¿Qué nos mueve a ir al satsang?
¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es
habitar los hermanos juntos en armonía!
(…) porque allí envía Jehová bendición,
y vida eterna.
Salmos 133:1,3
Cuando asistimos al satsang, reunión en la que se habla de las enseñanzas de los maestros, escuchamos cómo se da especial importancia al Shabad, Nam o espíritu como esencia del camino interior para el propósito de la unión con Dios. Esta es la idea general, pero a continuación reflexionaremos sobre nuestra motivación al asistir a él, así como del propósito profundo que hay detrás del satsang. Por eso surge la pregunta:
¿Qué nos mueve a ir al satsang una y otra vez, semana tras semana, escuchando básicamente los mismos principios de las enseñanzas de San Mat?
Más allá de las palabras, hay algo que nos impulsa a asistir con entusiasmo, dejando de lado toda sensación de monotonía, que cualquier persona externa pudiera notar, precisamente, por la repetición de las enseñanzas. ¿Por qué ese entusiasmo, esa alegría, esas ganas de estar en satsang? La respuesta es que en él sentimos, percibimos y encontramos a nuestro maestro espiritual. Como leemos en el Evangelio según San Mateo (18:20):
Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
El maestro espiritual es un ser humano que ha manifestado la verdad dentro de sí mismo, y como consecuencia, tal como leemos en Filosofía de los maestros, vol. I: “… irradia las corrientes de su mente, su corazón y su alma hacia el auditorio que atiende o escucha sus discursos”. Y ese hecho hace que “… las personas que entran en contacto con él estén dispuestas hacia la espiritualidad”.
El maestro espiritual se convierte para el discípulo en ese ser en quien encuentra apoyo interior para seguir la práctica de las enseñanzas, pues el desgaste y problemas que conlleva la vida pueden dificultar una dedicación regular; el acercamiento al maestro y a sus enseñanzas nos ayuda a fortalecer nuestros pasos en el camino interior y a llevar con más ligereza nuestras penas ya que tenemos algo más elevado en lo que enfocarnos.
Los seres humanos estamos hechos de tal modo que, sin un apoyo interior firme y estable, las situaciones y circunstancias cambiantes de la vida nos afectan, arrebatándonos la paz, el equilibrio y la alegría. Además, por naturaleza, sentimos que siempre nos falta algo. Pero no se trata de una carencia externa; más bien, es el vacío interior que surge al estar desconectados de nuestra fuente, de nuestro Creador, a quien realmente pertenecemos. Pero en el satsang el sentimiento de cercanía con el maestro atenúa ese vacío y sentimos alegría.
En el satsang se respira espiritualidad, que es lo que verdaderamente necesitamos para estar bien; es el maestro el que infunde espiritualidad. Y ese ambiente está en su satsang. Es como si en él sintiéramos la dicha anticipada, de lo que será la unión interior. Recordemos que “… en el satsang interior el alma establece contacto con el Shabad y va a las regiones superiores” (Filosofía de los maestros, vol. I). Eso es espiritualidad, elevar nuestra mirada del mundo y llevarla al interior, junto al maestro y al Padre.
Por eso, nosotros que estamos abrumados por el peso de la vida y nuestros problemas, cuando estamos cerca del maestro, en su satsang, sentimos que la carga se aligera. Estamos cansados de llevar el peso de los problemas de la vida; en un caso pueden abrumarnos las enfermedades o pueden ser los negocios y el trabajo, la educación y crianza de los hijos, tal vez asuntos más básicos, pero la cuestión es que mentalmente nos vamos cargando y al final nos sentimos agobiados por este peso. Jesús decía (Mateo 11:28-30):
Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas…
El descanso al que se refiere la cita anterior de Jesús, viene como resultado de ampararnos en el maestro, de confiar en él, comprendiendo que las cargas que afrontamos en nuestro destino son el pago justo a nuestras acciones del pasado –el cual es necesario para liberarnos–, pero con la confianza y apoyo que nos proporciona el maestro todo se vuelve más fácil y llevadero. Nada nos recarga tanto las pilas como ese ambiente: recibir su enseñanza, escucharla y obtener una fuerza renovada para continuar con nuestra práctica. Así, nuestra mente se aligera, pesa menos…
En Perspectivas espirituales, vol. III, leemos lo que un discípulo le expresó al maestro: “Creo que el Gran Maestro dijo que el satsang es el refugio de los afligidos”. Y Hazur Maharaj Ji le respondió:
Sí, es un ancla. Verás, si estamos en un barco, en medio de una tormenta y alcanzamos la orilla, nos sentimos muy aliviados. Todos estamos en la tormenta de nuestra mente, y cuando asistimos a los satsangs de los místicos nos damos cuenta de que podemos llegar a la orilla. ¡Qué aliviados nos sentimos! El satsang es una gran ancla…
… En él solo se habla del Señor (…). Y está pensado para influenciarnos mutuamente en la dirección correcta, para ser una fuente de apoyo y fortalecer nuestra fe para meditar en esa atmósfera. El satsang nos ayuda a crear el ambiente de la meditación y a vivir las enseñanzas.
Por tanto, en el satsang encontramos ese medio, al igual que en el seva, las lecturas y las buenas compañías, que Hazur Maharaj Ji denomina en el libro Muere para vivir “preparativos”, que fortalecen nuestro amor y devoción y despiertan en nosotros el deseo de meditar.
Podemos percibir y sentir la presencia del maestro en nuestro día a día, ¡claro que sí! Sin embargo, en el satsang, esta presencia se hace realidad de forma especialmente evidente. Toda la práctica que desde que estamos iniciados realizamos, toda la meditación que practicamos se ve reforzada y protegida en el satsang. El satsang nos ayuda a atesorar toda la gracia del Padre que hay en nuestro interior. Mientras más atesoremos y asimilemos interiormente la riqueza de la meditación, más gracia derramará él sobre nosotros.
En las reuniones de satsang y también en sesiones de preguntas y respuestas, la conexión y la relación con el maestro nos da un impulso muy especial. Estas reuniones nos ayudan a crear un vínculo íntimo con él, una cercanía, un sentido de amistad. Es un contacto con el maestro que en tanto que somos humanos nos ayuda a mantener una relación viva con él también en el exterior, se vuelve importante para nosotros y hace más real el camino que seguimos. Precisamente en la introducción del primer volumen de Perspectivas espirituales se habla de esto:
Siempre dispuesto a encontrarse con nosotros a nuestro nivel, animándonos a hacer preguntas y luego, con cariño, pero con firmeza, respondiéndonos de la manera más sencilla y realista, el maestro está siempre presente para sus discípulos. Su ilimitada bondad, amor y paciencia nos inspiran a hacer lo que es importante en la vida para que así podamos elevarnos y encontrarnos con él en nuestro interior”.
Es verdad que estar en compañía del maestro, hace que cada vez queramos verlo más, estar con él, y puede que incluso hayamos deseado mayor proximidad, como le comentaba un discípulo en Perspectivas espirituales, vol. II, a Hazur Maharaj Ji:
P. Muchas veces he tenido el deseo de tener una relación personal contigo, más de la que tengo viviendo en … (país). Yo sé que tú eres mi maestro, pero pareces estar tan lejos de mí en mi vida cotidiana, que siempre he querido poder hablar contigo en persona.
R. Hermano, cada satsangui tiene una relación personal con su propio maestro, y nunca está lejos de él. El maestro tampoco está lejos del discípulo. Nunca debemos sentir que nuestro maestro está en algún lugar lejano. Él es quien más cerca de nosotros está. Siempre está con nosotros.
Nuestra relación con el maestro es de amor y devoción, de meditación. No es una relación mundana; es una relación espiritual. Y cuanto más nos llenamos de amor y devoción por el maestro, más cerca nos sentimos de él. El maestro siempre está cerca de nosotros.
Sabemos que los maestros espirituales suelen señalar que las personas terminan pareciéndose a quienes las rodean. Cuando nos movemos en ambientes donde predominan conductas perjudiciales, es fácil acabar repitiéndolas. En cambio, el contacto frecuente con personas orientadas a la vida espiritual va moldeando nuestra forma de pensar y de actuar. En espacios como el satsang o el seva compartimos experiencias con otros discípulos que persiguen los mismos fines, comparten valores similares y sienten un profundo amor por el maestro. Esa convivencia resulta valiosa porque crea un apoyo mutuo en el camino: al reconocernos en un propósito común, se afianzan la fe, el amor y la devoción, y esa asociación y relación se convierte en un estímulo para la práctica de la meditación.
Y podemos entender muy bien por qué se deriva esa fortaleza porque en el mundo no estamos solos, igual que no lo estamos en nuestra vida. En nuestros trabajos, por ejemplo, somos capaces de sacar adelante tareas, proyectos, empresas, por el poder que tiene la asociación de aquellos que comparten la misma actividad que nosotros, la misma finalidad. Igualmente, en el sendero no estamos solos, la relación con otros seguidores es fuente también de fortaleza e inspiración. El Gran Maestro nos habla del poder de la asociación en el libro Filosofía de los maestros, vol. I:
La educación se obtiene en las escuelas, las medicinas en los hospitales, el calor en los hornos y la frescura en el agua. Similarmente podemos entrar en contacto con Dios en aquellos lugares donde viven sus devotos.
En Perspectivas espirituales, vol. III, leemos:
Debemos ayudarnos unos a otros, darnos fuerza y ser un ejemplo para los demás. Algunas veces cuando estamos cansados o enfermos, apoyamos nuestra mano sobre el hombro de un amigo para poder caminar y llegar a casa. Nos caemos aquí y allí, así que necesitamos el apoyo de alguien que nos ayude a levantarnos y seguir caminando. Ese es el propósito del satsang. Necesitamos la ayuda de los demás… Lo más importante es que cuando salgamos, “estemos llenos de amor y devoción y disfrutemos de la dicha y de la atmósfera que creamos, lo que debería inducirnos a volver a casa y practicar nuestra meditación”. Ese es el ambiente que debemos crear en satsang.
Y esta experiencia positiva del satsang, como nos aconsejan los maestros, no debe quedarse tan solo en un momento de gozo compartido, sino que ha de impulsarnos a volver a casa y profundizar en nuestra práctica. Porque tenemos una tarea que hacer, una disciplina que llevar a cabo.
Todo tiene un propósito y el propósito del satsang es darnos fuerza e inspiración para vivir las enseñanzas, una fuerza que indudablemente nos es muy necesaria porque, en efecto, la tarea que tenemos que hacer, “la meditación”, se ve dificultada por una mente que nos domina y que está llena de hábitos, precisamente no dirigidos hacia la interiorización que buscamos, sino todo lo contrario. Eso es, de algún modo, lo que le concierne al maestro respecto al satsang: protegernos de las influencias de la mente dirigidas hacia el mundo, orientarnos hacia la devoción; de ahí que cuida tanto de que tengamos la posibilidad de asistir a él.
Y aquí, encontramos algo en la propia naturaleza de la mente que juega a nuestro favor. Como explican los maestros, a pesar de los contratiempos o dificultades que pensemos que la mente nos pone por delante para seguir el sendero, en el fondo, la mente tampoco es feliz en este nivel físico. Es verdad que siempre tiende a buscar el placer externo a través de los sentidos, esclavizándonos y volviéndonos dependientes de ellos, pero al final no alcanzamos siempre lo que deseamos, y cuando lo conseguimos pronto nos cansamos y acabamos sintiéndonos frustrados e insatisfechos.
La mente tampoco quiere vivir en la desdicha; también desea paz. La característica de la mente es buscar la felicidad. En el momento en que encuentra una vía hacia la felicidad, la toma. Y cuando encuentra un placer superior al que obtiene de los sentidos de este mundo efímero se inclina hacia él. Por eso, la tendencia de la mente se vuelve hacia arriba y hacia dentro.
Este es el punto que se asemeja a lo que nos explicaba tantas veces Hazur Maharaj Ji, “volver a la mente amiga”, que colabore con nosotros, que se dé cuenta de que su paz y equilibrio también están en el interior. Entonces, su función obstaculizadora se irá aminorando y poco a poco colaborará en la interiorización, en la meditación.
En definitiva, no solo nos lo dicen los místicos, sino que es nuestra propia experiencia: aquí no estamos en paz. Aquí todo es inestable e insatisfactorio. Hoy sentimos amor, mañana somos arrastrados por cualquier calamidad que nos desequilibra… Hoy estamos inspirados en la meditación; ahora el maestro es nuestro aliento, mañana ni le recordamos… Esa es nuestra inestabilidad, y por eso sufrimos, porque aspiramos a una paz y amor duraderos. Estamos hechos para eso, de lo contrario no lo anhelaríamos. Nos bastaría con el juego del mundo cambiante.
No podemos apagar en nuestro interior la sed del alma por regresar a lo que un día conoció: su verdadera naturaleza junto al Padre. Solo el maestro puede devolvernos la paz perdida y el amor que la mente, los sentidos, nos han arrebatado. Y él ha empezado a hacerlo, nos ha puesto en el camino, nos ha enseñado la clave para recorrerlo con éxito: la meditación y una forma de vida honesta y digna de un verdadero ser humano, y para eso tenemos todo su apoyo y protección. Él hace más que lo posible por acercarse a nosotros, por dedicar su vida entera a cuidar específicamente de cada uno de sus discípulos, y lo hace interna y externamente como podemos apreciar por las oportunidades que tenemos de estar en su presencia. En Perspectivas espirituales, vol. I, leemos:
Si nuestra alma no se une de nuevo con el Señor, jamás experimentaremos esa sensación de seguridad y dicha. Nunca podremos liberarnos del nacimiento y la muerte. Y mientras estamos separados de él, mientras seguimos en este mundo, somos muy infelices y desdichados.
Y para que ese sentido de pertenencia a nuestro Padre y al maestro se mantenga vivo mientras estamos separados, nos ha dejado lo necesario para acercarnos a él. Principalmente, la meditación hará el trabajo junto con su gracia; pero es igualmente importante el medio del que hemos hablado: el satsang. Porque el satsang mantiene vivo nuestro anhelo por el maestro, fortalece nuestra devoción y, lo más importante, nos ayuda a meditar.
Pensemos que el satsang debe de ser muy importante, pues el maestro lo utiliza como medio externo para acercarse a todos sus seguidores y discípulos. Además, demuestra su interés al procurar que se celebre en tantos centros del mundo, cubriendo así la distancia que con su forma física no siempre puede abarcar para que su influencia llegue a todos.
Como seres humanos, necesitamos el contacto externo del satsang, que a su vez nos conduce a la influencia de su poder interior, presente siempre que lo recordamos. Por eso, el satsang, en asociación con los demás hermanos, se convierte en un punto poderoso donde encontramos la fuerza del maestro para ayudarnos a hacer realidad nuestra meta de unión con Dios.