Espiritualidad sin limitaciones
Tenemos que intentar comprender las enseñanzas de los santos y hacer el esfuerzo de llevarlas a la práctica y vivirlas, y no confinarlas dentro de organizaciones, religiones, comunidades o países. Sus enseñanzas van dirigidas a todo el mundo, y no podemos reservarnos el derecho de afirmar que son solo nuestras.
M. Charan Singh. Perspectivas espirituales, vol. I
“Cuando, cada tarde, el gurú se sentaba para las prácticas del culto, siempre andaba por allí el gato del ashram distrayendo a los fieles. De manera que el gurú ordenó que ataran al gato durante el culto de la tarde. Mucho tiempo después de haber muerto el gurú, seguían atando al gato durante el referido culto. Y cuando el gato murió, llevaron otro gato al ashram para poder atarlo durante el culto vespertino. Siglos más tarde, los discípulos del gurú escribieron doctos tratados acerca del importante papel que desempeña el gato en la realización de un culto como es debido”. (A. de Mello, S. J. El canto del pájaro).
Como vemos en esta historia, en un principio la acción de atar al gato se presentaba como una solución puntual para mantener el orden durante el culto, un acto que respondía a una necesidad concreta del momento. Sin embargo, al institucionalizarse esa práctica, la acción se desvinculó de su propósito original y se convirtió en un ritual inamovible. Mucho después de la muerte del gurú, la norma persistió: el acto de atar al gato se perpetuó, y cuando el gato murió, simplemente se reemplazó por otro, hasta el punto de ser objeto de elaborados tratados doctrinales.
De la misma forma, muchas practicas espirituales son originalmente genuinas, especialmente cuando la práctica de las enseñanzas está bajo la dirección del líder o maestro espiritual del momento. Sin embargo, en la medida en que las comunidades aumentan en número surge la necesidad de una mayor organización, y ahí es justo donde sus prácticas pueden sufrir un proceso de ritualización. Las acciones que en un determinado momento son totalmente necesarias, con el paso del tiempo se ven sustituidas por la repetición mecánica de normas y ritos, donde el significado inicial se diluye, en aras de la cohesión grupal. Lo que en un inicio era un camino con significado y enriquecía espiritualmente a sus devotos, termina –en gran parte– siendo una formalidad que se ejecuta sin cuestionamiento, perdiendo así su sentido.
En este sentido, Hazur Maharaj Ji comenta en el libro Perspectivas espirituales, vol. I:
Detrás de cada costumbre hay una razón. Al no investigar las razones, nos convertimos en esclavos de rituales, ceremonias y dogmas, y olvidamos su propósito.
Desde el punto de vista de los místicos, lo más importante es que, incluso dentro de comunidades y tradiciones, se mantenga el espacio para la experiencia individual sin que desaparezca la verdadera espiritualidad: la conexión interior y directa de cada uno con la divinidad, más allá de las normas impuestas.
Hazur Maharaj Ji sigue explicando en Perspectivas espirituales, vol. I:
Generalmente, después de la partida de místicos y adeptos, nos olvidamos de sus verdaderas enseñanzas e intentamos limitarlas. Creamos organizaciones poderosas y establecemos religiones sólidas. Nos aferramos a los dogmas, rituales y ceremonias y nos olvidamos de la realidad.
… Nuestras organizaciones, religiones, ritos y tradiciones solo tienen sentido junto a la espiritualidad. Si la espiritualidad se pierde, entonces son solo ceremonias, cáscaras vacías. Si se pierden las verdaderas enseñanzas de Cristo, la religión se convierte en una simple cáscara. Si la verdadera enseñanza de Gurú Nanak se pierde, entonces el ambiente que intentó transmitirnos y el camino que quería que recorriéramos se olvida y no se sigue.
… Si seguimos y vivimos las enseñanzas verdaderas, entonces estas prácticas cumplen su función junto con la espiritualidad. De lo contrario, todas nuestras religiones carecen de sentido, y la espiritualidad se pierde, el ambiente se disipa, y solo quedan los rituales.
De ahí que, en definitiva, el desafío consista en encontrar un equilibrio que permita que las tradiciones apoyen la experiencia espiritual, en lugar de limitarla o reducirla a una simple repetición formal. La práctica genuina debe ser una fuente de transformación y no una mera costumbre desprovista de su propósito original.
Debemos vivir las enseñanzas de los místicos, sean cuales sean, con autenticidad y comprensión, no simplemente como una obligación social o cultural. Solo así, la esencia espiritual presente en ellas puede convertirse en un camino de transformación interior, que nos proporcione verdadero crecimiento espiritual.
Hazur Maharaj Ji, continúa explicando en Perspectivas espirituales, vol. I:
Todos los místicos y adeptos intentan enseñarnos ese sendero en particular, que nos lleva de regreso al Padre, en el interior del cuerpo. Todos los días leemos a tantos místicos y santos: Dadu, Paltu, Mira Bai, Nanak, Soami Ji, Kabir, Shams-i-Tabriz y muchos más. Hablamos de la Biblia porque en ella encontramos el mismo misticismo. Y todos tienen el mismo mensaje e insisten en el mismo tema. Lo más importante es entenderlo y seguirlo, practicarlo.
Estas palabras del maestro nos hablan de la importancia de comprender las enseñanzas que practicamos y el propósito de las mismas. Si bien están dirigidas al ámbito grupal o social, también se aplican a nivel individual. Ninguna práctica espiritual u oración tendrá verdadero sentido si carece de significado para la persona que la realiza.
Por ejemplo, la oración o la meditación individual no pueden ser frías, calculadas o condicionadas por la expectativa de resultados, ni reducirse intencionadamente a una lista de peticiones. Deben surgir de la sinceridad y del sentimiento del discípulo, y verdaderamente deben significar algo para él.
Hazur Maharaj Ji dice en Muere para vivir:
No hay una oración determinada que puedas repetir cuatro o cinco veces al día. No se necesita ningún idioma, no se necesitan palabras en la oración. La oración es un idioma de amor del corazón al Padre, y entonces no existe nadie entre tú y el Padre. No eres consciente del mundo cuando le rezas a él. Él existe y tú existes. Esa es la oración verdadera, y eso solo es posible en el momento de la meditación, cuando intentamos olvidar todo lo que somos y dónde estamos.
Y más adelante añade:
Orar significa simplemente vivir en el amor y la devoción por el Padre. Eso es la oración continua. No se requieren palabras concretas; no hay que repetir oraciones establecidas. Debe ser una oración desde el corazón.
El amor es tan profundo que es completamente opuesto a la vaciedad de hacer cosas de forma superficial o carentes de sentido. Nuestra práctica espiritual debe estar llena de amor, y ese amor tiene que estar vivo en nuestro corazón; como un latido fuerte que nos impulse a acercarnos a aquel de quien hemos estado separados durante tanto tiempo.
Si nuestra práctica espiritual está llena de amor, entonces los rituales y prácticas vacías perderán su poder. El amor los desvanecerá, pues es lo que realmente da significado a nuestra meditación. Si mantenemos ese sentimiento vivo en cada oración y en nuestra vida, estaremos a salvo.
Como suelen expresar los místicos, el valor de la enseñanza de un místico está en seguir sus enseñanzas. Su valor no aumenta al limitar sus enseñanzas a una religión. Sus enseñanzas van dirigidas a todo el mundo, a toda la creación, indistintamente de la religión a la que pertenezcamos, ya seamos cristianos, judíos, sijs, hindúes o musulmanes. Las imparten a todo el mundo, no hay limitación.
Hazur Maharaj Ji, consciente de lo fácil que puede ser para nosotros desviarnos del propósito de los satsangs o charlas en las que se explican las enseñanzas de Sant Mat, comenta en Perspectivas espirituales, vol. III:
No puedo fijar ninguna norma de actuación sobre cómo organizar las reuniones y dónde celebrarlas. Si en el grupo hay afecto y armonía, es indiferente el lugar donde se reúna, incluso aunque sea al lado de la carretera. Lo que importa es el amor, la fe y la devoción, no el lugar.
Y sobre el mismo tema, también dice: “El satsang no debe convertirse en un acto social. En el satsang, por lo general, deberíamos hablar del sendero, de la forma de vida, y no de política, historias o milagros. (…) No vamos simplemente para disfrutar de la compañía de los demás, sino para conseguir inspiración para la meditación”. Y añade:
En las reuniones deberíamos ser una fuente de fortaleza para los demás, una fuente de ayuda mutua en el sendero. Debemos inspirarnos unos a otros.
Debemos regresar llenos de amor y devoción por la meditación, por el maestro, por el sendero, por vivir esta forma de vida. No es bueno que escuchemos una grabación solo como un ritual, sin sentir inspiración, o sin obtener ninguna fuerza en la reunión.
En definitiva, si estudiamos las enseñanzas de todos los místicos, veremos que todos dicen lo mismo: Dios está dentro de cada uno de nosotros, y ahí es donde debemos buscarlo a través de la práctica interior.
Pero si ocurre que llega un momento en que nos desvinculamos de este mensaje esencial, que está presente en las verdaderas enseñanzas de un místico, por las circunstancias externas que sean, y los ritos y costumbres predominan –convirtiéndose en la razón para ir a los lugares de culto–, toda comprensión y significado se han perdido. ¡La espiritualidad se ha perdido!
Por eso, es importante estar siempre atentos y conscientes. Si notamos que estamos meditando o rezando sin sentimiento alguno, es una señal de que debemos detenernos y preguntarnos: ¿Estoy haciendo la práctica con el corazón o solo por obligación? Recordemos que la espiritualidad no es un conjunto de reglas rígidas, sino un camino de transformación personal.
La única forma de evitar caer en la superficialidad es practicar la meditación con sinceridad. No se trata de repetir palabras sin sentido ni de hacerlo solo porque alguien nos lo dice. Se trata de abrir el corazón, de retirar completamente la atención hasta llegar a sentir la paz y la conexión con la divinidad. Si ponemos intención y amor en nuestra práctica, podemos confiar en que el maestro velará por mantenernos en el camino correcto y llevarnos finalmente a nuestro destino.
Tenemos que sentarnos a meditar por amor a la meditación, por amor al Padre.
… Cuando estamos meditando, debemos sentir que la mente está ahí. La mente debe estar absorta en la meditación. Si la mente se dispersa, entonces la meditación es mecánica. La meditación no debe ser solo mecánica. Pero cuando la mente está absorta en la meditación, entonces, naturalmente, la mente siente amor y devoción por la meditación.
M. Charan Singh. Muere para vivir