Caminos de búsqueda
Es precisamente por medio de su gracia como obtenemos la oportunidad de venir al sendero. En realidad, en nuestro nacimiento previo nos hemos abierto camino y de este modo hemos invocado su gracia para venir al sendero, y así es como en esta vida nos encontramos en el sendero.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. I
Shraddha Liertz presenta el relato de su vida espiritual bajo el título: Adventure of Faith –Aventura de fe–. Y ese título resume muy bien el sentido de todo el libro: el relato de una búsqueda de Dios que comienza desde muy joven, cuando siente una llamada interior, pero cuyo destino no puede conocer de antemano. Solo muchos años después, al mirar retrospectivamente su vida, puede descubrir la continuidad entre experiencias y etapas que, mientras las estaba viviendo, parecían caminos separados.
El comienzo de esta aventura se sitúa cuando tenía trece años y medio. Un día, mientras regresaba de la escuela en tren, experimentó algo que la impresionó profundamente: sintió una luz que venía de arriba y, al mismo tiempo, escuchó interiormente una voz que le decía que preservara la capacidad de amar, porque no sabía si algún día Dios le pediría su corazón entero. La experiencia duró solamente unos segundos, pero para ella fue inequívocamente una experiencia de Dios. Aquel momento produjo un cambio radical en su vida: desde entonces sintió que Dios había entrado personalmente en ella y que su vida quedaba vinculada a él. No contó aquella experiencia a sus padres ni a otras personas, pero la conservó como algo precioso y la consideró el primer momento decisivo de su camino, un primer “punto de no retorno”.
Su formación religiosa se desarrolló dentro del cristianismo. Sus padres eran católicos y desde niña había participado en la oración familiar, en la liturgia y en la vida de la Iglesia. Pero su búsqueda no se limitaba a cumplir unas prácticas religiosas. Quería acercarse personalmente a Dios y comprender cómo podía vivir esa relación con él. Por eso, buscó consejo en sacerdotes y recurrió a la lectura espiritual. Los libros tuvieron una enorme importancia en su formación, y al mismo tiempo fue desarrollando una oración cada vez más interior, hasta descubrir que incluso una sola palabra podía bastarle para entrar en la presencia de Dios.
Poco a poco, Jesucristo pasó a ocupar el centro de su vida espiritual. Su relación con Cristo se hizo especialmente intensa a través de la eucaristía y del evangelio. La lectura del libro Historia de un alma, de Teresa de Lisieux, produjo también una profunda impresión en ella y despertó su deseo de entregar completamente su vida a Dios. A los dieciocho años recibió permiso para realizar un voto privado de celibato, como expresión de ese deseo. La experiencia de la guerra y la muerte de su padre reforzaron todavía más esta orientación: aquellas circunstancias le hicieron tomar conciencia de la fragilidad de la vida y aumentaron su deseo de dedicarla a la oración y a la contemplación.
Entonces comenzó la búsqueda de un lugar donde poder vivir esa entrega. Su primera inclinación fue hacia el Carmelo, influida en buena medida por Teresa de Lisieux, pero al visitar un convento carmelita descubrió que aquel no era su camino. Después se dirigió hacia los benedictinos, una tradición con la que ya tenía una relación especial. Finalmente, en 1949, entró en la abadía benedictina de Saint Erentraud, en Kellenried. Allí sintió que había encontrado el lugar al que Dios la había conducido. La vida monástica respondía a lo que había estado buscando: oración, liturgia, silencio, disciplina y una existencia dedicada a Dios. Ella misma describe el monasterio como su “jardín cerrado”, y allí realizó sus votos definitivos en 1954.
Sin embargo, la vida monástica no significó el final de su búsqueda. Después de realizar sus votos comenzó a experimentar una cierta inquietud. La vida estaba orientada a la oración, pero ella seguía deseando una experiencia más profunda de unión con Dios. En 1956 vivió un nuevo momento decisivo durante unos ejercicios espirituales. El monje que los dirigía les propuso tener el valor de decir a Dios: “Haz conmigo lo que quieras”. Liertz tomó aquellas palabras muy en serio, y pocos días después volvió a experimentar una vivencia intensa de luz y de presencia divina.
Después de aquella experiencia atravesó un período muy doloroso. Ella habla de una especie de “desierto de hielo”: sentía a Dios lejano, sufría interiormente y tenía la impresión de haber perdido aquella luz. La lectura del libro Abandono a la Providencia divina, de Jean-Pierre de Caussade, le ayudó a comprender de otra manera la entrega a Dios y a aceptar que no tenía que controlar el camino. Durante los años siguientes siguió profundizando en la teología cristiana y en la vida espiritual, pero volvió a aparecer una cuestión fundamental: el conocimiento intelectual de Dios no era lo mismo que experimentar a Dios. Los libros podían ayudarla a comprender, pero no podían sustituir la experiencia que buscaba.
En 1965 comenzó otra etapa fundamental: su llegada a la India. Allí entró en contacto con otras tradiciones religiosas y espirituales, especialmente con el pensamiento del Vedanta. Vivió en Brahma Vidya Mandir, la comunidad fundada por Vinoba Bhave, y comenzó a estudiar las escrituras y la espiritualidad de la India. Su estancia amplió considerablemente su horizonte espiritual y comenzó a preguntarse por aquello que podía existir en común entre las distintas tradiciones religiosas. No abandonó su fe cristiana, sino que trató de comprender cómo encajaba lo que estaba descubriendo en la India con su propia fe.
En este contexto entró en contacto con las enseñanzas de los maestros y leyó el libro El sendero de los maestros, del Dr. Julian Johnson. Estas enseñanzas llamaron su atención, porque ponían el acento en la experiencia directa de Dios y en la necesidad de un guía espiritual que acompañara al buscador en el camino interior. En enero de 1971 pudo encontrarse personalmente con el maestro Maharaj Charan Singh en Nagpur. El encuentro fue importante, aunque no significó todavía que hubiese tomado una decisión definitiva. En aquel momento, además, Liertz atravesaba una experiencia de oscuridad interior: la luz que había conocido desde su juventud ya no aparecía como antes y sentía que su camino espiritual se había quedado bloqueado.
Durante 1971 viajó a Alemania para aclarar sus cuestiones con la Iglesia, hablar con teólogos y consultar a distintas personas antes de tomar una decisión tan importante como la posible iniciación en el camino de los maestros. No quería actuar precipitadamente, y buscaba escuchar también las opiniones de personas de su propia tradición cristiana. Algunas personas la animaron a explorar aquel camino y otras se mostraron contrarias. Finalmente decidió continuar su búsqueda en Beas.
En octubre de 1971 regresó a la India y se dirigió a Beas, donde estaba el centro espiritual de los seguidores de Maharaj Charan Singh. Allí volvió a encontrarse con él. El maestro le dio libertad para estudiar y decidir por sí misma. Liertz no quería dar un paso que no pudiera justificar ante su propia conciencia. Al escribir las razones de su decisión, reconoció tres cuestiones fundamentales: sentía que su vida espiritual se había estancado y necesitaba la ayuda de un guía experimentado; tenía preguntas sobre su fe cristiana que no había conseguido resolver; y, sobre todo, quería comprender quién era aquel guía interior que había seguido desde su juventud.
Esta última pregunta se convirtió en el centro de su búsqueda: “¿Quién eres, Señor?”. Liertz se preguntaba quién era realmente aquel que la había acompañado desde aquella primera experiencia de luz y voz. Ella creía que era Jesucristo, pero todavía no sabía cómo relacionar aquella experiencia con la figura del maestro vivo. Mientras meditaba sobre estas cuestiones, tuvo una intuición que para ella resultó decisiva: identificó la realidad que había experimentado interiormente como la Palabra divina, y entendió que esa Palabra podía manifestarse en forma humana. A partir de ahí consideró que seguir el camino de los maestros no suponía, según su propia comprensión, abandonar a Cristo.
Sin embargo, todavía tuvo que superar varias dificultades. El maestro le pidió que estudiara más las enseñanzas antes de concederle la iniciación. Ella se impacientó y tuvo que aprender a esperar. También descubrió que había entendido inicialmente de forma equivocada lo que significaba tener un maestro: había pensado que recibiría las instrucciones de meditación y después podría marcharse y continuar sola. Poco a poco comprendió que, dentro de aquel camino, la relación con el maestro ocupaba un lugar central. Pero precisamente ahí surgió una dificultad más profunda: toda su vida espiritual había estado centrada en Cristo y no podía simplemente sustituirlo por otra figura. Para afrontar este conflicto, recurrió al estudio de los evangelios, especialmente del Evangelio de san Juan, buscando comprender qué significaba un verdadero maestro. Finalmente, durante un período de oración y meditación, tuvo una experiencia que interpretó como una respuesta: sintió que la mirada del maestro era la misma que había experimentado en momentos anteriores de su vida espiritual. Entonces reconoció en él al mismo guía interior que, según su experiencia, la había acompañado desde su juventud.
Ese reconocimiento es el centro de su relato. El encuentro con el maestro no aparece para ella como el descubrimiento de algo completamente ajeno a su pasado, sino como el reconocimiento exterior de una presencia que ella creía haber seguido interiormente durante muchos años. Por eso, al mirar retrospectivamente su vida, considera que la etapa cristiana, los años de monasterio, las experiencias de oscuridad, la llegada a la India, el encuentro con las tradiciones orientales y finalmente Maharaj Charan Singh forman parte de un mismo proceso.
En definitiva, la trayectoria de Shraddha Liertz puede entenderse como una búsqueda que pasa por distintas formas de entrega: primero la llamada interior de Dios; después la vida cristiana y el descubrimiento de Cristo; posteriormente la consagración en el monasterio; más tarde la crisis y la necesidad de una experiencia espiritual más profunda; después el encuentro con la India y otras tradiciones; y finalmente la llegada a Beas y el encuentro con Maharaj Charan Singh. Ella misma no interpreta estos pasos como decisiones independientes, sino como un camino cuyo sentido fue comprendiendo poco a poco. La palabra que utiliza para describirlo es “aventura”: no sabía de antemano adónde la llevaría Dios y tuvo que atravesar períodos de oscuridad y de incertidumbre. Solo al mirar hacia atrás pudo reconocer una continuidad entre aquellas etapas y comprender el encuentro con el maestro como un momento en el que muchas de las preguntas que habían acompañado su vida empezaron a adquirir un nuevo significado.
Extracto del libro Adventure of Faith