Perdón ilimitado
No hay enemigo peor ni más dañino para el alma que tú mismo, si no estás bien avenido con el espíritu.
Tomás de Kempis. La imitación de Cristo.
Cuenta una leyenda del folclore estadounidense moderno, que un joven abandonó su hogar poco antes de la época de la gran depresión económica de los años treinta. Enfadado con sus padres, cansado de su familia y frustrado por la vida rural en la granja, quería emoción, aventura y experiencias. Así que, tras discutir con su madre y su padre, se marchó de casa en busca de fama, fortuna y una vida de lujo en las grandes ciudades. Pero llegó la depresión, el empleo escaseaba y, en lugar de riqueza y una vida cómoda, el joven terminó viviendo en la pobreza en las calles.
Abatido, no dejaba de pensar con nostalgia en su hogar y en su familia, recordando el consuelo, los cuidados y la seguridad que en otro tiempo le habían proporcionado. Pero durante los años que había pasado lejos de casa, nunca se había puesto en contacto con sus padres; ni siquiera les había escrito desde aquella partida marcada por la ira. Ahora sentía demasiada vergüenza y demasiado orgullo como para admitir ante ellos que se había equivocado, pedirles perdón y rogarles que lo aceptaran de nuevo en casa.
Los tiempos eran difíciles, y el joven no tenía dónde vivir y apenas tenía qué comer. Finalmente, acorralado por la necesidad, encontró el valor para escribir a sus padres. Les dijo que sabía que se había equivocado. Sentía haberles causado sufrimiento, pero temía pedirles perdón en persona, por miedo a que lo rechazaran. No obstante, les explicó que había conseguido ahorrar suficiente dinero para el viaje en tren y que llegaría a la estación local en una determinada fecha.
Las vías del tren pasaban cerca de la granja familiar, y el joven les pidió que, si en su corazón podían perdonarlo, ataran un pañuelo blanco a un viejo manzano situado junto a la vía. Si alcanzaba a verlo desde el tren, sabría que podía bajarse en la estación y que sería bien recibido en casa. Si no había ningún pañuelo, seguiría su camino de regreso a la ciudad.
El joven emprendió el viaje. Sentado en el compartimento, no lograba serenarse; la ansiedad le llenaba la mente. A su lado se sentaba un hombre mayor. Al observar la evidente angustia del joven, el anciano entabló conversación con él. Poco a poco llegó a conocer toda la historia, incluida la carta que el joven había enviado a casa, en la que hablaba del pañuelo blanco y del viejo manzano.
Cuando se acercaron al lugar, el joven se puso cada vez más nervioso. Finalmente dijo a su nuevo amigo:
“No puedo mirar. Mira tú y dime qué ves”. Cuando la granja apareció a la vista, el joven cerró los ojos mientras el anciano miraba por la ventana. “¿Y bien? –preguntó el joven con voz temblorosa–. ¿Hay un pañuelo blanco?”. “No”, respondió el anciano. Pero estaba sonriendo. “No hay solo un pañuelo blanco. ¡Todo el árbol está cubierto de pañuelos blancos!”.
Hay algo de este joven en todos nosotros, porque debe de haber muy pocos que, al menos en algún momento de su vida, no hayan albergado el pesar de no haber sido mejores personas. Es raro encontrar a alguien que, en la tranquila sinceridad de su propio corazón, sea completamente inconsciente de sus defectos humanos.
Cuando se trata de la búsqueda de la eternidad dentro de nosotros mismos, hay momentos en los que somos golpeados, con una intensidad aún mayor, por la conciencia de nuestra propia imperfección. «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto», aconsejó Jesús hace tantos siglos. Y nos preguntamos: «¿Cómo?».
Los místicos son conscientes de nuestros sentimientos y, aunque no quieren que nos volvamos indiferentes, también saben que entregarnos a la autocompasión o al reproche hacia nosotros mismos tampoco es bueno. Quieren que avancemos, no que miremos atrás; que encendamos una lámpara, no que maldigamos la oscuridad.
Por eso, no sorprende que un tema común en los escritos de los santos sea el perdón y el amor de Dios hacia los seres humanos que han errado. Como un padre amoroso, la presencia divina está siempre ahí para recibirnos con los brazos abiertos, por mucho que nos hayamos “revolcado en el barro”. Los místicos saben que cuanto más nos perdonamos a nosotros mismos, más felices nos sentimos y, entonces, con gracia y confianza, volvemos nuestros rostros hacia la luz.
Después de todo, dicen, Dios es quien ha creado al ser humano y a la creación tal como son. Él es quien dio existencia al alma y a la creación. Él es quien puso en el alma el impulso primordial de buscar experiencias en la diversidad de la creación, en lugar de permanecer descansando en el amor, en el regazo de lo eterno. Y él es quien, cuando llegue el momento, atraerá de nuevo al alma hacia sí.
Esta es la historia primordial del alma: su partida de Dios, su letargo o muerte espiritual dentro de la creación, su despertar y su anhelo de la luz, y finalmente su regreso al hogar divino, su verdadera y natural morada. Por eso, es una historia que aparece repetidamente en la literatura mística.
La historia de este joven que abandona su hogar, se pierde en el mundo, reconoce su error y finalmente busca el camino de regreso es, en el fondo, una versión moderna de la parábola evangélica del hijo pródigo (Lucas 15, 11-32). Cambian la época, las circunstancias y los personajes, pero permanece la misma idea esencial: el hijo que se aleja de su hogar, sufre las consecuencias de su extravío y, finalmente, vuelve arrepentido, confiando en ser recibido de nuevo.
Esta semejanza permite comprender mejor el sentido espiritual de la parábola: el regreso del hijo no es simplemente el regreso de quien ha cometido un error, sino el retorno de quien vuelve a su verdadero hogar y descubre que el amor del Padre permanecía intacto. Desde esta perspectiva, la parábola no pone el acento en la culpa del hijo, sino en la alegría del Padre al recibirlo nuevamente.
Las conclusiones de esta alegoría y de la parábola del hijo pródigo son muy similares: el Padre se siente muy feliz de recibir de nuevo en casa a su hijo descarriado. Esto implica que no hay motivo para sentirse indigno o culpable. Dios es todo amor. Podemos olvidarnos de nosotros mismos y de nuestro pasado, mirar hacia él y buscar la meta espiritual. La culpa y el sentimiento de indignidad son, en realidad, formas de ensimismamiento. Son distracciones de la mente que nos impiden dedicar toda nuestra energía y atención a la búsqueda espiritual. Aunque a veces sea natural albergar tales sentimientos, en sí mismos no constituyen un paso positivo.
Jesús relata la parábola del hijo pródigo para dar ánimo a las almas que sienten el peso de la vida en este mundo y desean recorrer un sendero más elevado. No importa en qué haya estado involucrado el hijo –o la hija–. Un hijo siempre es bienvenido a la puerta del Padre, porque allí no se encuentra juicio ni justicia, sino únicamente amor puro y perdón.
“¿Por qué sigues insistiendo en mis errores del pasado?, –se quejó un hombre a su esposa–. Pensé que habías perdonado y olvidado”.
“He perdonado y olvidado –replicó su esposa–, ¡solo que no quiero que olvides que he perdonado y olvidado!”.
Así es el perdón humano. Pero el perdón de Dios pertenece a un orden completamente superior. De hecho, incluso nuestra búsqueda de Dios y de su perdón tiene su origen en la Fuente divina, el manantial del Espíritu que se encuentra en lo más profundo de nosotros mismos. Solo estamos respondiendo a un mensaje urgente que nos llama de regreso al hogar, un mensaje de amor y perdón, apenas audible al principio, que procede de los lugares más íntimos de nuestro ser.
La invitación de Dios al ser humano está siempre abierta.
Adaptado del libro The Prodigal Soul