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Dejarse ir

El despertar espiritual es el juego que consiste en darse cuenta de que no somos quienes creemos que somos y en recordar quiénes somos realmente. En realidad, no somos un yo separado. Somos parte de Dios, la conciencia amorosa divina que crea, apoya y lo impregna todo.

Nuestro dilema humano es que, a menos que dediquemos nuestras vidas a desprendernos de esta ilusión de un yo personal separado, no podremos experimentar la felicidad de nuestra naturaleza divina. Por el contrario, pasamos todo nuestro tiempo creando un falso yo personal que definimos como “nosotros”. Sin embargo, este “nosotros” en realidad es solo una colección de pensamientos sobre quiénes creemos que somos. Luego pasamos nuestras vidas defendiendo y luchando para satisfacer y mantener esta falsa solidez, nuestro yo inventado, nuestro ego. Lo hacemos manipulando a todos y a todo en el mundo, tratando de hacer que la vida siga nuestro camino en vez del de Dios. Una cita atribuida al escritor de ciencia ficción Ray Bradbury describe los efectos de vivir de esta manera:

Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina terrestre. La mina terrestre soy yo. Después de la explosión, paso el resto del día recomponiendo las piezas.

Si somos inteligentes, viviendo en este dilema, empezaremos a despertar y a preguntarnos: ¿Por qué seguir jugando este juego del ego que nunca podemos ganar? ¿Por qué dedicar nuestra vida a esta mente personal –constantemente tratando de satisfacerla, protegerla y mejorarla– cuando eso no resolverá nuestro conflicto principal, que es nuestra miseria causada por estar separados de Dios? Es como ponerle pintalabios a un cerdo. Llegaremos a un punto en el que nos daremos cuenta de que estamos atrapados por esta mente personal y queremos ser libres. En ese momento nos tomaremos en serio el sendero porque es la única opción sana que nos queda.

Los maestros nos dicen que hay gran libertad en morir al yo limitado y renunciar a nuestra postura de dirigir el mundo. Los santos nos dicen que solo cuando dejemos ir todo y a todos, y tranquilicemos nuestra mente a través de la meditación, podremos sintonizarnos con la corriente del Shabad, que nos llevará de vuelta a Dios. Esta corriente divina es el poder vital e inteligente de Dios que es a la vez audible como el sonido y visible como la luz. No es fácil explicar lo que es el Shabad porque trasciende la capacidad del lenguaje. Soami Ji dice: “Todo es amor”1. Julian Johnson, en su libro El sendero de los maestros, describe el Shabad de esta manera:

Cuando cualquier ser humano habla en este mundo, simplemente pone en movimiento vibraciones atmosféricas. Pero cuando Dios habla no solo pone en movimiento vibraciones etéricas, sino que él mismo se mueve dentro y a través de esas vibraciones. En realidad es Dios mismo el que vibra a través de todo el espacio infinito. Dios no es estático o latente, sino que es superlativamente dinámico. Cuando habla, vibra la totalidad de la existencia, y ese es el sonido, el Shabad que puede oírse con el oído interno que haya sido entrenado para ello. Es la divina energía en proceso de manifestación, es el sagrado Shabad. En realidad, es la única manera en que puede ser visto y oído el Ser supremo: esa onda poderosa, luminosa y musical que va creando y cautivando2.

Desafortunadamente, la mayoría de nosotros no experimentamos la corriente y la atracción del Shabad, porque nuestra atención está muy centrada en esta dimensión física de personas, objetos y lugares. Los santos recalcan que a menos que dejemos de lado nuestro apego obsesivo a nuestros deseos, preferencias y juicios, permaneceremos atascados en este burdo reino material. La pregunta es: ¿estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario para desprendernos de nuestro ego personal, para que podamos experimentar el deleite del Nam?

La mayoría de nosotros decimos que queremos conocer a Dios, pero eso no es verdad. Dios nos lleva hacia él, mientras nosotros estamos ocupados apartándolo. Este constante empujar y tirar forma parte del gran juego cósmico del amor. Por suerte para nosotros, Dios nos ha dado la compañía de los santos para liberarnos y sacarnos de nuestro autoengaño que nos mantiene alejados de él. Lo fundamental de sus enseñanzas es la práctica de la meditación, en la que aprendemos a entregarnos, minuto a minuto, a la voluntad divina. A través de la meditación, nuestro amor por nuestro cuerpo, mente y el mundo se desvanece y es reemplazado por el amor al Creador. Poco a poco, a medida que nos dejamos llevar y nos dirigimos más hacia el interior, accedemos a la melodía divina en nuestro interior. El Shabad es el combustible de los cohetes que nos llevan a Dios. Los santos nos dicen que la dicha que empezamos a experimentar con el Shabad es tan sublime que una vez que la probemos, nada se comparará con ella. Una persona que posee joyas preciosas no apreciará las baratijas sin valor.

Los místicos señalan que hay dos etapas en nuestro viaje espiritual, y ambas requieren una práctica constante de dejarse ir y rendirse a lo divino. La primera etapa es comprender que no somos nuestra mente egoísta, personal; más bien, somos esa gran conciencia que está mirando al mundo a través del filtro de la mente egoísta. La primera tarea es estar dispuestos a dejar de jugar el juego del ego personal y en su lugar retirar la conciencia de nuestra alma al centro de los ojos. Entonces la segunda etapa comienza cuando nos hacemos conscientes de la atracción del Shabad y desarrollamos la capacidad de fundirnos en él y hacernos uno con Dios.

Para terminar, un maestro espiritual contemporáneo describe este proceso de entrega:

Desde que probaste por primera vez el elixir de ser nadie, tal vez en medio de la meditación, has perdido el ansia de ser alguien. La cultura dominante te condicionó a crear un personaje y defenderlo con todas tus fuerzas. El interminable proyecto de automejora, alimentado por el autoodio y frustrado por las realidades de la condición humana, solo ha reforzado la ilusión de que estás separado de tu fuente: Dios. Pero una combinación de práctica espiritual y pérdidas trágicas terminó ese juego. Tú, por ejemplo, te sientes aliviado al entregarte... ¿Quién iba a imaginar que eso de disolverse sería tan dulce?3

  1. Julian Johnson, El sendero de los maestros, 2ª ed., 1993; p. 411
  2. Julian Johnson, El sendero de los maestros, 2ª ed., 1993; p. 406
  3. Mirabai Starr, Wild Mercy: Living the Fierce and Tender Wisdom of the Women Mystics; Amazon, soundstrue, 2019, p.61