Caminos de búsqueda
Apenas llevaba dos pasos en la senda del amor, cuando fui completamente despojado de la distinción entre creencia e incredulidad.
Bu Ali Qalandar. Citado en el libro En busca del camino
En el pasado, mi falta de salud motivó indirectamente que me rodeara de valiosas amistades y también de cierta felicidad en la vida. Esta circunstancia me trajo la mayor de las experiencias que cualquiera pueda tener: el encuentro con un santo verdadero.
Como medida terapéutica y en un intento de eliminar las consecuencias de una larga enfermedad, en junio de 1940 solicité un puesto en la secretaría del personal civil en periodo de guerra en el Cuartel General del Ejército de la India, en Shimla. Me destinaron al servicio del coronel Sanders cuya secretaria, amiga mía, estaba a punto de ser ascendida. Ella fue quien despertó mi interés, al decirme que el coronel estudiaba un método de yoga místico. (…) Él habló de la Colonia Baba Jaimal Singh, en Dera, dirigida por un maestro sabio y bondadoso que no le pedía a nadie que cambiara su religión o su forma de vivir, excepto abstenerse de comer cualquier tipo de vida animal.
Este maestro, comentó, imparte unas enseñanzas que cada cual aplica a su forma de vivir, y cuya parte principal consiste en practicar meditación diariamente. Todo esto me resultaba muy atractivo, ya que desde mi invalidez había pasado sola largos periodos de mi vida y mis pensamientos se habían vuelto introspectivos, aunque agradables compañeros. Pero él dijo que eso no era suficiente; que era necesario realizar cierto esfuerzo para controlar y recoger esos pensamientos en un determinado punto, un centro situado detrás y entre los ojos físicos, conocido por los místicos como ‘el tercer ojo’ o tisra til. Este punto no tiene localización física y permite ‘ver’ las cosas mucho mejor que con los ojos con que fui bendecida al nacer. Es un ojo que contempla interiormente un mundo nuevo y fascinante, cuya visión es imposible de alcanzar por los ojos físicos.
… Sus palabras dieron en el blanco, pues mi cuerpo me había fallado con demasiada frecuencia en el pasado como para poner mucha fe en sus capacidades. Así que iba a comprometerme en un viaje sin dimensiones de tiempo o espacio, en el que vería no con la vista sino con la percepción interna dentro de los límites de mi propia mente, y para esto tenía que apartarme diariamente del mundo físico durante un tiempo fijo de dos horas y media.
El coronel dijo que conforme avanzamos en la práctica de la meditación conectamos con el sonido verdadero, el cual es de una naturaleza tan arrebatadora y fascinante que para los que lo escuchan resulta difícil retornar al plano físico. Destacó también la necesidad de esforzarse por la rectitud moral en todas las cosas, pues debemos “limpiar el recipiente antes de llenarlo”.
Mis padres se quedaron consternados cuando les hablé por primera vez de Sant Mat; creyeron que perdería mis fuerzas si seguía una dieta con poca o ninguna proteína animal. Yo no quise enfrentarme a ellos, pues presentí que, con paciencia y moderación, acabarían persuadidos de la sinceridad de mis convicciones y comprenderían que ningún daño podría sobrevenirme.
Mientras tanto, el coronel había dispuesto que yo pasara una parte de las vacaciones de Navidad en Beas… Sin embargo, antes de esto, estaba destinada a encontrarme por primera vez con mi queridísimo maestro, cuando visitó la casa del coronel en Nueva Deli, ciudad a la que se había trasladado nuestra oficina y también mi familia en el invierno. No tengo palabras para describir mi entusiasmo en aquella querida y soleada tarde de octubre en mi oficina. El coronel se había adelantado para recibir a su huésped, y más tarde telefoneó para decirme que el maestro deseaba que yo fuera a verle. Montada sobre mi bicicleta de camino a la casa, sentía como si estuviera flotando en el aire mientras bajaba la cuesta de la secretaría. Así es, pensé, cómo se siente el jubiloso éxtasis de volver a encontrarse con el maestro del que tu alma ha estado separada, quizá, por nada menos que ocho millones cuatrocientas mil categorías distintas de vida. Al fin llegué, y allí estaba él, impecablemente vestido, de figura majestuosa y erguida; con una larga barba blanca como la nieve, el turbante alto y un aspecto de serena dignidad, ante mis ojos y extendiéndome la mano con un profundo “¡Hola!”, como saludo.
A mi vehemente solicitud de iniciación, el maestro replicó que solo podía concederse a los que eran totalmente vegetarianos… Maharaj Ji me recomendó, también, estudiar cuidadosamente los libros existentes en inglés (que en aquel tiempo solo eran escritos del Dr. Johnson, el libro Misticismo; El sendero espiritual del Profesor L. R. Puri y el Sar bachan de Soami Ji), y buscar respuestas satisfactorias a todas las cuestiones importantes que se plantearan en mi mente…
Antes de que yo me fuera de Beas, la Sra. Johnson concertó una entrevista con Maharaj Ji en la que desarrolló un sólido alegato, haciendo ver que yo estaba perfectamente preparada para la iniciación en todos los aspectos, excepto en el punto de la dieta. De manera muy delicada importunó al maestro, pidiéndole que al menos me diera uno de los cinco nombres otorgados en la iniciación. Le divirtió mucho su ingenua petición. Con el cariño hacia ella brillando en sus ojos (él la había agraciado con el epíteto gur piari, es decir: “Amada del maestro”), dijo risueñamente: “Si le doy uno, por la misma razón podría concederle los cinco”. A lo que ella repuso con viveza: “¡Pues dale los cinco!”. “¡Pero si aún come carne!”, replicó él. “¡No importa, ella no tiene la culpa! ¡Ella no quiere comerla!”, abogó, mientras yo estaba al lado, implorando con la mirada por todo lo que yo más apreciaba. “Muy bien, ya lo veremos más tarde, cuando pase por Deli”, dijo él, ablandándose un poco. Y así sucedió.
… Y en marzo, el maestro visitó nuevamente el bungalow del coronel Sanders en Deli, donde me pidió que acudiera para darme los cinco nombres.
Durante el permiso de octubre, viajé a Beas con el coronel para recibir la segunda parte de mi iniciación, a la que ya no se oponía ningún obstáculo. Esta mitad fue la más importante de la instrucción: la verdadera iniciación, en la que el maestro conecta realmente al alma con la corriente del sonido.
Con frecuencia me maravillo de la facilidad con la que él me atrajo a su redil, a mí, la primera mujer inglesa, joven y reservada, que había buscado la iniciación directamente de él. Me encajó de la manera más natural en su plan: patrocinada (para alivio de mis progenitores) por un oficial del mismo servicio al que pertenecía mi padre, acogida por una bondadosa mujer americana que me trató con el mayor cariño desde el primer momento que nos encontramos, y amadrinada por una señora india encantadora y culta que me dio apoyo durante mi iniciación final.
¡Cuánto amor me has mostrado, mi querido maestro, incluso en los detalles más pequeños de mi encuentro contigo!
En enero de 1946 visité Dera por última vez en muchos años. El maestro me recibió con mucho afecto y cariño. Estuvo muy solícito, se interesó por mi futuro y acerca de mis posibilidades de alojamiento en Inglaterra, lo que debido a la guerra y sus consecuencias constituía entonces un problema muy grave. También expresó la esperanza de que los satsanguis de Inglaterra me recibieran con amor y amabilidad cuando yo regresara, del mismo modo que lo haría un padre cariñoso que sintiera preocupación por el bienestar de su hija.
En abril de 1946, antes de embarcar, volví a verle una vez más en Deli para despedirme. Arrodillándome ante él, le pedí su bendición, y él me dirigió una mirada tan significativa que me hizo comprender cuán plenamente percibía la tormenta de mi corazón. Yo tenía conciencia de que abandonaba hogar y país para dirigirme hacia un futuro incierto con una salud delicada y, lo que era peor aún, para nunca volver a ver su forma física ni oír su cariñosa voz aconsejarme e instruirme.
Él colocó suavemente su mano en mi hombro por un instante. ¡Querido amado, todas las campanas del cielo repicaron para mí en aquel momento!
Extractos del libro En busca del camino