La espiritualidad y la vida
Yo soy el camino, la verdad y la vida. Sin el camino no podemos caminar; sin la verdad no tenemos conocimiento, sin la vida no podemos vivir. Yo soy el camino que debes seguir; la verdad en la que debes creer; la vida a la que debes aspirar.
Tomás de Kempis. Imitación de Cristo
A lo largo de la historia, los maestros espirituales han venido a recordarnos un camino espiritual universal y eterno, diseñado por el Creador. Este camino no fue creado por los seres humanos, sino que es inherente a nuestra naturaleza desde el origen de la humanidad.
¿Cómo es este camino y qué tiene de particular?
La particularidad de este camino radica en que dentro de nosotros, en el centro del ojo o tisra til -el punto detrás de los ojos-, podemos conectar con la ‘melodía divina’ o ‘la voz de Dios’. El poder espiritual que se encuentra oculto en el cuerpo humano, solo puede activarse con la guía de un maestro experto, cuando con la meditación concentramos la atención en este punto, y la retiramos del mundo externo hacia este centro. Explicándolo de otro modo, el centro del ojo es la puerta a la que debemos llamar repetidamente con nuestra atención a través de la repetición de los cinco nombres que se nos dan en la iniciación espiritual. Cuando logramos concentrar plenamente la atención en dicho punto, cruzamos la puerta e iniciamos el viaje hacia nuestro hogar divino. En el libro El sendero leemos:
La voz de Dios, la Palabra, el Nombre, la música de las esferas está oculta en el cuerpo humano y reverbera en el foco del tercer ojo. Es hasta este punto que, con ayuda de un maestro experto, la consciencia del cuerpo tiene que retirarse, mantenerse y situarse en la órbita de ese poder inmanente que resuena incesantemente.
Ese viaje interior que empieza con el esfuerzo del discípulo por retirar la atención, va transformando gradualmente su percepción del mundo, permitiéndole valorar lo que es realmente importante en la vida. Aunque los discípulos deben seguir cumpliendo con las responsabilidades que tienen que afrontar en su destino individual, desarrollan desapego hacia las preocupaciones y asuntos del mundo, manteniendo constantemente la atención dirigida hacia su meta espiritual. Esta actitud les permite afrontar el destino con más ecuanimidad. Por ejemplo, las cosas que antes les preocupaban y que, cuando no salían como ellos querían, llegaban a malhumorarlos y desequilibrarlos, ahora las pasan por alto ya que en realidad han dejado de ser importantes. Es el grado de desapego lo que hace que el punto de vista cambie.
En el libro Luz divina leemos:
Las mismas cosas por cuya posesión estábamos en otro tiempo dispuestos a sacrificar la propia vida, pensando que no podríamos vivir sin ellas, pueden perder todo su valor, y ya no querremos ni siquiera verlas.
Cuando la práctica de este camino espiritual se vuelve una prioridad para el discípulo y consagra su máxima dedicación a vivir las enseñanzas, empieza a tener un escudo ante el dolor y el sufrimiento. Obtiene la capacidad de recuperarse con más facilidad de los golpes de la vida, porque tiene un horizonte elevado que le ayuda a sobreponerse y minimizar los problemas. De esta manera, su vida no cae en la desorientación y el desánimo, aunque la mente intente atormentarle como lo hace habitualmente. Siempre obtiene la fuerza interior suficiente para superar los obstáculos, y seguir adelante en el sendero espiritual con determinación.
Asimismo, el crecimiento y desarrollo interior que adquirimos con la práctica constante de la meditación y el vivir las enseñanzas tiene una repercusión en cada acto de la vida, en la vida misma. Hazur Maharaj Ji dice en el libro Muere para vivir:
El efecto de la paz y dicha de la meditación nos permite adaptarnos a las vicisitudes de la vida, conservando la ecuanimidad y el equilibrio.
… La atmósfera de dicha que creamos con la meditación nos acompañará todo el día para ayudarnos a afrontar los altibajos de la vida sin perder el equilibrio.
Al mismo tiempo, el ego, que siempre está presente en nuestras acciones, se va diluyendo poco a poco. Dejamos de considerar que nosotros y todo lo que hacemos y pensamos es importante, y lo que verdaderamente nos mueve es el deseo profundo de que nuestro maestro esté satisfecho con nuestro comportamiento como discípulos. Este cambio de actitud es muy significativo en nuestra transformación interna, ya que difícilmente el ego se sometería por completo si no fuera por la relación especial que se da entre maestro y discípulo. Sin embargo, la relación con el maestro se fortalece solo con la práctica consciente y constante de la meditación, integrada plenamente en nuestra vida. Solo así esta conexión se vuelve cada vez más verdadera y profunda, pues sin meditación, el ego no desaparece ni la devoción crece.
Esa relación tiene una dimensión de devoción que va más allá de la simple admiración o respeto hacia el maestro. En ella, los sentimientos adquieren una profundidad tal que se convierten en los indicadores más fiables de nuestra convicción para seguir el camino. La devoción que sentimos por el maestro nos orienta a actuar de forma correcta, realizando aquellas acciones que nos mantienen conectados a él.
Aunque al principio, como explica el Gran Maestro en el libro Joyas espirituales, podemos considerar al maestro como “un hermano mayor, o como a un amigo”, con el tiempo, y a medida que avanzamos en la práctica, llega a convertirse en el centro de nuestra vida. Sin ese vínculo de amor, que nos ata firmemente a él, nos sentimos vacíos y carentes de impulso, pues él se convierte en una fuente de inspiración constante.
Es solo cuando tenemos la vivencia de estar delante de alguien que es verdaderamente ejemplar, bondadoso y lleno de amor hacia nosotros, que nuestro ego comienza a ceder, dando pequeños pasos hacia su rendición. Esta rendición no es una derrota, sino la conquista del amor: la respuesta que como discípulos, tenemos al amor incondicional que el maestro profesa por cada uno de sus discípulos. Por eso queremos complacer al maestro, porque en ese amor y respeto hacia él encontramos el verdadero sentido de nuestro crecimiento. Entonces, perder nuestra identidad y fundirnos con el ser amado es lo que se vuelve verdaderamente importante. Tal es la esencia de la enseñanza del maestro, y a medida que avanzamos en el camino, nuestra vida se convierte en una práctica constante de entrega, amor y conexión con nuestra verdadera esencia espiritual, siempre guiados por la sabiduría del maestro.
Y puesto que vivir la espiritualidad no es algo aislado ni de momentos concretos de la vida, sino que se complementa con cada una de las cosas que hacemos, los maestros –conociendo nuestra propensión a entretenernos y perdernos en el mundo–, nos brindan diferentes herramientas que se convierten en verdaderas ayudas para la vida diaria, como lo es el servicio desinteresado o seva.
En este contexto, el seva, o servicio desinteresado, es una práctica muy poderosa para hacernos comprender la influencia del ego en nuestra vida. El seva nos ofrece la oportunidad de ver, de manera directa, cuán profundamente estamos condicionados por los dictados del ego. En el seva, en lugar de actuar desde nuestros propios deseos y egos individuales, se nos invita a entregarnos por completo al servicio de los demás, sin esperar nada a cambio. Y es justo al realizar seva junto a los demás, cuando podemos vernos a nosotros mismos. En el libro Seva leemos:
Aprendemos no solo del maestro, sino también unos de otros. Cuando comenzamos el seva, a menudo tenemos que desaprender todo lo que hemos aprendido en nuestros roles mundanos, porque el seva tiene un propósito diferente. Aquí no estamos tratando de aprender habilidades, sino de cómo servirnos unos a otros con amor.
A lo largo de los años, nos encontramos con muchos sevadares cuya actitud hacia el seva nos inspira: los que están dispuestos a asumir una responsabilidad que nadie más quiere; los que son invisibles, los que calladamente hacen su seva en lugar de esforzarse para impresionar; los que son infaliblemente amables con los demás, incluso cuando están estresados; los que toman la más mínima sugerencia del maestro como una orden a obedecer. Hay mucho que podemos aprender unos de otros.
Del mismo modo en nuestro trato con los demás, el maestro nos insta a mantener la armonía, lo cual es mucho más importante, por ejemplo, que discutir por imponer nuestra opinión en un asunto determinado. En el libro Joyas espirituales leemos:
Recuerda que la opinión de una persona no tiene ninguna importancia, sea la que sea, cuando va contra los principios del amor y la armonía. No importa que a cualquiera de vosotros os guste que se haga algo o no; mantened una dulce armonía y amor, y permitid que gobierne la mayoría.
Los maestros no cesan de alentarnos a nuestra mejora como seres humanos para que así podamos alcanzar la consciencia y experiencia de la espiritualidad. Por ello, nos aconsejan cultivar buenas cualidades en nuestro trato con las demás personas, realizar servicio desinteresado. Todo esto, junto con el satsang, la forma de vida basada en los tres compromisos y la práctica de la meditación hacen que encontremos el verdadero sentido de llevar una vida espiritual.
El amor se reflejará sin duda en todas tus acciones. Toda tu vida cotidiana reflejará lo mucho que amas al maestro. Pero el amor no es para proclamarlo o gritarlo a las multitudes. El amor verdadero nunca se exterioriza. Aflora y crece solo en silencio. Es únicamente algo entre tú y él.
M. Charan Singh. Muere para vivir