¿Qué sabemos del alma?
Las palabras no pueden revelar a Dios.
La mente no logra alcanzarlo.
Los ojos no lo ven. Entonces, ¿cómo podemos
comprenderlo, sino a través de quienes
realmente lo conocen y nos lo enseñan?
The Spiritual Guide. Vol. I
A la hora de la muerte, todo lo que sabemos es que el cuerpo queda inerte, pues la vida que unos instantes antes estaba presente deja de estarlo. Y, además, con el paso del tiempo, el olvido –primero parcial y luego casi por completo– se lleva esa existencia, fuera quien fuera, de nuestra memoria. Así es la vida en este plano: “nacer, vivir un tiempo y morir”. Estar muy presente, muy vivo, y luego nada: no estar. Poco más podemos decir con certeza. Hazur Maharaj Ji nos hace pensar sobre esto en Perspectivas espirituales, vol. I, cuando nos plantea esta pregunta:
¿Qué hay ahora en el cuerpo que le da vida? El cuerpo es el mismo después de la muerte, pero ¿qué le falta para que no pueda moverse?
(…) No puedes decir simplemente que estás viviendo por una coincidencia y que morirás por una coincidencia. Hay algo que te está dando la vida; algo que cuando sale del cuerpo lo deja inútil.
En términos de las enseñanzas, los místicos nos explican que este cuerpo está compuesto por cinco elementos, pero hay algo en él que lo mantiene funcionando, y ese algo es el alma. El cuerpo se compone de tierra, agua, fuego, aire y éter. Cuando el alma deja el cuerpo, estos cinco elementos se descomponen o vuelven a unirse con su origen.
En las religiones del mundo, el trance de la muerte se entiende de distintas formas, aunque con bastantes similitudes. En general, todas dicen que el cuerpo deja de funcionar y que algo sutil –llámese alma, espíritu o conciencia– se separa de él. A partir de ese instante común, cada tradición sigue su propio camino interpretativo.
El cristianismo, por ejemplo, explica que ese “algo”, el alma, pasa a un juicio inmediato. En el islam, el espíritu es recibido por ángeles y entra en un estado intermedio. En el budismo, la existencia continúa mediante una corriente de conciencia que conduce a otro renacimiento, etc.
Y en las enseñanzas de Sant Mat, los maestros nos explican que el alma sigue su trayectoria kármica, renaciendo o bien buscando la liberación. Esta última depende de que se hayan dado pasos hacia Dios bajo la guía de un maestro espiritual que enseña el método de la meditación en el Shabad, para así completar el viaje espiritual de regreso a nuestro hogar original.
Como vemos, la cuestión principal aquí es el alma. Por eso, surge la pregunta: ¿Qué conocimiento tenemos del alma?
Hemos visto morir a mucha gente, pero ¿hemos visto alguna vez salir algo del cuerpo en el momento de la muerte? No. En realidad, todo lo que percibimos es que el cuerpo deja de responder. La verdad es que no tenemos ninguna experiencia ni conocimiento real del alma y, según los místicos, eso significa que tampoco tenemos un conocimiento ni una experiencia real de nosotros mismos. Porque nuestro ser verdadero, es decir, “lo que somos realmente es el alma” (en el sentido de que no perece, no muere), mientras que, como ya hemos visto, el cuerpo deja de existir: es temporal. El ser real, el alma, continúa existiendo.
Ninguna explicación lógica puede demostrar la existencia del alma y del Señor. Pero curiosamente, Hazur Maharaj Ji nos dice en Perspectivas espirituales, vol. I:
Nadie necesita ninguna prueba de la existencia de Dios, porque esa convicción ya está dentro de nosotros. Intentamos dejar de lado esa convicción y decirnos a nosotros mismos que él no existe, que Dios no existe, pero no podemos deshacernos de esa convicción, no importa con cuanta lógica intentemos explicar que no existe…
¿Por qué él maestro afirma que “esa convicción ya está en nosotros” y no podemos negarla?
Porque, como él continúa explicando: “El Señor nos da una prueba de sí mismo provocando un sentimiento de soledad en nuestro interior, y nos damos cuenta de que este sentimiento no nos abandona a pesar de lo que logremos en este mundo”.
A ese ser interior nada de este mundo le basta; sus anhelos son por algo de otra naturaleza, de naturaleza espiritual: por su origen, Dios, y por sus atributos de amor, paz y felicidad.
En realidad, dice Hazur Maharaj Ji en Perspectivas espirituales, vol. I:
… esa es la inclinación del alma hacia su propio origen, y el hecho de que el alma anhele al Padre prueba su existencia. Nunca podrá ser feliz sin él. Siempre está anhelando ese algo desconocido a lo que llamamos Dios. Eso demuestra automáticamente su existencia.
Igualmente, en un nivel más cotidiano, en el ser humano encontramos impulsos interiores no razonados que, de forma natural, apelan a lo superior o divino: en la desgracia y la desesperación extrema buscamos amparo; en la soledad, sentimos un vacío que llama a algo más allá de nosotros mismos para llenarlo; y en la plenitud, podemos llegar a experimentar una dicha cuya expansión parece traspasar límites.
Estos comportamientos o conductas espontáneas revelan una necesidad de dirigirse a algo más grande que uno mismo: pedir ayuda interior, buscar sentido a la vida, dar gracias. Y aparecen incluso sin que tengamos formación o educación religiosa. Revelan que en nosotros hay una huella espiritual que reconoce algo superior.
Podríamos decir que el alma no inventa a Dios: lo recuerda. Pues, como indica Hazur Maharaj Ji, esa convicción está dentro de nosotros y no necesita pruebas. Su inclinación por dirigirse hacia él confirma que llevamos dentro una parte que lo reconoce y lo busca de forma instintiva, independientemente de nuestra cultura, raza o condición.
Por eso, Hazur Maharaj Ji afirma en Perspectivas espirituales, vol. I, que “el alma en el cuerpo demuestra la existencia del Señor”. (…) “El Señor mismo nos da esa convicción. Él es el Creador, está dentro de cada uno de nosotros, nos dirige y lo necesitamos. Él mismo demuestra su propia existencia”.
Sin embargo, la vida en esta sociedad moderna nos empuja con tanta fuerza a buscar la felicidad en las cosas materiales y en los seres perecederos de esta creación, que olvidamos que Dios está dentro de nosotros y nos sostiene, y que todo se debe a él, como explica el maestro. Pero no podemos negar la realidad de Dios; con mayor o menor consciencia, hay algo en el ser humano que sigue latiendo en el fondo y que, cuando la vida nos toca de verdad, reaparece, y evocamos esa fuerza o poder interior del que no podemos desvincularnos.
Ese olvido de Dios, el ignorar que toda nuestra existencia se debe a él, puede explicarse por la sencilla razón de que a Dios no podemos verlo ni percibirlo con nuestros sentidos físicos, como sí hacemos con las personas y seres de este mundo. Para poder percibir a Dios y al alma se requiere preparación interior y espiritual, como le explica el Gran Maestro a un grupo de discípulos cuando le preguntaban sobre estas cuestiones espirituales, y se recoge en el libro La llamada del Gran Maestro: “… se requiere un ojo especial”. Es decir, se necesita una visión interior. Y mientras no hagamos la debida preparación, nuestra tendencia como seres humanos es dirigir nuestro amor hacia las cosas y seres creados, porque amamos fácilmente aquello que podemos ver con los ojos físicos y percibir con nuestros sentidos. Esa es la consecuencia de que permanezcamos apegados a la creación.
Hazur Maharaj Ji explica en Perspectivas espirituales, vol. I:
… estamos enamorados de la creación y no podemos amar lo que no vemos, lo que no podemos palpar, lo que no podemos sentir, y ‘aun así tenemos que amar al Señor y desapegarnos de la creación’. Esa es la lucha.
En efecto, para amar al Señor estamos llamados a desapegarnos de lo material, de la creación; no hay otro camino. Solo así nuestra vida puede alcanzar su verdadero sentido, que es: conocernos a nosotros mismos, descubrir nuestro ser real –el alma– y unirnos al Creador. En otras palabras, autorrealizarnos y realizar a Dios.
En El amanecer de la luz, el Gran Maestro dice:
Nuestro Padre es amor, y nosotros somos pequeñas gotas de ese océano de amor. Esta colosal máquina del universo funciona por el principio eterno del amor. Así que procura ponerte en armonía con este principio del amor.
Los místicos afirman que nuestra esencia es amor. La Biblia lo dice también con claridad: “… Dios es amor” (1 Juan 4:8). Si Dios es amor, la esencia de lo que somos no puede ser otra que amor. Esa es nuestra naturaleza divina. Sin embargo, ese amor del que estamos hechos no lo vivimos como un estado propio, no se manifiesta en nuestros actos porque está mezclado con ego, apego, deseo, karmas y temores. Esto es equivalente a la explicación que dan los maestros con el ejemplo de una luz que está oculta bajo muchas telas. La luz está, pero no se ve. Igualmente, ese amor está en nosotros, pero cubierto con capas de mente.
Queremos amar y entregarnos, pero somos limitados; queremos unirnos, pero también preservar nuestro yo. Por eso, aunque nuestra esencia sea amor, no lo experimentamos plenamente. Estamos completamente dirigidos por la mente, y eso hace que nos enredemos e involucremos con todo lo que hacemos externamente, permaneciendo ignorantes de lo que realmente somos.
Aquí es donde entra en juego, y es a su vez tan importante, el papel del maestro espiritual, nuestro guía en el camino. Los maestros son el vínculo entre nosotros y el Señor, y vienen a encender esa chispa de amor dentro de nosotros. En la Biblia, (Juan 3:16), leemos:
… de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
El maestro espiritual es la presencia que encarna el amor divino y lo hace accesible a los seres humanos. En la tradición cristiana, esa presencia fue Jesús. En Sant Mat, esa función continúa a través del maestro vivo. Los místicos dicen que el maestro es el puente entre el alma y su origen. Es quien nos enseña a amar a Dios porque él mismo vive en ese amor. Es quien despierta nuestra conciencia dormida, y especialmente nos recuerda (en sus satsangs y en cada una de sus pacientes, amorosas e incansables respuestas a nuestras repetidas preguntas) que no somos este cuerpo ni esta mente ni esta historia personal, sino algo mucho más profundo y verdadero.
El maestro espiritual ejerce una atracción en nosotros porque su esencia es amor. Por un lado, está con nosotros en forma física y, al mismo tiempo, está fusionado con ese amor, con el Señor. La semilla del amor que habita en nuestro interior necesita su cuidado, sin el cual podemos quedarnos con excelentes conceptos, buenas intenciones y hermosas palabras sobre el amor, pero sin la experiencia.
No podemos seguir el sendero a nuestro hogar solo mediante la lectura de las escrituras o siguiendo determinados rituales de la religión. Cada seguidor necesita un maestro que lo guíe en el viaje interior y que camine a su lado para superar los desafíos del camino interior y de la vida misma.
Los maestros enseñan que, si realmente queremos fundirnos en el Señor, tendremos que hacer sacrificios. Esta tarea requiere disciplina; tendremos que seguir un estilo de vida que disminuya nuestros lazos con este mundo, en lugar de aumentarlos. ¡Pero el esfuerzo merece la pena!
Un estilo de vida basado en la espiritualidad incluye algo más que la meditación; también tenemos que tomar decisiones éticas y morales en cada momento de nuestras vidas, manteniendo la coherencia entre la práctica interior y la forma en que actuamos en el mundo.
Siguiendo y practicando las enseñanzas de un maestro verdadero, podemos llevar nuestra atención a planos superiores de conciencia en nuestro interior y experimentar el amor de Dios, que se manifiesta como luz y sonido espiritual. Este sonido y luz se proyectan desde el reino más elevado de la divinidad, la fuente de todo. Como leemos, página tras página, en todos los discursos escritos o escuchamos en los satsangs de los maestros, es el maestro –el guía espiritual, el gurú, el amante del Señor–, quien puede ayudarnos a realizar ese amor en nuestro interior. Con su ayuda, podemos cruzar el océano de la existencia y fusionarnos en el Señor.
En sus discursos el maestro nos habla del Nam, el Shabad, la Palabra, la corriente de la vida que es el poder creativo, el poder del Señor que fluye a través de cada uno de nosotros como la corriente del sonido. Y nos explica cómo ese Shabad, ese río de amor, está presente en todos nosotros y en cada partícula de esta creación, y que es solo, excepcionalmente, en la forma humana como podemos conectarnos con él. Como nos recuerda Hazur Maharaj Ji en Luz sobre Sant Mat:
No todas las veces nace uno como ser humano ni siempre resulta posible ese contacto con un santo o un maestro verdadero. El nacimiento humano y el encuentro con el maestro son el premio de nuestras buenas acciones de vidas pasadas. Por consiguiente, aprovechemos al máximo esta oportunidad cultivando la devoción al Nam –Surat Shabad Yoga–, fundiendo el alma con el Shabad.
El amor del que hablan los místicos no es emocional: es un estado de conciencia. Y solo viviendo la espiritualidad podremos experimentarlo. Para esto, los místicos nos enseñan un método de meditación por el que el alma se libera gradualmente de las impurezas de mente y materia, permitiéndole experimentar su verdadera esencia.
En la meditación todo el esfuerzo interior consiste en purificar a la mente, hacerla más elevada y convertirla de enemiga en aliada. El trabajo en la meditación limpia los karmas y la “escoria” que pesan sobre el alma. Cuando la mente se aquieta y vuelve a su fuente, el alma asciende naturalmente hacia el Padre.
En nuestro nivel, experimentamos el amor del maestro con el simran. De manera muy práctica, el simran es la semilla que se expande en amor ilimitado. Comenzamos con el simran, porque el simran es lo que nos permitirá concentrarnos en el centro del ojo, y desde aquí empieza realmente el camino interior. El simran es la cuerda que nos ata al maestro. Es el hilo que nos lleva hacia dentro. Y cuando hacemos simran con devoción, con atención, con sinceridad, algo empieza a cambiar; no siempre de manera espectacular, no siempre teniendo experiencias místicas, pero sí de manera profunda.
Poco a poco, el simran va creando un surco en la mente, un hábito nuevo. En lugar de estar siempre hacia fuera, la mente empieza a aceptar la posibilidad de estar hacia dentro. En lugar de estar siempre ocupada en el mundo, empieza a familiarizarse con la tranquilidad y el silencio. Y en ese silencio, el amor del maestro se hace más real. Nos da un sentimiento de compañía interior. Hazur Maharaj Ji dice en Perspectivas espirituales, vol. I:
La meditación no solo crea amor, sino que lo fortalece. Nos ayuda a crecer y crecer hasta llegar a ser uno con el Padre. Ese es el amor que nos ayuda a unirnos con él; que nos ayuda a perder nuestra identidad, nuestra individualidad; nos ayuda a convertirnos en otro ser. Eso es amor. Y por eso, decimos que Dios es amor y el amor es Dios, porque el amor tiene la virtud de convertirnos en otro ser.
La misma definición del diccionario describe el amor como: “Sentimiento intenso del ser humano que, ‘partiendo de su propia insuficiencia’, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Y cuando nos referíamos a que nuestro amor es incompleto, es porque hay ego en él; todavía estamos centrados en lo que nos proporciona satisfacciones personales, pero viviendo la espiritualidad empieza a perder peso ese sentido egocéntrico de identidad e individualidad personal, y gradualmente vamos expandiendo nuestro amor, vamos creciendo, como explica el maestro. El amor significa dejar poco a poco nuestra propia individualidad. Cuando amamos, no buscamos que el otro sea como nosotros; al contrario, deseamos amoldarnos al ser amado. En el amor hay entrega, sumisión y unión.
Al llegar al final de esta reflexión, volvemos al punto de partida, ese instante en el que decíamos que el cuerpo queda inerte y la vida que lo animaba se retira. Allí surge la pregunta importante: si el cuerpo permanece ahí, inmóvil, sin vida, ¿qué es lo que ya no está? ¿Qué falta?
Lo que falta es eso sutil que llamamos alma, aquello que en realidad somos. Falta la consciencia, la esencia de amor que sostiene la existencia. El maestro es el compañero que Dios nos da para despertar a este amor, vivir en él, experimentarlo y recorrer el camino de retorno a casa. La práctica interior es el medio por el cual ese retorno es posible. Y la vida humana es la oportunidad de realizarlo.