él representa permanecen inmutables. Solo el maestro puede darnos las verdaderas enseñanzas, ya que él y las enseñanzas son uno.

La palabra “iniciar” deriva del término en latín initiare, que significa comenzar o empezar algo nuevo. Por tanto, el término “iniciación” implica que se nos da a conocer una nueva práctica o técnica. En este sendero espiritual, cuando el maestro, o uno de sus representantes, instruye al buscador en la disciplina de la meditación, se refiere a la iniciación, o recibir el Naam. En la meditación, el discípulo aprende a inmovilizar a la mente inquieta y vuelve a conectar su consciencia con el Shabad, que es la esencia del alma.

Es increíble que, de todos los miles de millones de personas que hay en el mundo, solamente unas pocas almas elegidas en un momento determinado estén listas para recibir la iniciación y liberarse del ciclo de nacimiento y muerte. La iniciación es claramente el comienzo de una nueva vida otorgada solamente a aquellos a quienes el Señor ha elegido darles su gracia.

Jesucristo dijo: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen” (San Juan 10:27).

Aquellas almas que han sido elegidas o “marcadas” escucharán la “voz” del pastor. Son afortunadas porque por medio de la iniciación, tienen la oportunidad de conectarse con la realidad verdadera y liberarse del ciclo de nacimiento y muerte.

Hay un dicho en punyabí que reza: “Daana sir daan, Naam daan.” Significa que la mayor bienaventuranza de todas, “Daana sir daan,” es el regalo de “Naam daan,” o iniciación por el maestro. Mediante el regalo del Naam daan somos capaces de interiorizarnos y, mediante la ayuda del Shabad, alcanzar elevados estados de conciencia.

A través de la iniciación, el maestro hace que despertemos de los engaños de este mundo materialista. Él nos despierta de nuestro profundo letargo al mostrarnos el camino a Dios. En la iniciación el maestro da a conocer al buscador el método de la meditación mediante el cual él, o ella, puede conectar con el Verbo, Logos o Shabad. El maestro le transmite la esencia de su propia experiencia directa de esta realidad interior.

Por medio de sus enseñanzas y experiencia, los maestros nos muestran el modo de volver a unir nuestra alma a su fuente. Ellos nos aseguran que solo a través de la meditación pueden revelarse los misterios de los reinos interiores.

En consecuencia, la iniciación consiste en establecer un vínculo entre el maestro y el discípulo. Este vínculo, o conexión, tiene lugar en un plano espiritual. En realidad es la forma Shabad del maestro la que está realizando la iniciación. La forma Shabad del maestro no tiene límites y acompaña a sus discípulos dondequiera que estén. Por eso da lo mismo que la iniciación esté dirigida por el maestro en persona o por cualquiera de sus representantes. No hay diferencia, pues la verdadera iniciación tiene lugar en el interior. El objetivo de la iniciación externa es solo el de explicarle a los discípulos la técnica de la meditación e inculcar en ellos un fuerte sentimiento de compromiso.

Únicamente a través de un maestro adquiriremos el conocimiento interior. En la iniciación, el maestro prende la llama de la conciencia en nosotros y nos da la seguridad de que él nos llevará a nuestra morada final mediante la práctica de la meditación.

El propósito de la vida humana es la realización de Dios. Sin embargo, primero tenemos que alcanzar la comprensión de que somos de la misma esencia de Dios. La autorrealización precede a la realización de Dios. Nosotros provenimos de Dios y nuestro destino final es regresar a él. El fin –y los medios para tal fin– es la meditación: la ciencia intemporal que nos conduce a la unión definitiva con Dios.

La iniciación es, en esencia, volver a nacer; nos desapegamos de los atractivos del mundo material y mediante la meditación renacemos en un sendero de devoción espiritual. Como dice la Biblia: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no podrá ver el reino de Dios” (San Juan 3:3).

La parte interior y esencial de todo ser es el espíritu, o alma, y la parte externa es nuestro cuerpo físico. Al contrario que el cuerpo, el espíritu no sufre cambios ni destrucción. Todo lo que somos capaces de percibir, que aparenta vivir, algún día decaerá y morirá. Mas no somos conscientes de la realidad del espíritu, que vive para siempre, porque está cubierto y oculto bajo un manto de materia. El espíritu o alma es de la misma esencia que el Shabad, la Palabra de Dios, que es el poder que sostiene la creación y da vida y forma a todo. Volvemos a nacer cuando el maestro vuelve a despertar nuestra conciencia al Shabad dentro de nosotros, en el momento de la iniciación. Es entonces cuando dejamos de sentirnos identificados con el cuerpo y caemos en la cuenta de que nuestra identidad verdadera es espíritu o Shabad.

En la Biblia se explica claramente: “Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (San Pedro 1:23). A fin de contemplar el reino de Dios necesitamos renacer de la simiente “incorruptible”, que no está sujeta a cambio, decadencia o muerte. Por medio de la meditación nos apegamos al Shabad o corriente del sonido que “vive y permanece para siempre”. Nacemos de nuevo en el espíritu por medio de la iniciación. La Palabra de Dios, el Shabad, es indestructible e incorruptible.

La Biblia dice: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” (San Juan 1:1). Este Verbo o Palabra de Dios se denomina con varios nombres en diferentes religiones: Kalma, Shabad, Logos, la música de las esferas, corriente del sonido, corriente audible de la vida, Tao, Akash Bani. Todos estos términos, acuñados por el hombre en diferentes épocas y culturas, hacen referencia a este sonido interior que es el núcleo de la existencia de la creación, y es la esencia de toda alma. Los maestros revelan este sonido desde su interior. Es la fuente de su revelación y por tanto, son capaces de enseñar la misma verdad a través de la experiencia personal.

El santo Hazrat Inayat Khan dijo: “El conocedor del misterio del sonido conoce el misterio de todo el universo”. El conocimiento interior y la experiencia de los maestros les convierten en “conocedores del misterio del sonido”. Este sonido, o Shabad, resuena constantemente en nuestro ser, en nuestra alma, pero somos incapaces de escucharlo porque nuestra conciencia no está enfocada, no está concentrada. Estamos tan absortos persiguiendo objetivos mundanos y apegados al brillo exterior del mundo que nuestra conciencia del sonido se desvanece.

La divinidad siempre ha sido una parte inherente a nosotros, pero está enterrada y cubierta con envolturas de deseos y pensamientos negativos. La iluminación espiritual implica adaptarnos a aspiraciones y pensamientos superiores, haciéndonos conscientes del ser superior. Es el camino de descubrir al alma oculta bajo distintas capas de suciedad.

Durante la meditación, cuando la mente está inmóvil y concentrada, paulatinamente el Shabad se percibe con claridad y se hace audible. En el momento de silencio profundo de la meditación somos capaces de desarrollar la habilidad de desprendernos del parloteo de la mente, abandonar nuestros apegos mentales e ir más allá de lo mundano para seguir al sonido. La melodía que resuena en nuestro interior nos eleva y desafía toda la lógica de la mente pensante. Es algo que no puede expresarse con palabras: debemos experimentarlo.

Aristóteles escribió que en realidad era la experiencia y no el conocimiento adquirido, lo que le permitía al iniciado captar el significado secreto de los misterios. Las enseñanzas zen subrayan: “Estudia la palabra viva, no la palabra muerta”.

La “palabra muerta” se refiere al aprendizaje que adquirimos de los libros y de las escrituras, pues se trata de un conocimiento superficial y no se basa en la experiencia. Los libros solo pueden ofrecer una explicación, una información; pueden motivarnos e inspirarnos, pero no pueden proporcionar experiencia. No se requieren palabras para alcanzar la verdad interior, en vez de eso la mente debe silenciarse durante la meditación, de modo que al final, ¿de qué sirve el conocimiento de los libros?

La palabra viva de Dios, el Shabad, solo puede trasmitírnoslo un maestro vivo a través de la iniciación. Por tanto, se nos alienta a conseguir la palabra viva de un maestro vivo, quien, gracias a su experiencia personal, puede enseñarnos la manera de captar la palabra viva de Dios. La iniciación es la chispa mística, otorgada por el maestro vivo a sus discípulos, que activa la energía espiritual latente en nuestro interior.

El viaje espiritual comienza con nuestra habilidad para concentrarnos en el centro del ojo. Durante el periodo de meditación, hemos de dejar de lado nuestros deseos mundanos y preocupaciones: el hogar, la oficina, los cónyuges, los hijos, las mascotas… ¡Todo! Este es nuestro momento especial con el maestro y ningún otro pensamiento debe distraer nuestra atención. No importa el ruido que haya fuera de nuestra habitación, ya sea la lavadora, que la leche al hervir rebose la cacerola o que no le hayamos dado de comer al perro. Nunca vamos a disponer de la situación perfecta para meditar, tal situación no existe. La ocasión perfecta es el tiempo que dedicamos a la meditación, porque ese es el único momento en que estamos a solas con el maestro.

La meditación es el método por el cual podemos desprendernos de este mundo caótico uniéndonos interiormente al Shabad gracias a la firme concentración en ‘un solo punto’. La meditación tiene que realizarse sin motivos, pensamientos o expectativas. La mente debe estar cerrada herméticamente a toda actividad del exterior. Pensar de forma descontrolada e irreflexiva nos lleva a dar rienda suelta a nuestros pensamientos, e invertir este proceso mental requiere de una meditación concentrada. El propósito de la meditación es perdernos en la experiencia del Shabad eliminando todos los pensamientos, deseos y pasiones.

Para conseguir la concentración necesitamos sentarnos totalmente inmóviles, de una manera natural y cómoda, tal como se nos indica en el momento de la iniciación. El cuerpo hará todo lo posible para recordarnos constantemente su presencia, y atraer nuestra atención hacia el mundo exterior. Con la espalda recta y los ojos cerrados tenemos que llevar nuestra atención al centro del ojo con el simran.

Sin duda alguna, al principio aquietar el cuerpo nos resultará difícil, pero ‘la práctica hace al maestro’. Si nos retuvieran a punta de pistola y nos ordenaran permanecer absolutamente quietos, ¿nos atreveríamos siquiera a temblar? Helados de miedo nos convertiríamos en estatuas. Esta es la misma resolución que se requiere durante la meditación, aunque nuestra inmovilidad tiene que surgir de la perseverancia y no del miedo. Cuando tenemos la firme determinación de alcanzar nuestro objetivo, ya estamos a mitad de camino hacia el éxito. En la espiritualidad no puede haber esfuerzo a medias, es todo o nada; una situación de “vida o muerte”. Por eso Kabir manifiesta: “El sendero espiritual es para héroes, no para cobardes”.

¿Y no sería ridículo si dijéramos que no somos capaces de imponernos la disciplina de sentarnos quietos durante un par de horas todos los días? ¿Acaso alguien ha conseguido su recompensa sin trabajar duro? Los médicos, abogados, eruditos, pintores y músicos invierten interminables horas, días, meses y años de dedicación y perseverancia en su trabajo para lograr sus objetivos. No se ponen a pensar en hacer grandes planes para convertirse en expertos en su campo: trabajan para alcanzar el éxito.

El viaje interior comienza cuando recogemos nuestra atención en el centro del ojo con la repetición del simran, los cinco nombres que nos dan en el momento de la iniciación. Este proceso de repetición lentamente calma la mente inquieta, aquietándola y silenciándola mediante el poder de las palabras que el maestro nos otorga. Al repetir el simran, la mente se vacía de pensamientos caóticos y se mantiene silenciosa y firmemente concentrada en el centro del ojo. El simran nos ayuda a retener la atención en un solo punto.

El simran debe resonar las veinticuatro horas del día en nosotros, incluso si no estamos meditando. Es un escudo que nos protege de los pensamientos negativos y nos ayuda a pensar en positivo. El poder del simran que nos concede el maestro, es la clave del éxito para seguir el sendero y alcanzar la iluminación espiritual.

Cuando mueren todos los pensamientos, cuando hay vacío y oscuridad, cuando la mente se haya librado de todo deseo y haya desaparecido toda conciencia de sí misma, el “yo”, el ego, se disuelve. Sin el “yo”, la mente se vuelve insondable, ilimitada y sin poso alguno de ego. En el silencio de ese estado de profunda concentración quedan erradicados todos los pensamientos externos, y la mente y el intelecto se someten al poder del simran.

El Shabad se manifiesta en forma de dos cualidades en el interior: luz y sonido. Por eso se hace referencia al Shabad como la corriente audible de la vida, o corriente del sonido. La luz nos ayuda a fijar nuestra atención o foco. Cristo dijo: “Si tu ojo es único, todo tu cuerpo estará lleno de luz” (San Mateo 6:22). Cuando la concentración está firmemente arraigada en el centro del ojo por medio del simran, puede percibirse una melodía distante y tenue. A veces viene precedida o acompañada por destellos de luz. En el silencio de la mente, la luz y la melodía se vuelven más claras, más audibles, más brillantes e irresistibles, y entonces la mente comienza a sentir una atracción irresistible hacia la luz y el sonido.

Así es como comienza el viaje interior del alma. La luz y el sonido atraen al alma y le confieren enfoque y dirección y, finalmente, tiran de ella hacia arriba. En este punto, la forma radiante del maestro envuelve al alma. El Shabad –la luz y el sonido– despierta al alma. Volvemos a nacer, por así decirlo. Esto es lo que significa “morir en vida”. Cuando la mente y el cuerpo están completamente concentrados, el alma despierta a una experiencia de dicha absoluta. La magnitud infinita de tal experiencia va más allá de toda comprensión humana.

Ningún otro amor es tan profundo como el amor entre maestro y discípulo. Se trata de un amor que se sumerge en lo más profundo de nuestro ser, en nuestros nervios, en el pulso y el torrente sanguíneo. No puede compararse a ninguna clase de amor, ya sea el amor de una madre por su hijo, el de los cónyuges, el de un hermano por otro, o incluso el amor de un amigo. Estas relaciones humanas nacen, crecen, cambian y paulatinamente se desvanecen. Incluso la pérdida de un ser querido deja de doler con el paso del tiempo. Ninguno de estos vínculos es permanente, pues las relaciones humanas cambian constantemente. Tal es la propia naturaleza del ser humano.

En cambio, nuestro amor por el maestro abarca todo nuestro ser y permanece constante. Cuando vamos más allá del amor del plano físico al amor puro por el maestro, nos elevamos por encima de los cambios, las expectativas y las demandas. El amor verdadero, de forma involuntaria y sin vacilaciones, desea dar, someterse y entregarse. Esta clase de amor solo es posible con el maestro, porque él ama desinteresadamente, sin exigencias ni expectativas; él solamente da, da y da.

Por medio de su amor el maestro nos inspira a entregarnos a él en meditación para alcanzar finalmente al maestro Shabad en el interior. Nuestro amor por la forma física del maestro debe motivarnos a meditar con total dedicación y una atención tan concentrada que conectemos nuestra alma al Shabad –el verdadero maestro interior sin forma– y alcancemos la Verdad. El resultado de nuestro amor por el maestro se manifiesta en nuestra intención de vivir en su voluntad o hukam – y en practicar nuestra meditación a diario intentando que se convierta en parte de nuestra vida.

No hay nada ni nadie que nos pertenezca –los hijos, los padres, los cónyuges, la riqueza, las propiedades–, pues nada dura para siempre. Todos los apegos son engaños. Cuando llegue la hora final, cuando la muerte llame a nuestra puerta, ninguna de nuestras relaciones mundanas ni nuestras pertenencias materiales nos acompañarán. Partimos solos y con las manos vacías. Todo lo que con tanto esfuerzo y orgullo hemos logrado y acumulado en nuestra vida, ya sean los títulos que acompañan a nuestro apellido, las placas con nuestros nombres en la fachada de nuestras casas, las empresas que llevan nuestro apellido, los hijos e hijas que continúan con la línea de sucesión..., todo queda borrado, desaparece. En este mundo transitorio nada ni nadie nos pertenece, todo perece.

Todos esos apegos que al principio nos proporcionan felicidad y alegría, al final nos traicionan porque no perduran. Sentimos dolor porque buscamos la felicidad donde no existe. Intentar encontrar la eternidad en el mundo material es como intentar detener un río, cuya tendencia natural es fluir. Andamos en busca del amor en el exterior, cuando es transitorio. Deseamos que el amor sea eterno, pero ¿cómo podemos lograr amor eterno de algo temporal y efímero?

Solo existe un apego que es imperecedero e inmortal: nuestro apego a la Verdad, al Shabad que es eterno. Solo podemos alcanzar este apego si mediante la meditación, libramos poco a poco a nuestra mente del deseo de las falsas promesas de este mundo. A medida que mejore nuestra concentración, nuestra mente comenzará a unirse al Shabad en el interior y consecuentemente se desprenderá de los objetos y deseos del mundo. Si hay un agujero en la base de una jarra de agua, el agua se escapará hacia fuera. Del mismo modo, si todavía queda algún resquicio de apego en nosotros, nuestra atención se derramará hacia el exterior. Disminuirá nuestro enfoque y nuestras prioridades cambiarán. En lugar de avanzar retrocederemos, pues los deseos nos impedirán retomar nuestro rumbo. Si hacemos nuestra parte –la meditación–, entonces, el Shabad automáticamente hará la suya, atrayendo nuestra conciencia lejos de las distracciones de esta creación y uniéndola, en nuestro interior, a las esferas superiores de la Verdad y el entendimiento.

Entramos a este mundo propulsados por nuestro ego; por nuestra necesidad de definirnos como alguien particular o para satisfacer nuestras necesidades por alcanzar un estatus social y posesiones materiales. Sri Ramakrishna explica en las siguientes líneas la intensidad de la destrucción ocasionada por la subida vertiginosa del ego:

Es más fácil que se desvanezca el ego de un hombre corriente
que el ego de un sabio, que es, de hecho, más difícil de debilitar.

El ego es como un vaso vacío que se sumerge en el océano, y después de emerger lleno hasta los bordes, grita: “¡Yo soy el océano!”.

¿Quiénes somos en realidad? En la Biblia se dice: “… Pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19). Si somos capaces de comprender la profundidad de estas palabras, nos daremos cuenta de que la excesiva preocupación por nosotros mismos, la arrogancia al creernos importantes, constituyen la mayor amenaza en nuestra vida.

La mente alimenta a nuestro ego. Es una ilusión que procede de nuestra ignorancia. Ramakrishna también dijo que el ego es “como una luciérnaga que al atardecer se cree que está proporcionando luz al mundo, pero cuando las estrellas empiezan a brillar, la luz de la luciérnaga tiene que humillarse”.

Solo cuando nuestra mente se haya vaciado del yo, estará preparada para recibir. En la mente vacía existen numerosas posibilidades, mientras que en la mente egoísta hay muy pocas. El mayor gozo posible se encuentra al reducir el yo a la nada. Tal como dijo Swami Parmananda:

Es el ego la gran barrera para el progreso espiritual. Si quieres al ego, entonces no puedes tener a Dios. Si quieres a Dios, entonces deberás ser coronado con la humildad.

Maharaj Charan Singh dijo:

No debería haber ego espiritual. Sabemos cuál es nuestra realidad, en qué punto estamos. No sé de qué nos sentimos orgullosos. Así pues, no debería existir ningún ego espiritual, pues esto es también ego, y a menos que seamos capaces de eliminar toda clase de ego, nos será muy difícil avanzar adecuadamente.

Cuando ya está todo dicho y hecho, son nuestros karmas los que nos mantienen prisioneros de este mundo. Todas nuestras obras se registran en el debe y el haber de nuestra cuenta espiritual. Nuestras buenas acciones nos traerán buenos resultados; las malas acciones que hayamos cometido traerán el castigo apropiado, que inevitablemente tendremos que sufrir. Podríamos preguntarnos qué ocurre con todos nuestros karmas a la hora de la iniciación. ¿Se eliminan? ¿Partimos de cero? ¿Nos protegerá el maestro de cualquier cosa mala en el futuro? ¿Ha asumido nuestros karmas librándonos de ellos? ¡No!

Sin embargo, el maestro sí asume el control de administrar y distribuir nuestros karmas. Todavía tendremos que cumplir con nuestros karmas y cosechar su recompensa o castigo. Pero el maestro es nuestro benefactor benevolente, cuya única preocupación es el bienestar espiritual del discípulo. Por medio de su gracia y apoyo puede hacer que un golpe de martillo se convierta en un mero pinchazo. Él nos da perspectiva y entendimiento, y nos ayuda a encontrar el valor para afrontar situaciones difíciles con confianza y equilibrio. En resumen, nos capacita para pasar por nuestros karmas sin perder nuestro equilibrio y concentración. Maharaj Charan Singh solía decir que el maestro no quita las espinas del mundo, sino que nos ofrece unas botas con suela resistente para que dichas espinas no nos hagan daño. Cuando nos enfrentamos a la adversidad, tenemos a nuestra disposición la gracia del maestro; únicamente hemos de acudir a él para ayuda y consuelo.

Para cualquier cosa que hagamos en la vida, incluso las más sencillas, necesitamos comportarnos con cierto decoro: acatamos las normas, los códigos, los deberes; las leyes y directrices. Podemos poseer un coche y saber conducir, pero se requiere que cumplamos con las normas del tráfico. Podemos creer que somos totalmente libres e independientes, pero aun así, tenemos que vivir respetando las normas de la sociedad. Incluso en Sant Mat, a fin de alcanzar nuestro objetivo, tenemos que cumplir una determinada disciplina conforme a las enseñanzas de Sant Mat. Los cuatro votos que se nos solicitó cumplir antes de la iniciación nos ayudarán a vivir una vida que cree la mínima cantidad de karma. Dichos votos son:

  • Adoptar una dieta vegetariana: no comer carne, ni pescado, ni huevos, ni nada que pueda contenerlos en su composición. Al igual que no podemos dar la vida, tampoco tenemos derecho a quitarla. Oímos a la gente hablar del amor por sus animales de compañía, pero esas mismas personas que dicen amar a sus mascotas y que condenan los actos de crueldad hacia los animales, matan a otros animales para alimentarse. No se puede justificar destruir una vida para nuestra propia satisfacción personal. La matanza de cualquier ser vivo trae como consecuencia una carga de karmas muy pesada. Se dice en la Biblia que: “Lo que siembres, cosecharás”.

  • Abstenerse de consumir: productos del tabaco, alcohol, o cualquier sustancia que altere la mente. Son elementos que nos disuaden de la meditación. Los malos hábitos deben evitarse. Los hábitos crean surcos o fuertes impresiones en nuestra mente, por lo que hay que crear buenos hábitos en vez de dar rienda suelta a los malos que solo aumentan nuestros malos karmas. El efecto del alcohol y de las drogas recreativas hace que nuestra mente, ya de por sí inestable, se vuelva más desequilibrada y se disperse. Así pues, consumir estas sustancias ¿cómo podrá ayudarnos a controlar la mente, a sentarnos inmóviles y a concentrar nuestra atención durante la meditación?

  • Vivir una vida basada en principios morales y éticos, excluyendo también las relaciones sexuales fuera del matrimonio. No podemos separar nuestros actos mundanos de nuestras responsabilidades espirituales, pues están entrelazados. Un comportamiento falto de ética solo nos traerá dolor y nos alejará de nuestra meta, y crearemos más karmas. Solo seremos capaces de aquietar nuestra mente en la meditación con una conciencia limpia y clara. El resultado de realizar actos que van en contra de las leyes y normas de la sociedad, es una mente confusa. Y ¿cómo podemos controlar a esta mente confusa durante la meditación? Si hemos hecho daño o engañado a alguien, ¿cómo podemos meditar con la conciencia tranquila?

    Si bien las relaciones sexuales dentro de los límites del matrimonio legal son aceptables, debemos entender que el sexo fue concebido para la procreación de las especies. El sexo por mero placer, para la satisfacción de los sentidos, nos aleja de nuestro objetivo. Cuanto más nos entreguemos a nuestras más bajas inclinaciones, más retrasaremos nuestro progreso espiritual. Con esfuerzo y entendimiento, debemos tratar de hacernos con el control de tales hábitos.

  • Meditar durante dos horas y media todos los días. Es necesario que disciplinemos al cuerpo y a la mente mediante la práctica de la meditación y el simran. El simran acalla a la mente y crea la oportunidad de experimentar el Shabad, la voz de Dios que nos llama desde el interior. Sentarnos cada día a una hora fija, condiciona a nuestro cuerpo y a nuestra mente a aceptar la rutina diaria de meditar. La repetición constante del simran a lo largo del día –siempre que sea posible–, también nos facilita concentrar la mente a la hora de sentarnos a meditar. Cuando nos enfocamos en el centro del ojo, nuestra atención se aleja de los pensamientos mundanos.

    Hemos de entender que controlar la mente supone una lucha para toda la vida. La mente está acostumbrada a salirse con la suya y se resiste a ser domada. No debemos esperar obtener resultados de la noche a la mañana ni podemos forzar nuestra entrada al interior. Paso a paso y con constancia se gana la carrera. Aunque no lo parezca, hacemos progresos con cada uno de nuestros esfuerzos. Tengamos la seguridad de que los beneficios de la meditación se van acumulando y se mantienen en fideicomiso para nosotros. Cuando el maestro considere que estamos preparados, cuando él vea que hemos alcanzado la madurez espiritual, solo entonces nos repartirá nuestra fortuna espiritual.

Antes de embarcarnos en la búsqueda espiritual deberíamos formularnos la siguiente pregunta: “¿Estamos verdaderamente dispuestos a aceptar un compromiso de por vida?”. La iniciación y los votos que prometemos cumplir para el resto de nuestras vidas no son compromisos ocasionales. ¿Estamos preparados para dar un cambio substancial a nuestro estilo de vida? ¿Estamos dispuestos a afrontar todos los problemas prácticos que el cumplimiento de estos votos pueda ocasionar? Puede que surjan situaciones incómodas con la familia, los amigos y los compañeros de trabajo, que no entiendan las reglas recientemente adoptadas, de ‘lo que debemos hacer y lo que no’, que seguir este sendero espiritual comporta. Aquellos a quienes creíamos amigos se alejarán de nosotros. De forma natural comenzaremos a gravitar hacia personas con ideas afines a las nuestras. Nos daremos cuenta de quiénes son las personas que van a influir en nosotros en la consecución de nuestro objetivo, y de quiénes van a hacer lo contrario; porque el caso es que la iniciación supone el comienzo de una experiencia que cambia nuestra vida.

Levantarnos temprano para hacer nuestras dos horas y media de meditación supone, para la gran mayoría, una vida de dormir menos. Permanecer durmiendo hasta bien entrada la mañana se convierte en un lujo escaso. Mientras que se nos instruye en vivir una vida normal en el mundo, ganándonos el sustento de forma correcta, desempeñando nuestras responsabilidades para con la familia, el trabajo y la comunidad, al mismo tiempo debemos tener siempre presente el objetivo, nuestra práctica espiritual. Hemos de orientar nuestra mente hacia nuestro “norte espiritual” a fin de que, al igual que una brújula, podamos mantener la atención orientada a la consecución de nuestros logros espirituales. Debemos intentar no perder nunca el equilibrio, aunque la vida nos golpee por todas partes. Hace falta un gran esfuerzo y mucha perseverancia para mantener el enfoque espiritual interior. He aquí un buen ejemplo que ilustra la manera en que los discípulos deben vivir su vida:

El rey Janak, un santo realizado en Dios, sabía que Sukdev, quien había acudido a él para que le iniciara, todavía dudaba de que un rey pudiera ser un santo al estar rodeado de toda su riqueza palaciega. Así pues, el rey Janak ordenó que sus oficiales organizaran un festival por toda la ciudad. Fiestas, bailes, obras de teatro, banquetes y espectáculos de todo tipo para entretener a Sukdev.

Cuando todo estaba dispuesto, el rey Janak invitó a Sukdev a disfrutar de las festividades que habían sido organizadas en su honor. Pero justo antes de partir, el rey le hizo a Sukdev el siguiente requerimiento: “Sukdev, es mi deseo que lleves una taza de leche llena hasta el borde a dondequiera que vayas hoy”.

Entonces el rey Janak dio las siguientes instrucciones al oficial encargado de escoltar a Sukdev: “Lleva a Sukdev por todos los rincones de la ciudad, y déjale que lo vea todo y no se pierda nada. Hemos de agasajar a nuestro invitado de la mejor manera posible. Pero si Sukdev derrama una sola gota de leche, te ordeno que le decapites en el acto”.

Acompañado por la guardia de honor del rey, Sukdev se paseó por toda la ciudad y llegó al palacio del rey Janak ya muy entrada la noche. El rey le preguntó: “¿Qué tal lo pasaste en el espectáculo? ¿Encontraste algún fallo en algo?”.

“¡Oh rey!: tal como estaban las cosas, no pude ver nada del espectáculo –replicó Sukdev–, pues en todo momento mis pensamientos estaban centrados en esta taza, por miedo a que si se derramaba una gota perdiera la vida”.

El rey Janak sonrió. “Sukdev –dijo–, así es como yo vivo en medio de todo este lujo y grandeza. No veo nada, porque en todo momento mis pensamientos están centrados en el Señor, no sea que yo también pierda mi vida”.

“Imagina –continuó diciendo el rey–, que la taza es la muerte, la leche es tu mente y las festividades representan los placeres efímeros y el esplendor del mundo. Yo paso por este mundo con gran cautela a fin de que la leche de mi mente no se derrame ni se agite, y toda mi atención esté puesta en el Señor. Incluso un solo momento empleado en no pensar en él supondría una muerte cierta”.

Por supuesto que este es un ideal muy elevado, y no es algo que pueda conseguirse de la noche a la mañana. Sin embargo, según solía decir Maharaj Charan Singh: “Este sendero no es una merienda en casa de nuestra tía”. Es un sendero que requiere fuerza interior y determinación. No obstante, podemos estar tranquilos sabiendo que cualquier persona que el maestro inicie, tiene la capacidad de seguir el sendero y alcanzar su meta. Él no nos iniciaría si no fuésemos capaces de hacerlo. Tal como dice Baba Ji: “¡Tú puedes hacerlo! Así que ¡hazlo!”. El maestro está a disposición del discípulo las veinticuatro horas al día para darle apoyo y fuerza interior. Solo tenemos que acordarnos de él y apoyarnos en él. El maestro y la meditación son el ancla de nuestras vidas, pues impiden que seamos arrastrados hacia aguas peligrosas y nos proporcionan la estabilidad que necesitamos para capear cualquier temporal. Siempre tenemos a nuestra disposición un océano de gracia y de amor. Solo tenemos que recordar mirar hacia el interior para darnos cuenta.

Preguntémonos:

¿Por qué deseamos la iniciación?
¿Hemos comprendido lo que significa ser iniciado?
¿Estamos adoptando la iniciación debido a la presión de la familia?
¿Tenemos la idea errónea de que la iniciación resolverá nuestros problemas mundanos?
¿Hemos leído suficientes libros de manera que hemos obtenido un claro conocimiento sobre las enseñanzas?
¿Hemos asistido al satsang?
¿Hemos aclarado todas nuestras dudas sobre el sendero?
¿Estamos preparados para asumir este compromiso?
¿Tenemos la suficiente perseverancia para mantenernos firmes en nuestro propósito?

Al prepararnos para la iniciación, podemos comenzar con lo siguiente:

Actitud: Realizar el cambio hacia el pensamiento positivo;
Comportamiento: Reflejar en nuestros actos nuestras intenciones;
Claridad: Fomentar el hábito de pensar con claridad:
Dedicación: Comprometernos firmemente en la decisión de alcanzar nuestro objetivo.