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Reflexiones acerca del confinamiento

Sobre mi escritorio hay un calendario con citas de Rumi. El de este mes de abril dice: “Cuando el mundo te pone de rodillas, estás en la posición perfecta para rezar”. Desde hace varias semanas, cada uno de nosotros se ha sentido amenazado por las acciones de esta pequeña cosa, alias coronavirus. Está poniendo nuestro mundo patas arriba, o del revés.

Como buscadores en el camino de la verdad, estamos invitados a entregarnos más que antes a nuestro satguru, a nuestro guía de la verdad, al amor, a lo que es real, eterno, gozoso e inmutable.

Muchos de nosotros estamos familiarizados con las cartas escritas por Baba Jaimal Singh a su discípulo, Sawan Singh, a finales de 1890 y principios de 1900; las hemos leído o escuchado, citadas en satsang, innumerables veces. Aunque representaban un ideal inspirador, nuestras vidas han seguido su patrón habitual; pero ¿tan seguros estamos de que ese grado de rendición no se lo esperaría de discípulos comunes como nosotros? Carta tras carta, Baba Jaimal Singh recuerda a su “obediente hijo” que por favor haga su bhajan y simran; que entienda que nada le pertenece; que el satguru se lo dio todo desde el principio, que no se preocupe de si tendrá o no suficiente dinero para ese año en particular, y que en su lugar haga más bhajan y simran. Y también dice: “Estoy muy complacido contigo, hijo mío, ... tú eres lo más preciado para mí, hijo mío, más que el aliento de mi propio cuerpo”.

Así que, ahora mismo, toda esta educación en cómo ser un verdadero discípulo resuena en nosotros más profundamente. Y este proceso de entrega, de desprenderse, de confiarse, está ocurriendo en diferentes niveles de nuestro ser, y puede resultar doloroso. Más para algunos y menos para otros. Y el grado de nuestro apego a este mundo es muy revelador. Todos esos pequeños placeres de la vida: visitar a los padres, hijos y nietos, tomar una taza de té con viejos amigos, un paseo por las montañas o la playa, una salida al vivero para comprar plantas para nuestro jardín, o una visita a un museo o una galería de arte, una partida de golf, lo que sea que nos proporcione ese algo especial, todo esto está ahora mismo fuera de lugar. Pero se nos pide aún más. Algunos pueden encontrarse ante la desgarradora situación de no poder estar al lado de un padre o un hijo moribundo, de un esposo o esposa, o de cualquier ser querido, o no poder visitar a un pariente cercano en el hospital, o ser el que está ingresado y al que no se le permite ninguna visita... A cada paso nos enfrentamos a nuestra total indefensión.

Esto nos recuerda un libro titulado: La escafandra y la mariposa, “dictado” por el editor jefe de la revista Elle, después de que un gran derrame cerebral lo dejara completamente paralizado. Solo podía mover un párpado, pero gracias a un logopeda que le enseñó a “deletrear” parpadeando, pudo comunicarse desde su “confinamiento” personal. Cuenta que las dos cosas más dolorosas que tuvo que enfrentar fueron: ser incapaz de abrazar a sus hijos o poder compartir un chiste con sus amigos. Y no tenía ninguna práctica espiritual ni comprensión que lo sostuviera. Así pues, en comparación, seamos realmente agradecidos por lo que hemos recibido.

En la carta 9, Baba Jaimal Singh escribe: “‘Considera el momento del dolor una bendición’, pues dolor y placer los envía el mismo Señor. Ya que llega por su mandato, ¿por qué debemos considerarlo malo? El Señor, que es omnipresente, nos cuida siempre, y si nuestro bien está en el sufrimiento, nos envía sufrimiento; y si está en la felicidad, nos envía felicidad. Ambos, amado hijo, dependen de su voluntad. Así que ahora no tienes que preocuparte; el sufrimiento terminará muy pronto”.

Y un sufí marroquí contemporáneo, Faouzi Skali, nos recuerda que debemos estar siempre agradecidos:

Oh amigo, deja de intentar averiguar
  el porqué y el para qué.
Pon fin al incesante movimiento
  de tu ser.
Aquí mismo, donde estás,
Ahora mismo,
Todo se te concede
  de la manera más perfecta.
Acepta este don;
Exprime el zumo del momento presente.

Así pues, se nos pide que demos ese empujón adicional para descartar el capullo y dejar que la mariposa emerja. ¡Aprendamos pues a volar!