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Recordar nuestro objetivo

Cuando Gurú Nanak era joven, mantuvo un diálogo con un grupo de yoguis realizados que tenían poderes milagrosos, siddhis. Inicialmente, lo miraron con desprecio y lo desafiaron:

¿Quién eres y cómo te llamas?
¿Qué camino sigues y con qué objetivo?

Los yoguis le preguntaron a Nanak cuál era su objetivo porque sabían que todo el mundo anda perdido sin un objetivo claro. Este diálogo nos resulta tan revelador hoy en día porque muchos de nosotros tenemos que vivir entre personas que, directa o indirectamente, desafían nuestras creencias y que nos muestran sus propios puntos de vista, a menudo, de una manera muy contundente. ¿Cómo vivir en nuestro mundo actual diverso y globalizado sin comprometer nuestro propio sendero y creencias, sin crear enfrentamientos y negatividad de los que el mundo está ya tan lleno? El diálogo completo de toda esta sección del Adi Granth nos enseña cómo hacerlo, y recoge perfectamente nuestras propias experiencias con el maestro vivo y las enseñanzas que él personifica y nos transmite.

Frente a la actitud arrogante de los yoguis, Nanak responde con respeto, manifestando firmemente su propia experiencia:

Puedo humildemente relatar la verdad
  y entregarme en veneración a los santos…

Yogis:

Evitamos el ruido del mercado
  y nos mantenemos alejados de los caminos mundanos…

Nanak:

Trabajando en el mercado de la vida
  y siguiendo los caminos mundanos,
  no debes perder de vista tu objetivo
  ni dejarte seducir por la riqueza o la esposa de otro.
Sin el Nam, ¡oh Nanak!, no se puede aquietar la mente
  ni apaciguar sus antojos.
El gurú nos enseña un mercado y una ciudad dentro del cuerpo
  donde se comercia con la verdad de forma natural…
  y se contempla la esencia1.

Nanak habla del objetivo de buscar el mercado interior de la verdad, al tiempo que vivimos en el mercado del mundo. Casi quinientos años antes de Cristo, Sócrates frecuentaba el mercado y retaba a sus conciudadanos a reordenar sus prioridades y a mantener el interés de sus almas como el objetivo verdadero:

En efecto, voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a jóvenes y viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni con tanto afán, a fin de que esta sea lo mejor posible…2.

Los maestros vienen a recordarnos el objetivo más elevado, la perspectiva más amplia, la visión a largo plazo. Ellos amplían el alcance de nuestra visión. Nos ayudan a evitar el enredo del nivel ‘horizontal’ de la vida. Nos piden contemplar la esencia, dirigir nuestra atención a la dimensión ‘vertical’ . Estamos atrapados en el plano horizontal de las relaciones con los demás, con nuestro entorno y con nuestro propio yo egoísta y disperso: siempre vulnerable a las tentaciones, siempre viviendo y moviéndose dentro del bajo ‘techo’ del plano físico. Olvidamos la dimensión vertical, la elevación desde nuestro interior hacia una realidad más sutil.

Los maestros nos enseñan cómo ‘cargar con la cruz’, por así decirlo, de está intersección entre lo horizontal y lo vertical; cómo vivir en el presente, en la intersección de la vida exterior e interior.

Vienen a recordarnos nuestro elevado, inspirador y divino objetivo de retornar a nuestro verdadero hogar. “Volemos de vuelta a nuestro querido país. Escuchemos las voces de lo alto”, dice Plotino3. “Volvamos a casa, amigo mío, ¿por qué permanecer en esta tierra extraña?”, dice Soami Ji Maharaj4. Los místicos nos sacuden de nuestro sueño profundo; nos despiertan a la conciencia de que estamos persiguiendo objetivos falsos y contradictorios, tratando de hacer nuestro lo que nunca puede ser realmente nuestro. Nos explican que aquello que alcancemos en esta tierra extraña puede permanecer con nosotros solamente por un tiempo limitado.

Como iniciados de un maestro perfecto nos dirigimos a nuestro verdadero hogar, y nuestro maestro nos aconseja que no perdamos nunca de vista nuestro objetivo. Hazur dijo: “Debemos intentar afrontar los problemas de nuestro día a día recordando nuestro destino, recordando el sendero”5.

A menudo oímos del maestro que tenemos que ser objetivos, que si olvidamos la meta, la finalidad, nuestras acciones se vuelven simples rituales vacíos. Al recordar nuestro objetivo nos inspiramos; al olvidarlo, nos convertimos en víctimas de la rutina. Al olvidar la razón por la que hacemos lo que hacemos, nos volvemos vulnerables a la duda o nos volvemos dogmáticos y estrechos de mente. Tiene que haber un motivo para todo cuanto hacemos, el maestro insiste en recordárnoslo. La razón y la espiritualidad tal y como nos enseñan los maestros de Sant Mat se encuentran en terreno común.

Un escritor del ámbito económico, uno de los más racionales de este entorno, dice: “La racionalidad implica alcanzar fines que sean coherentes y el empleo de medios adecuados a dichos fines”6. En otras palabras, la racionalidad implica la consecución de objetivos que no son contradictorios y que se empleen medios apropiados a estos objetivos. Esta definición de racionalidad se parece mucho a cuando el maestro nos habla de objetivos espirituales. Mantener el objetivo en la mente es el elemento esencial tanto para la racionalidad como para la espiritualidad. Sin un objetivo claro, sin emplear los medios apropiados para alcanzar dicho objetivo –practicando la meditación– vivimos inmersos en conceptos e ilusiones. Incluso puede que nos convirtamos en fanáticos religiosos. Inclinarnos ante las sandalias de maestros del pasado no es el medio adecuado para alcanzar el objetivo deseado de realizar lo divino en nuestro interior: la racionalidad y la espiritualidad coinciden en esto.

La espiritualidad es la forma más elevada de racionalidad porque aspira al objetivo más elevado: alcanzar y sumergirse en el bien supremo del alma, lo divino.

Pero, ¿qué pasa con nuestra rutina diaria? Sabemos lo adormecedora y agobiante que puede llegar a ser. Los problemas del día a día amarran nuestra atención abajo y evitan que se eleve a la realidad que anhelamos. En nuestra vida diaria consumimos mucha energía en trivialidades insignificantes. El alma no solo está sujeta al plano físico por las cinco gruesas cadenas de las pasiones, sino que además nuestra atención está atada al plano material por muchas cosas pequeñas, por muchas nimiedades. Como Gulliver en el país de Liliput, un día despertamos incapaces de levantarnos porque las minúsculas criaturas que hemos ido encontrando a lo largo de nuestros viajes, han atado al suelo, con diminutas cuerdas, cada uno de los pelos de nuestro cuerpo.

Al tratar de amoldar las pequeñas cuerdas y cadenas para que duelan menos, olvidamos nuestro elevado propósito, que no es otro que liberarnos por completo de todas las ataduras y permitir que nuestra atención se eleve. Tan solo necesitamos desatar las cuerdas y dejar que el alma suba, tal y como nos dice repetidamente el maestro.

Estamos atrapados en la red que nosotros mismos hemos tejido, en la red de nuestra propia ‘historia’, nuestro drama personal: tragedia, comedia o telenovela. Nuestro cerebro es un potente simulador de la realidad, que se mantiene proyectando continuamente películas mentales en nuestra cabeza, no podemos pararlo, no podemos salir de la sala, estamos encadenados a nuestros asientos, no podemos parar la repetida película de nuestros pensamientos. Es la misma situación que Platón describe en su mito de La Caverna, porque las pasiones y el instinto animal nos mantienen encadenados a la pantalla de cine y no tenemos más elección que ver los dramas y melodramas repitiéndose una y otra vez ante nosotros, enredados y cautivados siempre por los dramas que nosotros mismos hemos generado.

Desde la antigüedad, los amantes de la sabiduría han reconocido que somos los guardianes –los carceleros– de nuestra propia prisión, porque todos tenemos un afecto, un amor innato hacia eso que percibimos como ‘yo y mío,’ hacia lo que consideramos que nos pertenece. Ese instinto universal es el que los maestros tienen el trabajo de reorientar, porque estamos confundidos acerca de nuestra identidad y lo que puede o no puede pertenecernos. Vienen a cambiar la dirección de nuestro amor. En este momento, el instinto de amor hacia lo que es yo y mío se encuentra mal dirigido y confundido. El maestro ha dicho que amamos nuestra negatividad – subimos al tren con nuestra maleta de negatividad y preocupaciones, y en lugar de dejarla en el asiento de al lado, seguimos cargándola sobre nuestra cabeza simplemente porque es nuestra.

Incluso amamos nuestros problemas y cargas porque se han convertido en parte de nuestra identidad, de aquello que pensamos que somos. Pero nuestro gran objetivo es pasar por nuestras vidas –por la historia de nuestras vidas– como una marioneta que comprende que sus hilos están siendo manejados por los karmas; una marioneta que mantiene fija su atención en el objetivo divino, el hogar verdadero, la dimensión vertical, incluso a través de la espesa niebla de los karmas. Hazur señala que esto no es fácil:

Nuestros karmas, son las cuerdas que nos hacen bailar. Y nos preguntamos, ¿quién nos hace bailar? Como el ego es la actitud que tenemos en la vida, pensamos que somos nosotros quienes lo hacemos. Nos olvidamos de la cuerda que hay detrás de nosotros, el karma, las acciones que hemos realizado en el pasado y que son la causa de las reacciones actuales. Lo hemos olvidado. De ahí que nos hayamos vuelto egoístas7.

El ego es algo que no podemos tocar o ver, pero que envuelve un grueso velo alrededor de nuestros ojos. Nos fuerza a apegarnos a nuestra historia particular, incluso a nuestras penas y negatividad, a todas las imágenes que proyecta nuestra mente.

Meditamos para poder superar las pasiones que nos engañan sobre quién somos y qué es lo que verdaderamente nos pertenece. Meditamos para poder ser conscientes de nuestro verdadero yo como algo diferente de la engañosa mente que nos mantiene en constante movimiento hacia el exterior, lejos de nuestro hogar en el centro del ojo; la confusa mente que siempre nos vincula a acciones orientadas hacia fuera, que a su vez son la causa de nuestros renacimientos, muertes y desgracias eternas. Maharaj Sawan Singh dice:

Cuando la atención del hombre se confina a la parte del cuerpo en pinda, está completamente a merced del diablo, tal y como la atención es esclava de las pasiones … Si no fuera este el caso no habría ninguna dificultad en alcanzar la concentración e ir hacia dentro y hacia arriba8.

La palabra ‘pasión’ proviene de la palabra griega para el sufrimiento; significa sufrimiento pasivo del control de las fuerzas sobre las cuales no tenemos poder. Las pasiones nos vuelven pasivos hacia nuestro noble objetivo y activos al mundo porque nos cuentan una historia engañosa:

  • La lujuria nos engaña haciéndonos creer que podemos poseer a otros, que podemos hacer nuestra la belleza externa de otras personas.
  • La ira nos engaña haciéndonos pensar que la gente y los acontecimientos se rebelan contra nosotros o contra alguien o algo que creemos que nos pertenece. Cuando estamos encolerizados pensamos que el demonio que sentimos en nosotros está originado por otras personas o por las circunstancias, y no por nuestra naturaleza inferior a la que no reconocemos como la raíz causante de nuestros problemas.
  • La codicia nos engaña haciéndonos creer que podemos llegar a poseer los objetos externos.
  • El apego nos impide dejar ir las cosas externas o las personas porque creemos que nos pertenecen.
  • El orgullo –ego– nos engaña haciéndonos creer que nuestro yo inferior y nuestras pasiones somos nosotros mismos, nuestro ‘yo.’. Debido al ego intentamos desesperadamente controlar nuestro entorno exterior, actuando como un rey en nuestro pequeño dominio de influencia.

Cuando la mente está bajo control, es nuestra mejor amiga; fuera de control es el peor enemigo. No significa que haya dos mentes: son dos aspectos diferentes de la mente. La mente es una sola, pero puede funcionar en dos direcciones: superior o inferior, positiva o negativa. Depende hacia qué lado la canalizamos y qué aspecto predomina. Si somos capaces de evocar el lado positivo, la mente nos ayudará a elevarnos interiormente. Si predomina el lado negativo, nos empuja hacia fuera y hacia abajo, dispersa nuestra atención hacia la creación y aumenta la dualidad. Maharaj Sawan Singh dice:

Nuestro único y mortal enemigo es nuestra mente. La lujuria, la cólera, la codicia, el apego y el orgullo son sus agentes. Es a través de ellos como la mente nos mantiene siempre activos en el exterior y fuera de nuestra morada en el centro del ojo, encadenándonos a este mundo; siendo nuestras acciones la causa de nuestro renacimiento y muerte y de nuestra eterna desgracia.

Las cualidades positivas: continencia (castidad), perdón, contento, discernimiento y humildad permanecen anuladas e inoperantes. Los propósitos piadosos y las oraciones no nos proporcionan protección contra estos agentes9.

Derrotar a estos enemigos mortales es el objetivo principal de todos los senderos espirituales porque obstaculizan nuestro camino a la felicidad y satisfacción eterna. ¿Por qué son enemigos? Porque logran engañarnos sobre lo que realmente nos pertenece.

El alma tiene un amor y afecto natural por el Señor, pero la mayoría de las almas que viven en el cuerpo físico como seres humanos, no parecen ser amantes del Señor. ¿Por qué? Porque las pasiones los mantienen confundidos acerca de lo que verdaderamente es suyo. Las pasiones secuestran y engañan nuestro instinto natural de unicidad: de fusión, de pertenencia al Uno.

Los maestros vienen para cambiar nuestra historia, para contarnos la sagrada historia de quiénes somos verdaderamente y qué es lo que en realidad nos pertenece. Nos ayudan a reclamar nuestra verdadera identidad, nuestro verdadero legado de amor divino y eterno. Es en la compañía del maestro como aprendemos a canalizar nuestro afecto y amor en una dirección diferente. En su compañía, redirigimos nuestro sentido de la posesión y lo orientamos hacia el maestro, hacia Dios. Ahora empezamos a decir: ‘mi Dios, mi maestro.’

¿Y qué ocurre con el Nam, y el Shabad? La sola noción de ‘lo mío y lo nuestro’ pierde su significado en el ámbito del Shabad que es nuestra verdadera esencia, nuestro más puro y profundo ser. No podemos hacer nuestro ser más íntimo porque ya es nuestra más real y verdadera posesión. Pero podemos alcanzar un estado de realización en el que nuestro sentido del yo y de lo mío se disuelve en el Shabad. El Shabad es el poder que nos une al maestro, a Dios.

Hoy en día no somos conscientes de cómo actúa el Shabad en nosotros, del hecho de que nuestro ser más profundo y esencial es una gota de este poder infinito que vibra en todo el universo. Pero los maestros vienen a enseñarnos cómo abandonar nuestro ser limitado y cómo sintonizarnos con el Shabad en una experiencia consciente, intensa y vibrante de transformación y dicha. Los maestros son ejemplos vivos de esta realización y nos enseñan que podemos realizar nuestro verdadero ser –el yo verdadero– como una gota de este Shabad. En cierto momento del viaje espiritual, el ser debe disolverse en el Shabad, porque la tendencia del alma ha sido siempre hacia la fusión, el retorno y la eliminación de la distinción entre el tú y el yo.

Entonces comprenderemos que solo Dios y el maestro son verdaderamente nuestros, percibiremos a Dios. A ese nivel, quién posee a quién y quién pertenece a quién es absolutamente irrelevante, y seremos conscientes de que hay solamente un dueño en la creación entera, el Señor. En la lengua india hay una palabra muy bella para referirse al Señor: ‘malik,’ que significa dueño. ¿Querríamos ser propiedad de la mente, la ilusión y las pasiones, o más bien preferiríamos pertenecer al maestro, al Señor?

¿Cómo podemos hacer a Dios verdaderamente ‘mio,’ mío al maestro, mío al Shabad, volviendo al lenguaje dual de nuestro limitado horizonte conceptual? Del mismo modo que necesitamos trabajar duro en el mundo para poseer ciertas cosas, también necesitamos trabajar duro para hacer ‘nuestros’ a Dios, al maestro y al Shabad. Pero no, en realidad esto es erróneo: no podemos hacer nuestros al maestro ni al Señor, somos nosotros quienes hemos de hacernos aptos para convertirnos en la posesión más íntima del Señor. Hemos de mezclarnos, integrarnos con el Shabad y alcanzar la unión con lo divino, donde cualquier tipo de dualidad se desvanece como sombras en el sol.

Aunque en realidad todo pertenece al Señor y puede hacer con ello lo que le plazca, nosotros no lo percibimos así porque nuestra atención está hipotecada por nuestros karmas. Estamos endeudas, e incluso debemos más de lo que valemos. – en términos inmobiliarios estamos con el ‘agua al cuello.’ ¿Cómo podemos ofrecerle al Señor una casa hipotecada? Por lo tanto, nuestro objetivo actual es liquidar todas nuestras deudas, nuestros karmas, envolvernos en la meditación y devolverle lo que siempre le ha pertenecido. A la madre le encanta desenvolver el regalo que su hijo le hace, aunque tanto el hijo como el regalo ya le pertenecen.

Los santos han reorientado completamente nuestro sentido de pertenencia y posesión. Ellos ven las cosas externas como ajenas, distantes e irreales, y los reinos interiores como íntimos y reales. Han dirigido su amor, su afecto y su sentido de pertenencia hacia lo divino: Sócrates acarició su sabia ‘voz divina;’; Mirabai denominó al Señor ‘mi padre y mi madre;’ Cristo dijo: ‘¿Quién es mi padre y madre?; aquellos que siguen mis enseñanzas son mis parientes.’ Y Platón dice: ‘Lo físico es solo una sombra de las radiantes y sutiles realidades internas.’

Este es el nivel de intimidad que todos los maestros del Shabad tienen con la voz interior de Dios; de hecho son idénticos a ella. El Shabad es su ser. Han sumergido su ser en él.

Sócrates tenía una relación íntima con la voz divina y privada que le protegía del mal, se le vio sentarse inmóvil en meditación durante toda una noche. Esta voz interior le dio un sentido de cercanía y de fusión con el reino divino. Hizo de la voz interior de Dios una parte fundamental de su vida, siempre buscaba guía en ella, nunca aceptaba discípulos sin la aprobación de esa íntima voz o señal divina.

Estaba bajo la dirección de esa voz cuando resistió la tentación ofrecida por sus discípulos de escapar de prisión. Aceptó serenamente su muerte en una prisión ateniense, completamente desapegado y con ánimo alegre y feliz. De este modo dio personalmente ejemplo de cómo mantener el objetivo divino, cómo mantener la pureza y bien eterno del alma, como prioridad suprema incluso ante la muerte física.

Durante toda su vida Sócrates se enfrentó y denunció sin piedad la ignorancia de la peor clase, lo que él denominaba doble ignorancia; por ejemplo, esas personas que presumen arrogantes creyendo saber lo que, de hecho, ni saben ni han experimentado por sí mismos.

Como Sócrates, Gurú Nanak en su conversación con los yoguis siddhi, también se enfrentaba a la doble ignorancia de aquellos, que careciendo de realización, creían ser sabios:

¿Qué puedo explicarle a aquel
  que conoce la respuesta antes de plantear la pregunta?
Realmente, ¿qué puedo explicarle a aquel
  que ya ha llegado a la otra orilla?

Como el loto florece en el agua
  y el pato nada en la corriente
  sin que el agua les afecte,
  así cruzamos por el océano de la existencia, ¡oh Nanak!,
  repitiendo el Nombre de Dios…

Gurbani Selections, Vol. I, pág. 165

La muerte de Sócrates dio comienzo a la llamada tradición platónica, cuyos ideales coinciden en la mayoría de sus aspectos con la tradición de Gurú Nanak. En su diálogo con los yoguis siddhi en el Siddhi Gost, Nanak dice:

  …uno cruza el océano de existencia, ¡oh Nanak!,
  repitiendo el nombre de Dios
  y uniendo armoniosamente su consciencia al Shabad.
Permítenos vivir desapegados,
  teniendo en nuestras mentes solo al único Señor,
  y permaneciendo sin deseos en medio de las tentaciones.
Nanak es esclavo de aquel que no solamente ve,
  sino que también muestra a los demás
  al inaccesible e insondable Señor10.

Cada línea de esta estrofa corresponde a los principios según los cuales Sócrates vivió y dio ejemplo. Sócrates dijo que estaba al servicio de cualquiera que le enseñara acerca del poder que sabiamente gobierna el universo. Así mismo habló de la repetición de palabras mágicas capaces de sanar el alma y hacerla consciente de su naturaleza inmortal. Incontables maestros en la tradición platónica enseñaron a sus discípulos a curar el ojo del alma llevando la atención al interior y descubriendo el ‘ojo oculto’ a través de la práctica interior y la contemplación.

Ellos enseñaron y fueron ejemplos vivos de cómo vivir en medio del ruido del mercado, de la ciudad corrompida, y permanecer inalterados, desapegados y libres de toda hostilidad, antagonismo y dualidad; de cómo alcanzar el objetivo supremo, al supremo Dios del alma. Ellos mostraron cómo aceptar con firmeza y amabilidad el duro trato que el mundo dispensa a los amantes del Señor.

El objetivo continúa siendo el mismo que con Sócrates casi 500 años antes de Cristo, con Nanak 1500 años después de Cristo, y con el actual maestro 2015 años después de Cristo. Y los medios para alcanzarlo también siguen siendo iguales: una vida moral pura y el vegetarianismo como base de la práctica contemplativa de la meditación, que es el sendero de la humanidad hacia su fuente original en lo divino, sin importar que el punto de partida sea norte, sur, este u oeste.


  1. Gurbani Selections, Vol.1, p. 161–167
  2. Platón, Apología de Sócrates, 30a–b
  3. Plotinus, Ι.6.8.16 ; V.1.12.12-21
  4. Maharaj Charan Singh, Discursos espirituales II, 1a ed., p. 283
  5. Maharaj Charan Singh, Spirtual Pespectives II, #510
  6. Maurice Godelier, Rationality and Irrationality in Economics, p. 22
  7. Maharaj Charan Singh, Spiritual Perspectives I, #40
  8. Maharaj Sawan Singh, Joyas espirituales, carta 202
  9. Ídem
  10. Gurbani Selections, Vol. I, p. 165