Sed de eternidad
Me revelaré dentro de tu alma. Disfrutaremos juntos la dulzura del amor divino. El alimento y la bebida espirituales abundan en mi mesa, así que ven y sacia tu ser.
The Song of Songs
Como seres espirituales viviendo en un cuerpo humano, sabemos en lo profundo de nuestro corazón o al menos sentimos, que hay en nosotros algo más que carne y huesos, más que pensamientos y emociones. Sabemos que debajo de todas las cosas insignificantes que nos rodean, hay algo más grande y elevado, que nuestra intuición pueden reconocer. Hay algo más que los deportes, la televisión, los coches, las películas, etc., más que el cónyuge o los hijos. ¿Qué es ese “más”? No lo sabemos a ciencia cierta, pero en lo profundo de nuestro ser, estamos razonablemente seguros de que existe una conciencia que busca sentido.
Esta cualidad inexplorada, este “más”, es el instinto natural del alma clamando por su propia fuente, su verdadero hogar, es la memoria de lo eterno que anhela regresar a su fuente. Es el alma, nuestro verdadero yo eterno, buscando la realidad última: Dios. Todo lo que hacemos en la vida es un intento de encontrar el camino que nos lleve a él: la búsqueda del placer, de la felicidad, y evitar el dolor, es la búsqueda instintiva del alma por la verdad y la realidad supremas. San Agustín dice en su obra Confesiones:
Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti.
Nuestro problema radica en no saber qué buscamos y, por tanto, dónde encontrarlo. Si queremos saber qué es, entonces debemos entender cuál es el origen de nuestra ansia de felicidad y el método para encontrarla. Los místicos nos explican que como no somos conscientes del simple hecho de que lo que nos falta es la unión con Dios, buscamos consuelo en algún tipo de sustituto.
Rumi dice: “Hay una cosa que nunca debes olvidar. Todos los seres humanos venimos al mundo con una misión particular, y esa misión es nuestro propósito singular. Si no la cumplimos, no hemos hecho nada. Recuerda la raíz profunda de tu ser, la presencia de tu Señor. Entrega tu vida a aquel que ya posee tu aliento…”. Aquí Rumi nos aconseja recordar las raíces profundas de nuestro ser, recordar esa única realidad. Porque si no hemos hecho nada en nuestra vida hacia ese fin, entonces no hemos hecho nada en absoluto que valga la pena en este mundo de ilusión.
Nuestros anhelos, nuestros deseos y pasiones por los objetos mundanos, nos encadenan en la ignorancia, impidiéndonos alcanzar nuestro objetivo; esa “cosa” que cita Rumi. Esta misión, esta verdad, puede llevarse a cabo en la forma humana, a través de la guía de un maestro vivo realizado en Dios. En el momento de la iniciación, el maestro conecta el alma del discípulo con el Shabad, lo cual lleva al discípulo a las profundidades de su alma, donde obtiene el verdadero conocimiento de ese Ser supremo infinito. Esto solo es posible cuando nacemos como seres humanos. Solo entonces podemos lograr esta única cosa. Y hasta que no la alcancemos mediante la ayuda de un verdadero gurú, continuamos atrapados en el ciclo de nacimientos y muertes con todo el sufrimiento y el dolor que conlleva.
El gurú es un vínculo extremadamente importante entre el discípulo y la meta de la liberación. Él es el único poder digno de confianza en la búsqueda del discípulo por la verdad suprema. Él ha fundido su conciencia con lo divino. Su labor es despertar nuestro ser interior: esa chispa que es la esencia misma del Creador. Al mantener la compañía de nuestro maestro y escuchar sus discursos espirituales, desarrollamos un profundo amor por él; tratamos de seguir sus enseñanzas en pensamiento, palabra y acción; y practicamos la meditación con regularidad y firmeza. Por estos medios, nuestra devoción se intensifica, y la devoción, como nos dicen los santos, es la única manera de agradar al Señor y alcanzar la realización de Dios.
A través del fortalecimiento de nuestra práctica de meditación, nuestra devoción aumenta, hasta que comprendemos que el Shabad, el maestro y el discípulo son uno solo. Los santos nos dicen que el amor es el fruto de la devoción, y la meditación es el único medio para encender esa devoción. Solo en la meditación encontramos la profundidad de nuestro amor por el maestro.
El camino de la devoción comienza simplemente reconociendo la bondad del maestro, sin darlo por sentado. Nuestro anhelo por él y nuestra receptividad a su amor solo pueden aumentar a través de la gratitud: gratitud al maestro por iniciarnos, por enseñarnos qué hacer con nuestra mente y cómo vivir nuestra vida; gratitud por habernos puesto en el camino correcto, por darnos propósito y dirección, por enseñarnos con su ejemplo a amar más allá de nosotros mismos, sin esperar recompensa. Cuando a través de la meditación, somos capaces de relacionarnos con él como la encarnación del Shabad, podremos recibir todo el poder transformador y purificador de sus enseñanzas. La meditación nos da los medios para desarrollar una relación viva con el maestro, una relación que madurará con la experiencia y que nos hace conscientes de cuán bendecidos estamos por tenerlo en nuestras vidas. Nuestro único trabajo es hacer nuestra meditación con toda la dedicación, amor y devoción que podamos.
Estar en presencia física del maestro es un gran privilegio, que trae consigo una conciencia profunda y verdadera de lo que realmente anhelamos, de la verdadera sed de nuestra alma. El maestro nos pide con sinceridad que tomemos acciones prácticas en este camino, que estemos cerca de él por dentro y que experimentemos la misericordia de su ser. Su misericordia es indescriptible. Él nos llama, nos ruega que demos ese primer paso hacia él, que es nuestro esfuerzo en la meditación.
Consideremos otro aspecto del amor y la presencia constantes del maestro. Si tenemos estos dos dones indescriptibles de él, ¿de qué tenemos que preocuparnos? El amor es un estado de unidad, de plenitud, y eso es lo que el maestro nos ofrece. Él nos ha dicho varias veces que en este camino todo es posible. ¿Por qué? Porque él y su amor siempre están con nosotros y podemos experimentarlos cada día y en cada momento, si tan solo dirigimos nuestra atención hacia él y nos comunicamos con él a través de la meditación.
Para un iniciado, la vida consiste en vivir en el mundo, cumplir con sus deberes y, al mismo tiempo, saber, sentir y ver que la presencia del maestro es una realidad constante; que su presencia viva siempre está con el discípulo. Hay un hermoso poema de Hafiz que dice:
Nadie puede impedirnos llevar a Dios dondequiera que vayamos, nadie puede robar su nombre de nuestros corazones, mientras tratamos de abandonar nuestros miedos y finalmente nos mantenemos victoriosos, no tenemos que dejarlo solo en la mezquita o iglesia por la noche. Nadie, en ningún lugar, puede impedirnos llevar al amado dondequiera que vayamos. Nadie puede robar su precioso nombre del ritmo de mi corazón, pasos y aliento.
Este poema enfatiza el hecho de que nuestra relación con Dios es personal. Lo llevamos en nuestros corazones cuando repetimos el simran, cuando la mente está comprometida en la repetición y lo recuerda en la vida diaria cumpliendo con las obligaciones y responsabilidades en el mundo. Nuestra mente, cuando se enfoca en esta práctica, está comunicándose con Dios. Recordarlo en todo momento aligera el apego a nuestra carga kármica y nos permite hacer lo que debemos hacer sin preocuparnos por los resultados. Entonces podemos atravesar nuestras vidas sin reaccionar ante las situaciones que afrontamos.
El maestro nos dice que podemos transformar nuestras vidas de recipientes de dolor, sufrimiento y miseria, en recipientes de paz y dicha eterna a través del simran, a través de la meditación. Como expresa el dicho, muy acertadamente: “La oscuridad más intensa es en sí misma la semilla de la luz”. A veces pasamos por períodos de dolor y sufrimiento incesantes, pero si en esos momentos podemos aferrarnos firmemente al simran y mantenemos nuestra fe, los períodos oscuros pasarán. Las dificultades en la vida pueden llevarnos a desarrollar un sentido de desapego en este mundo falso, con el que nos demos cuenta de la naturaleza ilusoria de nuestra existencia y busquemos nuestro verdadero hogar. Cuando las cosas son imposibles de entender, solo podemos soltar y dejar hacer a Dios, como dice el dicho. De alguna manera, él vendrá a nosotros en nuestra angustia, mientras el trabajo de purificación continúa. El santo Kabir ha expresado, en uno de sus bellos poemas, la imagen del alfarero que sostiene la vasija con una mano, mientras la moldea y golpea con la otra. Depende de nosotros qué mano vemos: la que golpea o la que sostiene; así como es nuestra elección decir que el vaso está medio lleno o medio vacío.
El maestro está dentro de todos los sucesos y circunstancias de nuestra vida. Lo que nos sucede está en sus manos y bajo su conocimiento. Él está haciendo tanto en nuestra purificación como nosotros le permitimos, pero nos limpiará de cualquier manera que estime oportuna, porque está comprometido a devolvernos a nuestro verdadero hogar. Si tenemos la inmensa capacidad de absorber los buenos momentos, también deberíamos tener la gracia de atravesar los malos momentos con igual fe y amor. Algunas veces, durante nuestros momentos difíciles, podemos haber pensado que el maestro nos ha dejado solos en este mundo. Pero tenemos que crecer verdaderamente para entender que nuestro Padre espiritual –que no solo está con nosotros en esta vida, sino que ha estado allí desde siempre–, nos ama tanto, que nunca puede abandonarnos. En Joyas espirituales, el Gran Maestro explica:
Tu amigo o maestro está dentro de ti, más cerca que cualquier otra cosa y te observa. Siempre que tu atención se dirige hacia el centro del ojo, él te escucha y responde, pero su respuesta se te escapa porque tu atención vacila y se dirige hacia fuera. Si pudieras escucharlo por dentro, estarías en sintonía. Deseo que puedas acercarte a él y verlo por dentro, cara a cara, en lugar de simplemente sentir su presencia.
Deberíamos reflexionar sobre estas cuestiones: ¿La presencia del maestro en nuestras vidas debería eliminar nuestros malos momentos o debería su presencia darnos la fuerza para afrontar cualquier crisis con fe y amor? ¿Nuestra fe es tan débil que pensamos que el maestro nos abandonará alguna vez? ¿Cómo podemos hacernos fuertes para soportar el dolor y aceptar lo que suceda como la voluntad del Señor? Primero y ante todo, debemos creer que el maestro siempre está con su discípulo. En los momentos más dolorosos de la vida, él ofrece a cada discípulo la gracia de la fuerza interior. Si realmente lo buscamos para obtener apoyo, entonces nos volvemos receptivos a su gracia. Podemos recordar el famoso poema anónimo Huellas, en el que la voz del Señor se expresa cuando el discípulo cree sentirse abandonado: “Mi queridísimo hijo, nunca te dejé durante tus pruebas y sufrimientos; cuando viste solo un par de huellas en el camino, fue entonces cuando te estaba llevando en brazos”.
En cada momento, él está con nosotros y cuidando de nosotros. No cambiará nuestro destino, pero está allí para darnos todo el apoyo y la fuerza que necesitamos. Siempre debemos pensar positivamente. Los pensamientos positivos no se basan en esperanzas vagas, sino en una fe profunda en las manos protectoras de Dios. Hazur Maharaj Ji nos anima a hacer nuestra meditación, y esta meditación nos ayuda a aceptar, nos ayuda a apreciar lo que enfrentamos. En Perspectivas espirituales, vol. III, leemos:
Intentamos vivir en su voluntad. Intentamos no transigir con los principios. Intentamos dar todo el tiempo a la meditación. Intentamos moldear nuestra vida de acuerdo con la forma de vida de Sant Mat. Así que intentamos vivir en la voluntad del maestro. Eso nos ayuda.
En esencia, la meditación es la verdadera oración, la oración silenciosa, que agrada al maestro. Nos entrenamos para aceptar, soltar y liberarnos, y permitir que los desafíos de la vida cumplan su propósito; y nos acerquen más a él. El escritor Paulo Coelho expresa acertadamente la actitud que debemos adoptar en esos momentos en el libro Aleph. Él dice:
Oh Dios, te reconozco en las pruebas que estoy pasando. Permite, oh Dios, que tu satisfacción sea mi satisfacción. Que yo sea tu alegría, esa alegría que un padre siente por un hijo. Y que yo me acuerde de ti con tranquilidad y determinación, incluso cuando sea difícil decir que te amo.
El discípulo que acepta todo en la vida, sabiendo que viene del maestro, no se preocupa, no se queja, sino que vive feliz en su voluntad. No queda nada más que desear. De esta manera, se satisface la sed del alma, recordamos la raíz profunda de nuestro ser, cumplimos el verdadero propósito de la vida y, finalmente, nos hacemos merecedores de recibir su herencia espiritual.