Nosotros, los invisibles
Hay una novela de ciencia ficción escrita por H. G. Wells titulada El hombre invisible, que cuenta la historia de un científico que descubrió la forma de hacerse invisible para el mundo. La tragedia es que no sabe cómo revertir el efecto de la poción que lo hizo invisible. Tiene que ponerse un abrigo amplio para cubrirse el cuerpo; lleva gafas de sol para que parezca que tiene ojos y un sombrero para dar forma a su cabeza. Se envuelve la cara con un paño. Durante años, deambula por el mundo con estos accesorios humanos para ocultar el hecho de que, aparentemente, no es visible para los demás si se los quita. Cuando muere, se vuelve visible.
En muchos aspectos, nos parecemos mucho al hombre invisible, ya que pasamos la mayor parte de nuestra vida intentando ser “visibles” para el mundo. Nos esforzamos por complacer a los demás, estar a la altura de las expectativas de nuestros padres, amigos y jefes y, en general, vivimos según unas normas que nos mantienen centrados en el exterior. El criterio con el que nos juzgamos a nosotros mismos y a los demás nos obliga a mirar hacia fuera. Demostramos nuestra valía si nos aceptan y somos excelentes en este mundo. Al igual que el hombre invisible, a menudo permanecemos ocultos al mundo, pero lo que es aún más triste, es que transcurrimos por la vida sin ser conscientes de nuestra verdadera naturaleza. Mientras pasamos por la vida sin ser vistos, la verdadera ceguera no es la incapacidad del mundo para vernos, sino nuestra incapacidad para ver nuestro verdadero yo. Aunque creemos saber quiénes somos, gran parte de nuestro yo interior permanece oculto, enterrado bajo capas de roles, hábitos, distracciones y karmas. Una paráfrasis de una cita que resume nuestra incapacidad para ver quiénes somos realmente se atribuye al psicólogo Carl Jung: “Tu visión solo se aclarará cuando puedas mirar dentro de tu propio corazón… Quien mira hacia fuera, sueña; quien mira hacia dentro, despierta”. Carl Jung expresó claramente la idea de que la verdadera conciencia de uno mismo y comprensión provienen de la introspección y de mirar hacia dentro, en lugar de buscar la validación o la comprensión en fuentes externas. Vida tras vida, nos hemos ido cubriendo de capas y capas de escoria hasta el punto de que ya no sabemos quiénes somos, de dónde venimos ni por qué estamos aquí. Hemos desarrollado a nuestro alrededor un caparazón que es prácticamente imposible de atravesar.
¿Cómo ha podido pasar esto?
Baba Jaimal Singh lo explica a la perfección en Cartas espirituales:
"El día que el ser individual (jivatma), es decir, el alma, se separó de sach khand y del Shabad-dhun, ese mismo día su relación con el Señor verdadero (Sat Purush) y el Shabad-dhun también se rompió. El Shabad-dhun la cuida [al alma] constantemente, pero ella no es consciente de eso, porque su amor y lealtad están profundamente arraigados en la mente y maya, y en los objetos de maya y los sentidos que engañan"1.
Así que aquí estamos, cansados del mundo, como se suele decir, quizá con el corazón roto, sintiéndonos solos, abandonados y aislados entre las trampas de maya y nuestros sentidos, recorriendo el mundo fingiendo que este es nuestro lugar.
Maharaj Charan Singh, en Perspectivas espirituales, dice:
"Nunca podremos sobreponernos a la soledad hasta que dejemos al alma volver a su fuente. Podríamos tener el mundo entero a nuestras órdenes, pero nunca superaríamos el sen¬timiento de soledad… Nada nos pertenece… Porque el anhelo del alma siempre es hacia su propio origen, y este sentimiento de soledad nunca puede abandonarnos a menos que le permitamos al alma volver a él… Si no fuese por este sentimiento, el instinto del alma hacia su propio origen, nadie encontraría al Señor"2.
Cuando nos damos cuenta de que nada llena el vacío de nuestro corazón, por la gracia de Dios comienza nuestro despertar al lejano recuerdo de ser uno con él. Podemos tenerlo todo en el mundo, pero aun así ese sentimiento no desaparece. Maharaj Charan Singh lo explica así: "(Este sentimiento de soledad) continuará y no nos dejará hasta que el alma se funda de nuevo en su propio origen. Es una ley divina”3.
Cuando empezamos a darnos cuenta de que las apariencias del mundo no son nosotros, entonces surgen las preguntas de ¿quiénes somos? y ¿para qué estamos aquí? La respuesta es sencilla:
Estamos aquí por una sola razón: estamos aquí para regresar y fundirnos con el Shabad. Maharaj Ji dice que regresar es el único deber de la forma humana, porque solo en el cuerpo humano podemos recorrer ese camino para alcanzar nuestro destino, para lograr nuestro objetivo. Nada más, ninguna otra razón. Todo ese ruido que nos hemos tomado tan en serio –el viaje exterior– no es más que una parada en nuestro camino y pronto habrá terminado. Cómo ocurre esto es un misterio, al igual que todo el proceso de transformación interior.
El antiguo filósofo griego Plotino describe cómo una persona puede transformar su identidad limitada en una ilimitada, una conciencia sujeta al karma y al tiempo en una que trasciende el tiempo:
“El yo humano no está irremediablemente separado del modelo eterno del yo, tal como existe en el pensamiento divino. Este verdadero yo, este yo en Dios, es interior a nosotros. En determinadas experiencias privilegiadas que elevan el nivel de nuestra tensión interior, nos identificamos con él, nos convertimos en ese yo eterno; su belleza inefable nos enmudece… Así pues, estas experiencias privilegiadas nos revelan que no dejamos, que nunca hemos dejado, de estar en contacto con nuestro verdadero yo. Siempre estamos en Dios”4.
¿Cómo llegamos a ser conscientes de esto? Tras toda nuestra búsqueda en la religión, la lectura de las escrituras, el activismo social, etc., por la gracia de Dios, recibimos la iniciación. Entonces buscamos una dirección diferente. Este camino, a nivel mental, puede ayudarnos a determinar qué es valioso para nuestra vida espiritual y qué no lo es, porque, como seres humanos, ver con claridad no es tan fácil ni tan natural. Significa apartarnos del propio camino. Dirigirnos hacia nuestro interior no ha sido nuestra dirección habitual. Maharaj Charan Singh dice: “Incluso nuestra devoción al Señor está ahora bajo el dominio de la mente. Pero entonces, cuando conozcamos nuestro verdadero ser, todo será devoción pura, amor puro, fe pura del alma en el Señor. Y solo eso puede llevarla de nuevo con él”5. Pero debemos cambiar el rumbo de algún modo.
Nuestra iniciación no es el final de nuestro viaje de regreso a casa. Es el comienzo. Con el maestro y nuestra meditación como compañeros indispensables en este viaje, llegamos a la profunda comprensión de que lo que hemos buscado está, y siempre ha estado, en nuestro interior. Al igual que el hombre invisible, partimos sin ser conscientes de nuestro verdadero yo, perdidos en las distracciones de la vida cotidiana, añadiendo capa tras capa de adornos mundanos para ser “vistos”. En La voz interior está escrito: “Nuestra llamada individualidad es una ilusión producida por la reclusión de nuestro yo interior en cuerpos materiales temporales. Al aferrarnos a nuestra individualidad ilusoria, en realidad nos estamos aislando del poder universal y del verdadero ser”6.
Como dijo Baba Jaimal Singh: “Cuando el alma fue expulsada de sach khand, perdió la confianza en el Señor”, y, en muchos sentidos, aquella separación inicial aún perdura en nuestro interior. Hemos estado deambulando desconectados de nuestra Fuente, con nuestra luz interior cubierta por los velos del mundo. Pero ahora el maestro nos guía para sanar esa antigua separación y ruptura, reconstruyendo nuestra confianza a través del don de la meditación. La meditación se convierte en la práctica que nos ayuda a reconectarnos, ofreciéndonos una forma de aquietar la mente y restablecer gradualmente el vínculo entre nuestra alma y lo divino. Mediante la práctica constante, las capas de confusión y falsa identidad comienzan a disolverse, y el alma empieza a recordar su verdadero hogar. El camino no está libre de desafíos –hay momentos de duda, de sentirse perdido, incluso de miedo a lo que hay en nuestro interior–, pero a medida que perseveramos, la luz del despertar interior se hace cada vez más intensa. Nos damos cuenta de que el proceso de recorrer el camino es, en sí mismo, un retorno al Señor, un deshacer aquella separación y un redescubrir la confianza que una vez se perdió. No se trata de convertirnos en algo nuevo, de comprarnos un sombrero nuevo o de alcanzar un nuevo estatus; no tenemos que ponernos los hábitos de un monje ni abandonar la ciudad en busca de alguna aventura desconocida; el camino consiste en descubrir lo que siempre ha estado ahí.
Este viaje místico en el que nos encontramos solo se convierte en un viaje vivo si meditamos. Debemos vivir en el mundo exterior, pero ya no somos habitantes de ese mundo. Ahora viajamos para comprender nuestra verdadera naturaleza espiritual, sin los velos mundanos, y estamos completamente equipados con las herramientas necesarias para completar ese viaje. Recorremos el camino místico, que es totalmente diferente de todo lo que podamos imaginar o esperar; no pertenece ni al pasado ni al futuro; es estar en el presente, en el ahora, donde perdemos lo que creíamos ser y nos sentimos cómodos al convertirnos en lo que realmente somos.
Como practicantes de Sant Mat, tenemos la bendición de contar con un camino claro y con la guía de un maestro vivo que nos acompaña en cada paso del camino.
Por muchas veces que recalculemos la distancia hasta nuestra meta, el destino sigue siendo el Hogar, y está dentro de nosotros. Cuando conozcamos nuestro verdadero yo, será pura devoción, puro amor, pura fe del alma en el Señor.
Ese es el cumplimiento de la promesa de los maestros. Baba Jaimal Singh concluye: “Por lo tanto, el Shabad-dhun te llama constantemente para que regreses a tu casa en sach khand”7.
- Cartas espirituales, #46 p. 77.
- Perspectivas espirituales Vol. I, #397, pp. 359-360.
- Perspectivas espirituales Vol. I, #398, p. 361.
- Hadot, P.: Plotino o la simplicidad de la mirada, Barcelona, Alpha Decay, 2004, p. 35.
- Maharaj Charan Singh, Perspectivas espirituales Vol. I, #267, p. 220.
- La voz interior, Preguntas y respuestas, #11, p. 47.
- Cartas espirituales, #41, p. 68.