Te doy las gracias, oh Señor
¿Cuán agradecidos podemos estar por esta forma de vida amable, amorosa y significativa en la que nuestra atención se desvía gradualmente del mundo visible hacia lo divino, y nuestra conciencia despierta y se expande gradualmente? ¿Cuán agradecidos podemos estar por una vida que nos permite darnos cuenta de la realidad de quiénes somos realmente, una gota divina, uno con Dios?
Los maestros nos han enseñado que experimentaremos lo divino dentro de nosotros mismos y nos daremos cuenta de nuestra verdadera esencia cuando nuestra atención se concentre en el centro del ojo y nuestro cuerpo y nuestra mente se hayan calmado y purificado. Esta concentración de nuestra atención hacia el interior y la quietud de nuestra mente y nuestro cuerpo resulta ser la tarea más difícil de lograr para un ser humano. Nuestra atención está tan fuertemente apegada al mundo y nuestra mente está tan llena de impresiones que nos cuesta resistirnos a nuestros deseos. Pero nacimos para ello.
Por eso los místicos viven entre nosotros: para ayudarnos a llevar una vida de meditación en la que nuestra atención se vuelva hacia dentro y nuestro cuerpo y nuestra mente se vuelvan tranquilos y puros. Con su guía amorosa incondicional y su gracia, podemos alcanzar lo divino. El Sutra del Loto ofrece una parábola que explica su misión:
En esta historia, Buda explica que descendió de su morada dichosa a este mundo en forma humana en busca de su hijo, quien, sin conocer a su padre ni su glorioso origen, se encuentra perdido aquí. El hijo vaga por este mundo, trabajando como sirviente y viviendo en condiciones miserables. Buda, representado aquí como un hombre fabulosamente rico, va al encuentro de su hijo bajo la apariencia de un trabajador común y poco a poco se gana su confianza y respeto.
Con el paso del tiempo, inculca en su hijo todas las virtudes necesarias y finalmente lo anima a que vaya a su espléndido palacio. Para gran sorpresa del hijo, descubre que su amigo el trabajador no es otro que el dueño del palacio, que está lleno de tesoros. Se sorprende al ver que es recibido calurosamente como el propio hijo del hombre rico y que es el heredero de todo su tesoro1.
Los místicos viven entre nosotros y viven como nosotros, para que podamos identificarnos con ellos, confiar en ellos y construir una relación amorosa con ellos, lo que nos permite abrirnos a lo que han venido a enseñarnos. Un texto cristiano de Las odas de Salomón transmite el mismo mensaje:
Mi alegría es el Señor, y mi camino es hacia él:
mi camino es hermoso.
Porque tengo un Salvador en el Señor.
Él se me dio a conocer,
sin rencor, en su generosidad:
porque en su bondad,
dejó a un lado su majestad.
Se hizo como yo,
para que yo pudiera aceptarlo.
En apariencia, parecía como yo,
para que yo pudiera revestirme de él.
Y no temblé cuando lo vi,
porque tuvo compasión de mí.
Se hizo como mi esencia,
para que yo pudiera llegar a conocerlo;
y como mi forma,
para que yo no me apartara de él…
El que me creó cuando aún no existía,
sabía lo que haría cuando llegara a existir.
Por lo tanto, en su abundante gracia,
él (mi salvador) tuvo compasión de mí,
y me permitió que le pidiera,
y que me beneficiara de su sacrificio (de venir aquí)2.
Patrul Rinpoche, un maestro budista tibetano, lo confirma diciendo: «El maestro espiritual... es la encarnación de la sabiduría compasiva de todos los Budas, que aparece en forma de un ser humano común y corriente con el único fin de ayudar a los seres». Continúa describiendo la ayuda que nos ofrece el maestro:
Como un navegante, nos traza infaliblemente la ruta hacia la liberación y la omnisciencia. Como un aguacero de néctar, apaga el fuego de las acciones y emociones negativas. Como el sol y la luna, irradia la luz del Dharma (la Verdad) y dispersa la intensa oscuridad de la ignorancia. Como la tierra, soporta pacientemente toda ingratitud y desánimo, y abarca en la amplitud de su mente la inmensidad de la visión y la acción. Como el árbol que cumple los deseos, él es la fuente de toda ayuda en esta vida y de toda felicidad en la próxima3.
Todo esto deja muy claro que el maestro es un poder divino: el Shabad. Sin embargo, en nuestro estado actual, nuestra conciencia es tan limitada que no somos conscientes del Shabad, el Espíritu. Por eso los maestros verdaderos habitan entre nosotros en forma física: para enseñarnos, guiarnos y llenarnos de amor y devoción por el Shabad, por Dios.
El propósito de amar al maestro exterior es el de llevarnos a ese amor y devoción por el Shabad interior. Es un medio para ese fin. Siempre podemos amar a alguien que es como nosotros, pero nunca podemos amar a quien no es como nosotros. Cuando estamos en el cuerpo, amamos el cuerpo del maestro. Cuando estamos en el nivel del alma, amamos al Shabad porque es como nosotros, es una gota del océano. Entonces este amor externo se transfiere automáticamente al amor y devoción internos4.
Los maestros vienen a ayudarnos a darnos cuenta de lo divino y así llegar a ser como ellos, plenamente conscientes y uno con Dios. Lo hacen guiándonos y animándonos a vivir una vida dedicada a Dios. Un maestro lo expresa maravillosamente en La nube del no saber: «Quiero ayudarte a atar el nudo espiritual del amor ardiente entre tú y tu Dios, en unidad espiritual y armonía de voluntad»5.
Los maestros nos explican su mensaje una y otra vez; con amor incondicional nos animan a practicar nuestra meditación y a vivir de acuerdo con los principios de Sant Mat. Compasivamente nos ayudan a levantarnos cada vez que caemos, una y otra vez. Esto se debe a que saben quiénes somos y saben desde nuestro nacimiento lo que haremos y por qué. Continúan expresando su confianza en que somos capaces de alcanzar la realización divina. Y nos muestran que quieren recorrer esta vida codo con codo con nosotros en el amor divino.
Al mismo tiempo, nos recuerdan una y otra vez nuestra responsabilidad; que nosotros mismos debemos dar los pasos necesarios y hacer un esfuerzo si queremos descubrir la esencia de la vida y llegar a la realización divina.
Sí, los maestros nos dan su gracia, nos dan buenos consejos y nos permiten experimentar algo de la luz divina que hay dentro de nosotros. Pero depende de cada uno de nosotros ser receptivos, absorber y apreciar todo lo que nos dan, aplicando sus consejos en nuestra vida diaria y meditando todos los días. Tomar conciencia de la presencia de Dios no es posible sin la práctica diaria de la meditación, sin centrar nuestra atención en la verdadera forma del maestro interior: el Shabad. Porque, como se expresa en La nube del no saber: «Sabes bien que Dios es espíritu, y quien desee unirse a él debe entrar en la verdad y la profundidad del espíritu, trascender cualquier cuestión corporal»6.
Hazur Maharaj Ji explica, además:
No hay diferencia entre el Espíritu o el Verbo y el Padre. Al principio, él nos ha explicado que el Verbo, el poder creativo, y el Padre son uno y lo mismo (1:1-3). Si estamos en contacto con el Verbo interiormente, estamos en contacto con Dios. Así que él dice: Adorar al Espíritu es adorar a Dios7.
La meditación consiste en entrar en esa verdad y profundidad del espíritu, dirigiendo nuestra atención hacia el interior y concentrándola en el centro del ojo, el lugar donde resuena la melodía del espíritu e irradia su luz.
Como se indica en el libro Filocalia, dice:
Nada te pone tanto en comunión con Dios y te une al Logos divino como la oración pura, cuando rezas sin distracciones en el Espíritu, tu alma se purifica con lágrimas, se suaviza con el arrepentimiento y se ilumina con la luz del Espíritu8.
La meditación es un proceso transformador de purificación en el que el Espíritu nos suaviza e ilumina. Calma nuestro cuerpo y nuestra mente y, finalmente, nos lleva a la conciencia de que somos uno con el Espíritu Santo. Como se expresa en la Filocalia:
Cuando el alma alcanza la perfección espiritual, totalmente purificada de todas las pasiones y completamente unida y fundida con el Espíritu Santo, el Intercesor, en comunión inefable, entonces, a través de su unión con el espíritu, el alma es capaz de convertirse en espíritu; se convierte en toda luz, todo espíritu, todo gozo, reposo, júbilo, todo amor, toda ternura, toda bondad y amabilidad9.
Por eso los maestros nos piden, nos instan —a veces casi nos suplican— que hagamos nuestra práctica diaria de meditación. Por insignificante que pueda parecer nuestro esfuerzo, nuestra meditación diaria es esencial para purificar y aquietar nuestra mente y nuestro cuerpo. Es necesario liberarnos de todo lo que limita nuestra conciencia y rendirnos completamente a la voluntad divina. Esta es la condición para fusionarnos con el Shabad y llegar a ser como los místicos: todo luz, espíritu y alegría; todo paz y amor; todo ternura, bondad y amabilidad.
¿Cuán agradecidos podemos estar al recordar que es toda la gracia del Señor la que nos da la oportunidad de practicar la meditación y hacer nuestro trabajo espiritual? Es toda su bendición que podamos aprender a amar a Dios y vivir según su voluntad, que podamos crecer en conciencia para que podamos comenzar a darnos cuenta del estado en el que nos encontramos y experimentar constantemente nuestro verdadero ser como una gota divina, uno con Dios.
Es un gran regalo que se nos permita estar en presencia de los maestros, experimentar su amor y, con su ayuda, crecer en el amor a Dios y llegar a la entrega amorosa.
La única forma de mostrar nuestro agradecimiento es practicar nuestra meditación con todo el corazón y vivir según su voluntad, aunque nuestros esfuerzos parezcan insuficientes o despreciables en comparación con su gloria. Es por su gracia y amor que podemos hacer al menos esto.
En los Hechos de Tomás, un devoto expresa esta gratitud al maestro y al Señor:
Te doy gracias, oh Señor…
Que me has mostrado tu rostro
y me has revelado todo mi estado en el que me encuentro;
Que te has hecho humilde,
hasta descender a mí y a mi pequeñez,
para poder presentarme ante tu grandeza
y unirme a ti.
Que no me has ocultado tus entrañas (tu ser interior)…
Sino que me has mostrado cómo buscarme a mí mismo,
y saber quién era,
y quién y cómo soy ahora,
para que pueda volver a ser lo que era:
A quien yo no conocía, pero tú mismo me buscaste:
De quien yo no era consciente,
pero tú mismo me has llevado a ti:
A quien he percibido
y ahora no puedo dejar de tener presente:
Cuyo amor arde dentro de mí,
y no puedo expresarlo como es debido,
sino que lo que puedo decir de él es poco y escaso,
y no soy digno de decirle ni siquiera lo que no sé:
Porque es por su amor que digo incluso esto10.
- The Lotus Sutra, as quoted in Buddhism: Path to Nirvana, p. 175.
- As quoted in The Odes of Solomon, pp. 30, 32.
- As quoted in Buddhism: Path to Nirvana, p. 170.
- Maharaj Charan Singh, Perspectivas espirituales, Vol. III, pp. 41 - 42, pregunta 53.
- The Cloud of Unknowing, as quoted in A Treasury of Mystic Terms, Vol. II, p. 238
- Ibíd.
- Maharaj Charan Singh, Luz sobre San Juan, 1ª ed., p. 66.
- Philokalia, as quoted in A Treasury of Mystic Terms, Vol. II, p. 239.
- Ibíd., p. 240.
- Acts of Thomas, as quoted in The Gospel of Jesus, p. 537.