Señales que nos guían
Para sostenernos a través de los largos años de práctica, necesitamos ayuda. Necesitamos el apoyo y la protección del refugio del maestro. El satsang y el seva nos ofrecen un lugar donde la atmósfera de la presencia del maestro eleva nuestros espíritus y refuerza nuestra determinación para seguir firmes en el camino.
Una llamada al despertar
Todas las religiones y tradiciones espirituales coinciden en una misma enseñanza: la esencia del ser humano se encuentra en su interior. Por citar algunos ejemplos, en el Evangelio según san Lucas (Lc. 17:21) encontramos estas palabras:
Porque, he aquí, el reino de Dios está dentro de vosotros.
El alma es nuestra esencia, es la energía de Dios. Sin embargo, en nuestro estado habitual de conciencia estamos en la mente, no en el alma. Y la mente tiende a dirigirse hacia fuera. En el Bhagavad Gita (cap. 13, v. 18) leemos:
Él es la Luz de todas las luces y está más allá de la oscuridad. Es el conocimiento, lo conocible y la meta del conocimiento; mora en el corazón de todos.
Podríamos seguir citando textos de diferentes tradiciones. Todas señalan la importancia de volvernos hacia dentro. En nuestro interior se encuentra la felicidad permanente que tanto anhelamos.
Sin embargo, vivimos volcados hacia el exterior: absortos en las preocupaciones, las distracciones y las innumerables ocupaciones de la vida cotidiana.
Afortunadamente, la vida misma nos ofrece señales que pueden ayudarnos a encontrar el camino de regreso a nuestro centro. Como en los viejos cuentos, donde los niños al alejarse de casa y adentrarse en el bosque dejaban un rastro de piedras para no perder el camino de vuelta, Dios parece haber dejado también en nuestras vidas pequeñas señales que nos guían de regreso.
En el interior están las respuestas. Para llegar hasta ellas debemos recorrer el camino de regreso, siguiendo una a una las pequeñas señales que la vida pone a nuestro paso, como Hansel y Gretel, en el célebre cuento de los Hermanos Grimm, seguían el rastro de las pequeñas piedras blancas para encontrar el camino de vuelta a casa.
Ese regreso al interior no es una idea exclusiva de una tradición espiritual, sino una enseñanza presente, con distintos matices, en muchas de ellas. Todas coinciden en que, para descubrir nuestra verdadera naturaleza, es necesario atravesar la superficie de la existencia y volver al lugar donde habita lo esencial. El rabino Ben Zion Bokser lo expresa con estas palabras en el libro El Nombre sagrado:
La búsqueda del místico es atravesar el caparazón de la existencia y establecer contacto con la luz interior que es verdaderamente la dimensión de la divinidad, la grandeza escondida de toda la existencia.
Nuestra atención suele permanecer dirigida hacia el exterior. La familia, los amigos, el trabajo, la casa, las preocupaciones, los éxitos o los fracasos ocupan casi todo nuestro horizonte. Son realidades valiosas y forman parte de nuestra vida, pero también pueden mantenernos permanentemente volcados hacia fuera, haciendo que olvidemos el lugar donde reside nuestra verdadera paz. Cuando vivimos únicamente desde ese plano exterior, es fácil quedar atrapados en aquello que nos ata. Los karmas se crean fuera. Los apegos también. Y el ego, que tantos problemas nos causa, igualmente pertenece a ese ámbito. En el interior no hay ego.
Si queremos liberarnos de esa forma de vivir, el camino no consiste en recorrer grandes distancias, sino en acercarnos a nosotros mismos. Se trata de profundizar hasta descubrir quiénes somos. Porque cuando nos encontramos en nuestro interior, vivir en el mundo deja de ser una lucha constante.
Sin embargo, regresar al interior no resulta tan sencillo. Nuestra naturaleza humana nos impulsa continuamente hacia el mundo exterior. En esta forma humana en la que vivimos, las posibilidades de relacionarnos con ese mundo son infinitas. De hecho, nueve de las diez aperturas del cuerpo nos orientan hacia el mundo exterior, y solo una nos conduce al interior. Por eso, la atención tiende a dispersarse a través de los sentidos, en vez de recogerse en la única puerta, el tercer ojo, que es la puerta por la que accedemos a nuestro verdaero hogar.
Podemos comprender esta idea de la tendencia de la atención comparándola con esos juegos de laberinto en los que hay que conducir una pequeña bola hasta un único orificio, evitando que caiga en cualquiera de los muchos agujeros repartidos por el tablero. La bola representa nuestra atención. Los numerosos agujeros simbolizan las múltiples vías por las que la conciencia se dispersa hacia el mundo exterior a través de los sentidos, mientras que el único orificio correcto representa el tercer ojo, la puerta hacia el interior. Si la bola cae en cualquiera de los otros agujeros, la partida termina y hay que empezar de nuevo. Del mismo modo, cuando a lo largo de la vida nuestra atención permanece atrapada en el exterior, el ciclo del nacimiento y la muerte continúa, y volvemos a comenzar una nueva partida: una nueva vida.
Afortunadamente, no estamos solos en este recorrido. Aunque el mundo exterior tienda a dispersar nuestra atención, también es allí donde Dios ha ido dejando, aquí y allá, pequeñas piedrecitas que señalan el camino. Solo tenemos que aprender a reconocerlas y seguirlas.
La principal referencia externa que tenemos es el maestro contemporáneo. En la página web oficial de RSSB leemos:
La relación del maestro con el discípulo es la de guiar al discípulo en el viaje interior y ayudarle a alcanzar los reinos superiores de conciencia que conducen a la liberación.
El maestro viene a este plano físico a buscarnos. Se presenta como uno más de nosotros, con una familia, un trabajo y las responsabilidades propias de la vida para que podamos identificarnos con él y seguir sus pasos. Como nuestra atención está dirigida hacia el exterior, comienza acompañándonos precisamente desde ahí, para conducirnos poco a poco hacia el interior.
Cuenta una historia que un hombre acudió al psicólogo profundamente preocupado. No tenía fuerzas ni para levantarse de la cama. Su aspecto era descuidado, su casa estaba sucia y desordenada, y hasta las tareas más sencillas del día a día le resultaban un esfuerzo. Convencido de que necesitaría una larga terapia para recuperar el ánimo, acudió en busca de ayuda.
Tras escucharle, el psicólogo le dio una única recomendación:
“Necesitas tener invitados en casa una vez por semana. Invita a alguien cada semana y no volverás a necesitar esta consulta”.
El hombre se quedó desconcertado. No era, ni mucho menos, el consejo que esperaba. Sin embargo, con el tiempo comprendió que el psicólogo tenía razón.
¡Qué importante es para nuestro ego la mirada de los demás! Cuando esperamos invitados, nuestra casa suele estar más limpia y ordenada, la comida la preparamos con más esmero y nosotros mismos procuramos mostrarnos amables y sonrientes, aunque ese día no tengamos buen humor.
Lo que no somos capaces de hacer cuando estamos solos, muchas veces sí somos capaces de hacerlo cuando sabemos que los demás nos están mirando. Qué acertada fue la solución del psicólogo. Bastaba con comprometerse a recibir a alguien cada semana para que, poco a poco, su mente recuperara el hábito de cuidarse y fuera capaz de hacerlo por sí mismo.
Imaginemos ahora que un discípulo se presenta delante del maestro y le cuenta que está preocupado porque su vida espiritual está empezando a descontrolarse: le cuesta cada vez más encontrar un rato para meditar, se le olvida hacer simran durante el día. ¿Que podría responder el maestro? De hecho, ¡podría responder tantas cosas! ¡Y todas ayudarían, seguro! Pero podría decir también algo parecido a lo que respondió el psicólogo: “Ve al satsang cada semana y haz seva”.
Tendría sentido, ¿verdad?, porque el satsang y el seva también requieren un compromiso externo. Cuando nuestra fuerza interior se ve debilitada, cuando la mente corre hacia lo de fuera, ¡bingo!, hay algo fuera que nos puede ayudar a volver al interior: el satsang y el seva. En la revista Camino Real (4-23) leemos:
Puede que, al principio, nuestros motivos de acercamiento al seva no fueran completamente desinteresados. Puede que hayamos querido hacer seva por motivos sociales o teniendo en mente expectativas matrimoniales. O quizá esperábamos que fuera un sustituto de la meditación, ya que la meditación nos parecía que implicaba demasiado esfuerzo. (…) Sean cuales sean nuestras razones para hacer seva –por simples, equivocadas, genuinas o egocéntricas que sean–, el maestro nos acoge sin juzgarnos. Su amor es tan magnético, tan generoso, que nos atrae poco a poco. (…) Hacemos seva para nosotros mismos, porque lo necesitamos. El seva nos limpia, nos hace más amoldables, nos purifica y nos hace más parecidos a aquel a quien servimos.
A veces el compromiso con los demás es más fuerte que el compromiso con uno mismo. Es más fácil madrugar y cumplir con nuestro jefe en el trabajo, que en otros ámbitos de nuestra vida donde lo que hacemos es únicamente para nosotros mismos, como por ejemplo meditar. ¿Qué sucede cuando nos quedamos solos? ¿Qué sucede con el compromiso con nosotros mismos y con el maestro? ¿Qué sucede cuando nadie nos ve?
¡Ah, perdón!, que no estamos solos. A veces se nos olvida: no estamos solos. En este sentido, hay una cita muy contundente en el Libro de Mirdad que nos lo recuerda:
Pensad como si todos vuestros pensamientos tuviesen que ser grabados a fuego en el cielo para que todo y todos los viesen. Y verdaderamente es así.
Hablad como si todo el mundo fuese un único oído, atento a escuchar lo que decís. Y verdaderamente es así.
Obrad como si todos vuestros actos tuviesen que arrojarse sobre vuestras cabezas. Y verdaderamente es así.
La función del satsang es motivarnos a meditar e inspirarnos para llevar el estilo de vida de Sant Mat. Puede que lleguemos al satsang de mal humor o con distintas motivaciones, pero como leemos en la Guía del buscador:
Los maestros continuamente recalcan a los buscadores la importancia de estudiar la literatura de Sant Mat y de asistir al satsang. Hazur Maharaj Charan Singh describe el satsang como “el cercado alrededor de la cosecha de la meditación”, y señala que atender a tales reuniones es una ayuda para el discípulo:
Si asistes al satsang con regularidad y lees la literatura de Sant Mat, tus dudas y temores se resuelven, y el anhelo de buscar a Dios aumenta.
El maestro de cada época da instrucciones concretas para poder recorrer el camino de regreso, y va dejando aquí y allá centros de satsang para reunirnos, oportunidades de seva, libros, y encuentros, para que a modo de piedrecitas nos vayan orientando. En la Guía del buscador leemos:
El creciente número de centros crea un sentimiento de unión, oportunidades de seva y una conciencia colectiva entre los discípulos, fortaleciendo así los valores y principios propios de este sendero de servicio y meditación.
Hora tras hora de meditación vamos profundizando en nuestra esencia hasta que un día, cuando lleguemos al interior comprenderemos el valor de todas las piedrecitas que nos han ido marcando el camino, y descubriremos aquello que los místicos tanto remarcan, porque como leemos en el libro Una llamada al despertar:
Es entonces cuando la afirmación repetida tan a menudo en el satsang –que el verdadero gurú es el Shabad y el verdadero discípulo es la atención sintonizada con la divina melodía del Shabad– se vuelve real.
Y aprenderemos poco a poco a vivir aquí fuera, pero desde dentro; donde todo es calma y amor. Quizás entonces cobren sentido las siguientes palabras, escritas en el libro La voz interior:
Nuestro cuerpo es una casa maravillosa. Es el epítome de toda la creación. El hombre es el microcosmos y el universo el macrocosmos. Están interrelacionados. El macrocosmos es contactado y estudiado a través del microcosmos. Cuando cruza el umbral del templo, el alma se encuentra con mundos nuevos sumamente atractivos. Ahí está el conocimiento trascendental y el tesoro divino. Ahí está el Dios vivo con todo lo que él ha creado.