Las serpientes que llevamos dentro - RSSB Satsangs & Composiciones

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Las serpientes que llevamos dentro

¿Por qué las personas inocentes tienen que atravesar experiencias aparentemente terribles? Recientemente, alguien preguntó al maestro por uno de sus familiares, que había llevado una vida buena y moral durante sus 70 años y había practicado la meditación todos los días. Sin embargo, se enfrentaba a todo tipo de intensos problemas físicos y mentales, lo que suscitaba serias dudas en la familia sobre la existencia de un Dios amoroso y benevolente. El maestro respondió señalando que solo vemos una parte del panorama, no el cuadro completo. Sí, durante esos 70 años había llevado, una vida muy buena, pero ¿qué había ocurrido antes, en sus vidas pasadas? Eso no podemos verlo porque no vemos las capas internas de las acciones kármicas de una persona ni sus consecuencias. Para ello, necesitamos ir ‘hacia dentro’, donde se nos revela todo el panorama kármico. Mientras intentemos comprender las respuestas a estas preguntas en un plano puramente intelectual, no lograremos hacerlo.

Sin embargo, los santos sí nos dan indicios sobre las respuestas en este nivel de existencia. Por ejemplo, Jalal-al-Din Rumi dejó una hermosa historia que dice más o menos así: Un viajero en el desierto sentía sueño tras un suculento almuerzo, así que decidió echarse una siesta bajo un enorme árbol. Mientras disfrutaba de su tranquilo sueño, de repente fue despertado bruscamente por un fuerte golpe en la pierna. Gritó, se levantó y descubrió que el golpe procedía de una enorme vara empuñada por un hombre a caballo. “Oiga” –le reprochó al jinete– “¿por qué hizo eso?”. El jinete respondió con otro golpe de vara. El viajero estaba seguro de que jamás había visto ni tenido trato alguno con aquel jinete, y la injusticia de recibir aquellos golpes sin haber hecho nada para merecerlo lo llenó de ira. Comenzó a insultar al jinete, pero por cada insulto recibía un golpe todavía más fuerte.

Pensando que el jinete quería obligarlo a abandonar la fresca sombra del árbol, el viajero se trasladó al sol del desierto. Pero, para su disgusto, el jinete lo siguió también hasta allí y continuó propinándole golpes. “Escuche, ¿por qué me está golpeando así?” –preguntó el viajero– solo para recibir otro golpe. Ya al límite de su paciencia, el viajero decidió huir del lugar. Pero el jinete lo siguió y continuó golpeándolo. El viajero aceleró el paso, corriendo cada vez más rápido, hasta alcanzar el límite de sus fuerzas. Aun así, el jinete continuó persiguiéndolo. Finalmente, sus pulmones no pudieron más. Se desplomó y cayó al suelo, casi inconsciente, y vomitó toda la deliciosa comida que había tomado antes de echarse bajo el árbol. Entonces, con la vista nublada, se percató de que había vomitado una pequeña pero extremadamente venenosa serpiente, que sin duda había entrado en su cuerpo mientras dormía profundamente y roncaba con la boca abierta.

En ese momento comprendió que el jinete no era su torturador, sino su benefactor. Cayó a sus pies y le dijo: “Señor, no hay manera de agradecerle suficientemente el gran favor que me ha hecho. Pero ¿por qué no me dijo el motivo de sus golpes cuando se lo pregunté una y otra vez? Si me lo hubiera dicho, habría colaborado de buena gana en lugar de intentar huir, y quizá la serpiente habría salido más rápido”.

“Mi querido amigo”, respondió el jinete, “si te hubiera dicho, mientras estabas bajo el árbol, que esa serpiente tan venenosa había entrado en tu cuerpo, habrías muerto de miedo en ese mismo instante. Esta era la única forma de hacer que la serpiente saliera sin causarte más daño del absolutamente necesario”.

Cada uno de nosotros lleva una serpiente venenosa en su interior; de hecho, varias serpientes. Todo tipo de tendencias negativas corroen nuestra esencia, privándonos así de una existencia sana e íntegra. La historia de Rumi se refiere únicamente a una serpiente: el ego, que es la raíz de todas las demás impurezas que nos mantienen alejados de la unidad con el Uno divino. Estas impurezas son como las ramas de una planta, cuya raíz es el ego. Si se elimina el ego –los sentimientos de “yo” y “el mío”– todas las demás impurezas, como la ira, la lujuria, el orgullo y la codicia, se marchitarán automáticamente.

El jinete de la historia de Rumi representa la ley del karma, a través de la cual funciona este mundo. Esta ley debe golpearnos con su vara mientras permanezcamos impuros y, por lo tanto, sujetos a la dualidad. Si fuéramos conscientes de los venenos que corroen nuestra esencia, no podríamos soportarlo, porque no somos capaces de enfrentarnos a los terribles rasgos de egoísmo que todos albergamos en las capas invisibles de nuestro interior. Lo que vemos en este nivel de realidad representa solo una imagen muy limitada de la verdad. Las víctimas de delitos e injusticias pueden parecernos inocentes porque no han hecho nada para envenenar su ser interior durante el breve período en que habitan su cuerpo físico actual. Pero ese período –digamos, 70 años– ni siquiera es un parpadeo visto desde la perspectiva del Todo. Según algunos místicos, un día en el nivel interior (llamado Brahma) equivale a 4320 millones de años en tiempo humano.

Cuando Dios nos ve, ve el panorama completo, no una visión parcial como la nuestra. Él elige a quienes están listos para vomitar su serpiente y, por ello, los somete a repetidos golpes. En realidad, Dios los está ayudando a purificarse mediante la ley del karma, que es una parte de la ley del amor. Como no podemos ver cómo funcionan estas dos leyes, sentimos compasión por las víctimas y nos enfadamos con los agresores. Es algo completamente natural, debido a nuestra incapacidad para ver todo el panorama kármico.

Debido a nuestras limitaciones, lo mejor que podemos hacer es ayudar y apoyar a las víctimas con serenidad y eficacia. Y, aún más importante, también podemos recordarnos que, cuando los acontecimientos se contemplan desde la perspectiva del Todo, todos los acontecimientos que tienen lugar en esta creación están concebidos con un único propósito: eliminar el sentido de “yo” y “mío”, es decir, el ego (la madre de todas las serpientes) de nuestra forma de ver el mundo.

Desde esa perspectiva, las serpientes entran sigilosamente en nuestro ser interior cada vez que nuestra conciencia está profundamente dormida, como Rumi expresó con la historia del jinete y la serpiente. Nadie se libra de nada. Cada una de nuestras acciones queda grabada en nuestras capas internas e inevitablemente va seguida de su reacción, que se manifiesta en forma de consecuencia, como los golpes del jinete. Estos golpes pueden parecer una dura prueba, pero son necesarios para nuestro propio bien, es decir, cuando los contemplamos desde una perspectiva espiritual y no materialista. Representan la inexorable ley del karma, que determina todos y cada uno de los acontecimientos del mundo tal como los percibimos a través de la limitada visión de nuestros sentidos físicos. Nuestro mundo es un aula en la que se nos enseña –a veces mediante lo que pueden parecernos duras lecciones– a purificarnos de las serpientes que han entrado en nuestro ser interior a lo largo de numerosas vidas. De este modo, dejaremos atrás nuestra comprensión limitada y llegaremos a ser lo bastante puros como para fundirnos con el Todo divino.