El Hombre Verdadero: Encarnación del Wu-Wei - Introducción al Dao

CAPÍTULO CUATRO

El Hombre Verdadero: Encarnación del Wu-Wei

El ideal de vivir en armonía con el Dao conduce al principio del wu-wei. A veces definido como “hacer sin hacer”, “acción sin acción” o “no interferencia”, el wu-wei describe la acción desprovista de motivos personales. Significa sumergirse en el flujo natural de la vida, dejándose llevar por la corriente del Dao sin imponer el propio ego o voluntad. Implica aceptar que la vida tiene su propio impulso y ritmo, y que los seres humanos deben someterse a él en lugar de imponerse. Vivir según el principio del wu-wei constituye, por tanto, la base de una vida de paz y felicidad.

Como escribe la profesora Ellen Chen, traductora y académica del Daodéjing:

El daoísmo no considera a los seres humanos como los únicos agentes activos. La naturaleza, cuando no está tocada por la civilización, constituye un ámbito dinámico, mientras que la acción humana (wei) solo interfiere y sofoca los procesos naturales de las cosas. El Dao permite que todos los seres actúen por sí mismos, logrando todo mediante el no hacer (wu-wei).

La acción que caracteriza al Dao se denomina transformación o autotransformación. La acción humana (wei), al imponer un orden sobre la naturaleza, resulta perturbadora y destructiva; la transformación, en cambio, es el proceso mediante el cual los seres naturales se desarrollan de acuerdo con su propio ritmo interno. Cuando el gobernante imita al Dao a través de una política de wu-wei, permite que reine la paz entre los seres humanos y también entre estos y el mundo natural58.

Los daoístas chinos rara vez personificaron a Dios. Enseñaban que el Dao es el principio divino que ha existido siempre antes de la creación, y que ofrece el camino de regreso a la unión con la gran vacuidad del no ser. Instruían a las personas a vivir en armonía con el Dao y a permitir que su o potencia interior, nutriera su naturaleza intrínseca. Cuando los sabios subrayaban la importancia de vivir de acuerdo con el wu-wei, enseñaban a sus discípulos a eliminar los motivos personales de sus acciones y a desapegarse de los resultados; sin involucrarse intelectual o emocionalmente, sino permitiendo que la naturaleza siguiera su curso.

Los daoístas clásicos, como el Daodéjing y el Zhuangzi, utilizan metáforas de la naturaleza para mostrar cómo vivir en el Dao según el principio del wu-wei. Los acontecimientos de la vida continúan fluyendo, pero el sabio se retira rechazando la autoimportancia y la necesidad de intervenir en ellos.

La humildad le permite vivir sin esfuerzo y no hacer “nada que perturbe el fluir espontáneo de las cosas”59.

Para aprender, nos crecemos día a día;
para cultivar el Dao,
  nos reducimos día a día.
Hay que reducirse, reducirse y seguir reduciéndose,
hasta que el estado de no interferencia (wu-wei)
  se alcance60.

La intervención humana en los asuntos del mundo no es necesaria ni siquiera para reyes y gobernantes, y mucho menos para el resto de nosotros o para cualquiera de los innumerables seres de la creación.

El Dao eterno no actúa (wu-wei),
  sin embargo, no deja nada sin hacer.
Si reyes y señores pudieran atenerse a él,
las diez mil cosas se transformarían
  por sí mismas61.

El sabio o maestro espiritual encarna el ideal del wu-wei; vive en la corriente del Dao. Fiel a este principio, nunca se promociona a sí mismo. Es modesto y humilde. No le interesa crear un culto a su personalidad, sino actuar como guía para que sus discípulos cultiven el Dao y puedan experimentarlo por sí mismos. Los discípulos deben emprender su propio camino de cultivo espiritual bajo la orientación de su maestro. Este cultivo abarca tanto su modo de vida en el mundo como su práctica interior de meditación. El Huainanzi ofrece esta descripción del sabio que cultiva lo esencial y deja atrás lo superficial:

El sabio cultiva interiormente lo que es la raíz en lugar de adornar exteriormente lo que es el tallo. Conserva su espíritu y deja a un lado su inteligencia. En reposo no hace nada, pero no deja nada sin hacer; tranquilamente no impone orden a nada, pero no hay nada que no esté ordenado62.

Como enfatizó el maestro Meng en mis encuentros con él: “La lección más importante que un maestro enseña a su discípulo es cómo ser un ser humano, cómo tener ”. Y el propio maestro encarna esto a través de la forma en que vive en armonía con el wu-wei.

El maestro Meng también dijo: “En general, las personas sienten un amor instintivo por sus padres. Junto a ese amor, existe el amor instintivo del discípulo por su maestro. El amor del maestro es firme e incondicional. El discípulo ve al maestro como aquel que lo llevará a la otra orilla”.

Muchas de las historias del Zhuangzi presentan al sabio como la encarnación del wu-wei y un ejemplo a seguir. Puede que no mencionen explícitamente el wu-wei, pero este es el hilo que une todas las enseñanzas del daoísmo chino. Las personas buscaban orientación sobre cómo vivir, y los místicos chinos ofrecieron esa guía a través del ejemplo de sus vidas y relatos.

Al perderse en el Dao, olvidándose de uno mismo, se puede alcanzar un estado de wu-wei. El Dao se compara a menudo con el agua, que fluye de manera constante y continua, salvando todos los obstáculos. Representa el ideal daoísta de la acción sin esfuerzo. Los peces no son conscientes de que nadan en el agua y, sin embargo, viven en ella todo el tiempo. No se analizan a sí mismos en relación con su entorno; simplemente viven. Este es el ideal daoísta. Sencillamente al perderse en el Dao, se alcanza el estado de wu-wei, y todo se logra sin esfuerzo.

Los peces nacen en el agua;
el hombre nace en el Dao.
Si los peces, nacidos en el agua,
buscan la sombra profunda
de estanques y charcas,
todas sus necesidades
quedan satisfechas.
Si el hombre, nacido en el Dao,
se sumerge en la sombra profunda
de la no acción,
olvidando la hostilidad y la preocupación,
no le falta nada.
Su vida está asegurada.

Moraleja: “Todo lo que los peces necesitan
  es perderse en el agua.
Todo lo que el hombre necesita es perderse
  en el Dao”63.

Otra parábola del Zhuangzi enfatiza que si una persona actúa en el mundo mediante la comprensión intuitiva, fluyendo con las corrientes naturales de la vida en lugar de aplicar el análisis intelectual y el cálculo, estará en sintonía con el ideal del wu-wei y alcanzará el estado natural de la nada, la vacuidad primordial del Dao.

Al norte de las Aguas Rojas,
hacia la montaña Kunlun.
Miró a su alrededor sobre el borde del mundo.
De camino a casa
perdió su perla del color de la noche.
Envió a la ciencia a buscar su perla,
  y no obtuvo nada.
Envió al análisis a buscar su perla,
  y no obtuvo nada.
Envió a la lógica a buscar su perla,
  y no obtuvo nada.
Entonces le preguntó a la nada,
  ¡y la nada la tenía!

El Emperador Amarillo dijo:
“Extraño, ciertamente: la nada,
  que no fue enviada,
que no hizo nada para encontrarla,
  ¡tenía la perla del color de la noche!”64.

La perla del color de la noche simboliza la oscuridad más profunda, el valle interior o la fuente más profunda de todo conocimiento espiritual, también llamado el “espíritu del valle”. Es donde germina dentro de nosotros la semilla de la consciencia espiritual. Representa el despertar de nuestro , nuestro potencial espiritual. La ciencia no puede encontrar la perla, ni la lógica ni el análisis. Solo la nada puede encontrarla.

La nada la encontró sin buscar, sin mirar. Debido a que la nada (sin forma) es de la misma esencia que el origen del conocimiento espiritual (el Dao), está vacía de actividad intelectual y, por lo tanto, puede ver la perla.

La siguiente cita del Huainanzi enseña que se puede mantener la quietud al conservar un equilibrio entre los mundos externos e internos o entre los distintos estados de conciencia. Esta quietud representa el punto de equilibrio entre la involucración y la objetividad, entre las condiciones externas y la fidelidad al yo interior y a su potencia espiritual, el .

Aquí se refiere al Dao como vacuidad; es el más elevado de los reinos o el lugar del no ser, el origen del ser. El ser genera las miríadas de formas de la creación. Así, el místico dice que su espíritu habita en la quietud, en el estado puro del no ser. Para llegar allí, ha entrado por la “Puerta del Cielo”, el punto de transición entre el mundo físico y el reino del espíritu. Al atravesar ese punto, puede entrar en el reino del espíritu y seguir el ideal del wu-wei.

Por lo tanto, quien comprende el Dao
vuelve a su limpidez y quietud,
y aquel que sabe todo lo que hay que saber
  sobre las cosas
siempre termina en la no actividad.
Si alguien nutre su naturaleza con tranquilidad
y posa su espíritu en la vacuidad,
entonces ha entrado en la Puerta del Cielo. (…)

Triunfa sin deliberar,
logra sin hacer65.

Para mantener este estado, una persona necesita tener un corazón puro y renunciar al cálculo y al análisis. Sigue su verdadera naturaleza. Según el Huainanzi:

Así, cuando un hombre tiene un corazón calculador
  en su pecho,
la calidad de su ser se contamina
  y su espiritualidad no se mantiene íntegra66.

Es el sabio, el erudito, el místico, quien encarna el principio del wu-wei. Siempre está tranquilo, ya que es uno con el Dao. Encarna la quietud interior.

La no acción del hombre sabio no es inacción.
No es aprendida. No se altera por nada.
El sabio está quieto porque no se mueve,
no porque quiera estar quieto.
El agua tranquila es como un espejo.
Puedes mirarte en él y ver los pelos en tu barbilla.
Es un nivel perfecto;
un carpintero* podría usarlo.
Si el agua es tan clara, tan nivelada,
¿cuánto más lo es el espíritu del hombre?
El corazón del hombre sabio está tranquilo.
Es el espejo del cielo y de la tierra,
el espejo de todo.
Vacío, quietud, tranquilidad, neutralidad,
silencio, no acción: he ahí el nivel
 del cielo y la tierra.
Este es el Dao perfecto.
Los sabios encuentran aquí su lugar de descanso.
Descansando, están vacíos.

Del vacío viene lo incondicionado.
De esto, lo condicionado,
  las cosas individuales.
Así que del vacío del sabio surge la quietud:
de la quietud, la acción; de la acción, el logro.
De su quietud surge su no acción,
  que también es acción,
y es, por tanto, su consecución.
Porque la quietud es alegría.
La alegría está libre de preocupaciones,
fructifica durante largos años.
La alegría obra sin preocuparse por nada:
porque el vacío, la quietud, la tranquilidad, la neutralidad,
  el silencio y la no acción
son la raíz de todas las cosas67.

El corazón-mente del sabio permanece en quietud porque alcanza un equilibrio perfecto. En su quietud refleja el equilibrio del cielo y la tierra, del yang y el yin, de lo positivo y lo negativo. La alegría se alcanza mediante la quietud, el silencio y el wu-wei, que son la raíz de todo.

En la literatura clásica china, al maestro o sabio a menudo se le llama shenren, el hombre espiritual, el hombre verdadero, el auténtico. Esto se debe a que es fiel a sí mismo, a su interior, y ha realizado el Dao en su interior. También se le llama la persona completa o íntegra, ya que ha unificado la dualidad de los opuestos, yin y yang, dentro de sí. Es un ser humano totalmente integrado, en equilibrio perfecto.

El sabio abraza al Uno, como explica el Daodéjing en el capítulo veintidós. Contiene todos los opuestos en una unión dinámica y, por lo tanto, es completo. Se mantiene humilde y, por eso, puede liderar. No compite y, por eso, nadie puede competir con él. Quienes defienden solo un lado de las opiniones opuestas son jactanciosos y buscan destacar. El sabio está iluminado porque considera ambos lados; al no tomar partido por ninguno, encuentra la solución al problema. Ve el conjunto y, por eso, posee una perspectiva verdadera.

Por lo tanto, el sabio abraza al Uno.
Se convierte en el modelo del mundo.
No se contempla a sí mismo, por lo tanto, ve con claridad.
No se justifica a sí mismo, por lo tanto, es excepcional.
No alardea de sus actos,
  por lo tanto, es meritorio.
No se jacta de sí mismo, por lo tanto, lidera.
Como no es contencioso,
nadie bajo el cielo
  puede competir con él. (…)

Lo que dicen los antiguos:
  “Encorvado, así se conserva entero”.
  ¿Son acaso palabras vacías?
Consérvate íntegro y regresa (al origen)68.

Otro pasaje del Daodéjing explica el beneficio de ser amable y no contendiente, como el místico que encarna el principio del wu-wei:

Lo más suave del universo
  supera a lo más duro del universo.
Lo que carece de sustancia puede entrar
  donde no hay espacio.
Por lo tanto, conozco el valor de la no acción.
Enseñar sin palabras y obrar sin hacer,
son cosas que muy pocos comprenden69.

La docilidad y la flexibilidad son las fuerzas más poderosas del mundo. Pueden dominar y conquistar lo más duro y rígido. “Lo que carece de sustancia puede entrar donde no hay espacio”. En otras palabras, lo que no existe es más fuerte que la piedra más dura. El vacío penetra en lo sólido. Como escribe la profesora Ellen Chen: “Solo el Dao es la nada absoluta que penetra en todos los seres”70.

El hombre verdadero del Dao
El Zhuangzi presenta varios ejemplos inusuales del sabio o místico, “el hombre verdadero del Dao (zhenren)”. Él sabe desprenderse del análisis y del juicio intelectual; se vuelve infantil, inocente y espontáneo. Está completo, no fragmentado. Puede hacer lo imposible porque no distingue entre lo posible y lo imposible. La razón no interfiere con su juicio.

El sol puede convertirse en luna para él. Puede ir más allá del reino de la forma hacia la informe naturaleza del Dao. Su poder interior esencial proviene de la raíz del Dao, por lo que nada puede interponerse en su camino.

“¿Cómo es que el hombre verdadero del Dao
camina a través de las paredes sin obstrucción,
se para en el fuego sin quemarse?”.

No por astucia
ni por audacia;
no porque haya aprendido,
sino porque ha desaprendido. (…)

¿Qué puede interponerse en su camino?

Descansará en su lugar eterno
que es ningún lugar.
Se ocultará
en su propio secreto insondable.
Su naturaleza se hunde hasta la raíz
en el Uno.
Su vitalidad, su poder,
se esconden en el Dao secreto71.

El sabio, como un hombre ebrio, se mantiene relajado, ajeno a lo que le rodea. Es flexible, no rígido, por lo que se adapta a todas las condiciones. No experimenta obstáculos. La vida y la muerte son lo mismo para él. Está embriagado de Dao. Y como un hombre ebrio, puede caerse de un carro sin lastimarse. Al estar envuelto e impregnado por el Dao, el hombre verdadero, sabio o real, está protegido de cualquier cosa y de todo. El Dao lo protege; no tiene preocupaciones.

Cuando es todo uno,
no hay fisura en él
por la que pueda entrar una cuña.
Así un hombre ebrio que cae
de un carro,
está magullado, pero no destrozado.
Sus huesos son como los huesos de otros hombres,
pero su caída es diferente.

Su espíritu está entero. No es consciente
de subir a un carro
ni de caerse de él.

La vida y la muerte no significan nada para él.
No se alarma; afronta los obstáculos
sin pensar ni preocuparse,
y pasa por ellos sin saber que están ahí.

Si hay tal seguridad en el vino,
cuánto más en el Dao.
El sabio se oculta en el Dao.
Nada puede tocarlo72.

Zhuangzi describe las características del “hombre verdadero de antaño”, que representa a los primeros daoístas de la antigüedad. Eran valientes en sus opiniones y no tenían miedo, sin importarles los peligros que debían soportar. Su realización interior los conducía al reino espiritual del Dao. Encarnaban el wu-wei porque estaban fundidos con el Dao. No experimentaban resistencia y no intentaban ir contra la corriente del Dao.

¿Qué significa ser “un hombre verdadero”?
Los hombres verdaderos de antaño no tenían miedo
cuando defendían sus opiniones en soledad.
Sin grandes hazañas, sin planes.
Si fracasaban, no se afligían.
No se felicitaban por el éxito.
Escalaban acantilados sin vértigo,
se sumergían en el agua sin mojarse,
caminaban por el fuego sin quemarse.
Así, su conocimiento alcanzaba plenamente el Dao.

Los hombres verdaderos de antaño
dormían sin sueños,
despertaban sin preocupaciones.
Su comida era sencilla.
Respiraban profundamente.
Los hombres verdaderos respiran desde los talones.
Otros respiran con la garganta,
medio asfixiados. En las discusiones,
arrojan argumentos
como vómitos.
Donde las fuentes de la pasión
yacen profundas,
los manantiales celestiales
se secan pronto.

Los hombres verdaderos de antaño
no sentían ansia por la vida,
ni el temor ante la muerte.
Entraban en la vida sin alegría,
y se iban, sin resistencia.
Venían con facilidad, y se iban igual.
No olvidaban de dónde venían,
ni se preguntaban adónde iban,
ni avanzaban con obstinación,
luchando por abrirse paso en la vida.
Tomaban la vida tal como venía, de buena gana;
tomaban la muerte cuando llegaba, sin preocupación;
y partían, allá lejos,
¡allá lejos!

No tenían intención de luchar contra el Dao.
Tampoco intentaban, con sus propios medios,
ayudar al Dao en su camino.
Estos son los que llamamos hombres verdaderos.
Mentes libres, pensamientos aquietados,
Frentes despejadas, rostros serenos.
¿Eran fríos? Solo como el otoño.
¿Eran cálidos? No más que la primavera.
Todo lo que surgía de ellos
fluía con calma, como las cuatro estaciones73.

Los hombres verdaderos, los santos o maestros, son naturales y afables. No compiten ni se hacen notar. Pueden sumergirse en el agua sin mojarse, lo que significa que viven en el mundo sin contaminarse. No se preocupan y no cargan su mente con demasiados pensamientos; viven con sencillez y respiran profundamente. La pasión seca nuestra naturaleza espiritual, pero los sabios viven sin pasión; no temen a la muerte ni sienten un gozo excesivo por la vida. Vienen y se van con facilidad: aceptan la vida tal como viene. Ejemplifican el principio del wu-wei: actúan sin motivo, sin involucrarse personalmente en sus acciones.

El hombre verdadero comprende que el Dao es la unidad que está presente en todo y que conecta todo y a todos. La persona que se aferra al pivote del Dao mantiene su equilibrio. Se mantiene en su núcleo espiritual interior mientras actúa en el mundo exterior, el mundo del intelecto y de las miríadas de cosas, sin dejarse corromper por él.

¿Y cómo logra esto? Zhuangzi dice: “Vagan libres y despreocupados al servicio de la no acción”. Vagar libres y despreocupados describe la ausencia de tensión, el estar en sintonía con su “naturaleza original”. Al “servicio de la no acción” significa que no se aferran a ninguna acción que emprenden; actúan sin motivo personal.

Hemos visto que el Dao se compara con frecuencia con el agua, por su naturaleza fluida y adaptable. De la misma manera, el sabio, que encarna el Dao, es como el agua. Da generosamente; su amor no discrimina entre una persona y otra; no compite, sino que se adapta. No busca la fama ni la celebridad, sino que sigue a los demás desde atrás en lugar de liderar; no se impone a los demás, sino que les inspira lealtad con su humildad. Para emular al hombre perfecto, Zhuangzi aconseja:

No seas la personificación de la fama; no seas un almacén de planes; no seas ejecutor de proyectos; no seas propietario de la sabiduría. Encarna plenamente lo que no tiene fin y deambula por donde no hay sendero. Aférrate a todo lo que has recibido del Cielo, pero no creas que has obtenido algo. Sé vacío; eso es todo. El hombre perfecto usa su mente como un espejo: no persigue nada, no toma nada como propio, responde a lo que le llega sin retenerlo. Por lo tanto, puede superar las cosas sin dañarse a sí mismo74.

El Huainanzi utiliza la metáfora de la empuñadura, el eje o pivote del Dao, para explicar cómo vive el sabio: con su atención siempre en el Dao, fiel a su naturaleza interior mientras se ajusta a los cambios que trae la vida. Es objetivo y desinteresado. El Huainanzi ilustra esto con una historia:

Los dos reyes, Tai Huang y Gu Huang,
se aferraron a la empuñadura del Dao
y se situaron en el centro.
En espíritu vagaron juntos
con el señor de la transformación**
para traer paz al mundo.
Por lo tanto (maniobrando las empuñaduras del Dao),
  pueden:
moverse como los cielos y permanecer quietos
como la tierra.
Girar como una rueda sin agotarse,
fluir como el agua sin cesar.
Comienzan y terminan al mismo tiempo
  que las miríadas de cosas.
Así como cuando sopla el viento, las nubes se dispersan,
no hay nada a lo que no respondan;
así como cuando el trueno estalla, cae la lluvia,
nunca se quedan sin respuesta. (...)
Como el torno del alfarero girando,
  como el eje que da vueltas,
completan el círculo y vuelven a empezar.

Tallados y cincelados,
vuelven a ser un bloque sin tallar75.

Al aferrarse al eje del Dao, los hombres sabios pueden moverse por el mundo y, aun así, mantener su centro en el Dao. Pueden quedarse quietos como la tierra, fluir como el agua, girar como una rueda; el eje permanece quieto, pero la llanta sigue girando. Por lo tanto, pueden ser “tallados y cincelados” en el mundo, pero siguen siendo el “bloque sin tallar”, una metáfora taoísta común para referirse a la naturaleza original: inocente, sin sofisticación ni corrupción.

El eje representa la atemporalidad, el “más allá del tiempo” del Dao. Cuando dejamos la rueda de las actividades e implicaciones mundanas, podemos volver al eje. Este eje es la fuente de fuerza y quietud del sabio, el equilibrio que sostiene todo.

Al actuar sin motivo ulterior, se ajustan al Dao; al decir lo que dicen sin motivo ulterior, están en comunión con el ; felices y tranquilos, sin sentido de importancia personal, lo que obtienen está en armonía; aunque tengan una miríada de manifestaciones diferentes, están en consonancia con cada una de estas cosas en sus diversas naturalezas; sus espíritus residen en la punta más diminuta de una pluma de otoño y, sin embargo, son más grandes que la suma total del cosmos76.

El Huainanzi retrata al sabio como un maestro auriga que maneja con firmeza las riendas del Dao. Sin fatiga, puede guiar a sus caballos hasta los confines del cosmos, hasta las puertas mismas del cielo. Esto se debe a que no está limitado por las restricciones humanas. Cruza con facilidad la división entre los mundos físico y espiritual, la tierra y el cielo, para “deambular por la tierra de lo inextinguible”.

El poeta utiliza la metáfora del auriga que sabe manejar a sus caballos, para describir cómo el sabio siempre actúa adecuadamente. El sabio sabe navegar por los cielos y controlar las fuerzas naturales. Pero haga lo que haga, por muy lejos que vaya, incluso a los cuatro rincones de la tierra, siempre vuelve al pivote: el eje o empuñadura del Dao. “Permanece íntegro y regresa para proteger lo que hay dentro; gobierna los cuatro rincones de la tierra, pero siempre regresa al pivote”. Y como siempre tiene control sobre sí mismo, nunca experimenta fatiga. Mantiene el control porque es fuerte en su interior, en su centro.

Él pasea a sus caballos cuando debe pasearlos,
los hace correr cuando debe hacerlos correr.
Consigue que el dios de la lluvia rocíe su camino
y que el dios del viento barra el polvo.
Con el rayo como látigo
y el trueno como ruedas,
vaga en lo alto por la inmensidad libre y sin límites,
y desciende por las puertas del infinito.
Habiendo explorado todo a su alrededor
y sin dejar nada fuera,
permanece íntegro, y regresa
para proteger lo interior.
Gobierna los cuatro rincones de la tierra,
pero siempre regresa al pivote.

Por eso, viaja rápido sin tambalearse,
y viaja lejos sin fatigarse.
Sin forzar sus cuatro extremidades,
y sin agotar la agudeza
  de su oído y vista,
conoce la disposición y los límites
  de las diversas divisiones y cuadrantes
  del cosmos.
¿Cómo es esto posible?
Es porque tiene sus manos
  en las empuñaduras de control del Dao
  y deambula por la tierra de lo inextinguible77.

El sabio o místico encarna el wu-wei. Se adapta al cambio y aprovecha el momento adecuado para actuar en armonía con el Creador, quien da existencia a la creación material.

[Él] no permite que el deseo perturbe
  su naturaleza verdadera.
Da en el blanco sin planearlo,
su palabra es confiable sin que tenga que hablar,
tiene éxito sin deliberar,
logra sin hacer (wu-wei).
Su pureza alcanza la mansión de los espíritus
y es un compañero del gobernante del cambio78.

El hombre verdadero se adapta a circunstancias cambiantes sin olvidar su esencia interior, sin sucumbir nunca al peligro. El autor del Huainanzi lo describe bellamente: “Se adapta y fluye con las cosas, como un eco o una sombra”.

Su alma no se agita,
ni su espíritu se turba. (…)
Frente a las cosas externas, sabe responder;
cuando lo presionan, sabe moverse.
Sin forma y sin fin,
en sus cambios carece de forma visible.
Se adapta y fluye con las cosas,
como un eco o una sombra.
Incluso al mirar al abismo,
no pierde aquello a lo que se aferra;
al viajar entre peligros y riesgos
no olvida su muleta oscura79.

La “muleta oscura” es el núcleo interno de su . Se llama oscura porque su fuente es interna, receptiva. Al aferrarse al en su centro, el sabio puede responder a innumerables acontecimientos, incluso caóticos, sin perturbarse.

El sabio no hace de su persona un esclavo
  de las cosas externas
ni permite que el deseo perturbe
  su armonía interior.
Por eso, no se exalta con la alegría
ni se abate con la tristeza. (…)

Solamente yo estoy con gran ánimo,
  y dejando las cosas atrás,
viajo por el mismo camino que el Dao80.

Cuando una persona se siente atraída desde dentro a explorar su naturaleza interior, puede hacerlo cultivando el Dao. No necesita estar físicamente en ningún lugar especial, pero tiene que mantener un estado interior en el que no se sienta tentado por los placeres externos. Si anhela la felicidad material, incluso si gobierna un imperio entero, nunca será feliz. Pero si renuncia al apego a la vida mundana, encontrará alegría en todo.

Por eso, cuando una persona tiene los medios
  para encontrar su verdadera naturaleza en sí misma,
incluso debajo de un árbol alto o en una cueva vacía,
podrá encontrar satisfacción.
Si no tiene los medios para encontrarla en sí misma,
incluso si posee el imperio
  como propiedad personal
y a la miríada de personas como súbditos,
esto no será suficiente
  para nutrir su vitalidad.

Si un hombre alcanza un estado
  en el que no hay nada que disfrute,
  no habrá nada que no disfrute;
  cuando no hay nada que no disfrute,
  entonces ha alcanzado el extremo
  de la mayor alegría81.

Cuando nuestra alegría no depende de cosas o acontecimientos externos, nuestra propia naturaleza gozosa nos mantiene en un estado de dicha. Por eso, el sabio siempre es feliz. Su espíritu reside en la parte más ínfima de la creación –a nivel celular, por así decirlo–, y, sin embargo, es más grande que el cosmos. El sabio está vacío, por lo que lo abarca todo, como el propio Dao.

El Huainanzi aconseja a sus lectores renunciar a intentar cambiar el mundo: basta con seguir lo natural para alcanzar el destino esencial, el reino del espíritu. El místico guía a otros hacia los reinos espirituales por su capacidad de desprenderse del mundo y aferrarse a la empuñadura del Dao. Guía siguiendo el Dao. Encarna el principio del wu-wei.

Por tanto, no puedes hacer nada respecto al mundo.
Solo puedes seguir lo que es natural
  para impulsar la miríada de cosas hacia adelante.
No puedes llegar al fondo de los cambios
  que ellos experimentan.
Solo puedes captar el destino esencial
  y guiarlos hacia él82.

La fuente de fuerza del sabio es mantenerse en lo esencial, en el eje de la rueda que gira constantemente con los acontecimientos de la vida.

La miríada de cosas tiene su creador,
sin embargo, solo él sabe atenerse a la esencia;
los acontecimientos del mundo tienen una fuente
  de la que proceden,
sin embargo, solo él sabe respetar la puerta de entrada
  (a los reinos interiores)83.

Las infinitas cosas del universo tienen su creador, pero solo el sabio sabe cómo vivir en el reino del no ser, con el Dao. Las circunstancias externas y los acontecimientos afectan al reino del ser, pero el sabio vive en perfecto equilibrio en la puerta interior: el punto de transición entre el ser y el no ser. Encarna el estado de vacío, la quietud del Dao.

Zhuangzi resume las cualidades del hombre del Dao, el hombre de espíritu:

El hombre de espíritu (…) detesta ver a la gente reunirse a su alrededor. Evita la multitud. Porque donde hay muchas personas, también hay muchas opiniones y poco acuerdo. No hay nada que ganar del apoyo de muchos mediocres que inevitablemente acabarán enfrentándose entre sí.

El hombre de espíritu no es muy cercano a nadie, ni muy distante. Mantiene la conciencia interior y conserva su equilibrio de modo que no entra en conflicto con nadie. ¡Este es tu hombre verdadero! Deja que las hormigas sean ingeniosas. (…) Por su parte, imita al pez que nada despreocupado, rodeado de un elemento amigable y ocupándose de sus propios asuntos.

El hombre verdadero ve lo que el ojo ve y no añade algo que no está allí. Escucha lo que oyen los oídos y no detecta susurros o murmullos imaginarios. Comprende las cosas en su interpretación obvia y no se ocupa de significados ocultos ni misterios. Su trayectoria es, por tanto, una línea recta. Sin embargo, puede cambiar de dirección siempre que las circunstancias lo sugieran84.

El hombre de espíritu desalienta la alabanza. Mantiene el equilibrio. Imita al pez que nada despreocupado, rodeado de un elemento amigable (el agua), ocupándose de sus propios asuntos. Deja que los demás corran y discutan como hormigas. Se mantiene fiel a su , a su naturaleza interior, siguiendo el Dao. Aferrado al centro, es libre de cambiar de rumbo según dicten las circunstancias.


* N. del T. En la antigüedad los carpinteros usaban agua en recipientes o niveles de burbuja para comprobar si una superficie estaba perfectamente horizontal.
** El texto usa el término “demiurgo de la transformación” -el señor del cambio-, es decir, el ser, la fuente de la dualidad del yin y el yang; quien trae el cambio en la creación. El ser se ha manifestado desde el no ser, el vacío original.