La elección fundamental
Nadie puede servir a dos señores,
pues aborrecerá a uno
y amará al otro;
o bien se entregará a uno
y despreciará al otro.
No podéis servir a Dios y al dinero.
La Biblia. Mateo 6:24
El significado de la cita inicial de Mateo 6:24 podemos encontrarlo en las diversas tradiciones espirituales, aunque expresado de distintas formas. A continuación, sigue una interpretación de acuerdo con las enseñanzas de Sant Mat.
La idea principal es que dentro de nosotros existen dos fuerzas que tiran de nuestra vida en sentidos opuestos. Como leemos en el evangelio: “Nadie puede servir a dos señores…” Y verdaderamente así es, porque servir significa estar al servicio, estar a disposición de alguien por fidelidad y por amor. Y esos sentimientos cobran todo su sentido cuando en la última línea leemos: “No podéis servir a Dios y al dinero”.
Igualmente, la historia bíblica del joven rico, contada también en el evangelio de san Mateo (19:16-22), refleja muy bien esta enseñanza. Dice así:
Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? (…) Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoros en el cielo; y ven y sígueme.
Oyendo el joven estas palabras, se fue triste, porque tenía muchas posesiones.
Este joven se fue triste porque tenía muchas posesiones… ¿Tenemos muchas posesiones nosotros también? Conviene hacer un examen de conciencia riguroso ante esta pregunta, porque, como vemos, materia y espíritu apuntan en direcciones contrarias. No hay duda de ello. Y aunque a veces nos consideremos desprendidos y generosos, es importante detenernos y reconocer cuánto nos cuesta realmente dar. Con frecuencia medimos –mucho o poco– aquello que estamos dispuestos a ofrecer, como si el dar necesitara siempre ser calculado, protegido o justificado. Y como aclaración a esto, no estamos diciendo que el dinero sea malo en sí mismo. El dinero, como tantos otros bienes, es algo útil y necesario en la sociedad. Sin embargo, cuando se acumula en exceso o se convierte en el centro de nuestras preocupaciones, corremos el riesgo de que se transforme en nuestro amo y señor. Entonces, nubla nuestra mente, condiciona nuestras decisiones, y termina por ser la meta principal de la vida, haciendo que incluso lleguemos a olvidar las necesidades de los demás.
A nivel intelectual, reconocemos que la felicidad que ofrece la riqueza es un espejismo temporal; que el dinero no es la meta que anhelamos porque sabemos que no basta; que no llena el corazón ni responde a las inquietudes más hondas del ser humano. Sin embargo, los santos no hablan únicamente del dinero, sino que apuntan a algo más profundo y decisivo. Ellos nos explican que no podemos sostener armoniosamente una vida dividida entre el anhelo del alma, la búsqueda sincera de lo trascendente, de lo verdadero y eterno, y el dominio del ego, centrado en lo inmediato, en la satisfacción personal y en una visión puramente mundana de la existencia. Son dos direcciones que resultan incompatibles, porque cada una propone un sentido distinto de la vida y una forma diferente de relacionarnos con los demás, con nosotros mismos y con Dios.
Por eso, si bien todos servimos a algo o a alguien –ya que es inevitable orientar la vida hacia un fin–, nuestras decisiones cotidianas revelan con claridad qué es lo verdaderamente importante para nosotros. ¿Acaso es el trabajo, las relaciones personales, la familia, la libertad personal…?
Dentro de la respuesta que podamos dar cada uno a estas preguntas, si decidimos servir a Dios, indudablemente tenemos que revisar profundamente las cosas que más valoramos en la vida. No solo el dinero sino también nuestro confort, nuestras seguridades materiales, nuestro propio criterio cuando se vuelve rígido…, incluso nuestros razonamientos personales cuando se aíslan de una visión más amplia que incluya a los demás.
Así pues, si queremos realizar a Dios, tenemos que aprender a vivir de manera más equilibrada. Ya no se trata de hablar y especular sobre las diferentes fes o creencias espirituales, sino que se trata de remodelar nuestra vida de una forma práctica y comprometida para que la espiritualidad sea nuestra aspiración prioritaria, en definitiva, debemos dejar de una vez por todas de servir a dos señores a la vez.
Y para ese logro, los místicos nos explican que, en esencia, somos alma, una chispa de la realidad divina. Pero que esa alma, hoy por hoy, está atrapada por una mente que, a su vez, depende de los sentidos. Por eso, vivimos divididos: una parte de nosotros busca el equilibrio y la armonía, mientras la otra parte se deja arrastrar por deseos sin fin, haciéndonos esclavos de unos hábitos nefastos que alteran todo el tiempo nuestra paz y nos alejan de lo que realmente somos: espíritu.
Somos espíritu, alma, una parte de Dios, del Creador mismo. Y debemos decidir si queremos vivir partiendo de esta realidad o seguir ignorando su existencia. Sobre esta comprensión, Sant Mat nos ofrece un camino claro que fomenta la consciencia del alma, y que nos ayuda a superar los conflictos materiales que la mente presenta a cada momento.
Estas enseñanzas se sostienen en dos pilares fundamentales:
El primero consiste en aprender a vivir como verdaderos seres humanos, llevando una vida recta y conscientemente espiritual.
Llevar una vida recta significa actuar de manera que nuestras acciones no nos aten más al mundo, sino que nos ayuden a acercarnos al espíritu, liberándonos del ego. Sin embargo, como nos recuerda Hazur Maharaj Ji en Perspectivas espirituales, vol. I, partimos de una realidad muy diferente:
… El ego marca nuestra actitud en la vida. Pensamos que somos nosotros los que hacemos las cosas. Nos olvidamos de que detrás nuestro hay un hilo; nuestros karmas. Las acciones que realizamos en el pasado son la causa de las reacciones de ahora. Eso es algo que hemos olvidado, así que nos hemos vuelto egoístas…
La ley del karma es incuestionable; ninguno de nuestros actos queda sin efecto: nada se pierde en el olvido. Todo vuelve. Y tarde o temprano debemos recoger los frutos de lo que sembramos, tanto los agradables como los dolorosos… Sin embargo, demasiado a menudo olvidamos esta realidad por culpa de nuestro egoísmo. Por tanto, si asimilamos que cada pensamiento, cada palabra y cada acto tiene consecuencias posteriores, deberíamos valorar mejor nuestra conducta para que nuestros comportamientos sean más morales y honestos, evitando así consecuencias perjudiciales.
Desde una perspectiva espiritual, la rectitud implica actuar en coherencia con los valores más esenciales. Es escuchar esa voz interior del alma que nos guía hacia lo honesto, incluso cuando sería más fácil hacer lo contrario. Ser honrado no depende de las circunstancias, sino de la conexión con principios básicos y naturales como la verdad, la justicia y el respeto a los demás. Y partiendo de esta realidad, necesitamos moderación para elegir acciones que no hieran a nadie, que no generen deudas pendientes, que no alimenten el ego… Necesitamos alejarnos de todos los actos irreflexivos e imprudentes, que son los que nos mantienen atados a este mundo. En el libro Vida honesta leemos:
Las cualidades positivas nos capacitan para pensar positivamente; esas cualidades fortalecen nuestra mente para actuar de acuerdo con nuestro interés a largo plazo, y nos recuerdan que no somos precisamente personalidades separadas, sino parte de esa realidad positiva que es Dios.
Así pues, podemos decir… Unidad, positividad: Dios. Y desunión, división: mente. Cada acción que nace del ego se convierte en un lazo, en una cadena que nos ata a la creación, sin embargo, cada acción que nace de un anhelo por elevarnos interiormente se convierte en un paso inequívoco hacia el Señor. Por eso, Sant Mat insiste en que cultivemos todas las cualidades que sostienen la vida espiritual: disciplina, silencio interior, tolerancia, pensamiento claro, compasión… Estas cualidades son básicas; no son simples adornos morales: son herramientas prácticas que fortalecen nuestra voluntad para luchar con la negatividad de la mente.
En Vida honesta seguimos leyendo:
Sin la energía redentora del Shabad, nadie puede llegar a la meta o destino final. Sin embargo, para ayudarnos a nosotros mismos hemos de cumplir nuestra parte del plan. Hemos de cultivar las cualidades que mantienen a la mente orientada hacia el alma, y sujetarla firmemente cuando las cosas sean difíciles. Necesitamos cualidades positivas que estén en armonía con la realidad espiritual de la que forma parte nuestra alma.
El Shabad es la energía redentora que nos lleva a la meta, pero para alcanzarla, debemos cumplir nuestra parte del plan divino. Y eso significa ser positivos con nosotros mismos: no es lo mismo ver el vaso medio vacío que medio lleno… Podemos recordar sobre este aspecto, aquella historia en la que un hombre que estaba paseando por la calle, vio como un albañil estaba colocando ladrillos en un solar y le preguntó: “Perdone que le moleste, pero ¿qué está haciendo?”. Y el albañil, entusiasmado, le contestó: “Señor, estoy construyendo un hospital”. Esa fue la respuesta… ¡Qué bonita respuesta! Un pensamiento así da fuerza, anima a cualquier persona para alcanzar una meta. Este albañil sabía para qué trabajaba. No solo colocaba ladrillos: cada esfuerzo tenía sentido para él, y eso hacía su trabajo más valioso.
Igualmente, nosotros sabemos que deseamos volver a Dios, y que necesitamos cualidades positivas que favorezcan al alma y no a la mente. Y una cualidad muy importante en Sant Mat es la paciencia, la constancia… El niño aprende desde la infancia, pero ha de pasar por la niñez y la adolescencia, para llegar a la madurez… Y todos somos niños ante el Señor. Todos somos sus hijos pequeños, que están dando tímidos pasitos hacia él. Y aunque a veces nos equivocamos, nos caemos, debemos tener paciencia, y sobre todo constancia para que nuestro desarrollo espiritual madure poco a poco.
Recordemos, como nos explican los maestros, que si nos esforzamos por llegar a nuestra meta por el mero procedimiento de reprimir las tendencias de la mente, habrá con certeza una reacción negativa en alguna fecha futura. La supresión y la represión no son la respuesta adecuada. Tenemos que ver el proceso de poner nuestras vidas en orden como una evolución continuada de toda la vida hacia nuestra meta espiritual.
Y en ese proceso, aparece “nuestra gracia salvadora” porque incluso llevando una vida recta, la mente por sí sola no puede liberarse. Le falta dirección, le falta el consejo adecuado para caminar hacia Dios. En definitiva, le falta la ayuda de un maestro espiritual, un amante de Dios, que sí sabe adónde ir. Los maestros son ejemplos perfectos para nosotros de cómo vivir en el mundo, y hasta que no obtengamos su visión, hemos de seguir el sendero que ellos ya han andado cumpliendo sus enseñanzas.
Es aquí donde entra el segundo pilar que resuelve el conflicto que los deseos de la mente nos plantean a cada momento: la meditación en el Verbo, el Shabad, en esa corriente sonora y luminosa que sostiene toda la creación. Este es, sin duda, el pilar más decisivo. Tal como enseñan los maestros espirituales, esta corriente divina es la verdadera fuerza liberadora, el puente entre el alma individual y su Fuente original. Cuando aprendemos a dirigir la atención hacia dentro y a escuchar ese sonido interior, la mente empieza a perder su dominio y el alma comienza a despertar.
Por lo tanto, la meditación no es un ejercicio intelectual ni una simple técnica de relajación… Es un proceso espiritual para el retorno a Casa. Es el camino por el cual la atención, que normalmente fluye hacia fuera a través de los sentidos, se recoge y se dirige hacia el interior. Cuando esto ocurre, la mente se calma, los deseos pierden intensidad, y aparece una paz que no depende de nada externo y que vale la pena experimentar.
Ahora bien, la práctica de la meditación en el Shabad requiere de la guía del maestro espiritual: el maestro es esencial. El maestro no es un filósofo, ni un instructor moral; es alguien que ha recorrido el camino hasta el final y que, debido a su propia experiencia, puede guiarnos adecuadamente. Así, cuando él inicia al discípulo lleva a cabo una conexión viva con el Shabad, y a partir de ahí, le enseña a vivir para el alma. Le muestra cómo llevar una vida espiritual en medio de este mundo tan material; es más, le ayuda a orientar la atención hacia dentro y a apoyarse en la corriente divina para volver junto a Dios.
El maestro es, además, el ejemplo práctico de lo que significa vivir desde el alma. Su presencia y sus enseñanzas nos recuerdan que la meta no es teórica, sino real y alcanzable. Nos muestra que el camino no consiste en reprimir la mente, sino en transformarla gradualmente mediante la meditación y la disciplina diaria.
Así, a medida que avanzamos, comprendemos que la verdadera paz no viene de satisfacer los deseos, sino de liberarnos de ellos. La mente siempre quiere algo más, y mientras sigamos esa voz, no vamos a encontrar descanso. Pero cuando la práctica de la meditación se vuelve constante, la mente empieza a desear la paz que encuentra en el Shabad y los deseos van perdiendo su poder. La audición de la corriente divina interior puede liberarnos, porque es la única fuerza capaz de disolver las ataduras profundas que nos mantienen en la rueda de la acción y la reacción. Solo el Shabad puede llevarnos a la verdadera armonía, a la paz que no depende de circunstancias externas; a la realización de lo que somos en esencia.
Y así, con estas palabras, volvemos a la idea fundamental del principio: “No podemos servir a dos señores”. No podemos vivir para el alma y para el ego al mismo tiempo. Si nos iniciamos en este sendero es necesario elegir. Y si elegimos vivir desde el alma, veremos que todo comienza a ordenarse: las prioridades se aclaran, la mente se aquieta, y la guía del maestro se convierte en una presencia constante en nuestro camino. En el libro Vida honesta leemos:
La meditación, edificada sobre los firmes cimientos de una vida disciplinada, concentra la mente, y la enfoca fuera de la creación material. Nos libera de modo que nuestras facultades espirituales puedan comenzar a funcionar. Una vez que estas diferentes facultades se pongan a punto, (…) nuestro contacto con el Verbo (o Shabad) traerá la verdadera libertad y la armonía interior que buscamos.
Una vida disciplinada es orden, obediencia, rigor… Nos es muy necesaria la disciplina de la práctica espiritual, porque con ella desarrollamos un mayor control sobre nuestras acciones y reacciones y aprendemos a responder con más conciencia, sin generar conflictos. La meditación nos ayuda a tener una comprensión más amplia y objetiva de las cosas, una paciencia más profunda con todo y una capacidad de amar de forma más desinteresada.
Es fundamental comprender los principios en los que se apoya nuestro sendero espiritual y esforzarnos por vivirlos de la mejor manera posible. Sus dos pilares: llevar una vida recta y practicar la meditación, reafirman la orientación del alma y nos ayudan a actuar con sinceridad y discernimiento, dejando atrás las demandas del mundo que siempre están guiadas por el egoísmo.
Como decía san Mateo en la Biblia: No podemos servir a dos señores: a Dios y al dinero. En nuestras manos queda escoger la verdadera riqueza espiritual que nace de la entrega al maestro y la devoción al Shabad. De esta elección depende nuestra felicidad.