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Mitos antiguos, místicos modernos, verdades inmutables

Esta es la historia de Tiresias, un famoso vidente de la antigüedad.

Mientras cazaba en unos bosques montañosos, comenzó a tener sed, y buscó un manantial donde saciarla. Encontró una fuente, pero allí se encontraba la diosa Atenea que se bañaba desnuda en sus frescas aguas. Enfurecida la diosa lo cegó de inmediato, mas luego compadecida, le concedió dos favores: le limpió los oídos, de manera que pudiese entender el lenguaje de los pájaros, adquiriendo así la capacidad de interpretar presagios, y también le facilitó un bastón para ayudarle a moverse.

¿Y qué es todo esto? ¿Es un interludio llamativo que podría protagonizar titulares en los noticiarios, o una verdad espiritual camuflada en una historia?

Una frase que se le atribuye a Sir Francis Bacon dice: “La verdad es muy difícil de expresar, a veces necesita de la ficción para que sea admisible”. En otras palabras, a veces la verdad necesita expresarse mediante historias o parábolas para ser mejor aceptada. Esto es lo que hacen los místicos: visten la verdad para adaptarla al tiempo en que viven y al público a quien se dirige. A medida que los tiempos cambian, también varían los gustos de las personas. Esta es la razón por la que se destacan distintos aspectos de las enseñanzas de los místicos en distintas épocas, para así ayudar a las gentes a relacionarse con ellos y beneficiarse. Las enseñanzas en sí no cambian.

Son en realidad manifestaciones con las que la gente se identifica, las que navegan en el mensaje de los místicos a través del océano mental de la humanidad, que al igual que el mensaje en una botella, finalmente llega a aquellos que comprenden su verdadero significado.

¿Cómo entender estas historias en la actualidad? Son aparentemente extrañas, si bien resuenan en nuestro interior de una manera que no somos capaces de definir.

Hace 50 años fue descubierto en la costa de Chipre el naufragio de una embarcación de madera de unos 2500 años de antigüedad. En circunstancias normales se hubiese deshecho por completo, pero en este caso estaba todo bastante bien conservado. Lógicamente faltaban muchos trozos en distintas partes, mientras otras estaban medio podridas o deformadas.

Nos podríamos preguntar: ¿acaso alguien que desease construir un barco se fijaría en este naufragio para aprender? Obviamente no. Más bien sería al contrario, pues solo un constructor de barcos podría intentar darle algún sentido a los trozos que yacen dispersos en el fondo del mar, dado que él conoce de antemano como construir embarcaciones, y podría por tanto reconocer fácilmente cómo cada componente ensambla en la estructura original.

Es extraño que la humanidad intente generalmente entender la ciencia del alma identificando lo divino con el estudio de las religiones. Hubo un tiempo en que las enseñanzas de los místicos condujeron a las almas por el océano de la existencia, pero ahora tan solo quedan los restos de esas enseñanzas, que yacen dispersas en el fondo de un océano metafórico. Como resultado, a la hora de estudiar el misticismo, tan solo se podrá encontrar sentido a sus oscuras alegorías y tradiciones fragmentadas, mediante la ayuda de un científico espiritual contemporáneo, un maestro vivo.

Tuvimos esta experiencia gracias a Hazur Maharaj Charan Singh. Él se afanó a lo largo de su vida en que Sant Mat fuera entendible en occidente, y lo hizo en parte, explicándolo desde el punto de vista cristiano, algo con lo que los occidentales están muy familiarizados. Gradualmente, la verdad subyacente del cristianismo se hizo más clara, tanto en su significado oculto como en sus tergiversaciones. Esto explica tanto la atracción como la aversión que algunos de nosotros experimentamos hacia ese cristianismo en el que nacimos. Ahora podemos aceptar la religión en su contexto místico correcto.

Alguien le preguntó a Hazur:

P: ¿Pueden los iniciados de un maestro perfecto aprender algo de la Biblia? ¿Debemos leerla?

R: Creo que ahora hay más razones para leer la Biblia, porque ya se puede entender su verdadero significado. La iniciación es la llave, y con esa llave podemos abrir la Biblia, desbloquear sus tesoros, sus misterios, y encontrar en ella la verdadera joya, el misticismo verdadero.1

Volvamos a Tiresias: el mito que presenta una analogía física de un estado spiritual. Tiresias, un buscador que aspira a las alturas espirituales, está cazando en las montañas y su sed lo lleva al agua, donde inadvertidamente es capturado por una diosa.

Pero ¿quién es esta diosa? Según el mito, Atenea surgió de la cabeza de Zeus, del poder supremo. Es una emanación directa de la divinidad, de la sabiduría de Dios. Por lo tanto, ella es el Logos, el Shabad, la verdad. Y nadie es capaz de mirar cara a cara a la verdad desnuda, a aquello que es puro, o desvelar el Shabad sin que previamente y de forma radical haya sido transformado para siempre.

Desde el momento en el que Tiresias es cegado, pierde el interés por este mundo de ensoñaciones, ese que nosotros percibimos como real. A medida que se vuelve ciego hacia al mundo físico, se despierta al espiritual. Su ojo interno se abre a la belleza y la verdad de las esferas superiores, y se siente embelesado por estas. Ahora escucha el Shabad, la voz de Dios, y entiende a los pájaros, las palomas, ese símbolo cristiano del Espíritu Santo como mensajero divino. A medida que el significado de las vivencias y circunstancias del interior le es revelado, se convierte en un vidente que puede ayudar y guiar a otras personas.

La ceguera de Tiresias fue esencialmente un obsequio: la concesión de una súplica que a menudo realizamos cuando se cantan los shabads: “Revélame tu verdadera forma, maestro”.2 Ciego al mundo físico, se le concedió la visión interior. Y como todos los discípulos de un místico, también recibió apoyo y protección en forma de un bastón con el que continuar viviendo en el plano físico sin tropezar a cada paso y perder el equilibrio.

Jesús nos habla de esa misma verdad espiritual de manera oculta: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados”.3

Esta es una declaración contundente y aparentemente inexplicable. El devolverles la vista a los ciegos es obviamente algo digno de alabanza. ¿Pero cegar a aquellos que pueden ver? ¿Por qué querría alguien hacer eso? Muchos textos cristianos evitan tener que explicar este pasaje, mientras que otras explicaciones son equívocas en el mejor de los casos.

Pero para un experto en la espiritualidad, el significado está claro. Hazur lo explica:

Como dijo Cristo, he venido al mundo para cegar a las gentes, y darles ojos a los que no ven. Este es el milagro que hacen los místicos. Aquellos que solo miran al mundo, tan solo ven la creación, y únicamente están apegados a esta creación. He venido a privarles de la vista, queriendo decir que he venido a desapegarles de esta creación. Y yo quiero proporcionarles una visión que solo mire al Padre. No he venido para dar ojos que solo miren a esta creación, pero para aquellos que están ciegos hacia el Padre, que no lo ven, para estos he venido a darles ojos. Esto no es un milagro mundano, es un milagro espiritual. Los místicos nos despiertan de un profundo sueño.4

Los místicos se manifiestan y nos seducen de forma que empezamos a comprender. Aún más importante es que nos enseñan un método mediante el cual podremos conectarnos. Ese método es la meditación, cuya práctica es la única manera de expandir nuestra conciencia y desarrollar la espiritualidad.

 

En caso contrario nuestra vida será como la de aquellos dos amigos que iban en un coche. El que conducía quiso adelantar a otro coche, puso el intermitente para cambiar de carril, pero entonces escuchó el insistente pitido del coche que venía detrás pidiéndole paso. Se detuvo a un lado de la carretera y dijo a su amigo: “Estoy seguro de haber puesto el intermitente. ¿Puedes comprobar si funciona?”. Su amigo se bajó del coche, fue atrás y gritó: “funciona, no funciona, funciona, no funciona, funciona, no funciona”.

Esta es exactamente nuestra actitud respecto a muchos aspectos de la vida espiritual. Pensamos que su gracia funciona, o que no funciona, funciona, no funciona. El maestro y la meditación funcionan o no funcionan, funcionan no funcionan. Mi fe funciona o no funciona, como es el caso del amigo que no supo entender que la función de un intermitente implica que la luz se encienda y se apague. Nuestra capacidad de conocimiento, en su estado actual, únicamente percibe fragmentos desconectados de la realidad, sin poder comprender que son parte de un todo funcional.

¿Quién es una persona madura? Preguntaba el maestro. El que ha superado los altibajos de la vida. Y añadió que el éxito no se mide mediante las riquezas acumuladas, sino gracias al acierto en solucionar los problemas. Es decir, el modo con el que nos hemos enfrentado a nuestros altibajos, esos que engloban en cada ocasión una problemática distinta.

Quizá sea esta la causa de que algunas veces pensamos que los santos se contradicen, tal y como se ilustra en la siguiente historia.

La escalada a las montañas está actualmente de moda y, lo mismo que la escalada por roca espiritual, se requiere la máxima concentración, una práctica cuidadosa y el cumplimiento estricto de las instrucciones del entrenador. Imaginemos que alguien colgado de una pared rocosa le preguntara al entrenador: “¿Ahora cómo sigo?”, y el entrenador le dijese: “levanta la mano derecha”. Luego, volvemos a nuestro lugar de residencia y le decimos a nuestros amigos: “El entrenador dijo que debemos levantar la mano derecha”. Después, en otra sesión de entrenamiento, otro escalador, colocado en otra posición distinta en la escalada, recibe la instrucción de levantar el pie izquierdo. Terminada la sesión también regresa este último a su lugar de residencia y dice: “Nos ha dicho el entrenador que debemos levantar el pie izquierdo”. Los primeros protestan diciendo: “os habéis equivocado, es la mano derecha”. Y los del pie izquierdo afirman: “los equivocados sois vosotros, porque escuchamos con nuestros propios oídos que era el pie izquierdo”. Una persona sensata diría que el mauj ha cambiado, por lo que el entrenador se ha visto obligado a cambiar sus instrucciones”. Como consecuencia de esta forma de razonar, hay personas que pierden la fe en el entrenador, porque piensan que este se contradice. Y así empiezan las disensiones, las discusiones y las trifulcas. Sin la mano de un maestro que los guíe, pronto los del partido de la mano derecha se enfrentan con los del partido del pie izquierdo, en una ardiente lucha para dirimir la correcta interpretación de las instrucciones.

Es mucho más fácil especular sobre el significado de lo que nos dice el maestro, algo que no implica esfuerzo por nuestra parte, que hacer lo que nos ha pedido que hagamos: la constancia en nuestra meditación, que es donde todas las respuestas se revelan. El problema es que para poder desarrollar la constancia en la meditación, necesitamos disciplina y paciencia. El proceso es largo para la mayoría de nosotros. La desazón nace de la impaciencia que llegamos a sentir, lo que nos induce a darnos por vencidos al no ver el brote de nuestra siembra, tras lo que dejamos de regar el Nam. Esta situación es lamentable, ya que en todo momento la semilla está creciendo de manera invisible, y surgirá en el momento oportuno.

Afortunadamente, siempre recibimos ayuda e indicaciones sobre cómo mantener nuestro quehacer. Quizá no podamos ver la flor que nace de la semilla del Nam plantada en nuestro interior, aunque de vez en cuando sí podremos oler su fragancia, como solía decir Hazur.

¿Acaso esa flor es el amor? ¿Es la presencia de Dios? De cualquier manera, ¿qué es Dios? Los místicos nos dicen que Dios es amor, y nosotros repetimos esta palabra como loros, pero ¿cómo saberlo? Podemos decir que una manzana es una fruta, porque sabe a fruta. Sin embargo ignoramos qué es Dios o qué es el amor.

Únicamente podemos suponer, a modo de hipótesis, que Dios es amor, y comprobar al entrar en el laboratorio de nuestro cuerpo, ese que es en realidad una copia del universo, esa hipótesis, e intentar contrastarla con nuestra propia experiencia.

A pesar de ello seguiremos preguntándonos, ¿qué es el amor? Para nosotros el amor pertenece al mundo de la dualidad, así que tiene una dirección. Podríamos decir que el amor es un fluido que enlaza un corazón con otro: de una madre con su hijo, del amante con la amada: lo que lo une a dos seres.

¿Pero qué es Dios en esencia, en ese nivel en el que nos fundimos en él y solo él existe? Aunque no lo sabemos, en ocasiones los místicos nos dejan estelas de sus vislumbres y vivencias, lo que posiblemente despierte nuestro interés.

La esencia de Dios parece ser la alegría, la dicha, el nivel más alto de felicidad, si bien no es posible describir estas vivencias con palabras. Hay una palabra procedente del griego antiguo que ha intentado describir este estado. Todos la conocemos y la hemos sentido en mayor o menor medida.

Entusiasmo. Es la palabra enthousiasmos, de enthous que significa “poseído por un dios inspirado”. El prefijo en significa interior; theos, Dios; ousia, esencia; y el sufijo asmo, que connota el estado de algo. Luego el significado literal de la palabra es: “el estado de la esencia de Dios en el interior”.

Incluso limitándola a su significado mundano, la palabra retiene sus rasgos de herencia mística: la inundación de dicha que no puede ser encubierta por nada, la inspiración, el sentido de confianza donde todo es posible y el deseo de compartirlo con los demás. Cuando fluye esta dicha interior hacia otro ser, se percibe como una corriente de amor que se duplica aparentemente en el otro ser. Esta es la razón por la cual la felicidad y el amor están tan interconectados. Amor es complacer a otra persona, como nos decía Hazur, hacerle feliz. Por ejemplo, el seva se realiza por amor al maestro, para poder complacerle.

Este amor es la razón que te hace sentir entusiasmo cuando estás en su presencia. Ya sonría o no, que bromee o esté serio, sentimos alegría, felicidad y agradecimiento, porque nos ha tocado el alma, la esencia de Dios en nuestro interior. Nos ha despertado a la realidad de quienes verdaderamente somos.

“Islas en la corriente / Eso es lo que somos”.5 Somos islas en la corriente de su amor, impregnados de dicha, disolviéndonos gradualmente en él, hasta que llegue el momento en que ya no quede isla y solo haya corriente.

El amor es convertirnos en otro ser. Hazur nos decía: “Hasta que solo haya un ser, una sola dicha y un solo entusiasmo, hasta que solo exista la esencia de Dios en el interior”.

Como afirma Rumi:

Todos y todo perece,
pero la celebración en ese estado tuyo de unidad
es para siempre, para siempre, para siempre.6

  1. Maharaj Charan Singh, Spiritual Perspectives, Vol. I, #383
  2. Soami Ji, Sar Bachan Poesía p. 171
  3. Biblia Juan 9:39
  4. Maharaj Charan Singh, Spiritual Perspectives, Vol. III, #536
  5. “Islands in the Stream,” canción de Bee Gees
  6. Jalal al-Din Rumi, ghazal 356