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La sabiduría del virus

Ya hemos pasado por esto antes: la pandemia de la Gripe Española en 1917, el desplome del mercado de valores de 1929 y 2008, el tsunami de 2004, todos fueron devastadores. A medida que la Gran Depresión seguía empeorando en 1933, las primeras palabras pronunciadas por el presidente Franklin D. Roosevelt en su discurso inaugural fueron: “Lo único que debemos temer es... al temor mismo: a un terror indescriptible, sin causa ni justificación, que paralice los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en progreso”. Pero ni siquiera tenemos que temer al temor en sí mismo; es una respuesta primitiva, una respuesta instintiva a los peligros percibidos, una respuesta a la percepción del peligro, una respuesta que no tiene por qué ocurrir. La quietud silenciosa enfocada, que está disponible para nosotros a través de la meditación no conoce el peligro, no teme ningún vacío, da la bienvenida al amor. Hazur dijo:

Nunca deberíamos sentir miedo en nuestro interior. Nunca estamos solos. Siempre tenemos a alguien con nosotros, vigilándonos y guiándonos, ayudándonos. No te deprimas. Simplemente continúa con tu meditación. No importa quien aparezca – no te preocupes por nadie. Continúa con tu meditación, y nadie podrá causarte ningún daño1.

Las cosas que tememos son conceptos, monstruos de nuestra propia creación. El miedo actual a un cambio masivo y brusco, a una ruina financiera, a vivir mucho más cerca de la muerte de lo habitual, todo ello es la tarea y la creación de la mente. La mente analiza y juzga; eso es lo que hace la mente, lo que tiene que hacer para poder navegar a través de la densa niebla del tiempo y la ilusión. Pero enfocarse en la calma inmóvil en el interior no necesita navegación, únicamente disciplina y devoción. Al contactar con el amor que está oculto tras la oscuridad en nuestro interior, el miedo, la soledad y la depresión se disuelven.

El cambio es una manifestación esencial del tiempo: sin el tiempo (y el espacio) no existe el cambio, y obviamente, sin el cambio no existe el tiempo. Los enormes cambios invisibles que nos han ocurrido a todos en las últimas semanas son incomprensibles, sin embargo el mundo físico a nuestro alrededor parece no haber cambiado. Los pájaros trinan más alto que de lo habitual, el césped y las flores silvestres están más bellos que nunca, al tiempo que la naturaleza continúa ignorando nuestras tribulaciones humanas.

La aljaba de palabras útiles en estas circunstancias está limitada a palabras como “sin precedentes”, “difícil”, “crisis”, “incierto” y “aterrador”. Esta sequía del lenguaje es un indicativo de la aparente profundidad de la crisis – sin ningún precedente en nuestras vidas, por lo que no hemos tenido que buscar palabras para hablar de tales cosas. No nos queda otra opción que tartamudear los unos con los otros manteniendo una distancia segura de dos metros. Por supuesto, se trata sin duda de una ola gigante de casualidad kármica en la que parece que la mismísima base de la raza humana podría estar en peligro; pero queda aún más claro que en cambio podríamos estar tartamudeando aquellas cinco palabras de recordatorio, el simran. Esa es la manera en que descubrimos, una vez más, que en realidad nada ha cambiado. Simplemente tenemos un imperativo más fuerte para retirarnos del espacio y el tiempo.

La ley de karma se aplica a los individuos. Es la carga específica que hemos acumulado y que deberíamos eliminar nosotros mismos en la privacidad de nuestra propia lucha con la mente. Aunque parezca que la mayoría de la humanidad está sufriendo el mismo desastre kármico del coronavirus, cada uno de nosotros debemos padecer por separado nuestra parte, nuestra versión de ello. Hazur dijo:

No existe tal cosa como karma de grupo, pero definitivamente la asociación de las personas entre sí forma un tipo de grupo. Mil personas luchan juntas, intentando matar a otras mil personas en el ejército, por lo que cada bando ha creado un grupo. Tienen una relación kármica entre ellos, pero cada uno tendrá su karma individual, y cualquier individuo puede escapar de ese grupo. No es que el grupo entero tenga que escapar o ser condenado.

Cualquier individuo puede escapar de ese grupo según su propio karma. Así que no existe un karma de grupo, pero tienen una asociación con ese grupo; todos están interconectados en relación con ese grupo2.

El amor recoge toda nuestra ansiedad en su regazo. El maestro nos guía a través de nuestra confusión a la calma de sus orillas agradables. Queda completamente claro que el amor es la solución. La manera en que salimos a nuestros balcones para aplaudir mostrando nuestro apoyo amoroso a las enfermeras y médicos. Estamos confinados en nuestras burbujas de amor con nuestras familias. No tenemos ninguna otra cosa que hacer aparte de nuestra meditación; ¡el silencio es a veces ensordecedor! Los cielos y las carreteras están libres de tráfico. No tenemos otro lugar donde acudir que el interior. No hay nada que temer excepto el temor en sí mismo y la meditación acaba con eso.

En su libro La sabiduría de la inseguridad, Alan Watts escribió: “Si la felicidad siempre depende de algo que esperamos en el futuro, estamos persiguiendo una quimera que siempre nos esquiva, hasta que el futuro y nosotros mismos se desvanecen en el abismo de la muerte”3. Nuestra ansiedad trata de algo desconocido que se imagina en el horizonte, como si hubiera una brizna de felicidad material que de alguna manera se nos niega.

El hecho de que la crisis sea global, que nadie sea inmune, ni siquiera los primeros ministros, y que nadie sepa cómo o cuándo se acabará, todo ello indica la fragilidad de la experiencia humana. Parece como una agitación masiva de la máquina del karma, la más grande jamás vista hasta ahora sobre el planeta Tierra, pero causada por algo tan pequeño que es invisible incluso bajo los microscopios ópticos. Estas pequeñas cosas invisibles –viriones de coronavirus– se transmiten de un humano a otro y ponen a sus nuevos huéspedes enfermos, ya sea de forma leve o terminal. Y estos viriones son diminutos: 20 nanómetros, donde un nanómetro es una billonésima parte de un metro. El diámetro de un cabello humano es al menos mil veces mayor.

¡Cositas invisibles de un diámetro de 20 nanómetros son la causa de un trastorno que está afectando a toda la raza humana, cambiando nuestra forma de vivir, y todo ello en tan solo unas cuantas semanas! ¡Sin duda tenemos todo el derecho de estar extremadamente atemorizados! Y sin embargo, no hay nada que temer, nada, nada en absoluto.

Alan Watts escribió: “Huir del temor es temer, luchar contra el dolor es doloroso, tratar de ser valiente es estar asustado. Si la mente sufre, hay que aceptarlo así. El pensador no tiene mas forma que su pensamiento”4. Un maestro espiritual nos muestra el camino para ir más allá del pensamiento, más allá del dolor, más allá del miedo. Su amor nos recuerda que somos seres espirituales pasando por, muy dura que sea, una experiencia humana. El objetivo es llevarnos a casa.

Alan Watts concluye: “Para decirlo de un modo más sencillo: el deseo de seguridad y la sensación de inseguridad son una y la misma cosa. Retener el aliento es perderlo. Una sociedad basada en la búsqueda de seguridad no es más que un concurso de retención del aliento en el que cada uno está tenso como un tambor y morado como una remolacha”5.


  1. Spiritual Perspectives, Vol. II, Q#436
  2. Spiritual Perspectives, Vol. I, Q#89
  3. Alan Watts, La sabiduría de la inseguridad: Mensaje para una era de ansiedad; Editorial Kairós, 1987, 2001, p.7
  4. La sabiduría de la inseguridad, p.67
  5. La sabiduría de la inseguridad, p.53