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La alegría de la soledad

Qué mundo tan patas arriba en el que vivimos, siempre en un estado de incertidumbre. La ciencia nos dice que, en su nivel más profundo, más minucioso, la materialidad y solidez del mundo desaparecen en un océano hirviente de energía ilimitada más allá de la comprensión.

La vida es un desorden de cambios impredecibles y certezas evanescentes. En un instante ocurre algo maravilloso y al siguiente algo terrible; es una montaña rusa. No es de extrañar que nos cojan constantemente por sorpresa y que nuestros planes, tan cuidadosamente elaborados, se echen a perder tan a menudo. “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”, dice un antiguo dicho yiddish, repetido por muchos comediantes. El mundo es ciertamente incierto, firmemente inseguro, fiablemente no fiable, y puede sorprendernos de manera repentina. El poeta irlandés, Louis MacNeice, inventó una palabra nueva para ello, suddener (“repentino” en inglés). Escribió: “El mundo es mucho más repentino de lo que imaginamos…1. ¿Acaso no es probable que nos decepcionemos si esperamos encontrar algo duradero y permanente en él?

Quién hubiese adivinado lo que nos depararía el año en curso: confinamientos en nuestras casas con nuestros más allegados, nuestro patrón de vida desordenado. ¿Quién no está desconcertado por la incertidumbre de lo repentino, lo inesperado de todo esto? Nos encontramos sin trabajo, colegios o satsang, e indefensos para poder efectuar cualquier cambio en nuestra situación.

Se nos advierte frecuentemente que tales acontecimientos nos van a sacudir de vez en cuando. Los místicos han estado hablándonos de la naturaleza caprichosa de este mundo material durante siglos. Kabir lo llamó: “La ciudad de los muertos” donde todo termina desapareciendo. El Gran Maestro escribió: “Jamás ha habido paz aquí, ni tampoco la habrá nunca. Los problemas de mañana sucederán a los de hoy. En un lugar donde la mente y la materia están activas nunca podrá haber paz”2.

Seguimos imaginando que el mundo puede ser corregido por acciones bien intencionadas, e ignoramos todos los intentos previos para curar los males del mundo. Tales esfuerzos a menudo conducen a la decepción, la desesperación, o la soledad. Poco nos damos cuenta de que el mundo sigue cumpliendo con su función de escenario donde se juntan los deudores y acreedores para saldar sus cuentas, y no está diseñado para satisfacer nuestros sueños de perfección. Mientras tanto, nuestra actitud y respuesta a los acontecimientos de la vida nos moldean y dejan su impresión en nosotros.

En las palabras de Soami Ji: “Has venido a este mundo y te has enredado en una compleja red de apegos”3.

El mundo es efímero e ilusorio y no nos ofrece nada tangible a lo que aferrarnos. Cuanto más lo intentamos, más van tirando de la alfombra que pisamos – ¡muy inquietante! Este sentimiento de incapacidad y separación de la realidad permanente es el origen de nuestro sufrimiento.

Hace mucho tiempo, el Buda expuso la impermanencia de todas las cosas creadas, que no merece la pena deleitarse en ellas, ni merecen aprobación ni aferrarse a ellas. El maestro zen vietnamita, Thich Nhat Hanh comentó: “No es lo efímero lo que nos hace sufrir. Lo que nos hace sufrir es querer que las cosas sean permanentes, cuando no lo son”4.

Por lo tanto, la insatisfacción con el funcionamiento del mundo lleva a la frustración y la impotencia, pero darse cuenta de que el mundo es imperfecto y transitorio es el comienzo de la sabiduría. Momentos de tal perspicacia pueden darse en cualquier instante. Como un pequeño ejemplo, la novela de William Thackeray, La feria de las vanidades, finaliza con: “¿Quién de nosotros es feliz en este mundo? ¿Quién de nosotros tiene su deseo, o teniéndolo, está satisfecho?”. ¡En efecto! Está ampliamente aceptado que la felicidad es una cualidad muy fugitiva en este mundo. Persíguela, y se nos escapa de las manos.

Maharaj Charan Singh Ji se compadece de nuestra difícil situación y la soledad que sentimos en un mundo efímero, explicándolo como si fuésemos extraños en un lugar ajeno. En una respuesta tras otra a las preguntas de los discípulos, nos explica en términos muy compasivos cómo ese sentimiento de soledad es una consecuencia natural del exilio del alma de su verdadero hogar:

Esa soledad no puede dejarte. Es el anhelo del alma por convertirse en uno con el Padre. No puedes vencer esa soledad… Es un instinto natural del alma hacia su propio origen… A pesar de todo lo que necesitas en este mundo, ese sentimiento de soledad no se va, y no nos dejará a menos que el alma se funda de nuevo en su origen. Es la ley divina5.

Los sentimientos de soledad brotan automáticamente en nuestra mente cuando nos entregamos con seriedad al bhajan. Eso indica la inclinación natural del alma hacia su casa original, y su disgusto natural con el mundo y sus apegos6.

No te inquiete el estar solitario en esta vida. Debes tomar como una bendición este sentimiento de soledad. En realidad, todos estamos solos en este mundo… Aprovéchate de este bendito sentimiento para girar tu mente hacia aquel que nunca nos abandona7.

El sentimiento de soledad y depresión que a veces sentimos se debe a la tendencia natural del alma hacia su hogar. Puedes darle a tu mente todo lo que desee y satisfacer su hábito de revolotear de un objeto hermoso a otro; pero llega un momento en que te percatas de que este mundo no es más que un espejismo, y que no hay nadie en él al que puedas considerar como propio. En tales momentos de soledad y abatimiento, si una persona estudia correctamente la situación y se aprovecha de esos momentos (que rara vez se dan en la vida), pone a su alma en el camino de la devoción a Dios, llega a su meta, y consigue el verdadero objetivo en la vida. Pero si, en cambio, recurre al mundo para librarse de su desánimo y soledad, se crea un nuevo lío en la vida. Pierde la extraordinaria oportunidad de la vida humana que Dios le había otorgado para que regresará a su casa, donde reinan la paz y la dicha8.

La solución es que dediquemos tiempo y esfuerzo en encontrar nuestro camino de regreso hacia nuestro verdadero ser tal y como los místicos nos lo han explicado. Estos días nos han proporcionado una oportunidad de oro para hacer precisamente esto.

Soami Ji escribió:

Ocúpate de tu verdadero trabajo;
No te enredes en los asuntos de los demás9.

¡Buen consejo, como siempre! La pregunta que surge es: ¿qué consideramos que es nuestro verdadero trabajo? ¿Acaso es asumir los asuntos del mundo y agotarnos y frustrarnos? ¿O aliviar nuestra alma asediada, la parte más íntima de nuestro ser, y hacer algo para nosotros mismos? Hazur ya ha explicado que el anhelo por volver a casa ya existe. Encontraremos nuestro origen cuando exploremos el silencio y la soledad en nuestro interior, donde se encuentran todas las respuestas.

Este es el tema que tenemos que resolver; así pues, ¿cómo lo hacemos? Nos pueden ayudar nuestras presentes circunstancias, y resultar ser una bendición encubierta.

Disponemos de tiempo libre, y muchos estamos desconectados de las actividades normales. ¿Entonces, por qué no aprovechar el tiempo a nuestro favor? El mundo está más tranquilo que de costumbre: hay menos llamadas y distracciones y menos viajes que hacer, y mucho silencio y soledad, que normalmente no apreciamos en su totalidad.

El filósofo francés del siglo XVII, Blaise Pascal escribió: “Todos los problemas de la humanidad nacen de la incapacidad del hombre para sentarse solo en silencio en una habitación”10. Además de la soledad, tenemos un miedo generalizado al silencio y lo consideramos como algo que tiene que romperse, algo negativo, un vacío.

Debemos aprovechar al máximo los regalos valiosos de la soledad y el silencio, ya que son de oro. De lo contrario, ¿cómo y cuándo tendremos una mejor oportunidad de explorar las profundidades ocultas de nuestro ser, de descubrir nuestro ser en ese punto de quietud en este mundo en movimiento, y llegar al tesoro interior que nos ha prometido nuestro compasivo maestro?

El momento es idóneo. Debemos cuidarnos de manera responsable; es todo lo que tenemos. ¿Cuál es nuestra mayor necesidad? Encontrarnos a nosotros mismos y descubrir que efectivamente somos una chispa de una realidad mucho mayor. Para alcanzarla tenemos que entrar en un confinamiento autoimpuesto, nuestro propio monasterio.

Hazur respondió a una pregunta sobre entrar en un monasterio de la siguiente manera:

Tu cuerpo es un monasterio en el que tienes que vivir. No puedes encontrar un mejor templo, un mejor monasterio que tu propio ser, tu propio cuerpo… Ya vives en un monasterio en el que nadie puede hacerte daño, nadie puede alcanzarte, donde puedes estar a salvo de los sentidos y de todos los enemigos del mundo que tiran de ti en distintas direcciones11.

Al entrar allí, ¡podemos encontrar la estabilidad que siempre hemos buscado!


  1. “Snow”, Louis MacNeice, Selected Poems, Faber and Faber, p. 23
  2. Joyas espirituales, carta 148, p. 244
  3. Sar Bachan Poesía, Bachan 15, Shabad 7, p. 76
  4. The Pocket Thich Nhat Hanh, Shambhala Publications, 2012; p64
  5. Spiritual Perspectives, vol. 1, p. 31, 349
  6. Luz divina, carta 143, p. 253
  7. Ibid, carta 166, p.270
  8. Ibid, carta 185, p. 280-281
  9. Sar Bachan Poesía, Bachan 19, Shabad 18, p. 116
  10. Blaise Pascal, Pensées 136, Penguin UK, 1966, 1995.
  11. Spiritual Perspectives, vol. 3, p. 170