Su voluntad: volver a él
Amigo mío, vive en la voluntad del maestro
y mantenla cerca de tu corazón.
Considera un favor lo que el maestro haga,
y acepta de corazón lo que diga.
¡Oh inconsciente!, aprende lo que es gratitud.
Él te dará dicha o dolor,
lo que en su sabiduría considere mejor.
Tu condescendencia con los placeres sensuales es perversa,
y en aras al amor que siente por ti
puede reprenderte.
No puedo dejar de insistir lo suficiente:
dale las gracias a cada momento,
pues sin el maestro nadie te puede ayudar.
Soami Ji. Sar bachan poesía
En la vida no siempre conseguimos lo que deseamos. Hay sueños que no se cumplen y planes que toman un rumbo distinto al que imaginábamos. Al final, recibimos lo que nos corresponde vivir, aquello que, de algún modo, Dios ha dispuesto para nuestro camino. Nada de lo que vivimos escapa a su providencia. Incluso aquello que hoy nos resulta incomprensible, puede estar preparando un bien mayor que todavía no alcanzamos a ver. Solo con el paso del tiempo, y muchas veces mirando hacia atrás, descubrimos que cada acontecimiento tenía un sentido dentro del plan que Dios había trazado para nosotros. En el Gurú Granth Sahib está escrito:
Nadie es necio, nadie es sabio;
solo tu voluntad prevalece en todo.
No es nuestra inteligencia la que gobierna el mundo, ni nuestros méritos los que ordenan los acontecimientos. Detrás de todo se encuentra únicamente su “mandato”. Y aceptar ese mandato con alegría constituye la esencia misma del sendero espiritual. Gurú Arjan Dev Ji lo expresó de una forma sencilla y muy cercana: “Tu voluntad me resulta dulce”.
La verdadera espiritualidad comienza cuando dejamos de luchar contra lo que es, cuando el corazón aprende a decir sí, cuando cesa la resistencia y nace la confianza. Por eso, los místicos emplean el termino bhana, aquello que el alma recibe con gozo; y como consecuencia le aporta serenidad, plenitud y paz interior. Vivir en su voluntad significa abrazar con gratitud todo lo que Él dispone para nosotros, sin queja, sin rebeldía, sin pensar constantemente que las cosas deberían haber sido de otra manera.
Sin embargo, la naturaleza humana es frágil. Cuando la vida coincide con nuestros deseos, aceptamos fácilmente que todo es voluntad del Señor. Pero cuando las cosas no suceden como esperábamos o la vida toma un rumbo distinto del que habíamos imaginado, nos cuesta aceptar esa misma voluntad. Entonces intentamos imponer la nuestra. Rogamos que cambien los acontecimientos, que desaparezcan las dificultades, que el destino tome otra dirección.
Los santos son claros: aquello que Dios ha dispuesto para nosotros acabará cumpliéndose. Podemos recibirlo con serenidad o resistirnos, pero nuestra resistencia no cambia su designio. La felicidad y la tristeza, la riqueza y la pobreza, el encuentro y la separación, la vida y la muerte que forman parte de nuestra existencia son la manifestación de una inmensa ley de amor y de justicia que actúa constantemente en nuestras vidas, y mediante la cual vamos saldando las cuentas de nuestros karmas. Cada acontecimiento tiene un propósito, cada dificultad encierra un aprendizaje y cada experiencia nos acerca, de un modo que muchas veces no comprendemos, al momento de volver a él.
Por tanto, acatar la voluntad del maestro espiritual consiste en obedecer el mandato del Señor. Y su mandato es simple: volver la mirada hacia dentro. Ir hacia el interior mediante el bhajan (meditación) y el simran (repetición). Todo lo demás es secundario. Todo lo demás pertenece al mundo cambiante de las formas. El propósito de la existencia no es acumular experiencias exteriores, sino viajar desde la creación hasta el Creador; desde el universo visible hasta el origen de donde todo emerge. Y el medio para realizar ese viaje es la meditación.
Durante la iniciación se nos revela que la puerta de entrada al reino interior se encuentra entre y detrás de las cejas. Cristo dijo: “… llamad a la puerta y se os abrirá” (Mateo 7:7). Hazur Maharaj Ji explicó que esa puerta permanece cerrada desde dentro y que la llave está en manos del maestro. Rabia Basri, con gran sabiduría, expresó: “¿Por qué llamas a una puerta que ya está abierta? ¡Entra!”. Y Tulsi Sahib añadió: “¿Por qué eres tan tímido? Descorre el velo y entra”. Esa timidez, explica Hazur Maharaj Ji, es nuestro apego al mundo. Es el temor de presentarnos al maestro mientras seguimos atrapados en la ilusión de este mundo. Durante incontables vidas hemos amado las sombras y apenas hemos reservado tiempo para la luz. Por eso, el satgurú insiste una y otra vez: buscad la puerta, llegad hasta ella. Una vez allí, él se encargará del resto.
Pero alcanzar esa puerta no resulta sencillo. Al comienzo del sendero solemos caminar impulsados por el entusiasmo. Todo parece nuevo. Todo parece posible. Sin embargo, con el paso de los años la mente comienza a resistirse. Cuanto más intentamos avanzar, con mayor fuerza procura distraernos. Entonces, aparecen las dudas, las preguntas y el cansancio: “¿Para qué seguir sentado, meditando más tiempo?”, “han pasado tantos años y no he visto nada”, “¿se habrá olvidado el maestro de mí?”. Pero el maestro jamás se olvida de nosotros. Jamás abandona su misión de llevarnos de regreso al regazo del Señor. Soami Ji, en el Sar bachan prosa nos consuela con esta expresión:
Considera los momentos de sufrimiento como una bendición para repetir constantemente el Nombre del gurú.
Y Sardar Bahadur nos recuerda en La ciencia del alma:
¿Qué otra cosa puede hacer la mente? Simplemente está cumpliendo con su deber. ¿No debes tú cumplir también con el tuyo?
Nuestra tarea es seguir adelante. Sentarnos. Repetir. Escuchar. Esperar. Amar. El resto le pertenece al maestro.
Para ayudarnos en ese camino hacia el interior, el maestro nos ofrece tres preciosos regalos exteriores que preparan el viaje interior: el darshan, el seva y el satsang.
El darshan es la chispa que enciende el amor divino. Es ese instante sagrado en el que la mirada del discípulo encuentra la mirada del maestro y algo antiguo, silencioso y eterno despierta en lo más profundo de su corazón. Es el comienzo de una historia de amor espiritual. Gurú Arjan Dev Ji lo expresa así:
Contemplando tu darshan, mi vida se llena de sentido.
Cuando contemplamos al maestro surge el bireh, la añoranza divina. No se trata de una tristeza ordinaria, sino de una nostalgia sagrada: el anhelo ardiente de regresar al hogar del alma. El darshan exterior es un puente entre este mundo y el otro. No es la meta, pero nos orienta hacia ella. Durante el darshan la mente se aquieta, las preocupaciones pierden fuerza y los pensamientos se desvanecen. Por un instante, el corazón encuentra un lugar donde descansar. Los santos dicen que bendito es aquel que tiene la fortuna de contemplar al gurú verdadero.
Porque el verdadero darshan no consiste solamente en mirar. Consiste en dejar que la presencia divina del maestro toque nuestro corazón, despierte el alma y nos llame desde lo más profundo de nuestro ser.
Hay una anécdota que ilustra este aspecto. En tiempos de Hazur Maharaj Ji, se cuenta que había dos discípulos que no pudieron asistir al programa de satsang porque debían quedarse a finalizar un importante servicio que les habían encomendado; por este motivo se quedaron muy apenados e inmersos en una profunda tristeza. ¡Creían haber perdido una oportunidad irrepetible! Pero Hazur cambió su ruta habitual y fue a encontrarse con ellos al lugar donde estaban realizando servicio. Entró en silencio y se puso delante de ellos. Cuando levantaron la vista y lo reconocieron, sus corazones se llenaron de una felicidad difícil de describir. Eso es el darshan: la certeza de que el amor del maestro sabe de nuestras lágrimas y nuestros anhelos. La certeza de que jamás nos olvida y siempre está con nosotros.
Pero el darshan exterior no es el final del camino. Es apenas el comienzo. El verdadero darshan ocurre dentro de nosotros, cuando la conciencia se eleva y percibe la presencia divina del maestro en la región del Shabad. El exterior prepara para el interior; en el interior se consuma el viaje. Por eso, los santos insisten en que el darshan no es simplemente contemplar una forma física, sino despertar a una realidad espiritual que siempre ha estado aguardándonos dentro.
El seva es el servicio desinteresado. Sirviendo aprendemos a dar, a obedecer y a olvidarnos de nosotros mismos. Poco a poco, el servicio va limando las asperezas del ego hasta convertir el corazón en un recipiente apto para recibir la gracia divina. Gurú Amar Das Ji enseña que el seva da fruto cuando se realiza con plena conciencia y sincera humildad. La historia de Hazur Maharaj Ji visitando a esos dos discípulos nos revela la inmensa generosidad del maestro. Nosotros apenas podemos ofrecer un pequeño servicio, pero él siempre nos responde con océanos de amor. Y cuando el seva se realiza con responsabilidad, gratitud y entrega, la mente comienza a transformarse y el corazón se vuelve más receptivo a su presencia.
El satsang, por su parte, despierta el anhelo por la Verdad. Nos recuerda que este mundo es pasajero, que nada material puede acompañarnos más allá de la tumba y que hemos venido aquí para algo inmensamente más grande que acumular afectos, posesiones, éxitos o recuerdos. Cristo dijo (Mt. 18:20):
Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo.
Por eso, en el satsang, sentimos algo que las palabras rara vez consiguen explicar: la cercanía del maestro, la fragancia de su amor, la certeza de su compañía. Aunque escuchamos una y otra vez las mismas enseñanzas, cada vez las recibimos con una profundidad nueva, pues en la medida en que las seguimos nuestro corazón se vuelve más y más receptivo. Sin embargo, el satsang alcanza su verdadero propósito cuando la verdad que hemos escuchado se arraiga en nuestro corazón mediante la meditación y se manifiesta en todos los actos de nuestra vida. Soami Ji expresa en el Sar bachan poesía:
Asiste al satsang, encuentra tu verdadero camino
y fúndete en el amor de tu maestro.
Él te ayudará a encontrar
el tesoro del Nam en tu interior.
Y entre todas las herramientas espirituales, ninguna es más poderosa que el simran. A través de la repetición constante del Nombre, la conciencia comienza a desprenderse del mundo y a unirse al Shabad. Sultán Bahu dice:
Recuerda a Alá con cada respiración.
Y Gurú Arjan Dev Ji añade:
Recuerda, recuerda, recuerda, y alcanzarás la paz.
La práctica de la meditación comienza con el simran y el dhyan. El simran, la repetición interior de los nombres sagrados, constituye la base de toda la práctica espiritual. Con él vamos silenciando el incesante flujo de pensamientos que mantiene a la mente dispersa en el mundo. El dhyan es la contemplación amorosa de la forma del maestro. Gracias a él, la atención deja atrás las imágenes, los rostros y las innumerables formas que llenan nuestra mente para permanecer fija en él. Ambos recogen y orientan la atención, preparándola para el bhajan o Shabad-dhun: la audición de la melodía divina que resuena eternamente dentro de nosotros. El Shabad es la esencia de toda la creación, la corriente viva que desciende desde el Señor para sostener y atraer de nuevo a las almas hacia su presencia. A medida que escuchamos esa música celestial, el amor del maestro empieza a impregnar cada rincón de nuestro ser. Como suele expresarse de forma metafórica: cuando hacemos simran y dhyan, extendemos nuestras manos hacia él; cuando hacemos bhajan, es él quien toma nuestras manos y nos habla con su dulce voz.
El satgurú nos ha dado todo cuanto necesitamos para emprender el camino de regreso al hogar verdadero: el darshan, el seva, el satsang, el simran, el dhyan y el bhajan. No nos falta ninguna enseñanza ni ningún medio. Ahora nos corresponde ponerlos en práctica con amor, constancia y confianza.
El maestro interior está siempre con nosotros. Nos espera con infinita paciencia; a través del Shabad nos llama incesantemente aguardando el momento en que retiremos la atención del mundo y la dirijamos de nuevo hacia él. Entonces descubriremos que aquello que buscábamos fuera nunca estuvo lejos: siempre habitó en lo más profundo de nuestro propio ser. Allí nos esperan la paz que no cambia, el amor que no se agota y la dicha que ninguna circunstancia puede arrebatarnos.
Porque el propósito de la vida es volver la atención hacia nuestro interior hasta reencontrarnos con el Señor. Todo lo demás es pasajero. Solo el Shabad permanece. Solo el amor del maestro perdura, y la meta es una sola: regresar al maestro interior, y fundir nuestra conciencia en la corriente divina del Shabad hasta llegar a fundirnos para siempre en el Señor.