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Mi satgurú

En El libro de Mirdad, el protagonista, Mirdad, dirigiéndose a sus discípulos, afirma:

El hombre es un dios en pañales. El tiempo es un pañal. El espacio es un pañal. La carne es un pañal, y de igual modo son pañales todos los sentidos y las cosas por ellos percibidas. La madre sabe que los pañales no son la criatura. Pero la criatura no lo sabe1.

A lo largo del tiempo, los místicos y los santos han tratado de explicarnos que no somos este cuerpo. Tampoco somos esa personalidad con cierto carácter, una parte de la mente con la que nos identificamos tan fuertemente. Si no somos este cuerpo ni esta mente, ¿qué somos entonces? Nos dicen que somos alma. ¿Pero qué es el alma?

Tanto el cuerpo como la mente están sujetos al tiempo y al espacio, y por eso son temporales, perecederos, cambiantes y volubles – tan fugaces como un sueño. Mientras que el alma es eterna, inmortal, verdadera. Como el maestro Charan Singh Ji explica en Spiritual Perspectives:

El alma es inmortal. El alma no muere, ni puede ser matada. Solo cambia de forma; de una carne a otra carne, de un cuerpo a otro cuerpo, de una forma a otra forma. Así que el alma es inmortal2.

Si nos imaginamos a Dios como un océano, entonces el alma es una gota de ese océano. Si comparamos al Todopoderoso con el sol, entonces el alma es un rayo de ese sol. Según los santos y los místicos, el alma es nuestro verdadero ser. La mente y el cuerpo son solo coberturas, envolturas que cubren nuestro verdadero ser. Son prendas que recibimos y que tuvimos que ponernos en el momento en que nacimos en esta creación para poder funcionar en el reino físico. Durante nuestra larga estancia aquí, a lo largo de las vidas, estas prendas de la mente y el cuerpo se han ensuciado, y se han acumulado velos de ilusión, debido a nuestras acciones. Están manchadas con todo tipo de colores debido a las impresiones que hemos absorbido de nuestras experiencias pasadas. El Gran Maestro, Maharaj Sawan Singh, explica:

Si se cubriera una linterna con un paño fino de seda, su luz se oscurecería. Si se añade otra envoltura de un tejido más grueso sobre la seda, la luz desaparecerá y la linterna dejará de servir como tal. El ser humano se parece mucho a una linterna cubierta. Hay luz en su interior; también está en él la chispa de la existencia pura, del conocimiento y de la felicidad, pero las envolturas de la mente y la materia disminuyen su luz y camina a tientas en la oscuridad.

La verdadera existencia se degrada y se manifiesta en él como razón, intelecto e instinto. La felicidad degenera en fugaces experiencias de placer y dolor. Cubiertos por nuestras oscuras envolturas, somos incapaces de comprender nuestra fuente. Y la medida en que conseguimos retirar estas envolturas, determina el grado de nuestra capacidad para comprender nuestra fuente3.

Los místicos nos comentan que nuestro verdadero ser es el alma, la luz pura, el ser puro. Pero nos hemos vuelto inconscientes de su existencia y de nuestra fuente divina, identificándonos en cambio con las envolturas del alma. Como consecuencia, centramos nuestra mente solo en el mundo físico que nos rodea –en lo que es visible y tangible– y experimentamos nuestra vida como una cadena de experiencias aparentemente independientes y efímeras. Al identificarnos con las capas del alma, nuestra consciencia está siempre en cambio constante, nuestro entendimiento se nubla, y nuestra vida se desequilibra.

El Señor y sus almas realizadas saben muy bien que no somos estas envolturas de mente y cuerpo. Pero la mayoría de nosotros, hijos de Dios, no lo sabemos hasta que conocemos a un santo, un verdadero maestro, que puede hacernos entender. Además de sus argumentos intelectuales, el ejemplo vivo de los santos –como seres humanos cuyas coberturas de mente y cuerpo son tan puras que la luz divina de su verdadero ser brilla a través de ellas– nos muestra la realidad.

Un verdadero maestro da testimonio con todo su ser de que la divinidad existe realmente. Cuando llega el momento, el resplandor de esa luz que emana de él nos atrae de tal manera que dentro de nuestro corazón surge el anhelo de buscar esa divinidad; de buscar ese poder divino que se puede encontrar dentro de este cuerpo. Él nos muestra el camino hacia la verdadera felicidad, la paz radiante y la serena quietud. Su refulgencia nos ayuda a realizar nuestro verdadero ser y, finalmente, nuestra unicidad con nuestro origen: con Dios.

El alma se siente atraída por esa divinidad y todos la buscamos. En esta búsqueda, la guía de un verdadero maestro vivo es esencial. ¿Por qué? Porque en su forma física, nos explica las enseñanzas de los místicos, una y otra vez, y enfatiza la importancia de la meditación diaria. Con su guía y su gracia, hace posible que retiremos nuestra atención del mundo y la concentremos en el poder divino del Shabad, y así ver su verdadera forma. La práctica de la meditación y el simran durante el día nos permite recordar a Dios en cada momento. Nuestra devoción a estas prácticas y a él nos permite desarrollar el amor por lo divino.

Como ser humano, el maestro es un ejemplo para nosotros. Nos muestra cómo afrontar las responsabilidades y circunstancias diarias y nos da consejos si es necesario. En su verdadera forma, como Shabad, elimina los velos manchados que nos nublan la vista, y purifica nuestras prendas: las coberturas del cuerpo y la mente. A través de este proceso, disminuye la oscuridad en nuestro interior y en nuestras vidas, y poco a poco empezamos a percibir la luz divina de nuestro verdadero ser.

La guía del maestro vivo es esencial porque esta eliminación de nuestros velos no ocurre sin luchar, sin resistencia. Incluso puede causar dolor. Cuando un vendaje ha cubierto una herida durante demasiado tiempo, de modo que se ha adherido a ella, es doloroso cuando se retira, incluso si se hace con el máximo cuidado para evitar dañar el tejido subyacente. Del mismo modo, retirar los velos de conceptos y opiniones equivocadas puede ser doloroso para nosotros. El proceso también puede confundirnos, aunque se haga con sumo cuidado. Nos hemos identificado con nuestro cuerpo y nuestra mente durante mucho tiempo. Nos dan una sensación de certeza, seguridad y de tener el control, lo cual es, por supuesto, una ilusión.

La guía del maestro vivo es absolutamente necesaria durante la difícil purificación de todo lo que cubre el alma. El maestro nos explica que no hay un camino más fácil. Así como el oro tiene que someterse al fuego para su refinado, y la ropa sucia tiene que lavarse con detergentes fuertes o incluso con lejía para que vuelva a estar limpia, así las prendas del cuerpo y de la mente deben purificarse por medio de ciertas experiencias. Tenemos que pasar por estas experiencias, estos karmas, para alcanzar nuestro objetivo: la realización de nuestro verdadero ser y nuestra unidad con Dios.

¿Cómo vamos a soportar esta purificación y alejamiento, paso a paso, del mundo que en su día tanto nos fascinó? ¿Qué nos va a permitir dejar nuestras ilusorias ideas y convicciones, a las que nos hemos aferrado durante tanto tiempo? La respuesta es el amor, el amor divino. El maestro nos sumerge en el amor divino. Independientemente de que seamos conscientes de ello o no, esta inmersión genera tal dulzura dentro de nosotros que surge un anhelo de deshacerse de todo lo que se interpone entre nosotros y Dios. Estar en la seguridad y la calidez del amor del maestro nos permite deshacernos y sacrificar nuestra riqueza, cuerpo y mente. Nos permite entregar nuestra propia vida. Es el amor divino que nos purifica y transforma.

Hay una historia basada en una leyenda de los Puranas, una colección de antiguas escrituras hindúes, que describe la transformación purificadora de las vestimentas de cuerpo y mente por el Shabad, personificado en el maestro. En esta historia un hombre llamado Pundalik, que viaja con su esposa y sus padres, se unió a un grupo de peregrinos que iban de camino a Varanasi.

Una noche los peregrinos se detuvieron en la ermita de un gran sabio. Cansados por la larga caminata del día, todos se quedaron dormidos excepto Pundalik. Mientras estaba despierto, vio entrar en la ermita a un grupo de bellas mujeres vestidas con ropa sucia. Barrieron el suelo, transportaron agua y lavaron la ropa del sabio. Luego tuvieron el darshan del sabio, y cuando salieron, su vestimenta estaba impecable, de un color blanco puro. Asombrado ante esta visión, Pundalik les preguntó quiénes eran. Respondieron que eran las diosas del río en cuyas aguas se bañaban miles de personas. Su ropa se ensuciaba por los pecados de los peregrinos, pero cuando se purificaban sirviendo al sabio, sus vestimentas volvían a lucir blancas como la nieve4.

Baba Ji, como otros místicos y santos, nos pide que prestemos atención al simbolismo de tales historias en lugar de interpretarlas literalmente. El objetivo de esta leyenda es mostrarnos el valor elevado de servir al maestro. Recalca que nuestras vestimentas de mente y cuerpo, como las de las diosas del río, se limpiarán y purificarán cuando le sirvamos. Y servirle a él implica servir a los demás de manera incondicional, ya que él está en todos. Cuando nuestras prendas están limpias, pueden absorber el “color rojo” profundo del amor del maestro, como describe Kabir en el siguiente poema. Ese amor nos permitirá darnos cuenta del hecho de que no somos ni cuerpo ni mente, sino alma, luz pura, que es de la misma esencia que Dios. Entonces, como describe el poema, nos veremos inmersos en la dicha.

Mi satgurú, el experto tintorero,
  ha teñido la tela de mi alma.

Tras quitar las manchas oscuras,
  le dio un tono rojo más profundo
que repetidas lavadas no pueden desteñir,
  y cada día que pasa
  adquiere un brillo más resplandeciente….

En el estanque del amor
  rebosante del agua de la devoción,
él la sumergió y la tiñó
  con el tono de su amor.
Intensificado con un anhelo tan profundo,
  el color se volvió permanente y brillante….

Mi satgurú ha teñido la tela de mi alma;
  él es el sabio y experto tintorero.
Se lo entrego todo a él:
  cuerpo, mente, riqueza y mi vida misma….

Dice Kabir, mi gurú, el experto tintorero,
  ha derramado su gracia sobre mí;
cubriéndome con un manto de serenidad,
quedo inmerso en la dicha.

Mi satgurú, el experto tintorero,
  ha teñido la tela de mi alma5.

El maestro tiñe las vestiduras de nuestra alma con el tinte de su amor. Lo único que podemos hacer es tener cuidado de que el color de su amor se adhiera, que la tela de las prendas que cubren nuestro verdadero ser pueda absorber el profundo color rojo del amor. En otras palabras, lo único que podemos hacer es ser receptivos a su amor, a la gracia que incesantemente nos derrama.

La receptividad llega cuando escuchamos atentamente las enseñanzas del maestro, cuando practicamos sus instrucciones fielmente, y cuando lo recordamos constantemente con devoción durante la meditación y durante nuestro simran a lo largo del día. Somos receptivos cuando permanecemos en completa obediencia a él y cuando le prestamos servicio con la máxima dedicación en pensamiento, palabra y obra. Entonces podremos absorber el tinte de su amor, y ese amor nos ayudará a deshacernos de todo lo que se interpone entre nosotros y Dios.

En su atmósfera de amor místico y dicha, aprovechemos el tiempo que se nos ha otorgado siendo receptivos, para que podamos tener esta experiencia de la verdad y la realidad:

La inundación del amor místico lava toda nuestra suciedad y mugre; la tormenta de la dicha mística retira nuestra duda y desconfianza; el sol del conocimiento místico disipa toda nuestra ilusión y oscuridad; no queda nada más que la verdad que reluce en su propio resplandor, la realidad absoluta que brilla en su propia refulgencia6.

  1. Mikhail Naimy, El libro de Mirdad
  2. Maharaj Charan Singh, Spiritual Perspectives, Vol. I, p.168
  3. Maharaj Sawan Singh, Joyas espirituales, Carta 157
  4. Judith Sankaranarayan, Many Voices, One Song, p.73–74
  5. Kabir Sahib Ki Shabdavali, Vol. 2, p. 63; en el video RSSB, El enigma del amor aprox. minuto 33
  6. L. R. Puri, Mysticism, the Spiritual Path, 2nd ed., 2009, p.73