Abrir el corazón al amor
A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición.
San Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor
En los textos espirituales encontramos muchas veces la palabra corazón. Hablan de la pureza del corazón, de la oración del corazón, de la atención del corazón, etc. Y Soami Ji nos explica en el Sar bachan prosa, que cuando escuchamos las palabras o enseñanzas de un maestro espiritual, generalmente en satsang, nos parece fácil entenderlas, pero en realidad si las comprendemos solo con la mente y no permitimos que el mensaje entre en nuestro corazón, esas enseñanzas se desvanecen sin dejar ninguna huella en nosotros. Él dice exactamente:
Es fácil escuchar y comprender; pero si escuchamos y comprendemos solo superficialmente, y no dejamos que entre en el corazón, no servirá para nada. Si entra en nuestros corazones, se reflejará también en nuestra conducta. Es una ley que lo que tenemos en el interior se refleja en el exterior.
Soami Ji, en esta cita, se refiere a la comprensión superficial, a lo que entendemos con el intelecto y que sin embargo no interiorizamos realmente. Y nos explica que mantenerse en ese nivel, impide que lo que escuchamos entre en nuestra consciencia y se manifieste en nuestras acciones y forma de ser. Y así es, porque podemos escuchar buenas palabras, discursos bonitos o leer textos espirituales que nos emocionan, pero esa emoción poco a poco se va desvaneciendo…, mientras que si ponemos en práctica lo que escuchamos o leemos, estamos contribuyendo a que haya un cambio en nosotros, estamos ayudándonos a ser más receptivos y, por tanto, a mejorar nuestra conducta. En el Evangelio de San Mateo (7:24) leemos:
Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, será como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca…”.
Con buen criterio, los santos no nos dicen que no debamos usar el intelecto, sino que lo deberíamos usar para garantizarnos nuestra mejor toma de decisiones, evaluando prudentemente las acciones que realizamos en la vida. Necesitamos, pues, no solo escuchar, sino abrir nuestro corazón, o sea, ir más allá del intelecto. Sin embargo, la mayoría de nosotros hemos ido muy lejos en el valor que le damos a la mente, hasta el punto de que confundimos información y conocimiento con experiencia. Es más, incluso nos hemos contentado y afianzado tanto con nuestras ideas y teorías, que estamos insensibilizados a la necesidad de la experiencia.
En realidad, sabemos poco o nada, aunque hablamos sin cesar creyendo que lo sabemos todo. Defendemos nuestras opiniones y teorías como si fueran ciencia demostrada, aunque es obvio que más información no significa necesariamente saber de verdad. La sabiduría es un grado más elevado que el conocimiento ordinario, algo más profundo: es la capacidad de utilizar lo que sabemos con un propósito moral que nos conduzca a la experiencia del Verbo divino, y solo podemos lograrla cuando las ideas que nos inspiran e iluminan se convierten en una dimensión vivida e interiorizada. Particularmente en la espiritualidad, solo la experiencia personal puede ofrecernos un apoyo sólido y verdadero. En el libro Sant Mat esencial, leemos:
Solamente a través de la experiencia, a través de la práctica de la meditación, es como aprenderemos a afrontar los inevitables altibajos en nuestra ‘relación con el camino’.
Porque de eso trata el camino espiritual: de comprender que no lo viviremos siempre con un ánimo estable e invariable. Los cambios estarán presentes a cada momento. Sin duda alguna las circunstancias del día a día son cambiantes y nos afectarán, y esas circunstancias harán que nuestro ánimo fluctúe. Pero a pesar de que a menudo la vida nos pone en situaciones difíciles, tenemos que demostrar que este sendero para nosotros es algo más que una filosofía esperanzadora que un día nos cautivó… Es realmente nuestro apoyo fundamental en el vaivén de nuestros karmas.
Un axioma de los maestros es que nuestra existencia está gobernada por la ley del karma, de la acción y la reacción, el principio de “lo que siembres, cosecharás”. Y eso nos hace comprender que el mundo físico funciona por causa y efecto. Si plantamos la semilla de una flor y las condiciones son las correctas, esa flor crecerá y florecerá. Pero si no la plantamos o las condiciones no son favorables, no crecerá.
Igualmente, podemos prolongar nuestra participación en la cadena de causa y efecto reaccionando irreflexivamente ante los acontecimientos y, por tanto, seguir tomando malas decisiones… o podemos reflexionar y evaluar la consecuencia de nuestros actos amparándonos en las enseñanzas del maestro, sobre todo en la práctica de la meditación, para mantenernos interiorizados ante la incertidumbre y el sufrimiento que tenemos que afrontar. En el libro Sant Mat esencial seguimos leyendo:
… Es solo al dedicarnos a la práctica regular de la meditación diaria, a pesar de nuestras ocupadas vidas o difíciles circunstancias, cuando apreciamos el valor de leer literatura espiritual y escuchar satsang. Y al mismo tiempo comprendemos que las actividades externas, por muy útiles que sean, nunca pueden ser un sustituto de la meditación.
Sí, inconscientemente algunas veces podemos pensar que con la lectura de un texto espiritual, escuchando satsang o haciendo seva externo se puede sustituir la meditación; nuestra confusa mente puede decirnos que ya estamos cumpliendo con las enseñanzas…, pero no debemos engañarnos, pues nada sustituye a la meditación y es solo cuando la practicamos diariamente cuando diferenciamos la ayuda que recibimos de ella. Recordemos que todo lo que pertenece al mundo exterior se quedará en el mundo, o sea, desaparecerá; mientras que los logros interiores serán nuestro verdadero legado, no solo ahora sino también en la eternidad.
Lo principal en la espiritualidad es ir más allá de la mente y abrir el corazón a la sabiduría y al amor de un maestro realizado en el Shabad. Y eso se logra practicando todas sus enseñanzas: todas, ¡sin excepción alguna! Porque ¿qué es lo que caracteriza a un maestro verdadero? Lo que le caracteriza es su experiencia en el Shabad; esa es la fuerza que concreta y define su amor a Dios. Y cuando hablamos de este sendero, hablamos de “espiritualidad” en el sentido de realizar todas aquellas acciones dirigidas a priorizar el alma, que son las que nos otorgan la suficiente receptividad como para poder percibir el amor del Señor en nuestro interior, entendiendo que la mente es un poder inferior supeditado al alma y no al revés. Soami Ji afirma en el Sar bachan prosa:
Este es el sendero del amor, no del intelecto. ¿Y cómo puede el amor crecer sin el satsang?
Estamos ante un sendero de amor con mayúsculas, un sendero que nos lleva a la experiencia divina interior. Por eso, Soami Ji nos explica que sin la asociación con la Verdad, sin el satsang, no podremos desarrollar un amor más elevado del que nos ofrece la compañía del mundo. El amor espiritual es difícil de alcanzar sin la ayuda de los santos, ellos nos proponen aprender a romper los límites que nos impone la mente y a amar al maestro sin reservas y de forma incondicional a través de la experiencia espiritual.
Y tal como decía Soami Ji, ese aprendizaje se obtiene en el satsang de los santos. El satsang es nuestra escuela de amor. En él comprendemos que la verdadera dimensión del amor de los santos la obtendremos espiritualizando nuestra vida, y alejándonos del descontrol de la mente. Es cuando nos llega al corazón el amor de los santos hacia Dios, cuando deseamos romper nuestra pequeña y limitada forma de amar para acercarnos a la suya. En el libro Muere para vivir, Hazur Maharaj Ji nos dice:
El satsang te ayuda a permanecer humilde y a no convertirte en rival del Señor”. (…) el satsang te ayuda a permanecer en su voluntad, que es la verdadera humildad y mansedumbre. Te ayuda a atesorar toda la gracia del Padre que hay dentro de ti.
Hazur Maharaj Ji nos alerta del peligro de ser rivales del Señor, porque en muchas ocasiones de manera inconsciente lo somos: la mente crea sus propias interpretaciones y argumentos incluso para vivir el sendero, y de esta forma nos alejamos de él…, y además lo malo es que lo hacemos de manera imperceptible. Como buscadores espirituales estamos todavía dentro de los límites de la mente, por eso el satsang es tan necesario. Escuchando y asimilando los consejos de los maestros dejamos de dar vueltas en el círculo de nuestros conceptos e ilusiones, que nos alejan de la verdadera devoción, y en su lugar nos esforzamos en la práctica de las enseñanzas.
El satsang, pues, es una buena escuela para la mente. En él aprendemos mansedumbre, humildad… Actitudes que en el mundo no son muy apreciadas, lo sabemos, pero en la espiritualidad son necesarias para abandonar esos hábitos tan arraigados que tenemos de analizar y cuestionarlo todo; solo de esta manera será posible atesorar la gracia de Dios que la mente nos impide percibir. Como leemos en el libro Una llamada al despertar:
Mentes limitadas, ¿somos eso? ¿Tergiversamos e incorporamos nuestros propios conceptos, nuestras interpretaciones erróneas a las enseñanzas de los santos? El problema está en que nuestras concepciones son parciales, fragmentarias. Concebimos el mundo desde la perspectiva limitada de nuestro propio egocéntrico punto de vista.
En este mismo libro, encontramos una analogía que refleja claramente esa subjetividad. Dice así: “Si se pide a tres personas con los ojos vendados que toquen un elefante y que describan qué es, el que toque la trompa dirá que es una manguera; el que toque la pata dirá que es el tronco de un árbol; otro tocará la cola y dirá que es una cuerda… Cada uno está en contacto solo con una parte del elefante”.
Como vemos, estamos limitados en nuestra visión de las cosas, por el contrario, la perspectiva de un santo proviene de la totalidad, es objetiva en el sentido más amplio de la palabra. Nosotros, sin embargo, somos como alguien con los ojos vendados que solo está en contacto con una parte del todo, y que en función de su limitada perspectiva comprende las cosas de distintas maneras. El problema es que insistimos en que nuestra verdad parcial es “la única”, y como la persona con los ojos vendados que se aferra a la trompa del elefante, sostenemos, por ejemplo, que un elefante es sin duda una manguera de jardín.
Este ejemplo tan sencillo es útil para demostrarnos como buscadores espirituales la necesidad de un maestro realizado en el Shabad. Necesitamos su sabiduría y además su guía para conectar con el alma, esa esencia divina en nuestro interior que puede darnos a conocer la exquisitez del Shabad, ese dulce sonido interior que nos llevará a unirnos con el Padre.
Escuchar con el corazón, implica nuestro mejor y más profundo sentimiento de amor al maestro, es decir, permitir que las enseñanzas nos transformen para que afecten nuestra manera de vivir. Como se desprende de lo que decía Soami Ji, sin esta conexión con el corazón (es decir con nuestra dimensión más humana), las enseñanzas se evaporan. Se quedan como ideas abstractas, aspiraciones en la memoria…, pero no generan cambios internos y prácticos, es decir, no nos transforman. En el Sar bachan prosa, leemos:
“… los satsanguis deben ser siempre muy perspicaces y, por regla general, juiciosos en todo momento, porque siempre están bajo la guía del satgurú. De hecho, sin mantener siempre al satgurú en el corazón, el discernimiento no es posible; es decir, sin un protector –la mente, (…)– se interpondrá en el camino del discernimiento correcto.
Por tanto, si tenemos ya la protección del maestro, nos corresponde ser perspicaces y mantener siempre presente en nuestra mente el Shabad y al satgurú. Nunca deberíamos olvidar esto. ¿Y cómo los mantenemos en nuestro corazón? ¿Como estamos protegidos pase lo que pase? Hazur Maharaj Ji da una bella respuesta en Perspectivas espirituales, vol. II. Él empieza preguntándonos:
¿Qué es la meditación? Es llamar a la puerta pidiendo la gracia del Señor para que podamos ser capaces de vivir en su amor y devoción, y que nuestra mente no se dirija hacia nada de la creación, sino solamente hacia el Señor. La meditación nos inclina hacia él, nos atrae hacia él, y si él está siempre con nosotros y se refleja en todos nuestros actos, eso es meditación.
Habiéndonos referido, a lo largo de estas líneas, a “la dimensión del corazón”, no podemos pasar por alto que esta dimensión, en un sendero de meditación, está ligada a la devoción. Practicamos la meditación, es decir, repetimos el simran por amor al maestro, y, en realidad, esa es nuestra fuerza transformadora. Porque la devoción o bhakti es la energía que nos permite abrir el corazón y vivir las enseñanzas. La devoción despierta la receptividad del corazón y permite que el amor al maestro se arraigue profundamente en nuestro ser. Por lo tanto, no se trata solo de repetir las palabras del simran como un loro, sino de repetirlas con atención consciente, con devoción, con humildad y paciencia.
Muy a menudo, cuando realizamos algo, nos desespera no ver resultados enseguida, pero en la espiritualidad las cosas son diferentes al parecer de la mente. Aquí solo se trata de dar nuestro amor y confianza al maestro sin esperar recibir nada a cambio, y esa confianza se verá recompensada con creces.
La espiritualidad requiere paciencia. Desarrollemos este aspecto en la siguiente analogía sobre el aprendizaje de la lectura de una niña: Al principio, después de aprender el abecedario, normalmente el profesor le da un papel con unas frases y le pide que lo lea. Ella al ver el papel escrito no entiende nada y se desalienta, pero recuerda que su profesor se lo pidió…, así que lo intenta de nuevo.
Al ver el esfuerzo de la niña, el profesor la anima continuamente, la guía de letra en letra…, pero no le lee el texto entero, sino que deja que la niña más adelante lo lea por sí misma. Así, poco a poco, ella empieza a reconocer las letras, las palabras, luego las frases, y al final con gran alegría logra leer sola. Es entonces cuando comprende que lo importante no era entender ese papel que el maestro le dio, sino aprender a leerlo todo. Y gracias a su esfuerzo, a su obediencia, pero sobre todo a la sabiduría del profesor, descubre un mundo nuevo, se abre a una comprensión mucho mayor.
Igualmente, aunque no comprendamos el efecto de nuestra práctica espiritual, debemos hacerla a diario, porque el maestro nos lo ha pedido. Él es ese sabio maestro que nos llevará a descubrir un mundo nuevo: el mundo del espíritu, y aunque ahora la práctica nos pueda parecer incluso sin sentido, cada meditación lleva a cabo de manera inevitable nuestra transformación: justamente nos lleva a experimentar nuestro ser verdadero.
Hoy por hoy, no entendemos las cualidades espirituales de los nombres que repetimos en la práctica, ni tampoco la dimensión eterna de este pequeño sonido fragmentado que escuchamos, pero si seguimos con confianza y constancia, llegaremos a la meta que el maestro nos ha explicado en la iniciación: unirnos de nuevo con el Padre.
Por lo tanto, lo esencial no es entender con la mente la espiritualidad, sino abrir nuestro corazón para que el alma pueda ser una parte consciente de nuestro ser, porque como dice una frase del libro El principito: “He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.
La espiritualidad requiere que nos volvamos más humildes en nuestro enfoque de la vida, al igual que un niño cuando está aprendiendo a escribir. El niño sencillamente aprende, practica lo que le enseñan de manera natural. Y la meditación poco a poco aquieta nuestra mente, despierta el alma, y hace que lo esencial, el amor al maestro y a Dios, sean visibles en todos los actos de nuestra vida.