Hoy, el todo del que disponemos
Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.
Salmos 90:12
A continuación, se narra una historia breve tomada del libro Cuentos del Oriente místico, que nos habla de un niño que está frente a una hoguera viendo cómo el fuego consume las ramas y troncos de madera, y esto lo lleva a plantearse importantes cuestiones. Dice así:
En tiempos de Gurú Nanak Sahib, sus seguidores solían cantar cánticos devocionales durante las primeras horas de la mañana, mientras permanecían sentados ante su amado maestro. El gurú observó que un niño asistía regularmente, y se quedaba de pie silenciosamente detrás de los discípulos mientras duraban los cantos.
“¿Qué es, hijo –le preguntó el gurú–, lo que te trae aquí todos los días tan temprano por la mañana? A esta hora deberías estar durmiendo. Y ¿por qué te interesa el canto de himnos, hermanito? Deberías estar más interesado en jugar con tus amigos”.
El niño miró seriamente y con los ojos muy abiertos al respetado gurú.
“Mi madre me pidió una vez que llevase leña para el fuego –respondió–, y que lo alimentase para que se mantuviera encendido. Mientras contemplaba las llamas, observé que las ramas más jóvenes y más pequeñas se quemaban y desaparecían mucho más rápidamente que las más viejas y gruesas. Desde entonces le temo a la muerte, porque podría llegarme a mí antes que a las personas mayores. Por eso me gusta vuestra compañía”.
A Gurú Nanak le encantó la sabiduría del niño.
Desde ese día, llamaron al niño Bhai Buddha, o Hermano Sabio. Vivió hasta la época del sexto gurú, Gurú Hargobind. Y fue respetado por su sabiduría por todos los gurús.
La idea de fondo en esta historia es que la muerte puede ocurrir en cualquier momento. Y con ello poner fin a todo lo que conocemos como la experiencia de la vida.
El impacto que generan estas líneas es hacernos “pensar”, algo que normalmente, en el transcurrir del día a día, no hacemos. Como iniciados o seguidores de un camino espiritual cuyo objetivo es volver al Padre después de trascender los dominios de mente y materia –lo cual no es una tarea pequeña–, no deberíamos pensar en que mañana o en el futuro haremos las cosas que son importantes para nosotros (la meditación). El momento es ahora; hoy es el todo del que disponemos.
Cuando este niño constata que las ramas jóvenes prenden y desaparecen de inmediato, abrasadas por el fuego, entonces, ante la inseguridad, la incertidumbre y el desconocimiento que le provoca este hecho, busca rodearse de forma instintiva de lo que le reconforta: la devoción, el amor a Dios. Observamos cierta intuición, sabiduría y madurez en este niño que le impulsa a inclinarse del lado de Dios, de la devoción; aquello que pertenece a su interior –el alma–, y que él considera más estable y duradero.
¿Es esta, en profundidad, la razón por la que las personas se acercan a la espiritualidad? ¿Darse cuenta de lo efímera que es la vida, al fin y al cabo? ¿El temor a la muerte? ¿La incertidumbre y el desconocimiento de algo tan trascendental que pone fin a la vida que conocemos?
Los místicos nos explican que es el desconocimiento lo que hace que la muerte nos provoque miedo e inseguridad. Es como estar en una habitación oscura, sin luz alguna, y esa situación nos crea inseguridad y miedo; sin embargo, si encendemos una pequeña luz, empezamos a ver lo que hay en la habitación y vamos ganando confianza y seguridad, hasta que el miedo llega a desaparecer. Así que es el desconocimiento, la ignorancia sobre la muerte, lo que puede causar esas emociones. De ahí que la alternativa que nos dan los místicos es conocer en vida qué es la muerte para evitar que sea una experiencia angustiosa. En el libro El sendero de los maestros leemos:
La humanidad teme a la muerte porque no la entiende. Es como un niño que llora en la oscuridad; tiene miedo porque no puede ver lo que hay. La gente teme la muerte porque no sabe lo que implica (…) los maestros saben lo que significa y están listos para impartir su conocimiento a todos los que los escuchen (…) y están dispuestos a mostrar exactamente (…) cómo adquirirlo.
… Los maestros y muchos de sus discípulos atraviesan diariamente las “puertas de la muerte”. (…) Todo esto lo hacen con plena consciencia, como resultado directo de la práctica del Surat Shabad Yoga.
A través de la meditación aprendemos a recoger y aquietar nuestra atención en el centro del ojo espiritual. Una vez que podemos mantenerla en dicho centro, nos volvemos receptivos al Shabad, escuchamos el sonido interior y, al apegarnos a él, nos desapegamos automáticamente del cuerpo y de los sentidos. Si somos capaces de retirar nuestra consciencia al centro del ojo y apegarla al Espíritu interior, morimos en vida. Y si morimos en vida, conseguimos la vida eterna.
Después de vaciar el cuerpo y llegar al centro del ojo, empieza el verdadero viaje de regreso del alma a su hogar original. Cuando toda la conciencia vital abandona el cuerpo inferior y atraviesa el tercer ojo, estamos fuera del cuerpo y entramos en el mundo astral. Esta es la forma de conocer, mientras vivimos, lo que nos aguarda cuando llegue la muerte definitiva. “Y cuando llegue ese momento, la concentración que hayamos obtenido en la meditación le dará fuerza y dirección a nuestra mente y a nuestra alma”, como leemos en el libro Meditación viva.
Hazur Maharaj Ji responde en el libro Muere para vivir a la siguiente pregunta de un discípulo: “¿Cómo puede alguien estar seguro de que irá a las mismas regiones, a los mismos lugares a los que fue durante su meditación, cuando el alma abandone el cuerpo?”. Y el maestro responde:
La meditación es la forma de estar seguro. En realidad, la meditación es un proceso de morir diariamente. La meditación no es más que una preparación para abandonar el cuerpo (…) Antes de representar tu papel en un escenario, lo ensayas muchas veces, solo para perfeccionarlo. Similarmente, la meditación es un ensayo diario para morir, para perfeccionarnos en cómo y cuándo morir.
A veces, como discípulos de mente inquieta y acostumbrados a cuestionarlo todo, hemos llegado a plantearnos la misma pregunta que se le hizo a Hazur Maharaj Ji y que está escrita en Muere para vivir: “Durante la muerte natural, la gente entra en coma y se vuelve inconsciente; por tanto, ¿qué control puede tener?”, es decir, qué grado de conciencia o dominio puede realmente conservarse en ese momento. Y entonces, el maestro responde:
Si tenemos el hábito de hacer simran y hemos hecho algún progreso interior, entonces, incluso estando en coma, podemos estar en contacto interiormente con el sonido y la luz. ‘El cuerpo está en coma, no la consciencia’; por lo tanto, dependerá de la persona. La mente se pondrá a meditar en ese momento solo si tienes el hábito de meditar. No podemos decir: Bueno, en ese momento ya haré la meditación y mantendré mi mente en el simran, pero ahora no hay necesidad de que lo haga.
Entonces, en ese momento, la mente no meditará para nada. Los pensamientos del mundo, los deseos reprimidos del mundo aparecerán ante nosotros y la mente no repetirá el simran si no tenemos el hábito de hacer simran, si no tenemos el hábito de meditar. Si tenemos el hábito de meditar, entonces, incluso estando en coma, contactaremos con el sonido.
La certeza de la muerte puede convertirse en un estímulo positivo para cumplir con nuestro deber espiritual, para ser disciplinados y hacer lo que el maestro nos ha pedido. No deberíamos desperdiciar el tiempo pensando que la vida es infinita. Los maestros nos llaman a despertar, a dejar de buscar donde no hay más que cambio, vacío y temporalidad, y a prepararnos: dirigir nuestra atención hacia el centro del ojo, donde podemos experimentar la unidad con Dios a través de la concentración.
Además del desconocimiento, hay otro factor alrededor de la muerte que también nos desasosiega y nos hace perder el equilibrio, a no ser que tengamos cierta preparación espiritual: la inevitabilidad. “Destino es destino”; lo que tenga que ocurrir, el ser humano no puede cambiarlo. Por más esmero y empeño que ponga, llegada la hora, si es el momento, la persona partirá irremediablemente.
Claro, este mundo material y tecnológico, lleno de grandes inventos, nos hace creer falsamente que podemos cambiar muchas de las penalidades que se ciernen sobre el ser humano. Actuamos modificando factores de la naturaleza; la ciencia interfiere o transforma aspectos importantes de la vida. Tenemos el hábito de considerarnos voluntades libres que dominan el universo, y esa idea se extiende también al hecho de la muerte. Por eso, cuando alguien querido cercano nos deja o incluso cuando pensamos en nuestra propia muerte, seguimos el mismo patrón de comportamiento que frente a los acontecimientos del mundo: nos resistimos a aceptarla. Sin embargo, como dicen los místicos, la vida y la muerte no están en nuestras manos, sino en las manos de Dios. Todos tenemos un destino.
El Gran Maestro en Joyas espirituales explica:
Antes de que el niño salga del vientre de su madre, su destino se graba en su frente, sus manos y sus pies. Es el resultado de nuestras propias acciones realizadas en nuestra vida pasada. Todo lo que sembramos entonces lo tenemos que recoger ahora. Esto no se puede cambiar. El sabio lo soporta con paciencia y hasta con buena voluntad, y el necio llora, aunque lo tiene que sufrir de todos modos.
En efecto, como explica el Gran Maestro, todo está grabado en nuestra frente; hay un día para nacer y otro día para morir. Ahí vemos, entonces, hasta qué punto hemos olvidado que esta creación está regida por un orden dirigido por un sabio poder, al que llamamos Dios o Espíritu, y que nosotros no estamos por encima de él. Aceptar esta voluntad es nuestra mejor opción, y eso debe ayudarnos también a enfrentar con mayor ecuanimidad el hecho de la muerte, la partida final. Esa aceptación puede traer más sensatez al morir, y permitirnos entender que el nacer y el morir son factores naturales de la vida que Dios nos ha otorgado. En consecuencia, podremos asumirlos con más naturalidad y menos afectación, siempre que exista esa comprensión. Esto requiere, además, humildad y menor ego.
De hecho, hay culturas que tienen la muerte más presente o integrada en la vida cotidiana, y su forma de vivir refleja mayor levedad y desprendimiento al despedirse de sus seres queridos. También, su actitud frente a la pérdida de objetos o posesiones es distinta.
Por ejemplo, en el budismo tibetano, la práctica de la meditación sobre la impermanencia fomenta desapego y serenidad; en el Antiguo Egipto, la vida terrenal se vivía con conciencia de la trascendencia; y en todas ellas, la muerte se integra a la vida diaria evitando dramatismos.
Sin embargo, miremos donde miremos, es siempre la meditación de manera universal –el trabajo de retirar la atención del cuerpo, de lo material y mental–, lo que nos ayuda al desprendimiento y al desapego, a evitar el sufrimiento y a vivir menos obsesionados y preocupados.
Como consecuencia, los místicos nos dicen que podemos ser más felices y estar menos preocupados y obsesionados por todos nuestros seres y posesiones.
El Gran Maestro explica en el libro La llamada del Gran Maestro que no tenemos ni que desear la muerte ni temerla, sino aceptarla. Kabir dice: “Yo amo la muerte que el mundo teme”. Un satsangui no debería anhelar la muerte ni tampoco temerla cuando llega. Debería resignarse enteramente a la voluntad del maestro. “Muy pocos saben cómo morir. Solo quien sabe cómo vivir sabe cómo morir”, dijo el maestro.
Y proseguía explicando al grupo de discípulos que lo escuchaban, que dejamos de lado el “morir en vida”, siendo la verdadera finalidad de la existencia humana y, en su lugar, vivimos arrastrados por los deseos y pasiones, sin comprender el propósito real de la vida. Así la desperdiciamos, comportándonos como mendigos en vez de como seres extraordinarios, herederos de una riqueza interior maravillosa: reconocernos a nosotros mismos, conocer a nuestro Creador y regresar a nuestro origen. Esta rara oportunidad, obtenida tras incontables existencias, no debería malgastarse.
Por tanto, el tránsito entre la vida y la muerte depende de nuestro esfuerzo y evolución individual, del destino y del grado de apego a la creación, junto con la gracia del maestro que es completamente inseparable de este proceso. Y solo podríamos decir que desprenderse de esos apegos puede ser doloroso si no nos hemos esforzado en vida; en cambio, si hemos ido adquiriendo la habilidad de retirarnos al centro del ojo, habremos alcanzado el suficiente desprendimiento de las ataduras al cuerpo y podremos fácilmente afrontar ese momento.
Hazur Maharaj Ji responde a una discípula cuando pregunta: “Maestro, ¿es dolorosa la muerte de un satsangui?”. Y él responde:
Si se ha realizado progreso en el interior, será más fácil afrontarla. Si ya hemos ensayado cómo morir, la muerte deja de ser un problema.
Continuando con la pregunta, la discípula insiste: “¿Se desapega la mente por sí misma a la hora de la muerte, como resultado de la meditación?”. Y el maestro responde:
Hermana, por eso se nos dice que, poco a poco y de una manera gradual, tenemos que ir retirándonos al centro del ojo. Si colocamos un trozo de tela sobre un arbusto lleno de espinas y tiramos de él, lo destrozaremos. De la misma manera, si nos retiramos de golpe al centro del ojo será muy doloroso. Por esta razón, los santos siempre nos aconsejan que intentemos ir retirándonos poco a poco, que vayamos quitando las espinas de una en una, y así podremos recuperar el trozo de tela. El proceso es muy lento, pero solo así deja de ser doloroso. Pero si de repente tenemos que retirarnos, naturalmente será doloroso. Por lo tanto, el consejo que se nos da es que intentemos retirarnos poco a poco.
Hazur Maharaj Ji nos explica en Perspectivas espirituales, vol. III:
Toda nuestra meditación no es otra cosa que una preparación para el momento en que el alma abandone el cuerpo. Y debemos preguntarnos: Si hemos dedicado nuestra vida a esta práctica, ¿por qué, llegado ese instante, habríamos de gritar y llorar? Más bien, deberíamos alegrarnos de que ahora se haya materializado la oportunidad de lograr aquello a lo que nos hemos dedicado toda nuestra vida. Así que el miedo a la muerte no debe surgir en nosotros.
Los maestros nos hablan del lado bello de la vida y nos recuerdan que “la vida es para vivirla”. Pero al mismo tiempo insisten en que no debemos olvidar el verdadero objetivo: aprovechar esta rara oportunidad que nos ofrece la forma humana. Tomados de su mano podemos ser realmente felices, siempre que mantengamos el equilibrio. De lo contrario, seremos como la abeja que, al caer en un tarro de miel, se ahoga en aquello mismo que la atraía.
Esto significa que debemos disfrutar de la vida, pero sin perder de vista la meta espiritual. No se trata de renunciar al mundo, ni de vivir como reclusos o ascetas apartados de la sociedad. Al contrario, se trata de vivir como seres humanos plenos y bondadosos, reflejando la verdadera naturaleza que nos ha sido dada y orientando cada paso hacia ese propósito superior. Hazur Maharaj ji dice en Perspectivas espirituales, vol. III:
Tenemos que estar en el mundo cumpliendo nuestros deberes, pero nuestros corazones han de estar en el lugar al que pertenecen. Si una abeja se posa en el borde de un tarro de miel, disfrutará de su sabor y podrá volar con las alas secas. Si la abeja salta al interior del tarro de miel, ni podrá saborear la miel ni podrá salir de él; morirá.
Si mantenemos nuestra atención, nuestra mente, nuestro corazón en el Señor, podremos disfrutar del mundo. Si nos olvidamos de él, el mundo entero se convertirá en un lugar de sufrimiento, pues entonces estaremos enamorados de las cosas que el Señor nos da, pero olvidados del Dador.
Lo que realmente vale la pena en la vida no son los bienes, los placeres ni los afectos pasajeros, sino la devoción y el amor a Dios. Los místicos nos recuerdan que estamos atrapados en los deseos del mundo y, mientras vivimos, olvidamos que la muerte llegará. Día a día vemos partir a amigos y seres queridos sin que nada de lo que poseían pueda seguirlos. Por esta razón, podemos preguntarnos si alguna vez hemos imaginado realmente la hora de nuestra muerte. ¿Quién nos ayudará entonces? ¿Quién nos prestará apoyo?
Salvo el maestro, nadie nos pertenece. Al observar la creación, comprendemos que solo lo eterno es nuestro: el Señor supremo. Aquellos que consideramos cercanos pueden abandonarnos en cualquier momento, pero lo divino permanece. Este entendimiento se refleja en la historia inicial del niño Bhai Buddha, quien comprendió desde muy temprano la fragilidad de la vida y se orientó hacia la devoción, buscando refugio en la compañía del gurú. Su ejemplo nos enseña que la conciencia de la muerte no debe paralizarnos, sino guiarnos hacia lo que realmente importa: esforzarnos por conquistar a la desconocida muerte y, así, acercarnos a nuestra meta definitiva de unión con nuestro Creador.