El ahora nos ata al futuro
No juzguéis, y no seréis juzgados;
no condenéis, y no seréis condenados;
perdonad, y seréis perdonados.
Dad, y se os dará…
Porque con la misma medida con que midáis,
se os medirá a vosotros.
La Biblia. Lucas 6:37-38
Todos los místicos están de acuerdo, independientemente de la manera en que las diferentes culturas la describan, en que la realidad fundamental de la vida es el espíritu. Nuestra esencia es el espíritu, no el cuerpo físico ni el mental. El alma o espíritu es la naturaleza real de lo que consideramos como el “yo”. Los místicos ponen de relieve nuestra común confusión señalando que somos seres espirituales que están pasando por una experiencia humana, y no (como frecuentemente pensamos de nosotros mismos) seres humanos que buscan una experiencia espiritual. Todo el que entre en contacto con su esencia espiritual (el Verbo o Shabad, vivificante en su interior), será de manera natural conducido a su origen, más allá de las limitaciones de tiempo y espacio.
Esta es, pues, la meta de nuestro viaje. Pero encontramos obstáculos porque experimentamos la vida por medio de nuestros sentidos y, generalmente, no nos damos cuenta de lo que somos. Lo mismo que un niño tiene dificultades para aceptar que la atmósfera vibra con las ondas de radio, así también nuestra inmadurez espiritual nos oculta nuestro potencial divino. Los santos nos dicen que mientras permanezcamos atareados en el mundo que nos rodea, continuaremos siendo limitados: seducidos y engañados al pensar que solamente el mundo físico es real. Nos imaginamos que podemos saberlo todo con el intelecto. Como Job en la Biblia, presumimos de tener el control, cuando tan solo estamos entendiendo palabras y conceptos. Fue para que cambiara este punto de vista, que Dios se dirigió a Job “desde el seno de la tempestad”, pidiéndole que reflexionara acerca de su arrogancia, En el Libro de Job, 38:2,4, leemos:
¿Quién es este que oscurece el consejo con palabras sin sentido? (…) ¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ¡Dímelo, si de verdad sabes tanto!
El gran físico, Albert Einstein, habló acerca de la manera en que nuestro “entendimiento” es distorsionado:
Un ser humano es una parte del todo que llamamos “universo”, una parte limitada en el tiempo y el espacio. Percibe sus pensamientos y sentimientos como algo separado del resto: una especie de ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una especie de cárcel que nos restringe a tener afectos y deseos personales únicamente hacia algunas de las personas más cercanas a nosotros. Nuestra tarea debe ser liberarnos de esta cárcel ensanchando nuestro círculo de empatía hasta que abrace a todas las criaturas vivientes y a toda la naturaleza con su hermosura.
Para “librarnos” necesitamos “ensanchar nuestro círculo de compasión” y así reconocer que somos seres espirituales: gotas de ese único océano que es Dios. Para esto los santos nos dan guía específica. Nos enseñan una técnica que finalmente nos capacitará para abrazar no solamente a “la naturaleza”, sino a toda la creación y al Creador. Se nos enseña la manera de retirar del mundo nuestra atención para concentrarla de tal modo que nos desprendamos de las distorsiones del cuerpo y de la mente. Pero los santos nos dicen también que esto no es sencillo: hay un obstáculo, y este es la ley del karma o causa y efecto. Esta ley es la fuerza que hace funcionar a la creación. Debido a ella, nunca podremos conocer al espíritu puro fuera de la materia (ni separar nuestra alma del mundo), hasta que hayamos saldado la cuenta de nuestra vida.
¿En qué consiste esta cuenta? Es el registro de todo lo que alguna vez hayamos pensado o hecho desde que nuestra alma dejó su origen para quedar encerrada en una mente y un cuerpo. Este registro nos ata a la creación, ya que tenemos que permanecer en la creación, mudándonos de vida a vida, para responder de todo lo que hayamos hecho. La libertad consiste en saldar esta cuenta del pasado y no incurrir en nuevas deudas. Cuando hayamos entendido que eso que hacemos ahora nos ata para el futuro, entonces tendremos una base práctica para un código moral que nos guíe en cuanto a saber lo que debemos o no debemos hacer para ser libres. Por tanto, aplicar nuestro conocimiento de la ley de causa y efecto a nuestras vidas diarias, y vivir conscientemente de manera que siempre nos percatemos de las consecuencias de lo que hagamos, es nuestro modo de ponernos en forma para nuestro viaje hacia Dios.
El ineludible principio de compensación o karma es reconocido por todas las grandes religiones y sabia literatura de todo el mundo. Aun cuando el alcance de la ley es muy amplio, su aplicación es muy sencilla: damos lo que recibimos y recibimos lo que damos. Como en la creación no existe nada sin algún grado de acción, toda vida se halla eternamente presa en la telaraña de su ajuste de cuentas, compensándose permanentemente. A lo largo del vasto espacio de la creación, la ley mantiene un perfecto registro de lo que se da y se toma. Ninguna cuenta queda nunca saldada. Por mucho que el péndulo oscile en una dirección, oscilará en el mismo grado hacia la otra. De este modo, todos estamos encarcelados: limitados al reino de materia y mente. Y mientras seamos víctimas de esta dualidad, no podremos conocer la perfección y la delicia de la unidad espiritual. Como se afirma en las enseñanzas judías Ética de los Padres:
Todo es un préstamo dado junto a una garantía, y encima de todo ser vivo hay una red tendida para que nadie se escape dejando de pagar. La tienda está abierta; el tendero otorga crédito; el libro mayor está abierto y la mano realiza apuntes. Todo el que desee pedir prestado puede venir a tomar en préstamo; pero los cobradores hacen diariamente sus rondas y exigen el pago exacto, sea o no sea uno consciente de ello. Se basan en un registro infalible, y el juicio es un juicio de verdad.
Fundamentalmente, es esta la única ley que mueve la creación. Por medio del principio de los opuestos, de las acciones y las reacciones, esta ley universal genera la fuerza que produce esa multitud de leyes naturales que gobiernan el universo físico visible: las leyes de la física, genética, equilibrio ambiental, y muchas más, mediante las cuales la ciencia moderna explica la vida. Esta ley de acción y reacción dirige también toda la actividad en los niveles más sutiles de la mente, que no pueden ser conocidos ni cuantificados por el intelecto. El sencillo principio de causa y efecto crea toda la diversidad. Marca la formidable línea divisoria entre la unicidad del espíritu y la complejidad de la mente y la materia.
La ley de compensación (de dar y tomar), es ineludible. Al contrario de lo que sucede con nuestras leyes del mundo, no podemos evitarla ni manipularla. Si nos proponemos ignorarla diciendo: “No es así como funciona la vida. No hay justicia; para qué pensar en bueno y malo”, aun así, las fuerzas de acción y reacción nos arrastrarán. Si, por el contrario, nos volvemos sensibles a su funcionamiento, entonces podremos trabajar con este principio de manera que nos lleve adonde queramos ir.
Vida honesta