La tarea espiritual
La corriente del amor del único Dios
está fluyendo por todo el universo.
¿Qué piensas al mirar la cara de un hombre?
Míralo con detenimiento: no es un hombre,
sino una corriente de la gracia de Dios la que lo impregna.
A Certain Kind of Selfishness: Rumi’s Transformation of Sufism
Imaginemos por un momento que estas palabras de Maulana Rum, son ciertas: que cada rostro que encontramos –amigo o desconocido, cercano o distante– es, en realidad, una manifestación de una misma corriente invisible de amor. Si esto es así, entonces la cuestión no es que el amor falte en el mundo, sino que no sabemos reconocerlo.
Decimos con facilidad: “yo amo”. Amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros amigos. Y ese amor es real; nadie puede negarlo. Pero reflexionemos con honestidad: ¿qué ocurre cuando nos decepcionan?, ¿cuándo no responden como esperamos?, ¿cuándo el afecto no es correspondido? Con frecuencia, mezclamos el amor con expectativas, con el miedo a perderlo, con la necesidad de reconocimiento… Es un amor hermoso, pero vulnerable. Depende de circunstancias externas y, por eso, cambia con ellas.
Los místicos sostienen que este no es el amor último. Es apenas una sombra del Amor con mayúsculas: un amor que no nace del apego, sino del reconocimiento de que estamos unidos a Dios por la corriente de amor. Pero, aquí surge una dificultad lógica: ¿cómo amar a Dios si no lo hemos visto? No hemos conversado con él ni lo hemos percibido con los sentidos. Podemos tener fe, podemos creer, pero creer no es lo mismo que experimentar.
Por eso, al inicio de un camino espiritual, el amor a Dios no suele ser un sentimiento real, sino una aspiración. Amamos más lo visible que lo invisible. La mente se inclina hacia lo inmediato, hacia lo que puede ver y tocar. Sin embargo, los santos afirman que la raíz del amor divino no está fuera, sino en nuestro interior. No se trata de inventar un sentimiento, sino de descubrir una realidad que ya está presente en nosotros. Todos compartimos la misma esencia; todos somos expresión de una única fuente. Y amar a Dios es, en el fondo, despertar a esa conciencia. Kabir expresa en el siguiente poema titulado El amado viene a casa:
Tras incontables días de separación
he encontrado a mi amado;
ilimitada, sin duda, es mi buena suerte,
pues él mismo ha venido a mí dentro de mi propio hogar.
Mantengo mi mente ocupada
en gozosas canciones de bienvenida
y saboreo dentro de mí el elixir de su nombre…
Él describe la unión con el Señor como el regreso del amado al hogar. No es un viaje hacia un lugar lejano: es un descubrimiento interior. Tras “incontables días de separación”, el alma comprende que Aquel a quien buscaba siempre estuvo dentro. Es una imagen muy poderosa porque invierte nuestra lógica habitual. No somos nosotros quienes alcanzamos a Dios por nuestras fuerzas; más bien, cuando el corazón se aquieta, descubrimos que él ya estaba ahí.
Esa misma fuerza de amor impulsó la vida de Mirabai, de Gurú Ravidas y de tantos otros místicos. En todos ellos, el amor no fue teoría, sino motor. El amor los hizo perseverar, renunciar a seguridades, soportar incomprensiones… El amor fue su energía vital. Quizá la enseñanza más radical sobre el amor la encontramos en el evangelio según San Mateo (5:44-48). Allí, Jesús de Nazaret pronuncia una frase que desafía toda lógica humana:
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen…
Amar al amigo es natural; amar al enemigo es transformador. Con estas palabras, Jesús no propone debilidad, sino una nueva fuerza en el ser humano. Si respondemos al odio con odio, perpetuamos el conflicto. Si respondemos con amor, rompemos el ciclo.
La parábola del hijo pródigo ilustra esta misma verdad: el padre no pide explicaciones ni impone castigos; corre al encuentro del hijo que regresa. Ese amor no depende del mérito, sino del vínculo de amor que los une. Así describen los místicos el amor divino: constante, paciente, siempre dispuesto a dar sin límites y a entregarse por completo.
Si el amor es nuestra esencia, ¿por qué no lo vivimos así? Los maestros señalan a la mente, no como enemiga, sino como fuerza dispersa que busca placer, reconocimiento y seguridad. Se aferra a lo pasajero como si fuera eterno; el ego convierte el amor en posesión y el miedo a perderlo lo transforma en dependencia. Todas estas reacciones son el modo de operar de la mente, que siempre nos aleja del camino del amor y de la experiencia de Dios.
Por eso los místicos insisten tanto en la práctica espiritual. En Tesoro infinito, Maharaj Charan Singh explica que el amor es un don del Señor: “es él quien nos atrae desde dentro”. La meditación no crea amor; lo que hace es purificar nuestra mente y preparar el terreno para que la gracia de Dios nos lo revele en nuestro interior, manifestándose de manera natural y convirtiéndose en una parte viva de nosotros.
Hablar de amor espiritual puede parecer abstracto. Sin embargo, se manifiesta en gestos concretos: una palabra que consuela, una actitud paciente que evita una discusión, un servicio silencioso. Amar no es necesariamente sentir algo intenso; es actuar desde una comprensión más profunda.
Como se desprende de la enseñanza de El libro de Mirdad, el amor es la ley de Dios y la única lección que el ser humano debe aprender. Y advierte: el amor que separa una parte del todo está destinado al sufrimiento. Cuando amamos excluyendo, cuando limitamos nuestro afecto a un pequeño círculo y negamos al resto, sembramos división interior.
El verdadero amor amplía el corazón. Nos hace ver en cada persona –más allá de sus defectos– una chispa de la misma realidad divina.
Regresemos ahora al principio. ¿Qué vemos cuando miramos el rostro de alguien? Si vemos solo una personalidad, reaccionaremos según simpatías o antipatías. Pero si intentamos mirar con mayor profundidad, quizá percibamos algo más: una vida, una conciencia, una historia, una lucha… una expresión del mismo misterio que nos sostiene a nosotros.
Aprender a amar es aprender a mirar de otro modo. La corriente del amor –como decía Maulana Rum– sigue fluyendo por todo el universo. No comienza cuando nosotros decidimos amar, ni termina cuando dejamos de hacerlo. Está ahí, constante.
La tarea espiritual consiste en sintonizar con ella, en limpiar la mente, en orientar el corazón, hasta que descubramos que ese amor que buscábamos fuera era, desde el principio, nuestra propia esencia.