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Una familia espiritual

La paternidad de Dios – La fraternidad del hombre

Sant Mat es un término que significa “las enseñanzas de los santos”. Por “santo” entendemos un adepto espiritual, alguien que ha experimentado la unión con la divinidad. Tales santos o maestros enseñan un sendero de realización de Dios que ha existido desde el comienzo de los tiempos, y que se ha descrito de muy diferentes maneras a lo largo de todas las épocas.

La tecnología moderna y la movilidad internacional han hecho que nuestro planeta se vuelva cada vez más pequeño, por lo que a menudo nos encontramos con religiones y culturas que son diferentes de las nuestras. Ahora, más que nunca, podemos percibir la relatividad de nuestras tradiciones y perspectivas históricas; es más, los líderes de las grandes religiones intentan llegar a los demás mediante movimientos ecuménicos que identifican y reconocen los puntos que estas tienen en común.

Sant Mat se ocupa precisamente de este “terreno común” que constituye la esencia espiritual o patrimonio de todas las grandes religiones. Los maestros espirituales vienen con un único objetivo: revelar al mundo el legado común que une a toda la humanidad en el amor por Dios. Cuando experimentemos la unicidad de Dios en nuestro interior, experimentaremos por nosotros mismos que todos formamos parte de una familia espiritual.

La raíz de la palabra “religión” es “re–ligare”, que significa “volver a unir”. El verdadero propósito de todas las religiones es volver a unir, o reunir a cada alma con Dios. Sin embargo, los problemas surgen cuando los santos, que son los grandes maestros de la verdad, mueren. Sus seguidores ritualizan las enseñanzas en su esfuerzo por conservarlas, o por conseguir poder y prestigio personal. Así es como nacen las distintas religiones; los cimientos sencillos que tienen en común se convierten en edificios complejos cuya forma y color depende de las condiciones geográficas e históricas de la época. Prevalece lo relacionado con el poder y la riqueza mientras que las enseñanzas originales se pierden. La práctica espiritual se relega a un segundo plano mientras que mantener el prestigio de la organización se convierte en lo más importante. De este modo, vemos como unas religiones se enfrentan a otras, y el hombre mata a su prójimo en el nombre de Dios.

Sin embargo, si Dios es uno y es nuestro Padre, entonces, todos somos sus hijos; una fraternidad dentro de la humanidad. Es lo que nos enseñan los grandes santos de todas las religiones, que hay un único Dios para toda la humanidad, aunque se le conozca con muchos nombres. Ya le llamemos: Dios, Khuda, Wahigurú, Ram, Señor, o con cualquier otro nombre, estamos hablando del mismo Ser supremo, omnisciente y omnipotente.

Los santos enseñan que Dios, que es único e indistinguible, se proyecta a sí mismo mediante su propio poder y crea y sostiene la creación. A este poder dinámico de Dios se le conoce con multitud de nombres. En el cristianismo es el Verbo o Espíritu Santo; en el judaísmo es la Palabra, el Nombre, el Espíritu Santo; es el Tao de la filosofía china; el Kalma del islam; el Shabad, la Palabra o la Lengua no hablada en la filosofía india. Cada religión, en lugares y épocas diferentes, ha definido el mismo poder con distintas palabras. Los santos nos dicen que todo ser vivo está imbuido de este poder. Cuando nos referimos al alma de cualquier ser, nos referimos a este poder.

Todo ser vivo recibe la vida de un poder que es la proyección de Dios. Por lo tanto, todo aquello que vive, en esencia, es parte de él. El Ser supremo, a su vez es inmanente y está presente dentro de cada criatura viviente. El alma no es más que espíritu puro; pero para poder funcionar en el mundo de la mente y la materia, está dotada de varias coberturas que esconden su verdadera naturaleza, y además, se encuentra sujeta a la dinámica básica de la creación: la ley de causa y efecto. Se trata de una ley de perfecta justicia por la que todo acto realizado en la creación se debe compensar; así, vivimos en una prisión invisible de deudas y créditos. El alma, atada a su cubierta de la mente, nace una y otra vez en diferentes formas para saldar esta cuenta.

De todas las criaturas del universo, solo los seres humanos son conscientes de sí mismos. Pero mientras vivimos nuestras vidas cotidianas en la creación física, nuestra naturaleza esencial permanece oculta, encubierta por la mente y la materia, como una brillante y luminosa lámpara envuelta en varias capas de tela negra. De esta forma, a pesar de poseer la cualidad de la autoconsciencia, la mayoría de nosotros permanecemos ciegos a nuestro verdadero ser.

Cuando finalmente encontramos a un santo o maestro, solo entonces, el alma puede elevarse por encima de este nivel de dualidad, de acción y reacción, de recompensas y castigos, y descubrir su verdadera naturaleza espiritual. Esta esencia divina que existe en nuestro interior es permanente y no está sujeta a la ley de la justicia. Los maestros tienen la capacidad de despertar el espíritu divino en nuestro interior; actúan como un espejo para nuestra alma y nos reflejan a nosotros mismos nuestra pura esencia, a pesar de las densas cubiertas que oscurecen al alma. Ellos explican la técnica para descubrir a Dios dentro del cuerpo, y enseñan un método práctico de oración interior o meditación. La meditación permite al practicante aquietar su mente, retirar las corrientes del alma del mundo exterior y concentrarlas en el centro del ojo, que es el corazón espiritual. Una vez que la mente se encuentra totalmente enfocada en este punto, se vuelve consciente de Dios.

San Mat no está vinculado a ninguna raza, nación, comunidad, culto o secta de ninguna clase. A pesar del gran número de personas que practican este modo de vida, Sant Mat sigue siendo un vínculo personal e íntimo entre Dios y cada persona. En cuanto a los aspectos externos de la vida, las enseñanzas solo establecen el requisito de que el practicante tenga por lo menos 24 años, lleve una vida moral pura, se abstenga del consumo de todo tipo de alcohol, tabaco y drogas que alteren la mente, siga una dieta lacto-vegetariana y dedique tiempo diariamente a su práctica espiritual. Los maestros no exigen que cambiemos de religión, no cobran honorarios, y en todo momento se mantienen a sí mismos con sus propios ingresos. Nos enseñan a cultivar la dimensión espiritual de la vida mientras cumplimos con nuestras responsabilidades familiares y sociales. De este modo, ampliamos nuestro horizonte espiritual y experimentamos por nosotros mismos el espíritu divino que anima el universo entero. Recibimos, en nuestro interior, la prueba de que todos somos verdaderamente hijos del mismo Dios.