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Confiar en el misterio

Un ateo comprometido me dijo una vez en una conversación sobre creencias algo así como: las creencias me parecen superficiales. Yo confío en una presencia amorosa y cariñosa que he sentido en mi vida desde que era muy joven. Entiendo el amor y confío en ella, pero no confío en las creencias ni en las fes porque estas dividen a las personas.

Los autoproclamados ateos pueden captar intuitivamente la esencia de la espiritualidad mejor que los que se declaran creyentes, que pueden modificar sus creencias cuando las circunstancias cambian. La creencia y la fe suelen entenderse hoy en día como la adopción de un sistema de creencias, un conjunto de conceptos en los que se apoyan las personas para tener confianza, certeza e identidad. Pero las creencias se ponen en duda fácilmente. Por otra parte, la confianza y la fe adquiridas a través de la experiencia son más difíciles de perder, ya que se desarrollan con el tiempo en el contexto de una relación con un maestro, la divinidad, o una presencia amorosa anónima alimentada a través de la diaria meditación y el recuerdo (simran).

Para este ateo, la mera creencia en Dios le parecía superficial, como una etiqueta que uno se colgaría del cuello en la que dice “yo creo”, con énfasis en el “yo”. Por otra parte, la confianza es producto del “nosotros”. La confianza implica perder la noción del “yo”. En la confianza nos fundimos en la esencia amorosa de Dios, incluso cuando las dudas y confusiones nos obligan a proclamar: “No entiendo; nada tiene sentido”.

El platonismo y el papel de la confusión y el misterio

Las dudas y la confusión son beneficiosas en el sendero espiritual porque llevan a la mente racional y analítica hacia un callejón sin salida. La confusión hace más humilde a la mente al hacer que confronte el misterio de la vida y el reino de la experiencia interior personal. Hace más de mil años, existía en Occidente un sendero espiritual llamado platonismo. Se basaba en acceder a niveles cada vez más profundos de desconocimiento, desaprendizaje, y la confrontación de imposibilidades paradójicas: una eliminación de creencias no verificadas y falsos convencimientos. Era un sendero que preparaba a las personas para adentrarse en los misterios del Uno. El maestro fundador de esta tradición fue Sócrates, quien transformó a aquellos que confiaron en él a través de un método llamado aporia (callejón sin salida, confusión) en griego.

El método no pretendía confundir intencionadamente a los discípulos. Más bien, trataba de liberarlos de las creencias conflictivas y del conocimiento no asimilado, y de sacar a la superficie esas contradicciones y creencias no examinadas. Las personas piensan a menudo que saben, cuando en realidad no saben. Solo cuando alguien desafía sus suposiciones se dan cuenta de su estado de confusión.

Este estado de confusión purificador no tenía como objetivo crear personas estúpidas, sino abrirlas al misterio, una experiencia directa de la divinidad conocida como enthousiasmos (el estado inspirador de morar en el interior de la esencia divina). Platón, en su diálogo Phaedrus [Fedro], denominó a este estado, locura divina (mania), que es incomprensible para los observadores externos porque escapa de su programación social y conceptual.

Los misteriosos modos con los que la mente intuitiva funciona fuera de los códigos y programas establecidos se están volviendo más escasos en nuestro mundo cada vez más informatizado. Como afirmó Einstein en una cita que se le atribuye a él: “La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es su fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que honra al sirviente y ha olvidado el regalo”1.

La programación de la mente moderna incluye una confianza excesiva en el conocimiento externo, una creencia en su habilidad para resolver problemas y la suposición de que se pueden comprender las realidades espirituales sin haberlas experimentado directamente. Esto contradice de manera directa la ciencia del alma, que lleva a la iluminación a través de la confusión, y enfrenta a la mente racional a callejones sin salida conceptuales. Sócrates practicó esta ciencia espiritual hace 2500 años, y es tan relevante y necesaria hoy como lo fue entonces.

¿Por qué? Porque, como afirma el filósofo americano contemporáneo Gabriel Marcel: “Vivimos en un mundo roto”, que está “por un lado, plagado de problemas y, por otro, decidido a no dejar espacio para el misterio”2. Lo misterioso y alucinante perturba las tendencias del hemisferio izquierdo del cerebro de la mente racional moderna. Por lo tanto, es más fácil negar el misterio y centrarse en las técnicas que intentan resolver problemas a través del análisis y la lógica.

Una alternativa es tratar a la vida como un misterio a experimentar. Luchando contra una enfermedad terminal, el escritor Phillip Simmons escogió el segundo enfoque:

En sus niveles más profundos la vida no es un problema, sino un misterio… Los problemas han de resolverse, los verdaderos misterios no… Tarde o temprano, cada uno de nosotros nos enfrentaremos a una experiencia tan poderosa, desconcertante, gozosa o terrorífica, que todos nuestros esfuerzos por verla como un problema resultarán inútiles. Cada uno de nosotros se encontrará en el filo del precipicio. En ese momento podemos sumirnos en la angustia o la confusión, o dar un paso adelante hacia el misterio. ¿Y qué nos pide el misterio? Solo que estemos en su presencia, que nos entreguemos completa y conscientemente… Podemos participar en el misterio solo desprendiéndonos de las soluciones.3

Confiar en el misterio

La confianza y el amor son dos de los mayores misterios de la vida, como lo son el sufrimiento y la muerte. Podemos ser capaces de explicar nuestras creencias o luchar por ellas, pero nunca podemos explicar por qué amamos a alguien, o por qué confiamos en una persona en concreto en lugar de otra. Mientras que las creencias nos mantienen en una burbuja de certeza y nos hacen pensar que lo podemos entender todo a través de la lente de esas creencias, la confianza abarca lo desconocido, lo incierto. Engloba el misterio de nuestra existencia temporal en la tierra, con toda su tristeza y alegría, tragedia y comedia.

No podemos resolver el misterio, más bien nuestro ego se disuelve ante el misterio.

La confianza es esencial para esta disolución. El lugar donde depositamos nuestra confianza y el amor determinan hacia dónde vamos espiritualmente. La tragedia es que a menudo confiamos y deseamos lo que es ilusorio y hemos perdido la confianza y el deseo por aquello que es real y por lo tanto más digno de confianza. Nos encerramos en ilusiones para sentirnos cómodos. Por ejemplo, de alguna manera creemos que el sufrimiento es únicamente para aquellos que no siguen un sendero espiritual, y que, si seguimos un sendero espiritual, no pueden sobrevenirnos graves enfermedades, crisis financieras ni deshonras públicas. Estos son solo algunos de los engaños que comienzan a desaparecer cuando empezamos a practicar un camino espiritual que nos permite reorientar nuestra confianza hacia realidades más duraderas y permanentes.

Baba Ji afirmó una vez que los santos no vienen a cumplir nuestros deseos sino a destruir nuestras ilusiones.

Hemos perdido la confianza precisamente en ese poder que es la única realidad estable y fiable en un mundo ilusorio que sigue traicionando nuestra confianza. Pero olvidamos esa traición y confiamos tontamente una y otra vez en las mismas cosas que nos han engañado tantas veces.

La espiritualidad, como explica Baba Jaimal Singh en Cartas espirituales, trata de restaurar la confianza en aquello que es real, a través de un proceso lento y gradual al que llamamos meditación. La meditación es el acto supremo de confianza, y su objetivo es reorientar nuestro amor y lealtad. Baba Jaimal Singh escribe:

El día que el ser individual, es decir, el alma, se separó de sach khand y del Shabad-dhun, ese mismo día su relación con el Señor verdadero (Sat Purush) y el Shabad-dhun también se rompió. El Shabad-dhun la cuida constantemente, pero ella no es consciente de eso, porque su amor y lealtad están profundamente arraigados en la mente y maya.4

Somos leales a la mente y al maya porque eso es lo que conocemos y con lo que nos identificamos. Confiamos en las personas y en las cosas que sustentan nuestra salud, riqueza y buena reputación. Estas presuntas cosas buenas de la vida marcan inevitablemente la forma en que percibimos el mundo y nos hacen creer que las comodidades que ahora disfrutamos durarán. Pero esos regalos de la confianza son muy efímeros y engañosos: la salud deriva en enfermedad y muerte; la riqueza se convierte en responsabilidad y tristeza, y, junto con nuestra riqueza, la buena reputación y los antiguos amigos también desaparecen. Baba Jaimal Singh nos aconseja que cambiemos el enfoque de nuestra confianza y lealtad de las cosas efímeras que tanto valoramos a la realidad eterna del Shabad.

Pero se necesita toda una vida de meditación sostenida para reorientar nuestra confianza. La confianza es como un arco alto que no se puede construir de la noche a la mañana. Los arcos se apoyan sobre dos pilares robustos. El arco de la confianza se apoya por un lado sobre el pilar del amor, y en el otro sobre el pilar del sufrimiento y la experiencia. Ambos pilares deben sostenerse sobre los cimientos de la meditación porque solo la meditación puede mantener nuestro amor. Esto lo hace proporcionándonos experiencia interior y apoyándonos también durante las experiencias difíciles y desorientadoras.

Los maestros son expertos tanto en el misterio del amor como en el del sufrimiento, porque han experimentado las mayores profundidades de ambos. Por eso son capaces de reorientar nuestra atención y lealtad hacia aquello que nunca traicionará nuestra confianza. Baba Jaimal Singh continúa:

El Shabad-dhun la cuida constantemente, pero ella no es consciente de eso, porque su amor y lealtad están profundamente arraigados en la mente y maya, y en los objetos de maya y los sentidos que engañan… [El alma] está aturdida por el amor a la mente, y la mente está aturdida por los placeres de los sentidos. Maya ha extendido tal velo sobre ella que puede que nunca recupere la conciencia.5

Nos encontramos en una difícil situación. Estamos enfermos y aturdidos, nuestras mentes están llenas de falsos conceptos y creencias a las que llamamos conocimiento. Necesitamos atención urgente. El sufrimiento atraviesa poderosamente nuestro estado aturdido e ilusorio, nos hace estar sobrios y nos despierta a la realidad de las personas y objetos que han tenido acaparada nuestra atención durante tanto tiempo.

Maharaj Sawan Singh (conocido como el Gran Maestro) también menciona dos pilares: la práctica del Nam combinada con la experiencia y el sufrimiento, que nos eleva por encima de este mundo. En Joyas espirituales describe cómo un alma corriente progresa en el sendero:

Ha escuchado hablar a los santos de la magnificencia del Nam. Una minúscula chispa ha prendido en él. Le va dedicando alguna atención. Los días pasan. En parte, a fuerza de recibir golpes (enfermedad, muertes en la familia, demanda de dinero, golpes al orgullo, etc.), también por la edad, por medio del satsang y en parte también porque ha pasado por su pralabdh karma (destino) y por la devoción al Nam, su atención va lentamente recogiéndose. Así pues, cuando llega al final de sus días, se encuentra casi preparado para ascender y aferrarse al Nam.6

La meditación combinada con el dolor y el sufrimiento destroza la confianza que hemos puesto en las cosas transitorias. Los santos siguen repitiéndonos: basta. Ahora permanece quieto en tu interior y recupera gradualmente la confianza en aquel que es verdaderamente digno de tu confianza. Busca la ayuda de un maestro espiritual que pueda restaurar tu confianza rota en tu fuente permanente:

El satgurú, conectando de nuevo al discípulo con el Shabad-dhun, lo conducirá de regreso a sach khand. De modo que la relación del discípulo, que había permanecido rota vida tras vida, es restablecida por el satgurú.7

El regalo del sufrimiento

Podemos empezar a reconstruir nuestra confianza en una realidad duradera a través de una relación amorosa con el maestro. Los santos vienen a enseñarnos y transformarnos a través de su amor, a través de su sacrificio desinteresado por nosotros. Cuando alguien le preguntó a Baba Ji por qué los místicos parecen padecer mucho sufrimiento, mucho más intenso que la mayoría de los seres humanos, él respondió diciendo algo como: así es como aprendemos a vivir en la voluntad del Señor. En otras palabras, así es como los místicos nos enseñan a vivir en la voluntad del Señor: mediante su ejemplo.

Pero ¿sufren realmente los santos? En realidad, han escapado de la trampa del sufrimiento y nos ayudan a hacer lo mismo. Experimentan la enfermedad y las emociones igual que nosotros, pero no están atrapados por ellas. Han roto la cadena de hierro que une la desgracia con la resistencia mental.

La resistencia, no las circunstancias dolorosas, causa sufrimiento. Sufrimos cuando nuestro ego se opone y resiste los acontecimientos de la vida. Los santos no tienen esta resistencia, así que no sufren. A esta falta de resistencia la llaman vivir felizmente en la voluntad del Señor. El Gran Maestro dice que solo el Shabad (con el que los santos están en contacto permanente) permite a una persona pasar por los altibajos de la vida sin cicatrices:

Si concentramos nuestra atención y captamos la corriente del sonido, nuestra fuerza de voluntad se fortalecerá, y de esta forma, nuestra capacidad para afrontar el karma de destino aumentará y los altibajos de la vida no nos dejarán cicatrices.8

Los acontecimientos y circunstancias difíciles pueden entenderse como un cuidado providencial para nuestro bienestar espiritual. Esa es la perspectiva del ser eterno con el que nos ponemos en contacto a través de la meditación. O podemos considerar las dificultades como karma: el castigo por las malas acciones del pasado. La meditación nos da la oportunidad de ver las circunstancias de nuestra vida como la manifestación del cuidado divino que perfecciona el alma, en vez de percibirlo como el karma que arrastra al alma a través del sufrimiento. El Gran Maestro escribe:

Si la meditación nos ha elevado por encima del nivel desde donde el karma de destino actúa sobre nosotros, nos hacemos indiferentes a sus efectos. Por tanto, la meditación es el antídoto para el karma.9

Cuando nos elevamos al nivel del Shabad, comprendemos que todo lo que sucede es parte de una cadena de causa y efecto que nos ha dado innumerables obsequios maravillosos: el nacimiento en la forma humana, un entorno en el que desarrollarnos espiritualmente, el apoyo de un maestro amoroso. Así pues, cuando ese mismo poder también nos envía aflicción, pérdida y dolor, ¿no deberíamos aceptarlo con el mismo espíritu de agradecimiento, confiando en el cuidado general, el diseño de la providencia? Si las cosas buenas derivaron de este cuidado, entonces lo que percibimos como karma negativo es también parte del mismo diseño. Hemos recibido el inestimable regalo de la vida y la conciencia. Y este poder interior hace todo lo posible para volvernos aún más vivos y conscientes. Lo hace enviándonos sucesos dolorosos que remueven nuestras rutinas y la programación de nuestra mente tipo ordenador.

A veces, en medio de crisis extremas, peligro y dolor, las personas se vuelven conscientes de una mano protectora que les apoya desde el interior. A veces, sumergidos en el sufrimiento extremo, nos hacemos más conscientes de la realidad de nuestra alma. Muchos han declarado que se sienten más vivos cuando se enfrentan a un peligro mortal o cuando están en su lecho de muerte.

La espiritualidad en sí misma crece a partir de un sufrimiento intenso, incluso inimaginable, y un sacrificio personal combinado con un amor insondable y misterioso. El sufrimiento de innumerables místicos y santos a lo largo de los siglos demuestra que confiar en el misterio puede no ser cómodo para el cuerpo y la mente, pero trae los frutos más dulces del espíritu humano, frutos que multiplican y nutren a las almas que sufren durante generaciones. Y la verdad es que sufrimos incluso cuando sin confiar en el misterio nos entregamos a él; en realidad sufrimos más y durante más tiempo sin la confianza y entrega.

El misterio del sufrimiento nos lleva al borde del precipicio para que podamos despertar. Esto es lo que le pasó al místico Tukaram del siglo XVII. Provenía de una próspera familia y se crio en una casa con sirvientes y mucho de todo. Luego llegó la hambruna. Pidió dinero prestado para mantener viva a su familia, pero finalmente perdió a sus padres, esposa e hijo por causa de la hambruna. A continuación, perdió también su buena reputación porque no podía pagar a sus acreedores. No tenía otro lugar al que acudir más que al Señor, y se volvió hacia él completamente y con gratitud, agradeciéndole que ahora no había nada ni nadie que se interpusiera entre él y el Señor:

Mi esposa está muerta, se ha salvado del sufrimiento;
el Señor me ha liberado
del maya del apego.
Oh Dios, solo somos tú y yo,
no queda nadie que se interponga entre nosotros.10

Las pérdidas de Tukaram le llevaron a la comprensión de que hay más en el ser humano que la carne que se acaba y perece.

Cuando comenzamos a aferrarnos a lo físico, los maestros, los embajadores de Dios en la tierra, toman medidas drásticas para cambiar nuestro enfoque de lo perecedero a lo eterno, de lo visible a lo invisible. Nos dan pérdidas, sufrimiento físico y malestar. Y este sufrimiento, combinado con la meditación, restaura la confianza del alma en su propia realidad, en su vida esencial. Rumi declara:

La peor crueldad de Dios es mejor que la misericordia de los dos mundos…
En su crueldad reside la ternura oculta.
Someter el alma a Dios por amor hacia él
hace que la vida esencial del alma resplandezca y brille.11

La mayor paradoja de la espiritualidad es que para restaurar la vida esencial del alma y la confianza, hay que arrancarla (a veces con fuerza) de los encantos de lo visible. La lógica de Dios es diferente a la nuestra: entrenamos a un perro para que confíe en nosotros dándole premios. Dios nos priva de los premios visibles para ayudarnos a girarnos hacia él y así poder empezar a recibir sus dones invisibles, pero duraderos:

Nuestro mayor problema es que dependemos demasiado de nuestro ego como apoyo. El ego nos hace creer que podemos confiar en personas, sucesos y circunstancias que en realidad no tienen permanencia y están fuera de nuestro control. Nos dejamos engañar por la creencia de que sabemos lo que está sucediendo, cuando en realidad no lo sabemos. Al ego no le gusta la experiencia humillante de los misterios de la vida, y nos envía en todas las direcciones equivocadas para tratar de resolverlos en lugar de afrontarlos. Cuando nos ve en este estado, el Señor compasivo nos envía problemas para curarnos y redirigir nuestra atención a la única cosa en la que podemos confiar y a la que podemos aferrarnos:

Para llevarnos hacia ese lugar sin dirección,
nos envió problemas desde todas las direcciones.12

El Shabad es ese lugar sin dirección. Mientras que el reino físico está obsesionado con las direcciones y los límites, en el Shabad no hay direcciones ni límites. Al entrar en esta corriente divina, los santos escapan del sufrimiento que llamamos “la condición humana”. Esto se debe a que se entregan completamente al misterio de la vida y no se resisten a la lógica de hierro de su desarrollo.

Para ayudarnos a rendirnos, el Señor, en su infinito amor, nos pone frente al misterio del sufrimiento de la vida, para que podamos encontrar el camino de vuelta a un estado de confianza. El pilar de nuestro amor y el pilar de nuestro sufrimiento respaldan y restauran nuestra confianza en el Señor de nuestra alma, Radha Soami. Pero el arco de la confianza solo puede sostenerse si sus pilares de apoyo –el amor por un lado y la experiencia del sufrimiento por el otro– están firmemente enterrados en los cimientos de la meditación, nuestra única fuente de amor duradero y verdadera experiencia.


  1. Gary F. Moring, The Complete Idiot’s Guide to Understanding Einstein, Gary Moring, 2004, p. 286
  2. Gabriel Marcel “On the Ontological Mystery,” en The Philosophy of Existenialism, trans. Manya Harari, 1995, p. 12
  3. Philip Simmons, Aprendiendo a caer. Elogio de la vida imperfecta
  4. Baba Jaimal Singh, Cartas espirituales, carta 46
  5. Ibid.
  6. Maharaj Sawan Singh, Joyas espirituales, carta 24
  7. Cartas espirituales, carta 46
  8. Joyas espirituales, carta 96
  9. Ibid., carta 28
  10. Tukaram: The Ceaseless Song of Devotion, Radha Soami Satsang Beas, p. 11
  11. Andrew Harvey, Teachings of Rumi, 1999, p. 113
  12. Jalal al-Din Rumi, Radha Soami Satsang Beas, p. 108