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¿Qué? ¿Preocuparme yo?1

El humorista y escritor americano Mark Twain dijo una vez: “Soy un hombre viejo y he conocido muchos problemas, pero la mayoría de ellos no llegaron a ocurrir nunca”. ¿No es cierto que nos preocupamos continuamente por cosas que nunca suceden? Incluso, hay personas que se preocupan cuando descubren que no tienen nada de qué preocuparse. ¡Seguramente, se les habrá pasado algo por alto! Si somos sinceros con nosotros mismos, tendremos que reconocer que todos nos preocupamos. La situación global actual nos ha dado muchas más cosas por las que preocuparnos. La preocupación forma parte de la naturaleza humana, pero tenemos que entender que revela cierta falta de fe. Maharaj Charan Singh describió nuestra tendencia a preocuparnos de la siguiente manera:

“Si eres satsangui, entonces no tienes nada de qué preocuparte. Verás, nos preocupamos por cosas que no esperamos que ocurran, pero creemos que ocurrirán. Sin embargo, si decimos que nuestro destino ya se ha fijado, los acontecimientos de nuestra vida ya se han establecido y que, sean buenos o malos, solo tenemos que pasar por ellos, entonces, ¿de qué tenemos que preocuparnos? La preocupación no va a cambiar los acontecimientos de nuestra vida. Si adoptamos esta actitud, entonces ¿para qué preocuparse?”2.

Nos preocupamos porque queremos que ciertas cosas ocurran como nosotros deseamos. Tenemos ciertos anhelos, ciertos deseos por satisfacer, ciertas ambiciones por cumplir; nos preocupamos porque no sabemos si podremos cumplirlos, o si podremos satisfacer esos deseos. Por eso, estamos continuamente preocupados. Si se lo dejamos al Padre, si vivimos en su voluntad, él sabe darnos lo que más nos conviene. Nosotros solo tenemos que estar preparados para aceptar lo que él nos dé. Entonces, ¿de qué tenemos que preocuparnos?

Este es precisamente el objetivo de la meditación. El propósito de la meditación es entrenarnos para adoptar dicha actitud. Sin ninguna duda, no es fácil, es una lucha de por vida. Pero este es el objetivo de la meditación: el desarrollar la actitud que nos permita aceptar las cosas tal y como se presentan3.

Y, ¿qué decir de la entrega? El maestro ha dicho que el camino más directo para vivir en la voluntad del Señor es a través de la entrega, pero que es también el camino más arduo. Parece ser que la meditación es el camino más fácil. La entrega, al igual que la humildad, no es un atributo que podemos decidir adoptar un día. “¡Hoy he renunciado a mi ego y me he vuelto humilde de verdad!”. “¡A partir de hoy me entrego a la voluntad del Señor!”. Casualmente, la Cita del día de la página web de RSSB hoy, era: “Lo bien hecho es mejor que lo bien dicho”. No es cuestión de decir que vamos a ser humildes o a entregarnos a la voluntad del Señor. Maharaj Sawan Singh dijo:

“Aunque es difícil de llevar a la práctica, el sharan o la entrega total a la voluntad del maestro ocupa un lugar muy importante en Sant Mat… Cuando la mente se entrega por completo, deja de interponerse. Mientras la mente permanezca activa, no podremos afirmar que nos hemos entregado por completo. Por eso los santos nos dicen que es más fácil meditar que entregarse”4.

Finalizaremos con otra cita relevante de Mark Twain sobre la preocupación: “Preocuparse es como pagar los intereses de una deuda que ni siquiera has contraído”. Para nosotros, el pago de “intereses” equivale a nuestra atención, nuestro enfoque, nuestra confianza en el Señor y en el maestro. No desperdiciemos nuestra riqueza espiritual preocupándonos innecesariamente por el hombre del saco imaginario que no aparecerá. Si no hemos alcanzado el estado de entrega, al menos está en nuestras manos reducir la tendencia que tenemos a preocuparnos, porque entendemos que el maestro y el Señor velan por nuestros asuntos y tienen en cuenta lo que más nos conviene. Nosotros, simplemente, tenemos que poner todo nuestro esfuerzo y “dejar todo lo demás” al poder supremo que se ocupa de todo.


  1. Alfred E. Neuman, en Mad Magazine
  2. Spiritual Perspectives, Vol. II, 165
  3. Spiritual Perspectives, Vol. II, 165
  4. With the Three Masters, Vol. 1, p.104