La semilla de la iniciación
Todo el orgullo de un maestro son los alumnos, la germinación de las semillas sembradas.
Dmitri Mendeléyev (https://citas.in/autores/dmitri-mendeleyev/)
En la parábola del sembrador, según el evangelio de San Mateo (13,3-8), Jesús narra a la multitud que se encuentra reunida a su alrededor:
He aquí, que un sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de las semillas cayeron junto al camino; y vinieron las aves y se las comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenían mucha tierra; y brotaron pronto, porque no tenían profundidad de tierra. Pero salido el sol, se agostaron; y por no tener raíz se secaron. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y las ahogaron. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dieron fruto, una ciento, otra sesenta y otra treinta por uno.
El significado de esta parábola es que un místico o un verdadero salvador siembra la semilla de la iniciación –el bautismo en la tradición cristiana– en el corazón espiritual del discípulo.
La semilla es la misma, la iniciación es la misma, es decir el Señor no hace diferencias, nos da la riqueza espiritual en la misma medida a todos, sin embargo, la tierra donde cae la semilla es diferente.
La tierra se refiere al destino, a los karmas individuales de cada persona, que determinan cómo es el crecimiento de esa semilla. Significando esto que las semillas que caen en el camino representan a quienes no escuchan ni reciben la Palabra de Dios (se distraen, la mente la roba, están en otras cosas). Las que caen en pedregales simbolizan a quienes reciben la Palabra con entusiasmo, pero su fe es superficial y no perseveran (hay entusiasmo, pero sin profundidad). Las semillas que caen entre espinos muestran a quienes se dejan dominar por preocupaciones, riquezas o deseos, impidiendo que la Palabra dé fruto: el mundo, los apegos y las dudas la ahogan. Finalmente, las semillas que caen en buena tierra representan a quienes escuchan, aceptan y viven según la Palabra, produciendo frutos positivos en su vida.
Esta parábola es una invitación a hacernos reflexionar. Nos recuerda que la vida humana es un regalo sagrado, y con la iniciación tenemos una oportunidad única para descubrir quiénes somos realmente y a quién pertenecemos. Independientemente de la tierra en la que haya caído la semilla, lo que nos incumbe como discípulos es el buen uso o aprovechamiento que hacemos de esa semilla, es decir de la iniciación en el Shabad que el Señor nos ha otorgado.
Desarrollemos con más detalle, el simbolismo de esta parábola:
En un sentido profundo, no deberíamos entender que la iniciación que concede un maestro implica una discriminación entre los seres humanos, donde unos son seleccionados y otros rechazados. No es eso. Dios es amor, como lo es el mensaje y enseñanzas que imparten sus mensajeros, los maestros espirituales. Por tanto, como buen padre, Dios jamás haría estas distinciones. El amor es nuestra verdadera esencia, está en nuestro interior y, potencialmente, es el mismo en todos los seres humanos. En el libro Mi sumisión, leemos:
Dios es amor y nuestra alma es una chispa de la divinidad. Por lo tanto, el amor está presente en todos nosotros…
De hecho, no solo la iniciación; la forma humana es la materialización del amor, la bondad y la compasión de nuestro Padre que, al otorgárnosla siendo una forma de vida superior al resto de los seres de la creación, nos concede la posibilidad de volver a unirnos nuevamente con él, de quien todos provenimos. Hazur Maharaj Ji dice en Perspectivas espirituales, vol. I:
La oportunidad de regresar al Padre se les da solo a los humanos. A esta forma humana se la conoce como la cima de la creación. A menos que estemos en un cuerpo humano, no podemos progresar para volver al Padre. Tenemos que venir como humanos antes de que podamos llegar a ser uno con Dios. Desde aquí, podemos alcanzar la cima.
Así que todos nacemos inmensamente ricos (la riqueza es la forma humana). Y esto representa que hemos recibido algo muy valioso: una forma de vida que debemos hacer que sea fructífera; no debemos malgastarla ni entregarla cuando llegue la muerte, sin haber hecho nada provechoso respecto a nuestra relación con el Creador. Debemos invertir nuestra vida en esa relación divina. Por eso, los místicos nos explican que el Señor espera que le correspondamos haciendo algo significativo, no viviendo solo para el mundo, no existiendo meramente como lo hacen los demás seres de la creación, sino viviendo de forma que Dios sea importante para nosotros.
Los maestros nos explican que nos preocupamos mucho por las relaciones y personas de este mundo, especialmente por nuestros familiares. Sin embargo, estas son relaciones de una sola vida, mientras que al Creador –con quien mantenemos una relación desde el inicio de nuestra existencia– ¡apenas lo recordamos! Realmente, según los místicos, malgastar nuestra riqueza significa olvidarle, pues esto provocará que sigamos envueltos en el apego a la creación, volviendo repetidamente al mundo. En cambio, tenerle presente en la vida, dedicándole nuestro tiempo y atención, significa el inicio de nuestra liberación. En el libro El sendero, leemos:
Los santos, (…) afirman con gran énfasis que no debemos desperdiciar esta maravillosa oportunidad de tener un cuerpo humano. La familia y los hijos, y comer y beber los hemos tenido en todas nuestras vidas. Lo único que no tuvimos fue la oportunidad de practicar la devoción al Señor. Este es el único propósito de la vida humana. Este es nuestro verdadero trabajo.
Sabemos que muchas veces le pedimos al maestro que nos dé sus bendiciones, su prashad; una petición que carece de sentido, porque ¿qué más prashad podríamos querer? Esta forma humana es prashad; cada respiración es prashad. Todo es pura bendición, y deberíamos atesorar cada segundo de esta vida, viviéndola para hacer real la relación con nuestro Padre.
Así, como vemos, esa es la gracia, el regalo, el gran don del Dador hacia nosotros: esta vida humana, que representa una posibilidad real de volver a él. Ahora bien, como explica Hazur Maharaj Ji en Perspectivas espirituales, vol. I:
… es imprescindible que la semilla de la iniciación sea plantada por el místico vivo del tiempo.
Es imprescindible, porque a partir de ahí llegará el compromiso de cada persona para comenzar a dar pasos hacia Dios. Pues, aunque potencialmente todos los seres humanos tenemos la capacidad para desarrollar nuestra divinidad, no todos sentimos la necesidad. Por eso, cuando alguien le pregunta al maestro directamente si debe solicitar la iniciación y seguir este sendero, la respuesta siempre gira en torno a que se debe sentir la necesidad, y entonces todo se pone en su lugar.
En efecto, esa necesidad debe existir, y cuando surge, las circunstancias de nuestra vida nos conducen a un punto de inflexión desde el cual comprendemos la importancia de cambiar, de vivir centrados en la realización de nuestra esencia verdadera. Vemos la importancia de comprendernos a nosotros mismos; comprender el drama de la existencia, acabar con él y aspirar a la vida de paz y eternidad que alcanzamos con la realización espiritual. Entonces somos capaces de comprometernos con las exigencias y requisitos del sendero espiritual.
Hasta aquí nos hemos referido a la forma humana y a la iniciación como símbolo de esa semilla a la que alude la parábola del sembrador. A continuación, trataremos el significado de la tierra donde cae la semilla:
No es azar ni casualidad que una semilla caiga en una tierra infértil o fértil. ¡No es azar! Es enseñanza: es poner ante nosotros la importancia que tiene el destino y el karma, y nuestra parte de responsabilidad en él. Hazur Maharaj Ji dice en Perspectivas espirituales, vol. I:
El destino es algo con lo que nacemos y que tenemos que afrontar durante nuestra vida. Lo llamamos hado o karma pralabdh que son otros nombres para la palabra destino (…) Estamos viviendo el destino que creamos en el pasado, y al mismo tiempo estamos creando nuestro destino para el próximo nacimiento.
Es en el plano exterior donde se hacen evidentes las diferencias, lo cual se explica por el karma. Según la naturaleza de nuestras acciones, así se manifiestan sus resultados. Desde que hemos llegado a esta creación, hemos llevado a cabo actos que, a lo largo de muchas vidas, han generado un saldo de deudas que nos atan a la existencia. Estas deudas se interponen como obstáculos entre el alma y el Creador, y por el peso de esos karmas nos vemos obligados a regresar repetidamente a esta creación, de acuerdo con la ley de la reencarnación.
Dicho esto, podemos comprender que las circunstancias de nuestra vida, determinadas por nuestros karmas, influyen en la manera en que vivimos el sendero espiritual. No obstante, no podemos apartarlas, pues son el resultado de nuestros pensamientos y acciones en vidas pasadas, de las cuales somos plenamente responsables.
Cada uno construye su propio destino y recibe los frutos de lo que ha sembrado. Nuestro presente no es más que la consecuencia de lo que hicimos en el pasado. Pero ahí está el amor del Padre; su compasión sin excepción. Su llamada de regreso, su gracia y su mano tendida, que nos ofrece la oportunidad de liberarnos, sin importar cuán profundamente estemos enredados en las consecuencias de nuestro propio karma ni atrapados en las cadenas que nosotros mismos hemos forjado. Hazur Maharaj Ji dice en Perspectivas espirituales, vol. III:
Eliminar los karmas que se interponen entre nosotros y el Padre es su perdón. Cuando él quiere perdonarnos, nos pone en el sendero. Nos lleva a la compañía de los místicos. Nos da el ambiente donde podemos meditar. Así es como él nos perdona.
En efecto, el Padre nos atrae generando su propio amor en nosotros por medio de sus hijos, los místicos. Y los místicos nos ponen en contacto con el Shabad o Nam interior, mediante el cual eliminan nuestros apegos a esta creación y nos unen al Padre. Ellos no necesitan nuestro amor. Solo hacen que nuestro amor y fe se fortalezcan de tal modo, que podamos apegarnos al Shabad o Nam interior.
Nosotros tenemos que seguir sus consejos, seguir sus pasos y sus enseñanzas, y al practicar la meditación, podremos retirarnos de los sentidos y así unirnos a la divina melodía, Shabad o Nam interior.
En este sentido en el libro Sant Mat esencial, leemos:
La iniciación nos proporciona el método, la técnica de la meditación, para “ir al interior” y establecer contacto con el Shabad. Nuestro progreso hacia esta meta después de la iniciación depende de cuánto esfuerzo pongamos en seguir las instrucciones del maestro.
Esto nos lleva al punto de que, aunque nuestro destino determina las condiciones en las que nos encontramos en la vida, el valor del esfuerzo siempre tiene como resultado un anhelo espiritual más profundo. También nos ofrece la fuerza interior necesaria para sobrellevar las circunstancias de nuestro destino, contribuyendo así a nuestro crecimiento espiritual.
No importa si vemos resultados o no en la meditación, lo que nos aconseja el maestro es meditar durante el tiempo establecido, sin dejarlo de hacer nunca. Desde nuestro punto de vista, en nuestra situación, no podemos saber la dimensión del karma que nos separa de nuestro destino final, por lo tanto, como aconsejan los místicos, lo más positivo es centrarse en el esfuerzo, tener un enfoque positivo siempre, y sin importar las dificultades enfocarnos en ser responsables y dedicados. ¡Entonces todo irá bien!
Por eso, los maestros nos explican que todo el mundo tiene una clase individual de carga de la que liberarse, una clase individual de karma que eliminar. Después de iniciarse, algunos pueden eliminarla en una vida, otros en dos, otros en tres, y otros eliminan toda esa carga en las regiones interiores.
Esto es lo que a través de la parábola del sembrador se explica también. Como argumenta en Luz sobre San Mateo Hazur Maharaj Ji, lo importante es que, al final, incluso aquellas personas que no estaban preparadas, pero en quienes la semilla se sembró, también regresarán al Padre; aunque puede que tengan que volver nuevamente al mundo antes de lograrlo.
Dondequiera que caiga la semilla, finalmente tendrá que brotar. Deberá dar fruto. Cualquier alma que haya sido iniciada, al final regresará al Padre.
Los maestros nos aconsejan que nunca debemos pensar que la semilla germina por nuestro esfuerzo personal, sino que crece únicamente por su gracia. Maharaj Ji dice en Muere para vivir:
Pensamos que somos nosotros los que amamos, pero, en realidad, es el Señor el que crea el amor en nosotros.
Si él planta la semilla, también provee la luz, el agua, el abono… Nosotros solo debemos mantenernos atentos, cuidar el terreno y proteger esa semilla de todas las posibles distracciones, permaneciendo atentos y vigilantes. Esto lo logramos cumpliendo con la meditación y viviendo conforme al modo de vida de Sant Mat.
Sin su gracia no vamos a ninguna parte, pero nuestro esfuerzo es la pequeña, pero indispensable, tarea que él nos ha dejado para que seamos conscientes y no nos perdamos la experiencia de crecer en su amor.
El maestro explica que la meditación es como regar la semilla. Meditar sencillamente es permitir que ese amor que tenemos en nuestro interior, pero que nuestros karmas ahogan, se manifieste. Cuando meditamos, el amor que estaba dormido empieza a despertar, a aflorar, como el fuego que disuelve el hielo. Vivir el camino espiritual, vivir las enseñanzas, es darle las condiciones para crecer.
No hay ningún esfuerzo perdido en el sendero. Todo cuenta, cada intento, cada ronda de simran, cada momento en que decidimos mirar hacia dentro y recordar nuestro propósito en esta vida humana. Todo forma parte de esa gran siembra divina. Incluso cuando no comprendemos que cada semilla tiene su propio tiempo de maduración, el proceso no se detiene. El maestro interior nunca nos abandona; nos guía con paciencia, como el sol que no deja de brillar, aunque el cielo esté nublado. Y eso debe darnos la certeza de que el regreso al Padre es inevitable, porque el que es amor, cumple siempre su promesa.
No hay otro futuro que ese regreso. Todas las semillas –las que germinan rápido y las que tardan– tienen el mismo destino: dar fruto. Porque esa semilla nació del amor del Padre, se plantó en cada uno de nosotros por el amor del maestro y a él volverá. Nuestra tarea es sencilla pero profunda: cuidar esa semilla, confiar en su poder y permitir que el amor haga su trabajo.