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Recordando

Hellen Keller se quedó completamente sorda y ciega a causa de una enfermedad que sufrió cuando tenía diecinueve meses, y sin embargo logró llegar a ser una escritora, activista y oradora mundialmente de renombre. En 1924, “escuchó” la Novena Sinfonía de Beethoven con su mano colocándola sobre el altavoz de una radio que estaba transmitiendo esa melodía. Posteriormente, en una carta de agradecimiento que ella envió a la Orquesta Sinfónica de Nueva York, decía así:

Cuál sería mi asombro al descubrir que podía sentir …un estallido de instrumentos y voces que sonaban al unísono, como un océano de vibración divina… Y conforme escuchaba, inmersa en la oscuridad y la melodía, las sombras y el sonido que invadían toda la estancia, no pude evitar recordar que su gran compositor, quien había vertido su dulce música en el mundo, era sordo como yo. Y me sentí extasiada ante el poder insaciable de su espíritu con el que, partiendo de su dolor, consiguió llevar tanta dicha a los demás –y allí permanecí sentada, sintiendo con mi mano la sinfonía magnifica que rompió como el mar sobre las orillas de su alma y la mía… Permítanme felicitarles encarecidamente por toda la dicha que su bella melodía ha traído a mi hogar y a mí misma1.

Lo que Helen logró es asombroso – una misión aparentemente imposible de lograr con el fin de poder sentir la experiencia de la vida en su plenitud. Y ¿quién puede imaginar la profundidad y el alcance de nuestras capacidades de experimentar la vida? Únicamente los profesores verdaderos conocen nuestro verdadero potencial, y solo ellos vienen para ayudarnos a desarrollarlo.

Para Helen, el acceso a un mundo lleno de música y luz empezó con su profesora Annie Sullivan, que vio el potencial oculto en esta niña descontrolada que luchaba y lidiaba para sobrevivir en su prisión de oscuridad, silencio y aislamiento. Annie detectó el potencial de Helen para liberarse de esa prisión, para explorar y experimentar el mundo exterior por sí misma, para amar y ser amada y así llegar a ser un ser humano auténtico.

Annie Sullivan logró hacer lo que era aparentemente imposible, aunque el primer paso fue simplemente conectar con esa personita salvaje y furiosa que vivía aislada en su mundo. Fue el toque que giró la llave. Annie inició el viaje con el toque de su mano sobre la de Helen. Y con este sencillo toque inicial, empezó el despertar de Helen.

El viaje que emprendieron las dos juntas es un misterio: una profesora, una alumna y la alquimia del amor. Esta vida es un misterio, pues realmente no sabemos nada y no entendemos nada. Y sin embargo, Helen Keller recordó algo. Y nosotros también recordamos algo. El poeta William Wordsworth escribe:

Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido:
El alma que se eleva con nosotros, la estrella de nuestra vida,
Ha tenido en otro lugar su escenario,
Y viene de lejos:
No del olvido completo, ni de la desnudez absoluta,
Pero venimos de una larga estela de nubes de gloria
Procedentes de Dios, nuestro hogar2.

¿Cuál es este hogar –este Dios– del que todos nos hemos olvidado? Soami Ji Maharaj nos cuenta el relato:

Al principio únicamente había Uno, después dos, y después tres, y luego muchos, después miles y cientos de miles, y finalmente había un número incontable de seres. Ahora bien, aquel que encuentra a un maestro perfecto, que encuentra a aquel que es uno con él y es la forma de él, tendrá éxito a través de su gracia, en liberarse de la ilusión de la multitud y alcanzar su verdadero hogar3.

De algún modo, las palabras de Soami Ji nos parecen verdaderas: en algún lugar en el interior de nuestro ser, recordamos esa Unicidad, recordamos ser completos. ¿Pero cómo llegar allí desde aquí? ¿Cómo recordar, cómo redescubrir lo verdadero? El proceso comienza y culmina con la gracia, y la gracia se personifica en el maestro vivo, su propia existencia nos recuerda a ese algo. El Creador desciende de aquella región sin forma, y adopta una forma humana en la figura del maestro, que nos tiende su mano, camina con nosotros, nos enseña, y nos guía en el interior hacía su forma de sonido y luz divina e incluso más allá, hacía nuestra unión con el ser ilimitado y sin forma.

Una vez más, todo misterio. En Legacy of Love leemos:

El maestro vivo verdadero es un misterio tan impresionante que la mente apenas puede comprenderlo. Si durante toda nuestra vida, pudiésemos contemplar la clave del plan de Dios para alcanzar la redención, seríamos afortunados incluso de poder arañar la superficie de este misterio. ¿Cómo puede Dios escoger a un ser humano inocente y transformarlo en un santo? ¿Cómo se puede infundir a un ser mortal con el poder de conectar a otros seres humanos con el Shabad, ese poder que sostiene la creación? ¿Cómo puede una persona recibir el poder de llevar a otra de regreso al hogar del Padre, de donde procedieron hace eones?4.

Lo primero es encontrarnos con ese misterio, el maestro, en este mundo de materia oscuro, denso y aterrador. Inmersos en este mundo de sombras, la mente y los sentidos dirigen cada una de nuestras acciones y nos cuentan esa gran mentira: estamos separados de los demás, estamos solos, y “cada uno por su cuenta”; ese el amor es imposible.

Y luego contemplamos a ese ser. No sabemos quién es, o qué es, pero hay algo en él que nos llama la atención, pues jamás hemos conocido a nadie parecido, y aun así es más inmenso, más radiante, más consciente, y más dulce que nada ni nadie que hayamos conocido jamás.

Deseamos estar en su presencia, contemplando su belleza. Es lo único que sabemos. El maestro ha hecho surgir nuestro recuerdo de aquello que habíamos olvidado. Y después nos dice, de la misma forma que le dijo Tulsi Sahib a su querido discípulo, Taqi:

Escucha, ¡oh Taqi!, mantén la mirada fija en tu maestro
  quien te ha tendido su mano.
No lo dejes por negligencia, si deseas ver
  el esplendor de tu amado.
Su gracia te llevará a su misma presencia,
  sin temor ni peligro en el viaje5.

El maestro nos dice a cada uno de nosotros: Tómame de la mano, no me pierdas de vista, sígueme en tu interior hasta el centro de tu ser, donde te encontrarás con el amado frente a frente.

Nosotros le respondemos: No sé si lo que dices es cierto, pero eres la máxima autoridad que conozco, así que intentaré hacer lo que me dices.

Y él dice: Es suficiente, solo empieza, y vuelve a empezar, y nunca dejes de empezar. Y así, comenzamos el viaje. Y Maharaj Sawan Singh nos explica que se trata de una búsqueda interior:

El hombre es una creación maravillosa. No solo lleva consigo su historia pasada sino también toda la creación, visible e invisible, y el Creador de todo ello está en su interior, y se le ha otorgado la capacidad de ver todo lo que existe en su interior y de llegar a unirse con su Creador.

La búsqueda tiene que realizarse en el interior de uno mismo y no supone coste alguno. Todo se encuentra tras el velo de la mente y en el momento en que la mente se aquiete, lo que está detrás el velo se hará visible6.

En otra ocasión el Gran Maestro dice: “Estas vivo, te mueves y tu ser está con él”7. Es como si estuviésemos inmersos en Dios, y sin embargo nos sentimos perdidos y nos preguntamos dónde se encuentra. Pero el Gran Maestro acaba de decirnos que nosotros vivimos en él y él, en nosotros. Somos como incontables burbujas en el océano del Uno. Lo que hay dentro de la burbuja es lo mismo que lo que está fuera de ella, la membrana fina de la mente es la que se interpone al hacernos creer que no somos el océano, y es esta membrana la causante de que nos sintamos solos y privados de este amor, pues la burbuja es lo único que conocemos.

Cuando la mente se aquieta, la burbuja se disuelve y el velo se aparta. Y es el maestro quien le ofrece a sus iniciados un papel a desempeñar para inmovilizar la mente; les da el obsequio de la práctica espiritual, una práctica para recordar a aquel al que hemos olvidado. Tulsi nos dice: “Mantén la mirada fija en tu maestro si deseas ver al amado”. Mantener la mirada fija en el maestro es la práctica de recordarlo, la práctica del simran. Repetimos los cinco nombres únicos que él nos ha dado para recordarlo una y otra vez. Sheikh Abu Said dijo:

El verdadero santo vive entre la gente.
Se levanta por la mañana, come y duerme cuando es necesario.
Compra y vende en el mercado al igual que los demás.
Se casa, tiene hijos, y se reúne con sus amigos.
Sin embargo, siempre tiene a Dios presente, y no se olvida de él ni un solo instante8.

Alguien le pregunto en una ocasión a Hazur Maharaj Ji: “¿Qué es lo que recuerdas de tu maestro?”. Y dijo; “Yo recuerdo solo a mi maestro”.

Recordar es nuestro deber sagrado. La raíz en sanscrito del simran tiene dos significados: repetir y recordar; lo que repetimos, lo recordamos y lo que recordamos, lo repetimos… y así crece el amor. Hazur dice:

El sendero de la realización de Dios es tan fácil como sencillo. Mediante la repetición tenemos que retirar la conciencia de nuestro cuerpo, y trasladarla de las nueve aperturas del cuerpo hasta el centro del ojo; al contemplar la forma del maestro tenemos que hacer que se aquiete en este punto, y al escuchar la música divina que resuena allí constantemente, tenemos que llegar al lugar del que emana. El simran es el primer paso y el más esencial. A menos que se complete este proceso, que es largo y laborioso, difícilmente podremos alcanzar los otros dos estados. Por lo tanto, hagamos la práctica del simran con tanta diligencia que incluso al hablar siga su curso. Los cinco nombres sagrados deben girar incesantemente sobre su eje, la repetición debe continuar ya estemos sentados, de pie, caminando, comiendo, dormidos o despiertos9.

Constantemente. Sin cesar. ¿Y cómo ocurre este sin cesar? Repetimos y lo recordamos, repetimos y lo recordamos. Y luego nos olvidamos. Entonces empezamos de nuevo a repetir y recordar con los cinco nombres. Pero estos nombres que nos han dado para repetir no son palabras corrientes, pues vienen cargados del amor, el poder, y el magnetismo para atraer nuestra atención hacia él, hacia el centro del ojo. El Gran Maestro nos explica la verdadera naturaleza del simran:

¿Qué es esta repetición? Esta repetición es el Señor mismo. Él es también quien lo recita. La recitación es la personificación del néctar.

Él mismo nos hace repetir,
Y él mismo realiza la repetición.
Él mismo es el néctar, él es el amado,
Y él mismo es el sabor del néctar10.

Nos dice que el Señor es el simran, lo cual significa que cada vez que nuestra mente inicia el simran, entramos en su órbita de amor, rumbo a la corriente del Shabad para al final desembocar en el océano del amor. Por lo tanto, tenemos que llevar nuestra atención hacia él, hasta que un día no exista pensamiento alguno, sino la quietud en la que podamos recibirlo.

Rumi nos habla sobre la esencia de este proceso:

El oro que llevas
está dividido en mil pedazos…
Tu mente
sueña cientos de sueños
cada uno teñido de un deseo distinto.

Si deseas ser tan brillante
como Damasco y Samarcanda
deja que el amor
recoja tu ser disperso
y te convierta en un lugar de maravillas.

Cuando hayas reunido tu oro
y hayas separado cada onza
de su falsedad
solo entonces será apto
para recibir el sello del emperador11.

Nuestra atención es nuestro oro; es nuestro tesoro para invertirlo en él. Nuestra atención es lo único que le podemos ofrecer, y es lo único que nos pide que le demos.

Sin embargo, todos estos valiosos pedazos de atención están apegados a la tierra. Maharaj Ji nos ofrece un ejemplo que ilustra esta situación:

Los seres humanos somos como los gusanos. Nacemos en la suciedad, vivimos, comemos, la amamos y morimos en esa mugre, para renacer de nuevo en la suciedad. Todo lo que vemos en esta creación física es suciedad, es pasajera y perecerá, y a pesar de ello estamos apegados a ella12.

En nuestra situación actual gran parte de nuestra atención está cubierta de suciedad, pero si nos concentramos a través del simran, y la ponemos a sus pies en el interior, brillará. Hazur le indicó a un discípulo cómo hacer esto:

P. ¿Puedes explicarme como realizar el simran con amor y devoción? Para mí son meras palabras, y no entiendo lo que significan.

R. Concentra toda tu atención en estas palabras y automáticamente sentirás el amor y la devoción. No dejes que ningún otro pensamiento entre en tu mente. Deja que todo tu ser, toda tu mente estén en el simran y el amor brotará de forma inmediata.13.

Tan simple, pero no fácil. Y es por ello que Tulsi le dice a Taqi: “Ardua es la senda que conduce al destino del amor”. Es ardua, porque nuestra atención es lo único que nos negamos a entregarle. La naturaleza de la mente es así, pues no desea aquietarse y morir.

Sin embargo, nos dice Maharaj Ji: “Deja que todo tu ser, toda tu mente, esté en el simran. El amor llegará automáticamente”. Así pues, sencillamente tenemos que practicar una y otra vez dirigiendo nuestra atención hacia él, en el simran, a través del simran. Él dice que el amor surgirá.

La práctica crea la perfección. Cuanto más practicamos algo con atención, más se amplía nuestra experiencia de ello, y la manera en que sucede esa transformación es todavía un misterio, pero sucede. El afamado pianista Van Cliburn practicaba las escalas sin cesar, hasta que un día logró desenvolverse de forma fluida por las notas de los grandes compositores. Los niños practican sin cesar el montar en bicicleta, conduciendo y cayéndose, hasta que de repente un día ya han aprendido a montar.

Hazur Maharaj Ji explica: “La meditación crea amor, genera amor, y refuerza el amor”. Podría decirse que es él quien realiza esta alquimia: nosotros practicamos y él crea la perfección. Giramos sin cesar sobre el eje del simran, subiéndonos a la bicicleta una y otra vez, cayéndonos repetidas veces hasta que él consigue que dominemos la técnica, y un día montaremos en la bicicleta sin necesidad de utilizar las manos. Un día ni siquiera necesitaremos la bicicleta para volar. Tan solo con un poco de disciplina, él nos proporciona la liberación.

Este proceso de ir acumulando minúsculos incrementos de atención y entregárselos a él parece lento, y de hecho es arduo. Pero ¿qué importa? ¿Cuál es nuestro objetivo? Arduo supone solamente un sacrificio diminuto para obtener a cambio el regalo del amor perfecto.

Y de este modo practicamos la canción que a él le gusta escuchar, hasta perfeccionarla, hasta que el simran se desvanezca en la quietud. Y en el silencio empezamos a escuchar su canción de amor, el Shabad. Maharaj Jagat Singh dice:

Contacta con el maestro vivo y sintonízate con la voz del Señor en tu interior, que te llama día y noche. Este es el mensaje de los santos14.

El silencio y la quietud son el eje del mundo interior, del Shabad. Baba Ji ha dicho que tenemos que estar quietos para poder sentir la profundidad y la intensidad del amor. En muchas ocasiones cita a la Biblia diciendo: “Permaneced quietos y saber que soy Dios”15.

Ahora bien, la práctica de aquietar la mente y despertar el amor es un camino largo y sinuoso porque en ocasiones el corazón siente frialdad, y se debilita el anhelo. Fracasamos repetidamente en recoger el oro de nuestra atención y ofrecerlo a sus pies:

Un momento eres todo lo que conozco, amigo.
Al siguiente como, bebo y soy feliz…
Oh amigo, ¿cómo esta dispersión que soy yo
Puede encontrar el camino hacia ti?16

Parece que el juego está amañado. Parece que existe un método para esta locura. Rumi nos anima:

Recuerda,
es por los fracasos que los amantes
permanecen conscientes de cómo se les ama.
El fracaso es la llave al reino interior17.

A través de nuestros esfuerzos fallidos al realizar el simran, el dhyan y el bhajan empezamos a descubrir quién es el artífice de todo esto. Quién nos ha puesto aquí, de quién es el plan para que experimentemos el dolor de vivir como extraños en una tierra extraña, y quién es el que nos despierta del sueño y nos hace recordarlo y querer volver a casa con él.

No importa lo olvidadizos o rebeldes que seamos, lo ignorantes o arrogantes que seamos, pues el amigo interior solo nos muestra misericordia y compasión, gracia y perdón. Nuestra única tarea es la de persistir, seguir insistiendo en nuestra práctica de recordarlo. Y paulatinamente iremos sintiendo su amor, su resplandor, y su canción un poco más y un poco más. Él está abriendo la puerta hacia nuestro hogar en él. Sarmad dice:

El océano de su generosidad no tiene orilla.
La lengua no tiene la fuerza para poder agradecer,
 el corazón demasiado confuso para poder entender.
Aunque mis pecados son muchos
 su compasión es aún mayor;
Yo nado en los mares de la desobediencia
 pero no me hundo18.

Quizá nuestra meditación no sea nada más, finalmente, que un constante darte las gracias.


  1. Letters of Note: Vol. 2: An Eclectic Collection of Correspondence Deserving of a Wider Audience, compiled by Shaun Usher, p.36
  2. William Wordsworth, Intimations of Immortality, Ode 536
  3. Soami Ji Maharaj, Sar Bachan Prosa, #171
  4. Legacy of Love, p.44
  5. Tulsi Sahib, Tulsi Sahib, Saint of Hathras, 3rd ed., p.80
  6. Maharaj Sawan Singh, Joyas Espirituales, #68
  7. Maharaj Sawan Singh, El Amanecer de la Luz, #2
  8. Legacy of Love, p.393
  9. Maharaj Charan Singh, Spiritual Discourses Vol. I, 5th ed., p.106
  10. Maharaj Sawan Singh, Philosophy of the Masters, Vol. III, p.5
  11. Masnavi Book IV: 3288–3290, tr. Vraje Abramian
  12. Maharaj Charan Singh, Spiritual Discourses Vol. II, 1st ed., p.280
  13. Spiritual Perspectives,Vol. II, #223
  14. Maharaj Jagat Singh, Science of the Soul, 8th ed., p.11
  15. Bible, Psalm 46:10
  16. Sheikh Abu Said, Nobody, Son of Nobody, tr. Vraje Abramian, p.7
  17. Feeling the Shoulder of the Lion, tr. Coleman Barks, p.62
  18. Isaac Ezekiel, Sarmad – Martyr to Love Divine, bait 251